¡Vos podes ayudarnos!

---
;
Mostrando entradas con la etiqueta Globalización. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Globalización. Mostrar todas las entradas

viernes, 21 de noviembre de 2014

Los nacionalismos en la era de la globalización



Por. Antonio Cruz, España*
El dominio globalizador es precisamente el germen de tanto nacionalismo contemporáneo.
Desde la noche de los tiempos, el ser humano ha experimentado una irresistible tendencia a creerse el centro del mundo. Ya de niños, aprendemos a sentirnos miembros de un grupo, a identificarnos con él, absorber sus valores y también a considerarlos -casi inconscientemente- como superiores a los de otros grupos humanos. Quizás este proceso de aprendizaje sea algo natural e incluso necesario para desarrollar nuestra propia identidad cultural. Sin embargo, cuando la educación posterior se reduce a este maniqueísmo de creer que todo lo nuestro es bueno, mientras que lo de los otros grupos es malo, entonces se convierte inmediatamente en perniciosa para el desarrollo y la adecuada madurez de la persona.
Si pienso en mi propia formación escolar, durante las décadas de los sesenta y setenta del siglo XX en aquella Barcelona franquista del momento, vienen a mi mente imágenes que son como ecos de un pasado en el que se inculcaba a los niños un determinado “espíritu nacional” mediante ideas como, por ejemplo, que “ser español es una de las pocas cosas serias que se pueden ser en el mundo”. Lo que implicaba, por contrapartida, que ser extranjero no era, ni mucho menos, tan serio o importante. El súmmum de la egolatría made in Spain lo había alcanzado, me parece a mí, el escritor don Ramiro de Maeztu en su Defensa de la Hispanidad, que aunque era hijo de padre vasco y madre inglesa, se permitió escribir: “El mundo no ha concebido ideal más elevado que el de la hispanidad”. ¡Ni siquiera admitía la posibilidad de que a lo largo del globo terráqueo pudieran existir otros ideales comparables al gestado en la madre patria! Si a tales concepciones excluyentes se añade la represión posterior de la dictadura, los maltratos físicos, culturales, lingüísticos, ideológicos y económicos perpetrados sobre todo en aquellas regiones españolas con una identidad cultural propios, es comprensible el creciente desafecto y los anhelos secesionistas que se observan en la actualidad.
Era lógico, por tanto, que ante semejante menosprecio por los demás pueblos periféricos, éstos reaccionasen de manera parecida. El tradicional nacionalismo español había fomentado así otros nacionalismos excluyentes dentro de la misma piel de toro de la geografía hispana. Tal como reflejaban ya las palabras del gran poeta y escritor catalán del siglo XIX y principios del XX, Joan Maragall: “Lo característico del sentimiento catalán es ser a la vez un amor y un desamor: un amor a Cataluña que es desamor a Castilla”.1 A pesar de que tales palabras fueron escritas hace más de un siglo, perfectamente se podrían haber dicho hoy, pues reflejan bien la actual confrontación de nacionalismos: el centralista contra el catalán, el vasco, el valenciano o el mallorquín. No obstante, ¿tiene sentido tal confrontación nacionalista en un mundo dominado por la globalización? Yo creo que es precisamente este dominio globalizador, el germen de tanto nacionalismo contemporáneo.
PUBLICIDAD SÍGUENOS EN Twitter Facebook Google + YouTube BLOGS DE NUESTROS AUTORES Tus ojos abiertos Isabel Pavón Sesli, igualdad sin maltrato Íntimo Yolanda Tamayo Efata, sé abierto Con otro ritmo Jaime Fernández Escrito en el recuerdo Claves Wenceslao Calvo Corrupción de las costumbres Actualidad X. Manuel Suárez ¿Cómo se hace presidente un protestante? Orbayu Manuel de León Joseph Viliesid, primer pastor protestante de Jerez Enfoque Juan Antonio Monroy Sentido del amor (2) De par en par Juan Simarro El silencio de Dios nos grita mARTES José de Segovia Orwell y el derecho a la disidencia El sol de los ciegos Alfredo Pérez Alencart Las cosas esenciales Info P+D Daniel Hofkamp Te gusta, te emociona... pero es falso CULTURAL BLOGS SOBRE CULTURA Leyendo fotos Manuel López Urgencias, hora punta Fragmentos Cristianismo real, de José María Baena Preferiría no hacerlo Manuel Pérez Lourido La fe de Bill Fay Cita con Dios Alain Auderset Super papá Poe+ La inocencia ZOÉ Antonio Cruz Petirrojo El punto en la palabra Juan Antonio Monroy Dante y la Divina Comedia (VIII) Ginebra viva Leopoldo Cervantes-Ortiz Militancia política y cristianismo transfigurado en José Revueltas (II)(1) Los nacionalismos en la era de la globalización El dominio globalizador es precisamente el germen de tanto nacionalismo contemporáneo. CONCIENCIA AUTOR Antonio Cruz 16 DE NOVIEMBRE DE 2014 07:00 h Desde la noche de los tiempos, el ser humano ha experimentado una irresistible tendencia a creerse el centro del mundo. Ya de niños, aprendemos a sentirnos miembros de un grupo, a identificarnos con él, absorber sus valores y también a considerarlos -casi inconscientemente- como superiores a los de otros grupos humanos. Quizás este proceso de aprendizaje sea algo natural e incluso necesario para desarrollar nuestra propia identidad cultural. Sin embargo, cuando la educación posterior se reduce a este maniqueísmo de creer que todo lo nuestro es bueno, mientras que lo de los otros grupos es malo, entonces se convierte inmediatamente en perniciosa para el desarrollo y la adecuada madurez de la persona. Si pienso en mi propia formación escolar, durante las décadas de los sesenta y setenta del siglo XX en aquella Barcelona franquista del momento, vienen a mi mente imágenes que son como ecos de un pasado en el que se inculcaba a los niños un determinado “espíritu nacional” mediante ideas como, por ejemplo, que “ser español es una de las pocas cosas serias que se pueden ser en el mundo”.
