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domingo, 9 de febrero de 2014

¿Ha muerto la teología de la liberación?

Por.  Luis Rivera-Pagán*
“A lo largo de todo el Antiguo Testamento [Dios] llamó profetas como Isaías, Amós… y otros para que denunciaran las injusticias sociales, la explotación… Los eclesiásticos que pretenden evadir la grave responsabilidad de comprometerse con la dura labor de librar a Puerto Rico de todas sus opresiones… están presentando al pueblo un Cristo falso.” (Puerto Rico, supervivencia y liberación, Antulio Parrilla Bonilla)
A principios de esta década visitó Puerto Rico una de las figuras cimeras de la teología latinoamericana, Gustavo Gutiérrez. En una extensa e intensa conversación que sostuvo con dos sacerdotes católicos – los frailes Ángel Darío Carrero y Mario Rodríguez León – y dos intelectuales protestantes – Samuel Silva Gotay y este servidor – surgió una pregunta que viene rondando desde hace varios años: ¿Ha muerto la teología de la liberación? ¿Ha perecido a causa de las represiones eclesiásticas, la crisis del “socialismo realmente existente” (como entonces se le tildaba) y la aparente victoria del neoliberalismo financiero y globalizante?
Tras el revuelo que han suscitado las últimas declaraciones del papa Francisco, sobre todo sus contundentes críticas a lo que ha catalogado de “economía de la exclusión y la inequidad”, “idolatría del dinero”, “economía sin un rostro… humano”, en la que “grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida…” la pregunta resuena nuevamente con cierta urgencia: ¿Ha muerto realmente la teología de la liberación?
Me parecen erradas las predicciones prematuras y generalmente interesadas de su disolución.  Más bien, lo que acontece es una diversificación de temas y perspectivas que no abdican la hermenéutica teológica liberacionista. Ciertamente, la intuición clave de “opción por los pobres” se ha fragmentado, al calor de la valoración de las identidades y subjetividades particulares (género, raza, etnia, nacionalidad, cultura, orientación sexual), pero el resultado ha sido el fortalecimiento crítico de la perspectiva liberacionista, no su eliminación. Además, las fuentes matrices originales de la teología de liberación transcurren actualmente por un proceso de reforzamiento por las siguientes razones.
Primero, la persistencia tenaz de la pobreza y las asimetrías socioeconómicas, incrementadas por la globalización neoliberal y la hegemonía planetaria del sistema capitalista de mercado que pretende transmutar, a manera de un avaro rey Midas, todo lo que toca en lucro. Sus más devotos feligreses han augurado el fin de la historia, frase enigmática cuya oculta semántica preconiza la permanencia de un sistema económico que valora el cálculo de ganancias sobre la promoción humana equitativa y que para garantizar su dominio no vacila en emplear distintas modalidades de violencia imperial. Vivimos en un período histórico donde las desigualdades sociales se incrementan gracias al poder con pretensiones omnímodas del capitalismo financiero, hegemónico en nuestra era posmoderna. Es una nueva configuración de potestad global que requiere de nosotros, por consiguiente, novedosas reflexiones teóricas críticas.
Segundo, la rebeldía de los excluidos y empobrecidos, que reclaman un orden social alternativo y forjan nuevas instancias de resistencia. Ciertamente, son variados los postulados de reivindicación de los diversos movimientos sociales. Hay quienes repudian la miseria a la que intenta destinárseles, otros reclaman el reconocimiento de la plena dignidad de su raza, sexo, identidad cultural, nacionalidad u orientación sexual. Bien ha escrito Boaventura de Sousa Santos: “Son múltiples las caras de la dominación y de la opresión… Siendo múltiples las caras de la dominación, son múltiples las resistencias y los agentes que las protagonizan…” Esas distintas trincheras confieren complejidad teórica y práctica, pero también amplían las fronteras de los imaginarios utópicos que incentivan la resistencia social. Desde el sofisticado vínculo que Cornel West  teje entre su lectura de Marx, el pragmatismo filosófico norteamericano y las tradiciones culturales de las iglesias afroamericanas (Prophesy Deliverance! An Afro-American Revolutionary Christianity, 