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domingo, 10 de enero de 2016

Líder y pastor



El líder, con el tiempo, se infla de orgullo. El pastor es consciente de la importancia de su congregación y cada día se entrega más a los suyos.
Por. Isabel Pavón, España
Últimamente hermanos y hermanas en la fe se cuestionan estos dos conceptos. Yo también.
El entendimiento de lo que significa ser líder es diferente al de pastor. El concepto final de un líder es la de ser admirado por su obra. El pastor admira a su rebaño.
El líder, con el tiempo, se infla de orgullo. El pastor es consciente de la importancia de su congregación y cada día se entrega más a los suyos.
El líder exige obediencia y se enfada cuando no la recibe. El pastor recapacita, piensa si sus decisiones estarán equivocadas y obedece las necesidades de los que el Señor ha puesto en sus manos.
El líder encamina a la gente hacia la meta que él propone. El pastor busca lo mejor para el rebaño, no sus propias ilusiones.
El líder no consulta, hace como que consulta a la iglesia pero sin pensamiento de cambiar de opinión. El pastor se deja aconsejar por las necesidades de su congregación, consulta con intención de satisfacer necesidades.
El líder exige honra. El pastor honra a los que tiene a su cuidado.
El líder ve la iglesia como una empresa. El pastor como una congregación de personas iguales.
El líder no se duele con el sufrimiento de la congregación. Por lo general no fue usado por el Señor para la conversión de estas personas y por eso no se entristece cuando le abandonan, más bien sienten rabia cuando le desprecian por su mala actuación. Ni le importa el sufrimiento de las personas ni el motivo que lo causa. Simplemente persigue sus propios objetivos. El pastor se duele y sufre con los suyos.
Para el líder la congregación siempre es menor de edad, por otro lado, no le interesa que maduren pues teme perder su dominio. La obra del pastor hace que los miembros crezcan y se desarrollen sin temor alguno pues está tranquilo de que la obra no es suya sino del Señor.
Suelo comparar al líder con este fragmento del capítulo 34 del libro de Ezequiel. En aquella época no existía la palabra líder pero sí el concepto del mal pastor:

El Señor se dirigió a mí y me dijo: “Tú, hombre, habla en mi nombre contra los pastores de Israel. Diles: ‘Esto dice el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel, que se cuidan a sí mismos! Lo que deben cuidar los pastores es el rebaño.  Vosotros os bebéis la leche, os hacéis vestidos con la lana y matáis las ovejas más gordas, pero no cuidáis el rebaño.  No ayudáis a las ovejas débiles, ni curáis a las enfermas, ni vendáis a las que tienen una pata rota, ni hacéis volver a las que se extravían, ni buscáis a las que se pierden, sino que las tratáis con dureza y crueldad.  Mis ovejas se quedaron sin pastor, se dispersaron y las fieras salvajes se las comieron.  Se dispersaron por todos los montes y cerros altos, se extraviaron por toda la tierra y no hubo nadie que se preocupara por ellas y fuera a buscarlas.
‘Así que, pastores, escuchad bien mis palabras.  Yo, el Señor, lo juro por mi vida: Fieras salvajes de todas clases han robado y devorado a mis ovejas, que no tienen pastor. Mis pastores no van en busca de las ovejas. Los pastores cuidan de sí mismos, pero no de mi rebaño.  Por eso, pastores, escuchad las palabras  que yo, el Señor, os dirijo: Pastores, yo me declaro vuestro enemigo y os voy a reclamar mi rebaño; voy a quitaros el encargo de cuidarlo, para que no os sigáis cuidando a vosotros mismos; rescataré a mis ovejas, para que no os las sigáis comiendo.’