Lo que implicaba, por contrapartida, que ser extranjero no era, ni mucho menos, tan serio o importante. El súmmum de la egolatría made in Spain lo había alcanzado, me parece a mí, el escritor don Ramiro de Maeztu en su Defensa de la Hispanidad, que aunque era hijo de padre vasco y madre inglesa, se permitió escribir: “El mundo no ha concebido ideal más elevado que el de la hispanidad”. ¡Ni siquiera admitía la posibilidad de que a lo largo del globo terráqueo pudieran existir otros ideales comparables al gestado en la madre patria! Si a tales concepciones excluyentes se añade la represión posterior de la dictadura, los maltratos físicos, culturales, lingüísticos, ideológicos y económicos perpetrados sobre todo en aquellas regiones españolas con una identidad cultural propios, es comprensible el creciente desafecto y los anhelos secesionistas que se observan en la actualidad. Era lógico, por tanto, que ante semejante menosprecio por los demás pueblos periféricos, éstos reaccionasen de manera parecida. El tradicional nacionalismo español había fomentado así otros nacionalismos excluyentes dentro de la misma piel de toro de la geografía hispana. Tal como reflejaban ya las palabras del gran poeta y escritor catalán del siglo XIX y principios del XX, Joan Maragall: “Lo característico del sentimiento catalán es ser a la vez un amor y un desamor: un amor a Cataluña que es desamor a Castilla”.(1)
A pesar de que tales palabras fueron escritas hace más de un siglo, perfectamente se podrían haber dicho hoy, pues reflejan bien la actual confrontación de nacionalismos: el centralista contra el catalán, el vasco, el valenciano o el mallorquín. No obstante, ¿tiene sentido tal confrontación nacionalista en un mundo dominado por la globalización? Yo creo que es precisamente este dominio globalizador, el germen de tanto nacionalismo contemporáneo. La mundialización constituye la última etapa de un proceso que se inició, en realidad, con la conquista de América, el desarrollo de la navegación y las comunicaciones alrededor del mundo. Pero esta relación cada vez más estrecha entre todas las partes del planeta, no sólo permitió el auge de la industria y la economía sino sobre todo un cambio importante en la concepción del propio ser humano. En medio de las tinieblas de una época cruel caracterizada por el racismo, la esclavitud y la colonización, los pueblos conquistadores se fueron dando cuenta progresivamente que los conquistados eran también personas como ellos mismos. Así, por ejemplo, el cura español, Bartolomé de las Casas, consiguió convencer al clero católico en España de que los indígenas de América tenían alma y que, por lo tanto, Cristo había muerto por ellos. El filósofo y político francés del Renacimiento, Michel de Montaigne, reconoció, en el siglo XVI, que la civilización occidental no era necesariamente superior a las demás. El humanismo de la Ilustración desarrolló la idea de que todos los hombres eran iguales en derechos, aunque tal concepción no consiguió la abolición de la esclavitud hasta bien entrado el siglo XIX. Y, por último, las deseos internacionalistas empezaron a vislumbrar unos Estados Unidos de Europa que fuesen el preludio de unos futuros Estados Unidos del mundo.
Pues bien, al margen de antecedentes históricos, hoy vivimos en un planeta que en ciertos aspectos está cada vez más globalizado, pero en otros se nacionaliza a marchas forzadas.
Asistimos a un movimiento contradictorio de expansión y retraimiento. Vemos como el mercado se mundializa y, al mismo tiempo, los espíritus buscan la identidad de la patria chica, del idioma familiar, el dialecto o las tradiciones regionales. Los nacionalismos desentierran sus antiguas reivindicaciones particulares y culpabilizan de la crisis actual a la globalización salvaje e insolidaria. Quizás esta búsqueda de identidades sea un mecanismo defensivo frente a tanta confusión como impera hoy por doquier. Las personas necesitan saber quiénes son y adónde pertenecen. De ahí este afán por redescubrir la historia, la lengua, la raza, el color, el género, la religión, la cultura exclusiva, etc. La gente quiere que los líderes políticos respeten y, si es posible, compartan estos valores o sentimientos nacionales.
Amar la tierra que nos ha visto nacer es algo natural y deseable en la condición humana. Respetar las costumbres y tradiciones que no atenten contra nuestros principios; identificarse con la idiosincrasia, la manera de ser y las particularidades culturales de nuestro pueblo, forma parte de eso que nos une y nos asemeja a los demás. Pero cultivar todo esto no tiene por qué estar en contradicción con el respeto a la diversidad de quienes no son ni piensan como nosotros. Y aquí es precisamente donde pueden aparecer los problemas sociales.
