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lunes, 7 de noviembre de 2016

Comunidades evangélicas demuestran su creciente fuerza política en América Latina



Por. Jean Palou Egoaguirre
Tanto en el impeachment a Rousseff en Brasil como en el "No" en el plebiscito en Colombia, el voto evangélico fue determinante. Organizados, ganan peso electoral e influencia en el debate público.
En Brasil ya se le conoce como la "bancada de Dios". El Frente Parlamentario Evangélico está compuesto por 92 diputados de 14 partidos diferentes que votan en bloque, y se ha convertido en una de las fuerzas políticas más cortejadas del país: los votos de estos parlamentarios fueron claves para el impulso del impeachment contra Dilma Rousseff, y el actual Presidente Michel Temer les ha dado prioridad absoluta, recibiéndolos antes que a nadie en su despacho y nombrando a pastores evangélicos como ministros de su gabinete.
El creciente poder político de la comunidad evangélica en América Latina también comprobó su peso en Colombia, donde se considera que el electorado protestante fue determinante para inclinar la balanza hacia el "No" en el reciente plebiscito sobre el acuerdo de paz del gobierno con las FARC.
Los casos se repiten en una región cada vez menos católica y más evangélica.
Según un estudio de Pew, hoy el 19% de los latinoamericanos se describe como miembro de alguna vertiente del protestantismo -la mayoría pentecostales, que constituirían cerca del 85%-, frente al 69% que se considera católico. Se trata de un cambio acelerado: de acuerdo con un informe de Latinobarómetro, entre 1995 y 2014 las personas que se declaran católicas cayeron en promedio 13 puntos, principalmente en países centroamericanos como Nicaragua (-30), Honduras (-29) y Costa Rica (-19), lo que ha ido a la par con el fuerte aumento de los evangélicos. También se ha reforzado la penetración de confesiones cristianas no católicas en Brasil, cuyos fieles pasaron del 6% al 21% en dos décadas, así como en Colombia, del 3% a 14%.
"Ha habido un crecimiento impresionante del número de evangélicos en los últimos años. Pero además están teniendo una mayor presencia dentro de la sociedad, lo que no es lo mismo", afirma Rubén Ruiz, director del Centro de Investigaciones sobre América Latina de la Unam y experto en diversidad religiosa. "Esto obedece a una actitud, a una política muy clara de los liderazgos sobre la importancia de tener una mayor presencia e impulsar una agenda propia".
El paso hacia la política, de algún modo, era inevitable. Y si a comienzos del siglo XX la lucha de los protestantes -luteranos, anglicanos, presbiterianos, bautistas, metodistas y pentecostales, entre otras vertientes- era por la libertad de conciencia y la separación de la Iglesia y el Estado, actualmente las iglesias evangélicas tienen una agenda clara en contra de políticas como la despenalización del aborto o el matrimonio igualitario, en lo que han coincidido con la jerarquía católica.
"Los evangélicos, en general, no están muy orientados hacia la acción política. Pero de la vereda del frente, los políticos sí miran a los evangélicos como un capital demográfico interesante", destaca Hilario Wynarczyk, sociólogo experto en religión y autor de "Ciudadanos de dos mundos. El movimiento evangélico en la vida pública argentina". "Y sí, hay líderes evangélicos que perciben la importancia que tienen y piensan que para los intereses de sus iglesias puede llegar a ser bueno aceptar la 'tentación' de la política".
41% de los hondureños se identifica como evangélico. Es el país de la región con la mayor penetración de iglesias protestantes.

Fuente: “Economia y negocio”, en El Mercurio,
domingo, 16 de octubre de 2016.