El pastor verdadero, tiende por naturaleza y por la unción que ha recibido a cumplir y hacer realidad los deseos de parecerse al modo de obrar del Señor y vivir según su voluntad sin sacar beneficio propio. Lo tenemos en este otro párrafo del mismo capítulo de Ezequiel:

Yo, el Señor, digo: Yo mismo me encargaré del cuidado de mi rebaño.  Como el pastor que se preocupa por sus ovejas cuando están dispersas, así me preocuparé yo de mis ovejas; las rescataré de los lugares por donde se dispersaron un día oscuro y de tormenta. Las sacaré de los países extranjeros, las reuniré y las llevaré a su propia tierra. Las llevaré a comer a los montes de Israel, y por los arroyos y por todos los lugares habitados del país. Las apacentaré en los mejores pastos, en los pastizales de las altas montañas de Israel. Allí podrán descansar y comer los pastos más ricos. Yo mismo seré el pastor de mis ovejas; yo mismo las llevaré a descansar. Yo, el Señor, lo afirmo. Buscaré a las ovejas perdidas, traeré a las extraviadas, vendaré a las que tengan alguna pata rota, ayudaré a las débiles y cuidaré a las gordas y fuertes. Yo las cuidaré como es debido.
“Yo, el Señor digo: Escuchad, ovejas mías: Voy a hacer justicia entre los corderos y los cabritos. ¿No os basta con comeros los mejores pastos, sino que tenéis que pisotear el que queda? Bebéis el agua clara y enturbiáis el resto con las patas. Y mis ovejas tienen que comer los pastos que vosotras habéis pisoteado y beber el agua que habéis enturbiado. Por eso yo, el Señor, os digo: Voy a hacer justicia entre las ovejas gordas y las flacas. Habéis alejado a empujones a las débiles, las habéis atacado a cornadas y las habéis hecho huir. Pero yo salvaré a mis ovejas. No dejaré que las sigan robando. Haré justicia entre las ovejas.  Haré que vuelva mi siervo David y lo pondré como único pastor, y él las cuidará. Él será su pastor. Yo, el Señor, seré su Dios, y mi siervo David será su jefe. Yo, el Señor, he hablado. Voy a hacer un pacto con ellas, para asegurarles una vida sosegada. Haré desaparecer las fieras del país, para que mis ovejas puedan vivir tranquilas en campo abierto y puedan dormir en los bosques.
“Yo pondré a mis ovejas alrededor de mi monte santo y las bendeciré; les enviaré lluvias de bendición en el tiempo oportuno. Los árboles del campo darán su fruto, la tierra dará sus cosechas y ellas vivirán tranquilas en su propia tierra. Cuando yo libere a mi pueblo de quienes lo han esclavizado, entonces reconocerán que yo soy el Señor. Los pueblos extranjeros no volverán a apoderarse de ellos ni las fieras volverán a devorarlos. Vivirán tranquilos, sin que nadie los asuste. Les daré sembrados fértiles, y no volverán a padecer hambre ni las demás naciones volverán a burlarse de ellos. Entonces reconocerán que yo, el Señor su Dios, estoy con ellos, y que Israel es mi pueblo. Yo, el Señor, lo afirmo. Vosotros sois mis ovejas, las ovejas de mi prado. Yo soy vuestro Dios. Yo, el Señor, lo afirmo.”

El salmo 23 es un hermoso ejemplo a imitar para quien dice que siente la llamada y quiera asemejarse al Señor en el cumplimiento de estas funciones.

El Señor es mi pastor; nada me falta. Me hace descansar en verdes pastos, me guía a arroyos de tranquilas aguas, me da nuevas fuerzas y me lleva por caminos rectos haciendo honor a su nombre.  Aunque pase por el más oscuro de los valles, no temeré peligro alguno, porque tú, Señor, estás conmigo; tu vara y tu cayado me inspiran confianza. Me has preparado un banquete ante los ojos de mis enemigos; has vertido perfume sobre mi cabeza y has llenado mi copa a rebosar. Tu bondad y tu amor me acompañan a lo largo de mis días, y en tu casa, oh Señor, por siempre viviré.