El peligro de los nacionalismos estriba en la sacralización de las particularidades. Cuando los pueblos se refugian en sus diferencias porque las consideran sagradas y superiores a todo lo demás, es fácil que aparezcan sentimientos de menosprecio u odio frente a lo foráneo. Es entonces cuando el nacionalismo traspasa las fronteras de lo político para convertirse en una forma de religiosidad civil. Las banderas se consideran reliquias sagradas; las festividades y conmemoraciones nacionales constituyen el universo santoral que se rememora puntualmente; las constituciones, estatutos y declaraciones de derechos se veneran como si se tratasen de auténticos textos sagrados. En el fondo, toda esta simbología esconde casi siempre la fe en un acontecimiento más o menos histórico que poco a poco se ha ido mitificando. Cuando se antepone la pureza de lo propio a la impureza de los demás, el choque con los vecinos resulta entonces inevitable. Se confrontan costumbres, creencias, lenguas y etnias. Lo de uno tiende a mitificarse, mientras lo de otros se vuelve tabú. El prójimo se convierte en enemigo y pronto sobrevienen los fantasmas del racismo, la xenofobia o la lucha armada. Llegado este extremo, cada patria se convierte en un mito particular que descubre en la parafernalia militar de la guerra su lugar de culto y sacrificio. Por desgracia, la historia reciente está preñada de tales ejemplos. Existen actualmente más de diez mil grupos étnicos, lingüísticos o religiosos, repartidos por todo el planeta, que habitan territorios que no coinciden con las fronteras políticas y esto genera una constante fuente de conflictos. Las tres cuartas partes de las guerras recientes en el mundo se deben a tales motivos de identidad.
¿Dice algo la Biblia acerca de las naciones y los nacionalismos? Mucho más de lo que, a primera vista, pudiera parecer. Curiosamente las “naciones” aparecen en la Escritura como el resultado de una profunda división de la humanidad, consecuencia de la dispersión de Babel. Es la rebeldía humana la principal causa de los particularismos y las divisiones. A pesar de lo cual, Yahvé toma a una nación de en medio de las demás naciones para que viva de manera diferente, como pueblo santo. Un idioma, una religión y una tierra caracterizarán a una nación separada de las demás y llamada a ser única. “Porque eres pueblo santo a Jehová tu Dios, y Jehová te ha escogido para que le seas un pueblo único de entre todos los pueblos que están sobre la tierra” (Dt. 14:2). Esta concepción positiva de nación referida a Israel se distingue notablemente de las demás naciones que no conocen a Dios. El pueblo elegido debía mantenerse apartado de ellas para no contaminarse de su impureza moral y espiritual. La idolatría y la inmoralidad de los pueblos periféricos son denunciadas frecuentemente. “Y no andéis en las prácticas de las naciones que yo echaré de delante de vosotros; porque ellos hicieron todas estas cosas, y los tuve en abominación” (Lv. 20:23). Desde luego, todo esto contribuyó al característico sentimiento exclusivista de los judíos en relación a su etnia, idioma, religión y costumbres ya que Israel tenía la obligación de mantenerse separado de los gentiles.
No obstante, ¿a qué obedecían tales mandamientos de segregación del pueblo elegido? Según la Biblia, Israel había sido apartado por voluntad divina para recibir la salvación y transmitirla en su momento a todas las naciones de la tierra. Dios le prometió a Abraham que su descendencia constituiría una nación grande y fuerte con la finalidad principal de llegar a ser de bendición para las demás naciones (Gn. 18:18). El exclusivismo inicial no era un fin en sí mismo sino que su sentido fundamental fue desembocar en el universalismo del amor de Dios hacia la humanidad entera. Al Mesías se le habían prometido todas las naciones por herencia (Sal. 2:8) y que llegaría un día en el que todos los pueblos le servirían (Sal. 72:11). El profeta Isaías recalca también esta misma idea haciendo énfasis en la universalidad de la salvación (Is. 2:2-4) porque desde la creación del mundo, Dios ha querido la bendición de la humanidad y que todas las personas, independientemente de su identidad étnica, llegaran al conocimiento de la verdad.
La Escritura predice un futuro glorioso para los ciudadanos de todo linaje, lengua y nación que se conviertan a Dios a través de su Hijo Jesucristo. Pero, al mismo tiempo, se refiere a un terrible juicio que espera a aquellos que persistan en sus rebeliones personales, su inmoralidad, su injusticia, su incredulidad o su indiferencia. Aunque no nos gusten, no podemos eliminar estas páginas de la Biblia porque lo cierto es que Dios juzgará al mundo con justicia. ¡Qué inmenso privilegio el de aquellas criaturas que, aunque jamás formaron parte de la nación hebrea elegida, llegaron por la gracia divina a ser parte de esa otra nación santa, del pueblo adquirido por Dios para anunciarle ante los hombres y para pasar de las tinieblas a la luz! Una nación que no conoce los nacionalismos excluyentes ni las luchas fratricidas sino que está formada por una gran multitud incontable, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas que clama: “La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero” (Ap. 7:10). ¡Yo deseo ser un nacionalista más de esa singular nación!
-------------------------
(1) Citado en Marina, J. A., 2000, Crónicas de la ultramodernidad, Anagrama, Barcelona, p. 159-160.