domingo, 6 de noviembre de 2016

El judío que compuso la sinfonía a la Reforma



Por. José de Segovia, España
Ahora que tanto se habla del antisemitismo de Lutero, choca que el compositor de la sinfonía a la Reforma, fuera el judío Mendelssohn (1809-1847). La escribió para el aniversario de la Confesión de Ausburgo en 1830. Aunque era judío, el músico se convirtió al cristianismo, llegando a ser uno de los principales compositores protestantes. Recuperó “La Pasión según San Mateo” de Bach y su fe evangélica le llevó a hacer un oratorio sobre Pablo, usando solamente el texto bíblico, así como otro sobre Elías.
Hace algunos años un escritor checo llamado Jiri Weil escribió una novela titulada “Mendelssohn en el tejado”. Durante la ocupación nazi de Praga, un oficial de las SS recibe órdenes de quitar la estatua de este músico del techo de una sala de conciertos. El problema es que el tejado estaba lleno de figuras de diferentes compositores, y no tenían nombres para identificarlas. El oficial nazi recordó lo que le enseñaron en su curso de “ciencia racial” sobre que los judíos tenían grandes narices. Quitó entonces la estatua más nariguda que había, pero resultó ser la del propio Wagner, quien mantenía que por muy luterano que Mendelssohn fuera, al fin y al cabo era judío. Por lo que su música fue prohibida por los nazis...
JUDÍO CONVERTIDO
Es la paradoja de un músico cuyo cristianismo era tan sincero, que hasta los estudiosos judíos reconocen que su conversión fue auténtica. Es cierto que nació en Hamburgo en 1809 de padres judíos, pero se bautizó antes que ellos. Su abuelo Moisés era un importante rabino y filósofo, cuyo judaísmo era realmente ortodoxo, aunque cinco se sus hijos se hicieron cristianos. El padre del compositor, Abraham, era un banquero, dedicado a los negocios. Su hijo Félix se confirmó a los catorce años en la iglesia luterana, después de hacer que se bautizara a los seis, para ser mejor aceptado en la sociedad alemana. Su padre quiso cambiarle el nombre por Batholdy, pero Félix mantuvo su apellido judío de Mendelssohn. Según el rabino Stahl, “aunque Félix era un cristiano convencido, nunca se avergonzó de sus raíces judías”.
Como Mozart, Mendelssohn era un niño prodigio. Hizo su primera actuación pública como pianista cuando tenía nueve años, empezando a escribir música el año siguiente. Educado por su madre en una cultura exquisita y refinada, dominaba el latín y el griego, además de pintar y dibujar muy bien. Era un buen deportista, pero destacaba sobre todo por su talento para la música. Tocaba como un maestro del piano y el órgano, pero era también un excelente intérprete de violín y viola. A los dieciséis años escribe su encantadora obertura al “Sueño de una noche de verano” de Shakespeare. Algunos piensan que nunca superó la genialidad de esta obra romántica.
Su familia se traslada a Berlín en 1812, donde Félix estudia con Carl Zelter, un hombre vinculado a la familia Bach, que le presenta al anciano Goethe. El joven estaba muy unido desde pequeño a su hermana Fanny, conocida pianista y compositora, que publicó varias de sus obras bajo el nombre de Félix. Mientras tanto estudiaba en la Universidad de Berlín estética con Hegel, además de geografía e historia. Su memoria era tan impresionante que cuentan que cuando interpretó su obertura al “Sueño de una noche de verano” en Inglaterra, se dejó la partitura en un coche, pero se sentó y reescribió toda la obra inmediatamente.