En la actualidad existen muchos cursos, charlas, talleres, seminarios y mucha gente interesada en preparar líderes, en engordar el orgullo y el despotismo de personas que siempre han deseado gobernar sobre otras con el fin de dominarlas. Muchos que no tienen funciones de mando en la sociedad buscan dentro de las iglesias ejercer este tipo de cargos y lo consiguen. La preparación para el liderazgo inunda la publicidad dentro de las redes sociales cristianas y pronto, de seguir así, habrá muchos más líderes que gente a la que someter.
Si a usted le interesa este tema puede comparar estos dos conceptos de líder y pastor en el ambiente en el que se mueve y examinar a quien tiene dirigiendo su iglesia. Hay líderes que disfrazan su ocupación poniéndose otros nombres más discretos, pero se les reconoce a leguas.

Fuente: Protestantedigital, 2016.

sábado, 9 de enero de 2016

¿Iglesia sólida o iglesia líquida?



Las iglesias sólidas reclamamos nuestro derecho a pensar diferente, sin por ello ser juzgados o condenados, reclamamos poder ser diferentes de una sociedad en la que nos negamos a diluirnos.
Por. Juan Varela, España
Lamentamos que haya iglesias líquidas que diluyen la singularidad de nuestro cristianismo en las aguas revueltas de una sociedad flotante, sin raíces ni salvavidas morales de ningún tipo. Hay que reflexionar menos y orar más, pues no es la  reflexión racional y académica lo que primero debemos buscar, eso da conocimiento,  pero ya sabemos que el exceso de conocimiento envanece.  No es la razón pura o el intelecto lo que nos da autoridad y unción espiritual, sino la apertura sensible a la voz del Espíritu Santo, y eso no se encuentra en las bibliotecas o aulas académicas, sino en nuestro lugar secreto de intimidad con Dios. No estamos en contra de las instituciones teológicas, yo mismo dirijo una, y son necesarias para saber trazar bien la Palabra, pero el mismo Jesús nos enseñó que no debemos buscar “lo bueno” sino “lo mejor”. No es el conocimiento sino la presencia lo que debemos buscar. Porque la presencia de Dios nos libra de nuestros propios razonamientos y de los de otros, y nos sujeta a la dirección de la Palabra. Por desgracia, a veces desde la famosa cultura de la tolerancia y la inclusividad, queremos abrir tanto nuestra mente, que corremos el riesgo de que se nos caiga el cerebro…
Centrándonos en el asunto que últimamente nos ocupa sobre si las iglesias cristianas debemos aceptar el estilo de vida homosexual e incluirlo como una opción válida, la respuesta es clara. Los cristianos no podemos defender ni promover el estilo de vida homosexual como una opción legítima dentro del marco ético de la Palabra de Dios,  ni desde la teología ni desde la antropología bíblica.
Desaprobamos la práctica homosexual del mismo modo que desaconsejamos algunas prácticas heterosexuales, o del mismo modo que desaconsejamos ideologías marxistas, fascistas o ateas. Esto no es falta de tolerancia o intransigencia religiosa, es simplemente tener criterios definidos y ser consecuentes con nuestros valores y ética de vida, basada en la Palabra de Dios. Esto es lo que define a una iglesia sólida de una iglesia líquida.
Debe quedarnos muy claro que quien apoye el estilo de vida homosexual apoya la  ideología de género como su base doctrinal. El problema es que la ideología de género ya ha superado el debate entre homosexualidad y heterosexualidad.
