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viernes, 8 de marzo de 2013

La base de la misión cristiana

Por C. René Padilla, Argentina

Por varios siglos la expansión del cristianismo estuvo vinculada a la expansión colonial de las naciones “occidentales y cristianas”. Esta era, por así decirlo, la dimensión religiosa de la colonización: los pueblos conquistados por los europeos eran obligados a abrazar la cultura de los conquistadores, la que incluía la fe cristiana. Así, podemos decir que la base de la fe cristiana era el poder colonial ejercido por España y Portugal (en el caso del catolicismo romano) o por Inglaterra, Holanda, Alemania y Suecia (en el caso del protestantismo).
En un periodo más reciente, durante la Guerra Fría, un movimiento estadounidense que tenía como misión la evangelización de estudiantes universitarios en varios países del mundo promovía la promoción de recursos económicos con el siguiente aviso: “ayúdenos a detener el avance del comunismo, envíenos su contribución financiera”. Sería posible decir que, para los líderes de ese movimiento, la misión tenía como base la ideología capitalista en contraposición con la ideología comunista.
Se podrían dar otros ejemplos de cómo los cristianos, en lo que respecta a nuestra misión, hemos sido condicionados a lo largo de la historia por la situación que nos rodea. Nos olvidamos que la base de la misión cristiana no es otra que la revelación de Dios que culmina en Jesucristo, de la cual dan testimonio las Sagradas Escrituras, y tratamos de justificar nuestra misión con razones derivadas de nuestra propia cultura.
Hay varios textos de la Biblia que podríamos citar para mostrar el lugar central que la revelación de Dios en Jesucristo ocupa en la misión cristiana. Probablemente ningún de ellos ha sido tan usado en lo que se refiere a la Gran Comisión en Mateo 28:16-20, un pasaje que sintetiza el contenido del Evangelio. Ya en 1590, Adrián Saravia (1531-1613), un joven teólogo reformado holandés contemporáneo de Calvino, escribió un tratado sobre la vigencia de ese texto del Nuevo Testamento. Su propósito era demostrar la necesidad de que la iglesia en Europa rompiera con la reclusión impuesta por la cristiandad y, en obediencia a la comisión de Mateo 28:19, se apropiara de la promesa de Mateo 28:20. Posteriormente, William Carey (1761-1834), el zapatero misionero, publicó su famoso tratado sobre el mismo tema, por un desconocimiento general del tratado de Saravia, pasó a la historia como el primer protestante en recurrir a la Gran Comisión para promover la misión transcultural.
Hay muchos textos bíblicos que apuntan al propósito de Dios de que su mensaje de redención llegue a todas las naciones de la tierra. Por ahora, en vista del lugar que Mateo 28:16-20 ocupa en el primer Evangelio y en movimiento misionero moderno, vamos a explorar su contenido en varios artículos.
La escena descrita en el texto tiene lugar en Galilea, la provincia donde Jesús creció y desarrolló la mayor parte de su ministerio; la región “semipagana” donde convocó a la mayoría de sus seguidores y de donde provenían casi todos sus discípulos. Es el último encuentro del Cristo resucitado, antes de su ascensión, un encuentro que marca el fin del ministerio terrenal de Jesucristo y el acto de comisionar a sus discípulos como continuadores de ese ministerio. Las palabras que Jesús les dirige son en realidad el testamento en el cual deposita su legado no sólo para ellos sino también para los discípulos que les sucederán “hasta el fin del mundo”. Son, consecuentemente, palabras cuyo sentido tiene mucho que ver con todos los que se reconocen como discípulos de Cristo hoy.
 
Fuente: El blog de René Padilla, 2013.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Economía del bien común

Entrevista a CHRISTIAN FELBER "Castellano." Un economista alternativo que presenta la teoría de "La economía del bien común". Unos postulados perfectamente aplicables que darían la vuelta al modelo económico actual.

sábado, 2 de marzo de 2013

¿CREES QUE HAY UN MUNDO CAIDO Y CELESTIAL?