A los doce años estudia ya La Pasión según San Mateo de Bach en la Biblioteca Real de Berlín, donde se conservaba un manuscrito. Su madre le regala una copia para su cumpleaños, hecha especialmente para él, ya que no había sido todavía publicada. Ocho años después la presenta en Berlín, como uno de los más grandes acontecimientos de la historia de la música. La obra se volverá a representar el cumpleaños de Bach, el 21 de marzo de 1829, llegando a ser un famoso director a los veinte años.
LA ALEGRÍA DE VIVIR
“Es un alivio encontrar un músico que fuera realmente feliz la mayor parte de su vida” –dice Siegmund Spaeth–, “aunque ésta fuera tan corta” como la de Mendelssohn. La mayor parte de los grandes compositores tienen un carácter francamente irritante. No es éste el caso de Mendelssohn. Según todos los testimonios, era un hombre modesto y de carácter alegre – como su nombre indica –, aunque algo nervioso.
Se casó con la hija de un pastor protestante francés, Cecile Jeanrenaud, con la que tuvo cinco hijos. Ella era más bien reservada, mientras que él era extrovertido, pero se entendían bien. Ella pintaba, mientras él hacía música. Su pasión sin embargo era tal que a veces estaba tan excitado que sufría colapsos, como el que provocó su muerte, a los 38 años, muriendo poco después su esposa. Estuvieron casados sólo diez años.
Muchos se han preguntado de dónde provenía la energía vital que llenaba a Mendelssohn de esa extraña alegría de vivir. Para él,  “la Biblia era lo mejor de todo”. Así lo declaró cuando hizo su oratorio sobre Pablo, basado en el texto bíblico y las corales de Bach. Amaba tanto las Escrituras, que sus palabras resuenan con un poder tal – en esta obra y la que hizo sobre Elías –, que muchos comparan su interpretación con un acto de culto y adoración pública. Su música es una verdadera celebración de la fe.  
Su cantante preferida era la soprano sueca Jenny Lind, que conoció en 1844. Para ella escribió algunas de sus obras, pero ella se retiró cuando estaba en la cumbre de su carrera. El biógrafo de Mendelssohn, Philip Radcliffe, cuenta que un amigo le preguntó por qué abandonaba la música, precisamente en este momento. Su respuesta fue: “¿Qué otra cosa puedo hacer, si cada día me hace pensar menos en la Biblia?”
Mendelssohn escribió la sinfonía por el aniversario de la confesión de Ausburgo en 1830.
CÁSTILLO FUERTE
Mendelssohn es famoso por su marcha nupcial, unas pequeñas e íntimas piezas para piano conocidas como “Romances sin palabras”, su popular “Concierto para violín en mi menor” (grabado por Anna Sophie Mutter para Deutsche Grammophon en ocasión de su bicentenario) y sus sinfonías “Escocesa” e “Italiana”. Los protestantes le recordamos sin embargo especialmente por la obra que escribió en conmemoración de los 300 años de la Confesión de Augsburgo. Su “Sinfonía de la Reforma” acaba con el himno de Lutero, “Castillo fuerte es nuestro Dios”, basado en las palabras del Salmo 46, que acaba con esta gloriosa declaración del reformador:
Sin destruirla dejarán,
aún mal de su agrado,
esta Palabra del Señor;
Él lucha a nuestro lado.
Que lleven con furor
los bienes, vida, honor,
los hijos, la mujer,
todo ha de perecer.
De Dios el Reino queda