*
Fuente: Protestantedigital, 2014.

martes, 13 de mayo de 2014

Denominacionalismo: ¿Estrategia divina o estrategia satánica?

Por. Oscar Fernández Herrera*
Esta época del posmodernismo, en la que la libertad y el respeto es primordial para los derechos del ser humano, se ha aprovechado, al parecer, para poder tener fraccionada a la iglesia de tal manera que exista una para cada gusto y que cada quien pueda escoger la congregación a la que asistir, dependiendo precisamente del gusto personal. Si se desea una congregación conservadora, nos encontramos con una amplia gama entre la que se puede seleccionar desde la ultraconservadora hasta la moderadamente conservadora; si se prefiere asistir a una congregación liberal también hay donde elegir, incluso hasta las que rayan el libertinaje. Además, dentro del menú a seleccionar están las iglesias que aplauden y las que no, las que danzan al estilo hebreo y las que no mueven ni una pestaña; se puede escoger entre las que permiten a sus feligresas usar pantalones y las que el uso de tal prenda es una apostasía de la fe. Podemos encontrar congregaciones que permiten las manifestaciones pentecostales y las que no, las que bautizan por inmersión y las que lo hacen por aspersión, las que la liturgia tiene un orden invariable e inviolable, o las que dicha liturgia no tiene ningún orden previo con el objetivo de “darle libertad al Espíritu”. También se puede optar por iglesias antiguas, modernas y posmodernas; las que usan solo la pandereta o tamborín para sus cantos y las que tienes sus grupos de alabanza dignos de Broadway y, por supuesto, están las congregaciones que no permiten tener ni un solo instrumento en su liturgia. De la misma manera que existen muchos sabores de helado, también encontraremos una gran gama de estilos litúrgicos, y esto sin incluir a las diferentes sectas, que añaden más variedad al menú eclesial.
Se podrían seguir citando ejemplos de estilos de “hacer iglesia” hasta la extenuación. Lo interesante de esto es que, al parecer, todos tienen razón, porque son capaces de defender su posición utilizando pasajes bíblicos para sostener su dogma; tienen argumentos de peso que se defienden a capa y espada para mostrar a los diferentes “públicos” que son una opción viable y que pueden ser el vehículo ideal para llevar a su membresía hasta los mismos pies del trono de Dios.
¡Claro! Estamos en la edad de la diversidad, en la época de la globalización y, por lo tanto, debe existir el respeto, el derecho a pensar y a ser diferente. Esto puede parecer algo obvio y sin posibilidad de ser rebatido, ya que cualquiera que se atreva a decir que esta o aquella posición es incorrecta será sujeto de crítica, y corre el riesgo de ser excomulgado de su comunidad de fe si tan solo se atreviera a preguntar algo con respecto a algún asunto que inquiete su espíritu. Por supuesto, si esa inquietud tuviera que ver con algo que ha dicho el pastor, profeta o apóstol, no sólo sería excomulgado, también correría el riesgo de convertirse en el receptor de la palabra de maldición de esos semidioses por atreverse siquiera a pensar algo en contra de sus palabras. Quizás esto sea una mera exageración o sólo un ejemplo de increíble imaginación.
De todas maneras, la pregunta es: ¿Por qué existen tantas denominaciones en el pueblo protestante? Un día un buen amigo me preguntó: “¿Por qué si ustedes dicen que son los que tienen la verdad –refiriéndose a los protestantes– son tantos y pareciera que todos piensan diferente y nunca logran ponerse de acuerdo, y no tienen una sola cabeza como nosotros? ¿Será que esa gran cantidad de pensadores dan reales opciones para que la gente pueda elegir dónde asistir? ¿Dejó nuestro Señor Jesús las denominaciones establecidas?”
La respuesta absoluta a la última pregunta es un no. Jesús no dejó ningún tipo de denominación establecida, lo cual no quiere decir que en su época, o en las inmediatamente posteriores, no se diesen problemas de división que atentaran contra su enseñanza. Incluso Él mismo avisó de que un reino dividido no podría prevalecer cuando en Mateo 12.25 dice: “…toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no permanecerá”, lo cual es una gran verdad porque, como dice el refrán: “En la unión está la fuerza”.
El texto del Nuevo Testamento no ignora los problemas que tenía la iglesia primitiva, de hecho, nos muestra algunos de esos problemas ya en los orígenes de la misma. Justo González en su libro Historia del Cristianismo, Tomo I, nos dice:
“… durante varios siglos Palestina había estado dividida entre los judíos más puristas y aquellos de tendencias más helenizantes. Es a esto que se refiere Hechos 6:1 al hablar de los “griegos” y los “hebreos”. No se trata aquí verdaderamente de judíos y gentiles —pues todavía no había gentiles en la iglesia, según nos lo da a entender más adelante el propio libro de Hechos— sino más bien de dos grupos entre los judíos. Los “hebreos” eran los que todavía conservaban todas las costumbres y el idioma de sus antepasados, mientras que los “griegos” eran los que se mostraban más abiertos hacia las influencias del helenismo” (pág. 36).