Por.  Luis Eduardo Cantero, Argentina*

El mundo en que vivimos es un espacio para recrear nuestros deseos, nuestros sueños, anhelos, propósitos… Es un espacio para vivir y disfrutar sin tapujos, sin negarnos a vivir esos deseos, esos sueños,…  Además, es un espacio para el aprendizaje del ser,  consigo mismo, con los otros y con el ser  divino.  Pero, en esa convivencia surge una infinidad de dificultades que hacen que esta experiencia de vida en el mundo se vuelva problemático.
Frente a ese mundo problemático el ser humano no sabe qué hacer, no comprende porque los infortunios de la vida, como la maldad le arrebata a sus congéneres esos deseos, anhelos, etc. Han tratado de justificar esta economía del mundo material e inmaterial con argumentos lógicos e ilógicos sobre el bien y el mal. Para algunos teólogos fundamentalistas, el infortunio es parte del pecado humano, la única solución  para ellos es entregar su vida a Cristo, y todo cambiara incluyendo la sociedad.
En cambio, para otros pensadores (me incluyo), los infortunios y males de este mundo son parte del mundo caído. Pues, los infortunios, la maldad son herramientas que Dios usa para equilibrar el mundo de los seres caídos, como la afirmaba Hegel: “La maldad del ser humano seria empleada por Dios para realizar su plan histórico. Los deseos desenfrenados, la codicia, los atropellos,  las mezquindades, son herramientas que permite al ser avanzar hacia la libertad absoluta…”
Esa libertad que no surge del refugio a una religión o ideología, es una libertad que es comprendida desde el seguimiento a Cristo, que cuando lo golpeaban, lo torturaban solo decía “perdónales porque no saben lo que hacen”. Cristo como un ser humano había alcanzado la libertad desde su caminar con Su Padre, sabía que este mundo es un mundo para los otros, un mundo donde aprendemos a vivir y dar nuestra vida por los otros.
Un mundo por mas que se inunde de mensajes religiosos, y se conviertan por el mensaje salvífico, es un mundo construido por seres humanos, seres que están impregnados de la mancha de sus deseos, anhelos, propósitos, buenos que al sentirse amenazado por el otro, tiende a generar conflictos, como sucede hoy en día en muchos grupos evangélicos, que han creado fisura en el corazón de su doctrina, que los ha llevado a crear binomios:  Tradicional vs renovados, neopentecostales, puros vs impuros, iglesias vs el  mundo malo.
Esos binomios siempre han existido en este mundo, grupos que nacieron con sus deseos, propósitos, según ellos sanos,  para cuidar esos deseos, etc. Los ha llevado a alejarse de la realidad del mundo en que comparten con los otros.  Si un ser humano desea ser parte de ellos, debe aceptar  sus deseos, de lo contrario se convierte en un enemigo. Otros grupos se han hecho parte del mundo para vivir al ritmo de los tiempos, haciendo de los deseos de los otros, sus deseos, sin discusión alguna. Porque  ha comprendido que el mundo en que vivimos es un mundo que necesita ser comprendido desde el plan divino, un espacio que nos ayuda a empezar a vivir los deberes y derechos que urden sus raíces en la Palabra de Dios…
Es increíble como existe siempre esta dualidad, mientras algunos evangélicos están haciendo posible el mundo caído un lugar mejor, lindo y hermoso. Otros pintan escenarios catastróficos, llenándolos de fabulas y relatos ilusorios, e impidiendo que sus congéneres gocen, disfruten sus deseos, sus anhelos, y sueños.  Mi pregunta es por qué la diferencia, si todos y todas bebemos a diario de la fuente de toda fuente: La Palabra de Dios ¿Cuál es la diferencia? Es difícil encontrar la diferencia, porque depende  de la forma de cómo ves las cosas, lee o interpreta la Palabra de Dios.
Cada uno es interprete de sus propios signos, cada uno decide lo que quiere ser y Dios te ayudará a llegar al destino que vos deseas llegar.  No existe guía puro, no existe un plan divino ideado, pensado y argumentado por los teólogos fundamentalistas, ellos han interpretado su mundo; su interpretación esta mediada por su propio contexto. Eso marca la diferencia.
Concluyo que cada uno deberá ir construyendo su propio destino, plan hacia el mundo inmaterial o mundo material, pero mientras algunos se desgastan pensando y creyendo en estas interpretaciones, yo seguiré disfrutando este mundo caído, que muchos han satanizado. Disfruto en mis deseos, sueños hasta lograr llegar al destino potenciado que yo mismo me he proyectado. Solo sé que eso es lo que único que uno se lleva cuando nos llegue el tiempo de la partida a la eternidad. Disfruta y goza mi hermano que eso es lo único que te llevará… ¡Piénsalo!
*Luis Eduardo Cantero, pastor, Teólogo, filósofo y Docente universitario. Doctorando en Historia de América Latina por la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, España.
 