1982) hasta la fascinante convergencia que concibe el nicaragüense Jorge Pixley entre los estudios históricos críticos de la Biblia, las teologías latinoamericanas liberacionistas y la filosofía anglonorteamericana del proceso, inspirada por los escritos de Alfred North Whitehead y Charles Hartshorne (Biblia, teología de la liberación y filosofía procesual: el Dios liberador en la Biblia, 2009), las teologías de la liberación se niegan a acatar las condenas y anatemas que tantas jerarquías eclesiales le han proferido, en estrecha consonancia con poderes muy profanos y seculares. Sin olvidar los desafíos liberacionistas obscenos y pervertidos, sus términos, de la argentina Marcella Althaus-Reid y su perturbador texto – Teología indecente: Perversiones teológicas en sexo, género y política (2005). Todo este caleidoscopio teológico suscita una transformación radical de la manera de ser iglesia en la historia. No se trata sólo de preconizar la “opción por los pobres”, sino de reconfigurar el pensamiento y la praxis eclesial desde la perspectiva de y la solidaridad con los diversos rostros de los excluidos y marginados.
Tercero, la recuperación, por parte de muchos cristianos, de la desafiante tesitura profética de las tradiciones bíblicas. Por más que se intente domesticar la fe cristiana, es imposible silenciar las memorias subversivas que anidan en sus textos y tradiciones más íntimas. El evangelio, como ha escrito el teólogo español José María Castillo, es “el recuerdo peligroso de la libertad que cuestiona todas nuestras opresiones, nuestros miedos, nuestros desalientos, nuestras cobardías y también nuestras seguridades. Por eso el Evangelio es memoria subversiva, que nos descubre horizontes insospechados de libertad y autenticidad. Sólo así podremos recuperar el significado y la práctica de la Religión de Jesús.” Las teologías de liberación, de orígenes muy diversos y múltiples talantes resignifican y recontextualizan esas memorias rebeldes. Es ahí donde se encuentra su peculiar ruptura epistémica. A pesar del optimismo imperial de controlar el imaginario posible de los pueblos, se vislumbran, incluso en círculos pentecostales, por tanto tiempo ajenos a los disturbios sociales y políticos, señales de una reconfiguración liberadora y profética de la teología.
Por último, retumba vigorosa la acuciante conciencia de que Dios aún importa. En el interior de los conflictos sociales, políticos y económicos que trastornan nuestras vidas, se encrespa vigorosa la “batalla por Dios”, como tan aptamente la cataloga Karen Armstrong. Dios, en este contexto, es repensado no como trascendencia impasible e inmutable, sino, a la manera bíblica, como Quien escucha con esmero y compasión el clamor de los oprimidos y excluidos. Cuando las miserias sociales que afligen la vida comunitaria se hacen intolerables, la memoria del Dios liberador irrumpe dramáticamente. Como categóricamente afirma el documento sudafricano Kairós: “A través de toda la Biblia Dios aparece como el libertador de los oprimidos.” Más allá de las disputas interminables entre el secularismo recalcitrante y el fundamentalismo religioso, el texto paradigmático de emancipación social vuelve a resonar vigorosamente: “Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron una dura servidumbre. Entonces pedimos auxilio al Señor, el Dios de nuestros padres, y él escuchó nuestra voz. Él vio nuestra miseria, nuestro cansancio y nuestra opresión, y nos hizo salir de Egipto con el poder de su mano y la fuerza de su brazo…” (Deuteronomio 26: 6-9).
Quizá estamos en vísperas del resurgir airoso de las teologías de liberación, acentuando esta vez su innegable y rica pluralidad. Si esta predicción expresa solo la ingenua ilusión de quien escribe estas líneas o si augura un proceso histórico viable y significativo, sólo el tiempo lo dirá. Por ahora me refugio en la afirmación de uno de mis escritores israelíes predilectos…
“The Bible… unlike the books of other ancient peoples, was… the literature of a minor, remote people – and not the literature of its rulers, but of its critics… The prophets of Jerusalem refused to accept the world as it was. They invented the literature of political dissent and, with it, the literature of hope.” (Jerusalem: Battlegrounds of Memory, Amos Elon).