Resulta obvio que ya existía una división entre los diferentes grupos que conformaban la naciente iglesia, y si leemos el texto bíblico nos encontraremos con que en 1 Corintios 3 Pablo hace referencia a una discusión entre los que se consideraban de Apolos y los que se consideraban de Pablo, y el apóstol les exhorta al respecto.
El historiador González, en la obra ya mencionada, hace referencia al hecho de que las iglesias “trataban de reclamar para sí un origen directamente apostólico” y que estas rivalizaban entre sí por poner de manifiesto cuál era más apostólica o más original que la otra e incluso se dice que “la iglesia de Alejandría rivalizaba con las de Antioquía y Roma; ella también tenía que reclamar para sí la autoridad y el prestigio de algún apóstol”. Esto es sólo un ejemplo del gran problema de división que ya sufría la iglesia naciente.
Si damos un salto histórico, nos encontraremos con un desarrollo de la iglesia lleno de intrigas, luchas sociales, políticas y económicas que darán lugar a una iglesia formada por obispos y papas, enemigos los unos de los otros, donde se comercializa la fe y los asuntos sagrados se diluyen en asuntos políticos y económicos hasta que comienzan los movimientos de reforma que, de forma equivocada, se identifican con Lutero, puesto que estos ya habían empezado mucho antes.
No es el propósito de este escrito entrar en detalles históricos, pero lo que sí se puede constatar es que, en la trayectoria de la iglesia, la división siempre ha estado presente. El proceso reformador se hizo eco de los pensamientos y de las discusiones de la época desde una determinada filosofía y una comprensión de la Biblia, en las que no nos vamos a detener, aunque sí hay que decir que cada uno de los diferentes pensadores creían lo que exponían con la convicción de poseer argumentos razonables y razonados, lo cual contribuyó a generar más divisiones.
Se dice que los reformadores Lutero y Zwinglio se reunieron para revisar sus posiciones teológicas, que de hecho coincidían en muchos puntos, pero que no pudieron ponerse de acuerdo porque en uno de los desacuerdos no estuvieron dispuestos a dar su brazo a torcer. Por lo tanto, si desde la Reforma nos encontramos con dicha actitud entre sus líderes, ¿Qué podría esperarse de lo que viniera después?
Llegó el movimiento anabaptista y Calvino en diálogo con diferentes conceptos del pensamiento de Lutero y otros, con diferencias que, al parecer, no eran insalvables. Entran en escena Erasmo, Juan Knox y otros teólogos, que desarrollaron el protestantismo en España. Después, los procesos de colonización de Las Américas a partir de los cuales el cristianismo, reflejado en la iglesia católica, llegó a nuestras tierras a través de procesos evangelizadores como el de Fray Bartolomé de las Casas y otros. Se puede decir que en esa época se cometieron las mayores injusticias y atrocidades en la historia de Latinoamérica en el nombre de Dios, aunque al fin y al cabo el evangelio llegó a estas tierras.
Si seguimos indagando en la historia, nos encontraremos con el pietismo luterano y los moravos, y después con Juan Wesley y los metodistas. También, si leemos a González nos encontraremos con el protestantismo en los Estados Unidos, que poco a poco comenzó a desarrollar una teología que, en el transcurso del tiempo, llegó a los países latinos.
En el devenir de la historia empiezan a darse una serie de trasformaciones teológicas, y surgen movimientos que salen unos de otros simplemente porque no comulgan con los criterios originales. De esta forma, de las tradiciones protestantes surgen otros protestantes que se multiplican de manera exponencial. De ahí que nos encontremos con una iglesia fraccionada en cientos de denominaciones que no se toleran unas a otras debido a sus diferencias dogmáticas.
Con tristeza escuché a un pastor contarme que un colega de una denominación diferente a la suya le llamó la atención porque estaba evangelizando en la zona de su iglesia, y le rogaba –por decirlo de una manera elegante– que no lo hiciera  porque ese era su terreno y no debería predicar allí. Otro pastor me comentó que, en su visita a un país extranjero, se presentó ante las autoridades de su propia denominación, las cuales le dijeron que, si deseaba predicar en sus iglesias, la carta de presentación del presidente de la denominación de su país no era suficiente, por lo que debía pasar un examen teológico con el objetivo de comprobar si compartían los mismos puntos de fe o no, a pesar de pertenecer a la misma denominación. Y la historia de otro pastor de una zona semi-rural que recibió la visita de un colega de la ciudad y éste con amor fraternal le dijo: “Cuídense, póngase vivos, porque estoy pensando en poner una filial de nuestra iglesia en esta zona y los puedo dejar sin miembros.”
Estoy de acuerdo con el hecho de que la Palabra nos enseña que un cuerpo está formado por muchas partes y que cada parte tiene su función específica que Dios ha equipado con diferentes dones y capacidades; pero en el cuerpo, una mano no se levanta para cortar un pie, o los dientes no se usan para arrancar un trozo de carne de la pierna.
Esto nos lleva a plantearnos nuevas preguntas: ¿Puede estar el cuerpo de Cristo tan dividido? ¿Es bíblica tanta división? ¿Existe una Iglesia como cuerpo de Cristo? ¿Qué está sucediendo con tantas denominaciones, aparte de las que surgen cada día? ¿Es una estrategia divina o satánica?