jueves, 28 de febrero de 2013

La elección de un nuevo papa y el Espíritu Santo

Por. Ivone Gebara, Brasil*
Después de la encomiable actitud del anciano Benedicto XVI renunciando al gobierno de la Iglesia Católica Romana han aparecido entrevistas con algunos obispos y sacerdotes en estaciones de radio y televisión en todo el Brasil. Sin duda, un evento de tanta importancia para la Iglesia Católica Romana es noticia y conduce a predicciones, elucubraciones de todo tipo, principalmente de sospechas, intrigas y conflictos dentro de los muros del Vaticano, que habrían acelerado la decisión del Papa.
En el contexto de las primeras noticias, lo que me llamó la atención fue algo a primera vista pequeño e insignificante para los analistas que tratan asuntos del Vaticano. Se trata de la forma como algunos sacerdotes entrevistados, o sacerdotes conductores de programas de televisión, respondieron cuando se les preguntó sobre quién sería el nuevo Papa, saliendo por la tangente. Se referían a la inspiración del Espíritu Santo, o a su voluntad, como si fuera el elemento del que dependería la elección del nuevo romano pontífice. Nada de pensar en personas específicas para responder a las situaciones mundiales desafiantes, nada para despertar una reflexión en la comunidad, nada de hablar de los problemas actuales de la Iglesia que la han llevado a un significativo marasmo, nada de escuchar los clamores de la comunidad católica por la democratización de las estructuras anacrónicas que sostienen a la iglesia institucional.
La formación teológica de estos sacerdotes comunicadores no les permite salir de un discurso trivial y abstracto, ya bien conocido, que continúa recurriendo, como explicación, a fuerzas ocultas, y así, en cierta forma, confirman su propio poder. La continua referencia al Espíritu Santo a partir de un misterioso modelo jerárquico es una forma de camuflar los verdaderos problemas de la Iglesia y una forma de retórica religiosa para no revelar conflictos internos que ha vivido la institución.
La teología del Espíritu Santo continúa siendo para ellos mágica; expresa explicaciones que ya no pueden hablar a los corazones y a las conciencias de muchas personas que valoran el legado del Movimiento de Jesús de Nazaret. Es una teología que sigue provocando la pasividad del pueblo creyente ante las múltiples dominaciones, incluída la manipulación religiosa. Continúan repitiendo fórmulas... como si éstas satisficiesen a la mayoría de la gente.
Me entristece el hecho de comprobar una vez más que los religiosos y algunos laicos que trabajan en los medios de comunicación no perciben que estamos en un mundo en el que los discursos tienen que ser más asertivos, y que tienen que basarse en referencias filosóficas consistentes, más allá de la tradicional escolástica. Un referencial humanista los haría mucho más comprensibles para el común de las personas, incluidos los no católicos y no religiosos. La responsabilidad de los medios de comunicación religiosos es enorme e incluye la importancia de mostrar cómo la historia de la Iglesia depende de las relaciones e interferencias de todas las historias de los países y de las personas individuales.
Ya es tiempo de abandonar ese lenguaje metafísico y abstracto, como si un Dios fuese a ocuparse especialmente de elegir al nuevo Papa, independientemente de los conflictos, desafíos, iniquidades y cualidades humanas. Ya es hora de afrontar un cristianismo que admita el conflicto de las voluntades humanas. Es hora de reconocer que, al final de un proceso electivo, no siempre la elección realizada puede ser considerada como la mejor para el conjunto. Hay que afrontar la historia de la Iglesia como una historia construida por nosotros, todos y todas, y de testimoniar respeto para nosotros mismos/as mostrando la responsabilidad que tenemos todas/os los que nos consideramos miembros de la comunidad católica.