 *Luis Rivera-Pagán. Profesor emérito del Seminario Teológico de Princeton. Es autor de varios libros, entre ellos, Evangelización y violencia: La conquista de América (1992), Entre el oro y la fe: El dilema de América (1995), Mito exilio y demonios: literatura y teología en América Latina (1996), Diálogos y polifonías: perspectivas y reseñas (1999), Essays from the Diaspora (2002), Fe y cultura en Puerto Rico (2002) y Teología y cultura en América Latina (2009).

Fuente: Lupaprotestante, 2014.

lunes, 2 de diciembre de 2013

La cruda realidad: ricos y pobres en España

Por. Alfredo Pérez Alencart,España*
 
No existe término medio: o se es seguidor de Cristo (con todas las consecuencias) o se tiene a Jesús como paraguas agujereado, propicio solo para cubrir las apariencias.
Cinco siglos antes del nacimiento de nuestro Amado galileo, Confucio ya pergeñaba sus máximas y reflexiones sobre el buen gobierno y la vida en sociedad. Quienes me leen semanalmente saben que, por lo general, mis entregas son a modo de sentencias, aforismos o proverbios: abreviando para decir mucho; quitando la paja y dejando el grano…
La exageración del palabreo también ha sitiado el fortín cristiano. Por otro lado, hay que ver cómo se esmeran algunos en adecuar el Evangelio para que se adapte a su comodidad. Pero no existe término medio: o se es seguidor de Cristo (con todas las consecuencias) o se tiene a Jesús como paraguas agujereado, propicio solo para cubrir las apariencias.
Para hoy pensaba anotar únicamente esta cita de Confucio, y nada más: que cada quien sacara sus conclusiones:
“Si tu país está bien gobernado, debe inspiraros vergüenza la pobreza; pero si está mal gobernado, debe inspiraros vergüenza la riqueza”.
No se vea ideología alguna o intencionalidad hacia un gobierno determinado: éste o el anterior bien poca diferencia exhiben en materias como el fraude fiscal, por ejemplo.
He aquí la denuncia que ayer hicieron los Técnicos de Hacienda, en un informe titulado ‘La desigualdad en crisis: hombre rico, hombre pobre’, presentado en el marco de su XIII Congreso Anual:
“Las grandes fortunas y grandes empresas concentran el 71,8% del fraude fiscal total, lo que supone una pérdida recaudatoria para el Estado de más de 42.000 millones de euros anuales”.
Inadmisible que un gobierno, sea el que sea, que se estime representar a todos los españoles, se concentré en exprimir a los que menos tienen, agravando la desigualdad social y económica.
Termino de leer la noticia: “Los técnicos reclaman una reorganización de la Agencia Estatal Tributaria (AEAT) para que dedique más esfuerzo a perseguir el fraude de las multinacionales y grandes compañías del país, en vez de concentrar al 80% de los recursos a lo más fácil que es investigar a autónomos, microempresas, pymes y asalariados”.
La impunidad campea a sus anchas en el lugar de los privilegiados, pero algunos solo desgarran sus vestiduras cuando les conviene…
¡Ay, Señor, ya dispararán sus dardos quienes en sus adentros estiman que lo que enseñaste es una Utopía! ¡Solo cuando te tengan en el corazón sabrán lo cierto de tu opción por los pobres y excluidos!
¡Señor, en España hay decenas de miles de prójimos pasando frío y hambre, pero algunos que dicen seguirte se enzarzan por puntos y comas, y encima se solazan menospreciando al que alza la voz y clama por los desesperanzados!
 