*Oscar Fernández Herrera. Estudió Maestría en Liderazgo Organizacional, Gerencia de proyectos y Orientación Familiar. Es Bachiller en Teología y ejerce como profesor, terapeuta/consejero y director del Ministerio Internacional Formador de Formadores.

Fuente: Lupaprotestante, 2014.

domingo, 9 de febrero de 2014

¿Ha muerto la teología de la liberación?

Por.  Luis Rivera-Pagán*
“A lo largo de todo el Antiguo Testamento [Dios] llamó profetas como Isaías, Amós… y otros para que denunciaran las injusticias sociales, la explotación… Los eclesiásticos que pretenden evadir la grave responsabilidad de comprometerse con la dura labor de librar a Puerto Rico de todas sus opresiones… están presentando al pueblo un Cristo falso.” (Puerto Rico, supervivencia y liberación, Antulio Parrilla Bonilla)
A principios de esta década visitó Puerto Rico una de las figuras cimeras de la teología latinoamericana, Gustavo Gutiérrez. En una extensa e intensa conversación que sostuvo con dos sacerdotes católicos – los frailes Ángel Darío Carrero y Mario Rodríguez León – y dos intelectuales protestantes – Samuel Silva Gotay y este servidor – surgió una pregunta que viene rondando desde hace varios años: ¿Ha muerto la teología de la liberación? ¿Ha perecido a causa de las represiones eclesiásticas, la crisis del “socialismo realmente existente” (como entonces se le tildaba) y la aparente victoria del neoliberalismo financiero y globalizante?
Tras el revuelo que han suscitado las últimas declaraciones del papa Francisco, sobre todo sus contundentes críticas a lo que ha catalogado de “economía de la exclusión y la inequidad”, “idolatría del dinero”, “economía sin un rostro… humano”, en la que “grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida…” la pregunta resuena nuevamente con cierta urgencia: ¿Ha muerto realmente la teología de la liberación?
Me parecen erradas las predicciones prematuras y generalmente interesadas de su disolución.  Más bien, lo que acontece es una diversificación de temas y perspectivas que no abdican la hermenéutica teológica liberacionista. Ciertamente, la intuición clave de “opción por los pobres” se ha fragmentado, al calor de la valoración de las identidades y subjetividades particulares (género, raza, etnia, nacionalidad, cultura, orientación sexual), pero el resultado ha sido el fortalecimiento crítico de la perspectiva liberacionista, no su eliminación. Además, las fuentes matrices originales de la teología de liberación transcurren actualmente por un proceso de reforzamiento por las siguientes razones.
Primero, la persistencia tenaz de la pobreza y las asimetrías socioeconómicas, incrementadas por la globalización neoliberal y la hegemonía planetaria del sistema capitalista de mercado que pretende transmutar, a manera de un avaro rey Midas, todo lo que toca en lucro. Sus más devotos feligreses han augurado el fin de la historia, frase enigmática cuya oculta semántica preconiza la permanencia de un sistema económico que valora el cálculo de ganancias sobre la promoción humana equitativa y que para garantizar su dominio no vacila en emplear distintas modalidades de violencia imperial. Vivimos en un período histórico donde las desigualdades sociales se incrementan gracias al poder con pretensiones omnímodas del capitalismo financiero, hegemónico en nuestra era posmoderna. Es una nueva configuración de potestad global que requiere de nosotros, por consiguiente, novedosas reflexiones teóricas críticas.
Segundo, la rebeldía de los excluidos y empobrecidos, que reclaman un orden social alternativo y forjan nuevas instancias de resistencia. Ciertamente, son variados los postulados de reivindicación de los diversos movimientos sociales. Hay quienes repudian la miseria a la que intenta destinárseles, otros reclaman el reconocimiento de la plena dignidad de su raza, sexo, identidad cultural, nacionalidad u orientación sexual. Bien ha escrito Boaventura de Sousa Santos: “Son múltiples las caras de la dominación y de la opresión… Siendo múltiples las caras de la dominación, son múltiples las resistencias y los agentes que las protagonizan…” Esas distintas trincheras confieren complejidad teórica y práctica, pero también amplían las fronteras de los imaginarios utópicos que incentivan la resistencia social. Desde el sofisticado vínculo que Cornel West  teje entre su lectura de Marx, el pragmatismo filosófico norteamericano y las tradiciones culturales de las iglesias afroamericanas (Prophesy Deliverance! An Afro-American Revolutionary Christianity, 1982) hasta la fascinante convergencia que concibe el nicaragüense Jorge Pixley entre los estudios históricos críticos de la Biblia, las teologías latinoamericanas liberacionistas y la filosofía anglonorteamericana del proceso, inspirada por los escritos de Alfred North Whitehead y Charles Hartshorne (Biblia, teología de la liberación y filosofía procesual: el Dios liberador en la Biblia, 2009), las teologías de la liberación se niegan a acatar las condenas y anatemas que tantas jerarquías eclesiales le han proferido, en estrecha consonancia con poderes muy profanos y seculares. Sin olvidar los desafíos liberacionistas obscenos y pervertidos, sus términos, de la argentina Marcella Althaus-Reid y su perturbador texto – Teología indecente: Perversiones teológicas en sexo, género y política (2005). Todo este caleidoscopio teológico suscita una transformación radical de la manera de ser iglesia en la historia. No se trata sólo de preconizar la “opción por los pobres”, sino de reconfigurar el pensamiento y la praxis eclesial desde la perspectiva de y la solidaridad con los diversos rostros de los excluidos y marginados.
Tercero, la recuperación, por parte de muchos cristianos, de la desafiante tesitura profética de las tradiciones bíblicas. Por más que se intente domesticar la fe cristiana, es imposible silenciar las memorias subversivas que anidan en sus textos y tradiciones más íntimas. El evangelio, como ha escrito el teólogo español José María Castillo, es “el recuerdo peligroso de la libertad que cuestiona todas nuestras opresiones, nuestros miedos, nuestros desalientos, nuestras cobardías y también nuestras seguridades. Por eso el Evangelio es memoria subversiva, que nos descubre horizontes insospechados de libertad y autenticidad. Sólo así podremos recuperar el significado y la práctica de la Religión de Jesús.” Las teologías de liberación, de orígenes muy diversos y múltiples talantes resignifican y recontextualizan esas memorias rebeldes. Es ahí donde se encuentra su peculiar ruptura epistémica. A pesar del optimismo imperial de controlar el imaginario posible de los pueblos, se vislumbran, incluso en círculos pentecostales, por tanto tiempo ajenos a los disturbios sociales y políticos, señales de una reconfiguración liberadora y profética de la teología.
Por último, retumba vigorosa la acuciante conciencia de que Dios aún importa. En el interior de los conflictos sociales, políticos y económicos que trastornan nuestras vidas, se encrespa vigorosa la “batalla por Dios”, como tan aptamente la cataloga Karen Armstrong. Dios, en este contexto, es repensado no como trascendencia impasible e inmutable, sino, a la manera bíblica, como Quien escucha con esmero y compasión el clamor de los oprimidos y excluidos. Cuando las miserias sociales que afligen la vida comunitaria se hacen intolerables, la memoria del Dios liberador irrumpe dramáticamente. Como categóricamente afirma el documento sudafricano Kairós: “A través de toda la Biblia Dios aparece como el libertador de los oprimidos.” Más allá de las disputas interminables entre el secularismo recalcitrante y el fundamentalismo religioso, el texto paradigmático de emancipación social vuelve a resonar vigorosamente: “Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron una dura servidumbre. Entonces pedimos auxilio al Señor, el Dios de nuestros padres, y él escuchó nuestra voz. Él vio nuestra miseria, nuestro cansancio y nuestra opresión, y nos hizo salir de Egipto con el poder de su mano y la fuerza de su brazo…” (Deuteronomio 26: 6-9).
Quizá estamos en vísperas del resurgir airoso de las teologías de liberación, acentuando esta vez su innegable y rica pluralidad. Si esta predicción expresa solo la ingenua ilusión de quien escribe estas líneas o si augura un proceso histórico viable y significativo, sólo el tiempo lo dirá. Por ahora me refugio en la afirmación de uno de mis escritores israelíes predilectos…
“The Bible… unlike the books of other ancient peoples, was… the literature of a minor, remote people – and not the literature of its rulers, but of its critics… The prophets of Jerusalem refused to accept the world as it was. They invented the literature of political dissent and, with it, the literature of hope.” (Jerusalem: Battlegrounds of Memory, Amos Elon).

 *Luis Rivera-Pagán. Profesor emérito del Seminario Teológico de Princeton. Es autor de varios libros, entre ellos, Evangelización y violencia: La conquista de América (1992), Entre el oro y la fe: El dilema de América (1995), Mito exilio y demonios: literatura y teología en América Latina (1996), Diálogos y polifonías: perspectivas y reseñas (1999), Essays from the Diaspora (2002), Fe y cultura en Puerto Rico (2002) y Teología y cultura en América Latina (2009).

Fuente: Lupaprotestante, 2014.

domingo, 3 de mayo de 2009

¿La globalización nos hizo más propensos a catástrofes?