La elección de un nuevo Papa es algo que tiene que ver con el conjunto de las comunidades católicas esparcidas por todo el mundo y no sólo con una élite de edad avanzada, minoritaria y masculina. Por lo tanto, es necesario ir más allá de un discurso justificativo del poder papal, y enfrentarse a los problemas y desafíos reales que estamos viviendo. Sin duda, para esto las dificultades son muchas, y abordarlas requiere nuevas convicciones y un deseo real de promover cambios que favorezcan la convivencia humana.
Me preocupa, una vez más, que no se discuta más abiertamente el hecho de que el gobierno de la Iglesia institucional sea entregado a personas ancianas que, a pesar de sus cualidades y sabiduría, ya no son capaces de hacer frente con vigor y desenvoltura los desafíos que estas funciones demandan. ¿Hasta cuando la gerontocracia masculina papal será como un doble de la imagen de un Dios, blanco, anciano y de barbas blancas? ¿Habría alguna posibilidad de salir de este esquema, o al menos de iniciar una discusión de cara a una futura organización diferente? ¿Habría alguna posibilidad de abrir esta discusión en las comunidades cristianas populares que tienen derecho a la información y a una formación cristiana más ajustada a nuestros tiempos?
Sabemos en qué medida la fuerza de la religión depende de desafíos y comportamientos que son fruto de convicciones capaces de sostener la vida de muchos grupos. Sin embargo, las convicciones religiosas no pueden reducirse a una visión estática de las tradiciones, ni a una visión deliberadamente ingenua de las relaciones humanas. Las convicciones religiosas, igualmente, no pueden reducirse a la ola de las más variadas devociones que se propagan a través de los medios de comunicación. Es más, no podemos seguir tratando al pueblo como ignorante e incapaz de formular preguntas inteligentes y astutas en relación con la Iglesia. Sin embargo, estos sacerdotes comunicadores creen estar tratando con personas pasivas, entre ellas muchos jóvenes que mantienen un culto romántico alrededor de la figura del papa. Los religiosos mantienen esta situación, a menudo cómoda, por ignorancia o avidez de poder. Probar la interferencia divina en decisiones que la Iglesia Católica Jerárquica, prescindiendo de la voluntad de las comunidades cristianas esparcidas por todo el mundo es un ejemplo flagrante de esta situación. Es como si quisieran reafirmar erróneamente que la Iglesia es, en primer lugar, el clero y las autoridades cardenalicias a las cuales habría conferido el poder de elegir un nuevo papa, y que ésa es la voluntad de Dios. A los millones de fieles les corresponde sólo orar para que el Espíritu Santo escoja al mejor, y esperar a que el humo blanco anuncie una vez más el habemus papam.
De manera hábil, por el recurso a fuerzas superiores que dirigirían la historia y, la Iglesia siempre están tratando de hacer que los fieles ignoren la verdadera historia, y que no puedan plantearse su responsabilidad colectiva. Es una lástima que estos formadores de opinión pública estén viviendo todavía en un mundo que es teológicamente, y tal vez incluso históricamente, pre-moderno, donde lo sagrado parece separarse del mundo real y situarse en una esfera superior de poderes a la que sólo unos pocos tienen acceso directo. Es desolador ver cómo la conciencia crítica en relación a sus propias creencias infantiles no haya sido despertada, para su bien personal y en beneficio de la comunidad cristiana. Parece que hasta rescatamos los muchos obscurantismos religiosos de épocas pasadas, mientras que el Evangelio de Jesús, por el contrario, continuamente convoca a la responsabilidad común de unos con los otros.