Sobre su tumba hay una gran cruz blanca en el cementerio de la Trinidad en Berlín-Kreuzberg. En la Iglesia Evangélica Paulina seiscientas voces cantaron a “Cristo y la Resurrección”. Tras varios ataques, Félix dejaba este mundo, seis meses después de su hermana Fanny – que sufría como sus padres y sus abuelos de apoplejía –. Sus últimos años tuvo mala salud, problemas nerviosos y demasiado trabajo, pero se mantuvo sin embargo en su fe hasta el final.
Aunque para los nazis, no era más que un judío, al que quitar su estatua en Leipzig y expulsar sus descendientes, no pudieron destruir esa Palabra, que le dio fuerzas y alegría para vivir. Cerraron el negocio familiar, demolieron su figura, pero a pesar de su furor, aunque “todo haya de perecer, de Dios el Reino queda”.

Fuente: Protestantedigital, 2016

sábado, 5 de noviembre de 2016

La ramera, su fornicación y borrachera



Por Juan Stam, Costa Rica
El simbolismo del relato de la ramera (Ap 17-18) plantea unas preguntas un poco curiosas: ¿Cómo pudieron los reyes de la tierra fornicar con una ciudad (Babilonia, la ramera; 17:2,18)? ¿Qué significa que las naciones "bebieron el excitante vino de su adulterio" y se emborracharon (18:3)?
Pablo Richard (1994:159) señala la relación de las palabras pornê (prostituta), porneia (prostitución), y porneuô (prostituirse) con el verbo extra-bíblico de pernêmi, vender, venderse.
Richard percibe esa misma connotación comercial en este texto: los reyes se prostituyen en Roma, donde se venden por una cuota de poder y riqueza. Como comenta Pikaza (1999:191), Roma era "un mundo que se vuelve compra-venta" de vidas y almas, poder y riqueza.
En el AT, especialmente en los escritos proféticos, el adulterio (o fornicación) y la prostitución fueron símbolos muy comunes para diversas formas de desobediencia y pecado, mayormente de Israel pero también de otras naciones.
La frecuente idolatría de Israel se describía como adulterio, por ser infidelidad a su pacto con Dios, entendido como un matrimonio (Dt 31:16; Is 57:3-13; Jer 5:7; Ezq 43:7,9 y algunos otros pasajes).
En dos casos los profetas acusan a otras naciones de prostitución. Isaías, después de denunciar a Tiro larga y vehementemente por su explotación comercial de otros países, lo tilda de ramera (23:17-18).[20]
En los mismos términos, Nahum denuncia a Nínive, capital del poderoso imperio asirio, como "ciudad sedienta de sangre... insaciable en su rapiña (3:1), "esa ramera de encantos zalameros, esa maestra de la seducción" (3:4). Nahum condena también el comercio de Nínive ("Aumentaste tus mercaderes más que las estrellas del cielo", 3:16) y a sus dignatarios y oficiales (3:17).
Franz Delitzsch describe la "prostitución" que menciona Isa 23:17-18 como "actividad comercial" que "con miras sólo a la ganancia material, no reconoce ningún límite divinamente establecido, sino realiza un tráfico promiscuo con todo el mundo, como una prostitución del alma".[21]
Swete también lo comenta en este sentido: "Aunque la acusación de ‘fornicación’ podría justificarse ampliamente por las condiciones morales de Roma bajo el imperio, es probable que se refiere principalmente a la total venalidad de la capital, que estaba dispuesta en cualquier momento a vender cuerpo y alma por un buen precio" (1951:184).
Puesto que el énfasis central de Apoc 18 es fuertemente comercial y económico, parece que la "fornicación" de 17:2 y 18:3 se refiere particularmente al espíritu mercantil de la capital imperial.
Peor aún, Roma ha exportado su corrupción y su consumismo a todo el imperio, haciéndoles a las naciones beber del vino de su pasión impura (14:8 griego; Swete) y embriagándolos con el influjo intoxicante de su lujo, su vicio y su idolatría (17:3).
Roma estaba ebria con la euforia de su riqueza y su poderío (18:7) y seducía y emborrachaba a las naciones con el mismo espíritu.[22]
El desarrollo posterior de este texto demuestra claramente que la prostitución y la borrachera de la ramera consistía en la seducción embriagante de sus lujos: "ella se entregó a la vanagloria y al arrogante lujo" (18:7) y "los reyes de la tierra cometieron adulterio con ella y compartieron su lujo" (18:9).
Fue mediante este comercio internacional de lujos ("frutos codiciados, cosas suntuosas y espléndidas", 18:14) que "sus comerciantes eran los magnates de la tierra" (18:23; cf. 18:3,15). Era una especie de "lujolatría" muy parecida al consumismo desenfrenado de nuestro tiempo.
EL LAMENTO DE LOS COMERCIANTES
Lo más explícitamente económico de todo el libro del Apocalipsis es la endecha de los comerciantes (18:11-17) y de los transportistas marítimos (18:17-19) por la destrucción de Babilonia.
Junto con los reyes aliados, que lloran la pérdida de su poder político (18:9-10), los comerciantes internacionales del imperio lamentan a gritos la pérdida de la gran fuente de su fortuna.El pasaje es largo, sumamente detallado y específico, y con fuerza abrumadora denuncia el comercialismo y la lujolatría del Imperio Romano. Juan reproduce, como si fuera el "registro de cargamento" de un barco, la lista de casi 30 productos del más exquisito lujo. Tanto detalle hace sospechar que Juan frecuentaba los muelles de Éfeso para conversar con los marineros.