Por Andrew Marshall, SINGAPUR (Reuters)
Mientras el mundo enfrenta la peor recesión en décadas y la amenaza de una pandemia de gripe, el Foro Económico Mundial sugiere que la complejidad de la economía global podría hacernos más vulnerables que nunca a las catástrofes. La crisis financiera comenzó con problemas en un pequeño segmento del mercado hipotecario estadounidense. A los pocos meses se había convertido en una crisis global que no tardó en afectar a casi todos los rincones del mundo.
"La velocidad a la cual se desarrollaron estos eventos no tiene precedentes", dijo el Foro Económico Mundial en su informe del 2009 sobre riesgo global. "Ha demostrado cómo la globalización ha interconectado al mundo y a sus sistemas", agregó el Foro.
Al igual que las crisis en los mercados, las enfermedades pueden propagarse más rápido ahora que antes. Los viajes en avión significan que cualquier brote puede convertirse en un asunto mundial en cuestión de días. En el pasado, eso llevaba meses o incluso años. Cuanto más complejo y eficiente es un sistema, más rápido y amplio puede ser un contagio. Sin embargo, esta interdependencia no siempre es negativa. La complejidad de la economía mundial hace que el riesgo pueda ser distribuido de manera más fácil y en algunas ocasiones que pueda ser mitigado con más facilidad. Los sistemas complejos frecuentemente son adaptables: si una parte cae, otras de la red pueden asumir la carga.
Algunas teorías sugieren que los sistemas complejos diversificados pueden dar mayor estabilidad. Pero sólo hasta cierto punto."Si bien esto ayuda al sistema a diversificar pequeños shocks, también expondrá al sistema a shocks sistémicos grandes", dijo Raghuram Rajan, ex economista jefe del FMI y asesor del primer ministro indio, en una investigación."Es posible que esos acontecimientos (...) creen una posibilidad mayor (aunque aún pequeña) de una turbulencia catastrófica", agregó.
EFECTO MARIPOSA
Un tema clave es el llamado "efecto mariposa": en sistemas altamente complejos, incluso un pequeño evento puede ser magnificado y transmitido con resultados altamente impredecibles. Edward Lorenz, un pionero de las teorías del caos, señala que una mariposa agitando sus alas en un rincón del mundo podría causar un tornado en otra parte del planeta. En la teoría de redes, un pilar clave es que los sistemas complejos interconectados se organizan a sí mismos en torno a nodos clave. Si uno de estos nodos es golpeado, puede colapsar todo el castillo de naipes.
Esta es una de las razones por la cual el daño provocado por la crisis hipotecaria a los bancos de inversión tuvo un impacto tan devastador. Y si bien la especialización en las cadenas globales de suministro ha dado paso a importantes mejoras en la eficiencia, también ha traído vulnerabilidad. Una alteración en un nodo de la cadena de suministros puede causar una turbulencia dramática e impredecible en todo el sistema.Es por esto que los precios de los semiconductores casi se duplicaron tras un terremoto en Taiwan en 1999 y las razones por las cuales el huracán Katrina sacudió a los mercados financieros mundiales.
Algunos analistas de temas de seguridad temen que incluso un ataque terrorista podría tener un impacto magnificado si afecta un punto clave de la cadena global de suministro: por ejemplo, un puerto de importancia. En su libro "The Black Swan", que examina el impacto de grandes eventos inesperados, Nassim Nicholas Taleb señala que la apariencia de estabilidad en los sistemas complejos puede ser ilusorio.
"Insultos aleatorios a la mayoría de las partes de la red no serán consecuentes dado que afectarían nodos pobremente interconectados. Pero también hacen a las redes más vulnerables. Simplemente, consideremos qué pasaría si hay un problema con un nodo importante", dice Taleb. "Verdaderamente, tenemos menos fallas. Pero cuando ocurren, tiemblo de pensarlo", señala.
CAIDA DEL IMPERIO ROMANO
La complejidad que convierte a las crisis financieras más peligrosas potencialmente también implica que las pandemias pueden generar una mayor confusión. Los analistas señalan que cuando la Peste Negra golpeó a Europa en el siglo XIV, matando a un tercio de la población, la sociedad no colapsó porque los sistemas económicos y sociales eran relativamente simples y aislados de las crisis. En cambio, una plaga que golpeó al Imperio Romano en el siglo II, con una tasa similar de muertes, generó caos: la sociedad romana era más compleja y económicamente avanzada.
En las sociedades modernas, si nodos claves son golpeados por una enfermedad, el impacto podría magnificarse. Los nodos podrían ser personas esenciales para el funcionamiento de la sociedad y su economía: médicos, camioneros, ingenieros, trabajadores portuarios. Y al igual que con la crisis financiera, el pánico y la difusión de información imprecisa podrían generar una retroalimentación negativa, convirtiendo la catástrofe en algo peor. "Los trastornos económicos en el lado de la oferta provendrían directamente del elevado ausentismo. También podría haber problemas con el transporte, el comercio, el sistema de pagos y los servicios públicos", dijo el FMI en un reporte del 2006 sobre el impacto de una eventual pandemia de gripe.
Y más allá del corto plazo, un riesgo es que tanto la crisis financiera como una pandemia causen un retroceso de la globalización, con consecuencias profundas para la economía mundial. En un informe del 2007 sobre riesgos globales, el Foro Económico Mundial imaginó las consecuencias de una pandemia y de una crisis de liquidez global en forma simultánea, un escenario que en ese entonces parecía meramente especulativo.
El resultado, dijo, sería un "revés contra la globalización, que podría profundizar el impacto sobre la demanda global". Alrededor del mundo, podría llevar a un incremento de las tendencias autoritarias y militaristas que podrían reformular la geopolítica. Los acontecimientos de los próximos meses probarían cuán acertado podría ser ese escenario.

Fuente: Editado en español por Inés Guzmán

viernes, 12 de septiembre de 2008

Se despiertan los perros de la muerte

Por. Obed Juan Vizcaìno Nàjera. Maracaibo- Venezuela.