Conociendo las muchas dificultades afrentadas por el Papa Benedicto XVI durante su corto ministerio papal, las empresas de comunicación católica sólo destacan sus cualidades, su entrega a la Iglesia, su inteligencia teológica, su pensamiento vigoroso, como si quisieran, una vez más, ocultar los límites de su personalidad y de su postura política, no sólo como Pontífice, sino también, como presidente por muchos años de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el ex Santo Oficio. No permiten que las contradicciones humanas del hombre Joseph Ratzinger aparezcan, y que su intransigencia legalista o el trato castigdor que caracterizaron parcialmente su persona sean recordadas. Hablan desde su elección, principalmente como un papado de transición. No hay duda que es así. Pero, ¿transición hacia dónde?
Me gustaría que la encomiable actitud de renuncia de Benedicto XVI pudiese ser vivida como un momento privilegiado para convidar a las comunidades católicas a repensar sus estructuras de gobierno y los privilegios medievales que esta estructura conlleva. Estos privilegios, tanto del punto de vista económico, como político y socio-cultural, hacen aparecer al papado y al Vaticano como un Estado masculino aparte. Pero un Estado masculino con representación diplomática influyente y servido por miles de mujeres en todo el mundo, en las diferentes instancias de su organización. Este hecho nos invita también a reflexionar sobre el tipo de relaciones sociales de género que este Estado continua manteniendo en la historia social y política actual.
Las estructuras pre-modernas que todavía conserva este poder religioso necesitan ser confrontadas con los anhelos democráticos de nuestros pueblos en la búsqueda de nuevas formas de organización que se correspondan mejor con los tiempos y grupos plurales de hoy. Ess estructuras deben ser confrontadas con las luchas de las mujeres, de las minorías y las mayorías raciales, de personas de diversas orientaciones sexuales y opciones, de pensadores, científicos y trabajadores de las más variadas profesiones. Necesitan ser reelaboradas en la perspectiva de un mayor y más fructífero diálogo con otros credos religiosos y con las sabidurías esparcidas por todo el mundo.
Y, para terminar, quiero volver al Espíritu Santo, a este Viento que sopla en cada una/o de nosotros. Este aliento en nosotros es más grande que nosotros. Nos aproxima y nos hace interdependientes con todos los vivientes. Un soplo de muchas formas, colores, sabores e intensidades. Soplo de compasión y de ternura, soplo de igualdad y de diferencia. Este aliento o soplo no puede ser utilizado para justificar y mantener estructuras privilegiadas de poder y tradiciones antiguas o medievales, como si se tratara de una ley o una norma indiscutible e inmutable.
El viento, el aire, el espíritu sopla donde quiere y nadie debe atreverse a querer ser ni por una sola vez su dueño. El espíritu es la fuerza que nos acerca a unos con otros, es la atracción que permite nos reconozcamos como semejantes y diferentes, como amigas y amigos, y que juntos/as busquemos caminos de convivencia, de paz y de justicia.
Estos caminos del espíritu son los que nos permiten reaccionar ante las fuerzas opresivas que nacen de nuestra propia humanidad, los que nos llevan a denunciar a las fuerzas que impiden la circulación de la savia de la vida, quienes nos llevan a des-cubrir los secretos ocultos de los poderosos. Por tanto, el espíritu se muestra en las acciones de misericordia, en el pan compartido, en el poder compartido, en la cura de las heridas, en la reforma agraria, en el comercio justo, en las armas transformadas en arados, en fin, en la vida en abundancia para todas/os. Éste parece ser el poder del espíritu en nosotros, poder que necesita ser despertado en cada nuevo momento de nuestra historia, y ser despertado en nosotros/as, entre nosotros/as y para nosotros/as.