En su desenfrenada carrera por destruir la imagen de Dios en el ser humano, ahora aboga por la destrucción del concepto “género” sustituyéndolo por los modernos conceptos de androginia, pangenero,sexo fluido, polisexual, etc.
Y asimismo debe quedarnos muy claro que quien apoye el estilo de vida homosexual y la ideología de género, forma parte de los paladines de la “moderna modernidad liquida”, que es una filosofía sin certezas ni absolutos, donde todo vale, todo sirve, todo fluye.., donde la familia natural según Dios la creó,  es vista como una institución zombie que camina mortalmente herida y ya ni siquiera debe ser sustituida por la tribu o comunidad, que fueron aspiraciones de la superada posmodernidad, sino que debe ser sustituida por el concepto de “individuo” donde el valor del compromiso se abarata y diluye en un amor flotante e individual, sin responsabilidad hacia el otro, siendo su activo principal, la fluidez de los sentimientos momentáneos.
En decadencia el estado de bienestar, hemos roto la baraja de una ética normativa, ya no hay relatos colectivos que otorguen sentido a la existencia. Quien apoye el estilo de vida homosexual, al mismo tiempo apoya que los valores judeocristianos de la vieja Europa sean sustituidos por la manida alianza de civilizaciones, y por un secularismo feroz que de seguir a este ritmo acabará admitiendo la pedofilia, el bestialismo y otras prácticas aberrantes, como inclusivas, normales y legales.
Y desde luego, no por ser legales, son moralmente aceptables, porque nosotros no apelamos a la legislación española o a las leyes civiles, sino a la Palabra de Dios, y si entramos en conflicto, ya sabemos que nos es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.
Como dijera Adolfo Vásquez “surfeamos en las olas de una sociedad líquida, siempre cambiante, incierta y cada vez más imprevisible”.  ¿Quién quiere navegar en este barco?  Desde luego las iglesias sólidas no, pues los postulados de esta modernidad líquida, representan claramente los valores del Anticristo. Lamentamos profundamente que haya iglesias líquidas capaces de cambiar el mensaje inmutable de la Palabra de Dios y adaptarlo a los nuevos recipientes del humanismo secular, la ideología de género y la cultura del todo vale. Gracias a Dios que frente a tanta aceleración vertiginosa en los cambios sociales, podemos seguir afirmando y creyendo que “la Palabra del Dios nuestro permanece para siempre”.
Por todo ello, las iglesias sólidas reclamamos nuestro derecho a pensar diferente, sin que por ello tengamos que ser juzgados o condenados, reclamamos nuestro derecho a ser una iglesia sólida que sepa diferenciarse de una sociedad en la que nos negamos a diluirnos.
Queremos defender una iglesia sólida firmemente arraigada en el ancla de valores creacionales y no culturales, y por tanto normativos para todo tiempo y edad, valores creacionales que son atemporales y eternos y que no pueden ser cambiados ni pervertidos por filosofías huecas, modas pasajeras,  o políticas de turno.
Y es una iglesia sólida como columna y baluarte de la verdad, la que desde el respeto a los homosexuales como personas, se opone a la práctica de la homosexualidad, a las doctrinas de la ideología de género y a los postulados de la modernidad líquida. Lo contrario es defender un antropocentrismo laicista, frente al teocentrismo bíblico. Por cierto, mis respetos al CEM.