Se levantan los perros de la guerra,
queriendo desgarrar con su furia,
a los pueblos que se niegan con dignidad,
a vivir arrodillados y oprimidos.
Las jaurías corren hambrientas,
devorando pueblos impotentes,
destrozando cuerpos de niños y niñas,
consumiendo la carne de los ancianos,
destruyendo los sueños nuestra juventud.
Se levantan furiosos e indolentes,
mostrando sus colmillos y dientes,
que clavan sin misericordia
en los músculos y huesos
de toda la humanidad.
Ellos funden herramientas y arados,
para convertirlos en armas y misiles.
Se levanta el imperio con furia,
creyendo que es dueño absoluto
de la existencia de las pueblos libres.
Las jaurías asesinas e indolentes,
las fieras sanguinarias y terroristas,
están hambrientas de las riquezas
de los pueblos del mundo.
Pretenden engañar a la humanidad
con su lenguaje hipócrita de una falsa paz,
que imponen con la guerra y la destrucción.
Amenazan con bombas e invasiones
la tranquilidad del universo entero.
Corren las jaurías por el medio oriente;
los paises árabes le demostrarán una vez más,
que son un pueblo combativo y digno.
Pretenden mostrar su poderio de muerte,
en nuestro suelo latinoamericano.
Latinoamerca una vez más se resiste,
a ser un continente arrodillado y sumiso.
Caminan los perros de la muerte,
por los caminos ancestrales de África.
Tratan de esclavizar al continente eterno,
que es cuna histórica de la Humanidad.
Ladran desesperados con furia terrible,
la prepotencia de un imperio asesino,
tratando de atemorizar a las naciones,
que se levantan frente a sus fauces,
y desafían su rabia terrorista.
Una vez más se despiertan los perros,
aullando sus consignas de terror
en un intento fallido de espantar
a quienes se oponen con firmeza
a sus ambiciones globalizantes,
a sus pretensiones salvajes y capitalistas,
que deshumanizan a las sociedades
y las hunde en el consumismo indolente,
que enajena y margina a los más débiles.
Vienen los perros de la muerte,
siervos rabiosos de las transnacionales,
del capital hambriento de ganancias.
Vienen los perros de la guerra y la muerte,
con sus ojos inyectados de rabia y desespero.
Sus fauces asesinas han derramado
la sangre de los pueblos bombardeados,
en nombre de la libertad imperial
que masacra sin conciencia ni clemencia,
a la gente inocente del medio oriente,
del mundo entero en nombre de un falso dios,
que se doblega cómplice y servilmente
ante la cultura de la muerte y el capital.
Aúllan de nuevo los perros de la muerte,
intentaran devorar una vez más a los pueblos,
querrán desgarrar impunemente,
las riquezas inmensas de nuestros países.
En los continentes los pueblos despiertan,
Llegó el tiempo profético de la liberación;
los perros de la guerra y de la destrucción
Serán combatidos y derrotados para siempre,
serán condenados eternamente al olvido
de los pueblos y de la naturaleza.
El imperio será derrotado por la gente que lucha,
por las personas que construyen un mundo otro.
imprescindible y necesario.
¡Ha llegado el tiempo de Dios para los pueblos!
¡Ha llegado el momento eterno de la Paz!
¡Es el tiempo de la liberación!

miércoles, 23 de abril de 2008

La ética en la era de la globalización: ¿Hay esperanza para los pobres de América latina?.

Por Luis Eduardo Cantero
Hay esperanza para los pobres de América latina?. La "la globalización: objeto cultural no identificado". Globalizarnos o defender la identidad: cómo salir de esta opción. Globalización: una reflexión desde la ética. Vivimos en una época de cambios como por ejemplo: el orden mundial ha cambiado, de la clasificación anterior a 1990 en donde se hablaba del Primer Mundo y Tercer mundo. Se habla ahora de un gran poder dominante, expresado por el dominio de lo Estados Unidos y seguido por las grandes naciones industrializadas que conforman el G-8. También, se habla del fin de los paradigmas y de las utopías, y de que la utopía es ahora la de una sociedad en la que nadie tiene esperanza. Como latinoamericanos estamos conscientes de nuestras realidades contusas en las cuales es difícil caracterizarnos de una manera especifica. Vivimos en un continente que es parte de un orden mundial en el cual el sistema de valores y la cultura prevaleciente se imponen.
Los gobiernos neoliberales latinoamericanos están tratando de imponer, sin medir las consecuencias sociales y posiblemente sin interesarles, la globalización. Esto hace que nuestra sociedad estratificada en las capas pobres del continente, en las que sirven a la clase rica. Nuestra tarea es pues, desafiante y compleja, ya que tenemos que comprender cual es nuestra misión hacia y desde dicho contexto.
Se necesita también, para el beneficio de nuestra comprensión, hacer un sencillo análisis del concepto de globalización ya que en forma decisiva, nos guste o no, afecta nuestro quehacer profesional y nuestra forma de ser. Desde una perspectiva pragmática la globalización es una manera de llevar a cabo las interacciones socio – económicas entre los distintos países. Por otro lado, la globalización representa una manera de pensar acerca del mundo y una manera de ver el mundo. Es una manera de organizar prioridades estableciendo por lo tanto un sistema de valores para determinar la importancia. Hoy se dice que vivimos en un mundo globalizado, es decir que somos parte de un contexto que a través de la información y las comunicaciones ya no reconocen barreras geopolíticas… Un segundo ingrediente de esta globalización, es el neoliberalismo como principio rector de la economía mundial. El objetivo final del neoliberalismo es que todos los países del mundo abracen la economía de mercado libre. El tercer elemento, es un cambio de cultura, que los positivista llaman cultura del ciberespacio, que es fruto de la globalización, ahora los que dominen la tecnología, la comunicación y la información son los que van marcar los perfiles y los valores a difundir.
Siga leyendo en www.monografias.com/trabajos55/etica-y-globalizacion/etica-y-globalizacion.shtml
Fuente: se encuentra en Monografias.com