Fuente: Koinonia, # 125, 2013.

miércoles, 27 de febrero de 2013

De Hegel a Marx: ¿usa Dios el egoísmo humano para sus fines?

Por. Antonio Cruz Suárez, España*
Según el mito de Hegel, la maldad del ser humano sería inevitablemente empleada por Dios para realizar su plan histórico.
                                        
Como se ha señalado en los artículos anteriores, los tres momentos históricos típicos del pensamiento hegeliano son: la tesis, la antítesis y la síntesis. El primero afirma que la meta de la historia universal sería el progreso en la conciencia de la libertad. Por su parte, la antítesis dice que los medios para lograr esta libertad habría que verlos -por paradójico que pareciera- en las pasiones y en los egoísmos humanos. Mientras que la síntesis concluye señalando que el ámbito de la libertad es precisamente el Estado, la institución que aseguraría la consecución del fin al que se dirige toda la historia. El ser humano podría gozar de verdadera libertad y de una existencia racional, exclusivamente en el ámbito de la institución estatal.
De ahí que sólo en el Estado pudiera existir el arte, la filosofía y la religión. De manera que, según el mito de Hegel, la maldad del ser humano sería inevitablemente empleada por Dios para realizar su plan histórico. Las mezquindades, los atropellos, las ambiciones y la codicia constituirían el motor que permite avanzar hacia la libertad absoluta del hombre. El interés individual sería el cebo que movilizaría la realización del interés universal. Dios habría usado los fines particulares y egoístas de hombres como Alejandro Magno, Julio César o Napoleón Bonaparte, para conseguir el progreso de la historia hasta que ésta se adecuara a su fin supremo y universal.
Hegel tuvo siempre una predilección especial por el número tres. También el progreso histórico de la humanidad se habría desarrollado, según él, en tres etapas, la oriental, la grecorromana y la germánica. El Antiguo Oriente encajaba perfectamente en la primera pues “los orientales no han alcanzado el conocimiento de que el espíritu -el hombre como tal- es libre y, al no saberlo, no son libres”. Por tanto, únicamente el rey podía ser considerado como hombre libre, aunque se comportase como un déspota para sus súbditos.
Según Hegel, “la conciencia de la libertad” surgió por primera vez entre los griegos y los romanos pero de una manera imperfecta ya que estos pueblos creían que sólo algunos hombres podían ser libres, la mayoría seguían siendo esclavos que realizaban tareas manuales para que sus amos pudieran gozar de libertad. La tercera y última de estas fases sería la que conformaban las naciones germánicas de la época de Hegel, las únicas que al ser influidas por el cristianismo habrían desarrollado la conciencia de que todos los hombres son libres. En sus propias palabras: “El Este supo sólo, y sabe hasta el día de hoy, que uno es libre; el mundo griego y romano, que algunos son libres; el mundo germánico sabe que todos son libres.” (BOORSTIN, D. J. Los pensadores,Crítica, Barcelona, 1999: 211).
La visión hegeliana de la historia hunde sus raíces en las concepciones griegas del tiempo cíclico. Según éstas, las transformaciones de la naturaleza y de las culturas son como una sucesión de círculos que se repiten siempre. Las civilizaciones nacen, crecen y desaparecen para dejar paso a otras que evolucionarán de la misma manera. La historia es como un eterno retorno, como una carrera de relevos en la que cada pueblo pasa al siguiente el testigo del que es portador. Los individuos y los imperios sólo son los medios que usa la historia, pero el verdadero protagonista es el testigo, es decir, el espíritu que persigue como fin absoluto la conquista de la libertad.
Hegel ve como ejemplo de tales movimientos cíclicos el símbolo mitológico del ave Fénix, que muere y renace de sus propias cenizas. A través de estas etapas repetitivas, el espíritu avanza sin cesar. Por tanto, los vencedores siempre tienen razón ya que, de alguna manera, marcan la trayectoria que debe seguir el proceso histórico.
Es evidente que tal comprensión de la historia resulta claramente occidentalista. “La historia universal va de Oriente a Occidente. Europa es absolutamente el término. Asia el comienzo.” Hegel relacionaba la infancia de la humanidad con el mundo oriental; la juventud con Grecia y Roma; mientras que la etapa de madurez estaría representada por el occidente germano-cristiano. La Reforma protestante iniciada por Lutero significaba la reconquista de la interioridad cristiana frente a la exterioridad de la Iglesia católica medieval. Hegel creía que esta interioridad sólo se podía haber originado en un pueblo simple y sencillo como el alemán, que poseía una gran intimidad de espíritu. Tal como lo expresa Colomer:
“Mientras los otros pueblos europeos habían salido al mundo, habían ido a América o a las Indias orientales a adquirir riquezas o a fundar un imperio colonial, enAlemania, en donde se conservaba la pura espiritualidad interior, un monje tosco yobscuro buscó la perfección en su propio espíritu. La sencilla doctrina de Lutero es ladoctrina de la libertad interior, a saber, que el conocimiento de la salvación tiene sólolugar en el corazón y en el espíritu. Con esto se logró en la Iglesia la pura intimidad delalma y se aseguró la libertad cristiana.” (Colomer, 1986: 373).