Fuente: Protestantedigital, 2016.

jueves, 7 de enero de 2016

¿Y vos qué hiciste para que te crucificaran?



Por. Por Hilario Wynarczyk- Argentina*
La Pregunta de la señora Mirtha Legrand
Mihrtha Legrand, hoy 87 años, una estupenda actriz del cine argentino de mediados del Siglo XX, en su programa “Almorzando con Mirtha Legrand” reúne actores, intelectuales, políticos y gente de la “farándula” (teatro de revistas, reality shows, “botineras”, como tales conocidas las chicas de la farándula que salen con astros del  fútbol). Los encuentros los sábados a la noche y los domingos a la hora, precisamente del almuerzo, gozan de gran popularidad en la Argentina. Mirtha suele decir “¡qué mesaza tendremos hoy!”. Mesaza, una hermosa mesa, de amistad y discusión, ese es el significado de la palabra que se tornó lema. Aquí en esta mesaza Mirtha invitó a Jesús, el domingo 13 de diciembre del 2015, según la construcción simulacro cuyo autor o autora yo desconozco. Mirtha le preguntó a Jesús: ¿Y vos qué hiciste para que te crucificaran?
Frente a la pregunta de Mirtha a Jesús,  surgió en mi pensamiento esta respuesta que le adjudiqué a Jesús en la “mesaza” imaginaria.
Responde Jesús
Gracias por invitarme, apreciada señora Mirtha. Para mí es un placer llegar a su público. Sucedió así.
Además de criticar a la teocracia, la hipocresía, la injusticia, hacer sanaciones y curar en día sábado, además de juntar gente a mi alrededor que me seguía, además de impedir que apedreen a una mujer y de aceptar en mi grupo a otras (tal vez discutibles), una de las cuales me lavó los pies con aceite caro (algo así como de Paco Rabane, degiamos), además de aceptar tipos que cobraban impuestos para el gobierno romano y gente de naciones o etnias de segunda clase (y con esto me refiero concretamente a unos llamados samaritanos), además de protestar porque a mi primo Juan le cortaron la cabeza a pedido de una “botinera” (esas chicas que salen con reconocidos jugadores de fútbol), a continuación de lo cual en una muestra de lo que hoy llamaríamos sadismo la expusieron en una bandeja en un banquete, además de eso y otras cosas más, como, por ejemplo,  las enseñanzas que prediqué en una ladera de un monte a gente de menores recursos, mayormente jornaleros, tal vez, como dijo Deepak Chopra, sucede, oh buena y amable Señora, que el día de la fiesta de Pascua me fui al templo en Jerusalén, los cagué a chicotazos y los expulsé a unos tipos que vendían animalitos para los sacrificios (también había cambistas de dinero para los judíos diaspóricos que manejaban otra moneda diferente), y sostuve que había que terminarla con los sacrificios de animales, y a mis inmediatos les dije que en cambio yo iba a inmolarme, y además les enseñé que era necesario esperar el Bautismo del Espíritu Santo, y dije que yo volvería, y eso es todo lo que hice, y otros cuentan cómo ellos y ellas me vieron de nuevo, pero yo le explico, respetable y agradable señora, nada más lo que fue publicado, no le cuento si tuve algo que ver con los Zelotes, y debo decirle, de paso, que nunca hablé de mi nacimiento virginal, ni hice recomendaciones para que le recen a mi mamá (con su perdón señora, con humildad y decencia, y respeto a sus creencias que me parece usted tiene), y mucho menos conté si acaso yo me fui siendo varón virgen.  Esto último se lo aclaro porque hay una serie que ustedes aquí en la Argentina también conocen,  se llama Family Guy. En uno de los capítulos el personaje central recibe mi visita y con sus amigos, gente de buena voluntad, debo reconocerlo, traman presentarme chicas para que yo pierda la virginidad, pero ahí los autores me muestran como que hablo de una manera que a las chicas las espanta.
Y bueno, me entregó Judas Iscariote. Entiendo que le pagaron 300 pesos, es decir unos 30 dólares (en realidad eran “denarios”) de acuerdo con lo que ustedes hasta finales del año 2015 en la Argentina llamaban el “cambio oficial”, ofrecido en pequeñas cantidades a los ahorristas de la clase media,  pero sería algo  más, unos 450 pesos,  si tomamos lo que ustedes llamaban por entonces el “cambio blue”, con el dólar a unos 15 pesos. A lo de Judas yo lo tenía claro. Sabía que ese tipo iba a entregarme. Y finalmente él se suicidó.
Disculpe señora porque yo me extendí tanto en mi respuesta. En lo último que le hablé no quise decir tan sólo “denarios”, porque a su programa lo sigue mucha gente y yo quise hablar con lo que podríamos llamar “sentido común” para no ser demasiado complicado.
Nada más agregaría, señora, para cerrar mi respuesta, que estas comidas son tan sabrosas,  los vinos que usted nos ofrece son exquisitos. Y por otra parte, me gusta la gente que usted suele traer. Algunas chicas que usted invita y que suelen llamar botineras me caen simpáticas, algunas veces sencillas, otras parecen naive. Yo no soy de andar abriendo demasiado juicio sobre diversas cuestiones.
Bueno, pero ya no entraré en más detalles. Me tomé la licencia de hablar tanto. Y usted tendrá que darles la palabra a otros invitados. Yo tal vez tenía necesidad interior de contarlo.