©Protestante Digital 2013

viernes, 9 de noviembre de 2012

Acerca de la igualdad, la desigualdad… y Obama

En la vida política de hoy hay quienes siguen creyendo en los valores feudales, la idea de igualdad les molesta.
El triunfo de Barack Obama en las elecciones que acaban de celebrarse en los Estados Unidos me ha traído a la memoria la experiencia de mi primera visita a ese país en junio de 1959.
Iba yo con la curiosidad y expectativa propia de quien ha escuchado a los misioneros evangélicos estadounidenses alabar a su país y su constitución. También recordaba mi lectura de ese bestseller de las décadas de 1940 y 1950 por el británico H.G. Wells Breve historia del mundo, en el cual muchos lectores de mi generación, contemplamos un resumen magistral de la historia universal. En un capítulo acerca de los Estados Unidos, Wells decía que esa sociedad era el experimento social más audaz que se había emprendido en la historia del mundo, refiriéndose a la extensión de su territorio, a la confluencia de personas de todas las clases y razas, y a la tendencia igualitaria de la cultura que se proponía hacer llegar a todos los habitantes productos culturales como la literatura o la música, que en Europa habían sido privilegio exclusivo de las élites y la aristocracia .
Cuando luego de unas semanas nos preparábamos con mi esposa para dejar Estados Unidos y volver al Perú, tuvimos que viajar en autobús desde Nueva York hasta Miami, un viaje de más de veinte horas, de norte a sur a lo largo de la costa atlántica. Habíamos llegado con minutos de retraso y el conductor del autobús guardó nuestro equipaje y nos abrió la puerta de muy mala gana. El autobús estaba lleno de pasajeros de diversas razas y tuvimos que tomar los asientos de la última fila.
Después de tres horas de viaje por los estados de Nueva York, Nueva Jersey y Pennsylvania, entramos al estado de Virginia, primer estado “del Sur” . El autobús paró para comer. Y allí nos dimos con la gran sorpresa de nuestra vida: los comedores, servicios y salas de espera eran de dos clases: “Para blancos” y “Para negros”. Como no soy blanco, con una risita nerviosa le dije a mi esposa “¿A cuál voy yo?” Fuimos al de blancos y no pasó nada. Pero al embarcarnos de nuevo, con una sonrisa inesperada, el conductor nos indicó que podíamos sentarnos donde quisiéramos en los asientos de adelante. A partir de ese punto todos los pasajeros negros pasaron a sentarse en las últimas filas. ¡El conductor me consideraba blanco honorario! Muchas otras experiencias nos mostraron lo que era la profunda e increíble segregación racial en los estados del Sur.
En mis posteriores visitas a Estados Unidos, en las décadas de 1960 y 1970 fui testigo de las tensiones sociales que había empezado a generar la lucha de los negros por poner fin a la abierta y cruel segregación racial que practicaban los blancos, y que la mayoría de los protestantes conservadores o “evangélicos” aceptaban pasivamente . Fue la década en que surgió la figura heroica de Martín Luther King y su lucha no violenta, que consiguió atraer a una generación, y acabar con la segregación legal en el Sur. Como destaca su biógrafo español, el pastor Emmanuel Buch, tres cosas definían a King: era pastor, bautista y negro. Dice Buch: “Las contribuciones sociales de Martin L. King no pueden ser comprendidas en lo que tuvieron de más peculiar a menos que se las estudie en el impulso cristiano y bíblico de las que brotaron.” [i]
El asesinato de King en 1968 es evidencia de la resistencia de los sectores racistas blancos de Estados Unidos a aceptar la igualdad social. Y hay que recordar que los protestantes evangélicos de ese país tardaron mucho en aceptar a la persona de King y convencerse de la justicia de su causa.
Como nos recuerda Juan Francisco Martínez en su columna de Protestante Digital esta semana , las encuestas muestran que hoy en día el racismo como actitud personal básica sigue presente en la mentalidad de muchos, y que formas extremas de ese racismo tuvieron también su influencia en las elecciones de este año 2012 .
Cuando en 1985 fui invitado como profesor a los Estados Unidos el Seminario Bautista del Este estaba en pleno proceso de integración. Más del 40% de los alumnos eran negros, y había buen número de estudiantes latinos y asiáticos. Tuvimos que reconocer los hechos e ir integrando no sólo el alumnado sino también la administración, el cuerpo docente y el currículo del Seminario. Aprendimos mucho en el proceso sobre lo que significa luchar como cristianos contra la injusticia y tratar de cambiar el mundo con la verdad y la esperanza que brotan de la fe en Jesucristo. Tuvimos que combatir contra la inercia, la pasividad y la desesperanza vestidas con lenguaje piadoso, y creo que todos fuimos creciendo en ese proceso.
Muchas de las ventajas de lo que aquí en España se llama “estado del bienestar” parten de una convicción acerca de la igualdad básica de los seres humanos .
La sociedad católica feudal de la Edad Media no creía en la igualdad fundamental de los seres humanos: había señores y siervos y el orden social reflejaba la superioridad innata de unos sobre los otros. Llevó tiempo, creatividad y una lucha en la que el Protestantismo jugó papel decisivo, el cambiar la mentalidad de la Europa feudal
En la vida política de hoy hay quienes siguen creyendo en los valores feudales, la idea de igualdad les molesta y creen que hay que ir desmontando las instituciones que se basan en el principio de igualdad .
Como evangélicos recordemos la enseñanza paulina . En su discurso del Areópago en Atenas el apóstol Pablo afirmó “El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay…de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra…” (Hch 17: 24, 26). Y en su enseñanza pastoral sobre lo que ha de ser la vivencia de la comunidad de creyentes en Cristo, afirma de manera rotunda: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal. 3:28).
La convicción bíblica sobre la igualdad alcanza un tono ético comprometedor en unas palabras de Job, cuando éste defiende su integridad : “Si hubiera tenido en poco el derecho de mi siervo y de mi sierva, cuando ellos contendían conmigo, ¿qué haría yo cuando Dios se levantase? Y cuando él preguntara, ¿qué le respondería yo? El que en el vientre me hizo a mí, ¿no lo hizo a él? ¿y no nos dispuso uno mismo en la matriz” (Job 31: 13-15).
Le esperan años difíciles de gobierno al presidente Barack Obama en esta nueva etapa. Muchas de las medidas que propugna su programa parten del principio de igualdad que está escrito hasta en la propia constitución de los Estados Unidos. No digo que toda su agenda sea representativa de valores cristianos. Pero cosas como poner la salud y una buena educación al alcance de todos son una manera de aplicar el principio de igualdad. Sin embargo, quienes hacen de la codicia la pieza fundamental de sus ideas de cómo hay que organizar la sociedad, no quieren una agenda igualitaria. Así pues, los evangélicos en los Estados Unidos tienen planteado un tremendo desafío ético y político para los años que vienen .
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[i] Emmanuel Buch Camí, Martin Luther King , Fundación Emmanuel Mounier, Madrid, 3ra ed. 2001, p. 13.
Autores: Samuel Escobar
©Protestante Digital 2012