Hegel ensalzó el espíritu alemán en la historia, afirmando que sólo las naciones germánicas estaban destinadas a ser los soportes de los principios cristianos. En cambio, aunque la vieja Roma había jugado un papel histórico indispensable, era incapaz de proporcionar suficiente solidez a tales principios. El exceso de patriotismo le llevó a decir que ninguna de las naciones latinas estaba capacitada para soportar el edificio del cristianismo, ya que eran pueblos con una sangre muy mezclada y guardaban siempre en sí mismos un principio de división. Sin embargo, el pueblo germánico era el único verdadero sucesor del antiguo pueblo griego y por tanto estaba destinado a conducir el cristianismo a su térmico. ¿Se inspiraría más tarde Hitler en esta idea?
Para Hegel la historia es como una teodicea que pretende justificar a Dios de los males que hay en el mundo. Una teología natural en la que todo lo negativo se esfuma ante el conocimiento de lo positivo. Una filosofía que intenta explicar cómo a través del tiempo, y a pesar de las muchas adversidades, se ha ido realizando el plan del espíritu de Dios. Su gran optimismo puede incluso resultar trágico porque, lo cierto es que, él nunca cerró los ojos a la cruda realidad. Conocía bien la crueldad, la sinrazón, la locura y la injusticia de tantos aconteceres históricos, pero prefirió creer que todo eso tenía una explicación racional, una meta gloriosa que lo justificaba.
Si durante la Edad Media la teología católica creía que todo lo relacionado con el mundo era malo, la Reforma protestante entendió lo temporal y mundano como el ámbito en el que se podía realizar la justicia y la ética del Estado. Algo que Dios quería y aprobaba ya que el Estado era el fin de la historia. Hegel pensaba que el ser humano sólo podía llegar a disfrutar de la auténtica libertad cristiana mediante la obediencia al Estado. De ahí que en los países donde caló la Reforma, la revolución no fuera necesaria porque los principios que ésta proclamaba ya habían sido asumidos por el protestantismo. El liberalismo que intentaron difundir por todo el mundo los partidarios de Napoleón procuró ser el sustituto de la Reforma, sobre todo en los países románicos, pero lo cierto es que no fue capaz de cambiar el alma del ser humano. Su influjo fue únicamente externo mientras que la liberación que predicaban los reformadores era ante todo personal e interior. “Napoleón no fue capaz de someter España a la libertad, lo mismo que Felipe II no pudo someter Holanda a la esclavitud”.
El Dios de Hegel recorre toda la historia de la humanidad, la impregna en todos sus acontecimientos más mínimos y se manifiesta en cada situación concreta. Hay un cierto matiz panteísta en este espíritu que todo lo penetra. Su providencia gobierna el mundo para su propia gloria y enaltecimiento. Pese a todas las miserias, catástrofes y revoluciones, la historia universal constituiría la realización del reino de Dios en la tierra. A pesar de lo malo, el espíritu de Dios caminaría incansable hacia la consecución final de lo bueno, la libertad absoluta. Siempre se estaría mejorando porque Dios mismo es en la historia. Sin embargo, este mito optimista de Hegel no consigue desvanecer la espesa niebla del mal en el mundo. ¿Cómo es posible seguir considerando la historia como un proceso razonable? ¿cómo aceptar que un Dios de amor pueda servirse del mal para hacer el bien? ¿pueden explicarse tantas masacres apelando a la evolución del espíritu hacia la libertad? ¿acaso no supone esto una reivindicación del mito de Maquiavelo acerca del fin que justifica los medios? ¿no es una manera de engañarnos a nosotros mismos?
Los filósofos y pensadores de la generación siguiente dejaron pronto de confiar en el mito de las revoluciones porque, de hecho, la realidad de los acontecimientos hablaba un lenguaje muy diferente al que proponía Hegel. La visión que Hegel tuvo de la historia fue, en realidad, como un intento de secularizar la teología cristiana. Pero en tal esfuerzo perdió de vista una de las doctrinas fundamentales del cristianismo, la esperanza escatológica (Colomer, 1986). Confundió lo material y temporal con lo espiritual. Transmutó el mundo de lo inmanente al de lo trascendente, llegando a creer que en la historia universal se estaba dando ya el juicio universal. Al pensar que el reino de Dios se realizaba en los mismos términos que la historia del mundo, cambió de manera ambigua la teología por la filosofía. Fusionó la esperanza cristiana en los “cielos nuevos y tierra nueva” con el proceso histórico sobre el planeta Tierra. Esto es lo que después le echaron en cara sus críticos.
Sin embargo, Marx se dio cuenta, años después, del gran partido que le podía sacar a la dialéctica hegeliana para interpretar la historia y llegó a deducir, precisamente todo lo contrario de lo que pensaba Hegel, que la moral y la religión eran como velos que ocultaban los verdaderos intereses de los grupos dominantes y que, por tanto, la religión era el opio del pueblo.
 