*El autor es Doctor en Sociología por la Universidad Católica Argentina (UCA), Máster en Ciencia Política con mención en Teoría y Método por la Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG, Brasil), Licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires (UBA). En la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) es Profesor Titular de Metodología y Taller de Tesis de Posgrados en Gestión Ambiental. Es investigador en sociología de la religión.

Fuente: ALCNOTICIAS, 2016

miércoles, 6 de enero de 2016

Ni tres, ni reyes, ni magos



Por. Antonio Cruz, España
El relato evangélico no especifica que los reyes magos fueran tres. Mateo sólo escribe “unos magos”, con lo cual deja abierta la puerta a la especulación. Tampoco que fuesen reyes o que se dedicasen a hacer magia, en el sentido moderno del término que supone sacar conejos de una chistera. Su número se dedujo sobre todo de los presentes que ofrecieron -oro, incienso y mirra- pero esto no resulta del todo concluyente para determinar cuántos eran en realidad. De manera que los populares personajes, Melchor, Gaspar y Baltasar, que reaparecen en España escalando balcones la fría noche del cinco de enero, son pura invención del folklore posterior. Una tradición -eso sí- que produce felicidad a los niños y a todos aquellos que subsisten a expensas del consumismo exacerbado que caracteriza nuestra sociedad.
Es curioso comprobar cómo el ser humano disfruta haciendo conjeturas indemostrables. Trescientos años después de Cristo, la cantidad de los magos que adoraron a Jesús variaba sin parar. Algunos afirmaban que sólo habían sido dos. En los frescos rudimentarios de las catacumbas de Roma, durante el siglo IV d.C., aparecen unas veces cuatro magos y otras hasta seis. La Iglesia siria y armenia creía que lo lógico es que hubieran sido doce ya que ese era un número singular en las Escrituras: el de las tribus de Israel y también el de los apóstoles. Sin embargo, los coptos de Egipto estaban convencidos de que debieron ser sesenta los magos de Oriente que se pusieron de acuerdo para buscar al rey de los judíos. Ante semejante progresión aritmética de magos, tuvo que intervenir Orígenes en la primera mitad del siglo tercero para centrar las cosas y determinar que lo más sensato era quedarse sólo con tres, en base a los tres regalos mencionados en el evangelio de Mateo.
Los nombres propios de estos tres personajes aparecieron por primera vez en un mosaico bizantino del siglo VI d.C. localizado en la ciudad italiana de Rávena. No se sabe quién se los inventó pero, desde luego, Baltasar, Melchor y Gaspar no aparecen en la Biblia. Algunos dicen que quizás Baltasar podría ser una europeización de Belsasar, el último rey del imperio babilónico. Pero lo cierto es que la etimología de tales nombres no está clara. Tradiciones posteriores afirman que se convirtieron en discípulos de Tomás; que se hicieron obispos y murieron como mártires; que sus reliquias fueron llevadas a la ciudad alemana de Colonia, donde aún hoy se conservarían en un relicario bizantino de la catedral. En fin, leyenda sobre leyenda para construir un castillo de naipes sin fundamento alguno.
Por supuesto, tampoco fueron reyes. A alguien se le debió ocurrir que las connotaciones paganas de unos magos que venían del Oriente dejaban mucho que desear. ¡Cómo pretendían unos gentiles agoreros adorar al Niño! Tertuliano, en el siglo III y basándose en una tradición anterior, fue el primero en decir que se trataba de reyes sabios. Esta denominación les proporcionaba mayor prestigio, al mismo tiempo que les alejaba del denostado mundo de la magia y la adivinación. Sin embargo, el evangelio emplea expresamente al término “magos”. ¿Quiénes eran tales magos en realidad? Muy probablemente se trataba de “sacerdotes” pertenecientes a las tradiciones religiosas de origen medo-persa. Eran profesantes del zoroastrismo cuyo oficio se podría comparar al de los levitas en Israel. Se dedicaban al culto, a los ritos de esa religión y a la astrología. Actuaban de mediadores entre la divinidad y los seres humanos.