 
©Protestante Digital 2013

lunes, 25 de febrero de 2013

¿Una nueva alianza entre ciencia y religión?

Por. Leonardo Boff, Brasil*
Cada época cultural establece su diálogo con la naturaleza. Un día hace hincapié en su carácter imponderable y por eso mágico, otro día capta su simetría profunda y por lo tanto la naturaleza como cosmos, y otras veces incluso su aspecto creativo, irreductible a la lógica lineal. Según Alexandre Koyré e Ilya Prigogine, el diálogo experimental constituye la práctica específica de la ciencia moderna. Hoy más allá de ella, parece ser la práctica holística la que caracteriza el enfoque contemporáneo de la naturaleza. Todas las representaciones del mundo son complementarias y ayudan a descifrar aquello que es más que el enigma de la naturaleza, es decir, su verdadero misterio.
Para la visión contemporánea, el universo es cada vez más una realidad incognoscible. Ella está continuamente desafiada a conocer un proceso que no tiene fin. Por esta razón, es importante tomar en serio las distintas ventanas que los distintos saberes abren a la comprensión de la naturaleza. De ahí su carácter holístico (totalizador y sintético).
De todas formas, la lectura del mundo pertenece al complejo cultural del tiempo y se inscribe en el concierto de las demás prácticas. Del diálogo del ser humano con la naturaleza surgen varias cosmologías. Y cada cosmología se orienta por una imagen del mundo resultante de los más distintos saberes.
Curiosamente, cada cosmología plantea la cuestión de Dios. Y con razón, porque como decía el gran físico David Bohm (Premio Nobel): "La gente intuye una forma de inteligencia que organizó, en el pasado, el universo, y la personalizaron llamándola Dios".
La cosmología antigua veía el mundo a través de la metáfora de la pirámide. Dios ahí encajaba perfectamente, como la cumbre de todos los seres. En la cosmología moderna de A. Newton y G. Galilei el mundo era visto como una máquina que funciona con sus leyes deterministas. Dios entra como el arquitecto del universo que pone a funcionar la máquina al principio y ya no tendrá que acompañarla. La cosmología contemporánea ve el mundo como un juego o un baile o un tejido o una red. Desde hace décadas, se reconoce que el universo es un inmenso juego de las fuerzas en interacción, una danza cósmica de partículas siempre interdependientes, formando campos de materia y de energía cada vez más ordenados hasta adquirir en los seres vivos autorregulación, que escapa a la segunda ley de la termodinámica: la entropía. La flecha del tiempo, en lugar de conducirnos al desorden máximo y a la muerte térmica, nos lleva hacia niveles cada vez más altos de sentido y de creatividad. Es la visión de Ilya Prigogine (premio Nobel) con sus estructuras disipativas.
Lo que más fascina a los científicos es la constatación de la armonía y la belleza del universo. Todo parece haber sido montado para que de la profundidad abismal de un océano de energía primordial (vacío cuántico), surgiera el campo de Higgs, los bosones, las partículas elementales, después la materia ordenada, luego la materia compleja que es la vida y por último la materia en completa sintonía de vibraciones, formando una suprema unidad holística: la conciencia (condensado Bose-Einstein de tipo Fröhlich/ Prigogine).
Como dicen los formuladores del principio antrópico (fuerte y débil, Brandon Carter, Hubert Reeves y otros): si las cosas no hubieran ocurrido como ocurrieron, no estaríamos aquí para hablar de ellas. Es decir, para que nosotros pudiéramos estar aquí, fue necesario que todos los factores cósmicos en todos los 13,7 mil millones años se hayan articulado y hayan convergido de tal manera que fuese posible (aunque no es necesario) la complejidad, la vida y la conciencia. De lo contrario nada de lo que existe hoy en día existiría.
Ha habido una minucioso ajuste de las constantes fundamentales sin el cual nunca habrían surgido las estrellas ni eclosionado la vida en el universo. Por ejemplo, si la fuerza nuclear fuerte (la que mantiene la cohesión de los núcleos atómicos) hubiera sido un 1% más fuerte, jamás se habría formado el hidrógeno, que combinado con el oxígeno nos da el agua, imprescindible para los seres vivos.
En cada cosa encontramos el todo, el caos siendo creativo, las fuerzas interactuando, las partículas articulándose, la estabilización de la materia sucediendo, la apertura a nuevas relaciones dándose, y la vida creando órdenes cada vez más sofisticados y autoconscientes.
La verificación de este orden del universo hace surgir en los científicos como Einstein, Heisenberg, Bohm, Prigogine, Swimme y otros, el sentimiento de asombro y reverencia. Nos abre a los espacios infinitos de la indagación humana: ¿Qué existía antes de la existencia temporal del universo? ¿Por qué existe el ser y no la nada? ¿Qué esa Realidad que se presenta como la creadora y sustentadora de todos los fenómenos?
Ella tiene un nombre, el de nuestro respeto y nuestra unción. Un filósofo como Jean Guitton podía decir, "no me atrevo a nombrarla, pues cualquier nombre es imperfecto para designar al Ser sin semejanza". Un teólogo se atreve más: la llama Dios: Energía de todas las energías.
*Leonardo Boff y Mark Hathaway son autores de El Tao de la Liberación (diálogo entre ciencia moderna y teología), Vozes 2012.

Fuente: SKOINONIA