Hay una cita en el Antiguo Testamento que se refiere expresamente a estos magos que vivían en el reino babilónico de Belsasar. Fueron contemporáneos de Daniel y también aspiraban a interpretar sueños y presagios. Sin embargo, el poder de sus predicciones resultó inferior al que Dios le concedió a Daniel. Tuvo que ser la propia reina quien advirtiera al rey: “En tu reino hay un hombre en el cual mora el espíritu de los dioses santos, y en los días de tu padre se halló en él luz e inteligencia y sabiduría, como sabiduría de los dioses; al que el rey Nabucodonosor tu padre, oh rey, constituyó jefe sobre todos los magos, astrólogos, caldeos y adivinos” (Dn. 5:11). Resulta pues que el propio Daniel, el cuarto de los profetas mayores de Israel, llegó a ser jefe de los magos o sacerdotes del rey Nabucodonosor. Estos magos solía vestir de blanco y portaban en la cabeza un gran turbante que les cubría también las mejillas. Adoraban a los cuatro elementos fundamentales: aire, tierra, agua y fuego. Hoy diríamos que eran unos ecologistas radicales ya que se oponían a toda forma de contaminación de dichos elementos físicos. Según cuenta el historiador griego Heródoto, los cadáveres no se quemaban para no contaminar el aire; tampoco se enterraban para no contaminar la tierra; no se podían arrojar al mar ni quedar expuestos al aire por la misma razón. Lo que se hacía con ellos era ofrecerlos a las alimañas sobre las llamadas “torres del silencio”.
No es extraño pues que, como consecuencia de la proximidad geográfica, estos sacerdotes hubieran oído hablar acerca de la esperanza de un Mesías libertador que restauraría al pueblo hebreo. El judaísmo era una religión bien conocida en todo Oriente, así como su anhelo tradicional de un soberano que habría de reinar sobre todo el mundo. Por lo tanto, es comprensible que semejante conocimiento, unido a la señal astronómica descubierta en el firmamento, fuera lo que movilizara a estos astrólogos paganos en su viaje a Jerusalén.
La conclusión evangélica de tal historia es que aquellos misteriosos personajes orientales, superando todas las diferencias culturales y demás dificultades, se pusieron de acuerdo para localizar a Jesús. Encontraron la casa, vieron al niño junto a su madre María, se postraron, lo adoraron y le ofrecieron sus presentes. De la misma manera hoy, más de dos mil años después, todavía existen criaturas que acuden a los pies de Cristo, lo descubren por primera vez en su vida y deciden adorarlo eternamente. Postrarse para siempre ante su persona. Inclinar la vida entera y consagrarla en señal de amor, aceptación y respeto. Esta es la verdadera adoración que no cesará jamás. Toda la vida del cristiano está llamada a ser como un continuo acto de adoración que no terminará con la muerte. Se trata de algo para la eternidad, pues tiene al Creador del tiempo como su objeto fundamental. De manera que no debemos dejar de adorar a Dios, a través de nuestra existencia cotidiana, porque es así como él nos perfecciona.
Es probable que, después de todo, los Tres Reyes Magos ni fueran tres, ni reyes, ni tampoco practicasen la magia. Sin embargo, acertaron al descubrir lo más maravilloso y real que el ser humano puede llegar a conocer de manera personal: a Jesucristo, el Hijo del Altísimo.

Fuente: Protestantedigital, 2016