Ezequiel, en un pasaje muy parecido que sin duda le inspiró a Juan, desglosa una lista aún más larga de los productos del comercio de Tiro (Ezq 27:3-36; ¡51 productos!). Lo sorprendente es que las dos listas son distintas, porque cada una corresponde al comercio de su momento histórico. De la lista de Ezequiel, Apocalipsis omite unos 25 productos, entre ellos ciertas maderas (pinos, encinas, cipreses); algunos bordados y telas; tres metales (hierro, estaño, plomo); ébano, topacio, corales, rubíes; mulas y chivos. La lista del Apocalipsis añade unos diez productos: perlas, seda, escarlata, mármol, mirra, harina refinada, carruajes y esclavos.
Estos productos procedían de todo el mundo conocido, desde Inglaterra hasta la China; llegaban a Roma comerciantes y embajadas aun de los pueblos orientales.Augusto había organizado muy bien la patrulla marina que controlaba la piratería, haciendo posible el constante movimiento comercial.Plinio informa que una flota de más de 100 barcos viajaba constantemente al Mar Rojo y a la India (Hist.Nat. 12.41).El tráfico marítimo entre Alejandría y Roma, con duración de unos 10 días, era especialmente nutrido.Un eficiente sistema bancario y crediticio, y la unidad monetaria del imperio, facilitaban mucho ese gran comercio.
DATOS DE LA MAGNITUD DE ESTE COMERCIO.
Según Plinio (Hist.Nat. 12,41,2), cada año el imperio gastaba cien millones de sestercios[23] en perlas de Arabia, India y China. Se practicaba la minería en España, Bretaña, y al norte del Danubio; las minas generalmente pertenecían al estado, y los mineros eran en su mayoría esclavos.
El lino venía de Egipto, la púrpura de Fenicia (extractada por un proceso sumamente laborioso y costoso), y la seda de China. La "madera olorosa" (citum, o tuya), traída desde Argelia, se utilizaba en muebles lujosos, que a veces tenían un precio equivalente a un latifundio de 122 hectáreas por una sola mesa (Plino, Hist.Nat. 13,20,30). El cinamomo de China valía unos 300 denarios por libra, y el amomo de India y otros lugares costaba unos 60 denarios por libra. También venían coches, a veces adornados con plata.
Llama poderosamente la atención que tanto la lista de Ezequiel como la de Juan corresponde detalladamente a su contexto, a los productos de lujo que de hecho se transportaban en su época. En el año 95 d.C. la lista no pudo ser igual que la de Ezequiel en el año 600 a.C.Por supuesto, sería muy diferente una lista de productos de lujo de nuestro siglo XXI (automóviles Mercedes Benz, relojes Rolex, televisoras, microondas, computadoras).
Tampoco es posible espiritualizar los productos, para interpretarlos simbólicamente. Estos hechos muestran a las claras que Juan estaba pensando económicamente, con mucho conocimiento del tema, y que también aquí, casi llegando a finales de su libro, Juan sigue pensando en el imperio romano.
NOTAS AL PIE
[20] Ezequiel tiene denuncias parecidas contra Tiro (Ezq 26-29) con énfasis en su injusto enriquecimiento por medio del comercio marítimo. En contraste con Israel, que tenía poco acceso a las costas mediterráneas, Tiro era un puerto importante y lucrativo. "Sus comerciantes eran príncipes, y sus negociantes reconocidos en la tierra" (Is 23:8).
[21] Isaiah (Edinburgo: T&T Clark, 1867), Vol.1, pp.412ss.
[22] Es posible que la "hechicería" de 18.23 se refiera a este contagioso espíritu mercantilista. Swete (p.241) la interpreta como la seducción de la lujuria romana, "la brujería del vicio alegre y lujoso".Cf. Nah.3:1-4; Isa. 47:7-9.Pero el término puede indicar también la dimensión demoníaca del imperialismo romano: "Roma coqueteó con los poderes malignos para corromper al mundo entero", Barclayop.cit. (n.5), p.416; cf.cap. 13, y 18:2.Si 18:24 va unido con 18:23, señala el precio sangriento del imperialismo; cf.Ezeq 24:6-8,13.La motivación del culto al emperador, y la consiguiente persecución, no fue de ninguna manera sólo religiosa, sino más bien política, económica e imperialista.
[23] El sestercio valía un cuarto de denario.

Fuente: Protestantedigital, 2016

miércoles, 2 de noviembre de 2016

De la Misión a la Teología

Por. Jacqueline Alencar, España
De la Misión a la Teología es el título de un libro de autoría del teólogo Samuel Escobar. Esta obra fue publicada en 1998, en Buenos Aires (Argentina), por KAIRÓS Ediciones, dentro de la Colección FTL. En su prólogo, el autor comenta que la publicación de estos trabajos inéditos en este libro es resultado de una petición expresa de su colega y amigo René Padilla. Consta de tres capítulos: "La búsqueda de una cristología misiológica en América Latina", "El legado misionero de Juan A. Mackay" y "El diálogo entre la espiritualidad evangélica y la católica". 
Esta colección de trabajos está dedicada a la memoria del teólogo anabautista John H. Yoder.
Hoy transmitiré parte del contenido del primer capítulo, "La búsqueda de una cristología misiológica en América Latina", utilizando las palabras del autor. Dice Escobar ya al inicio del mismo: "La teología evangélica en Latinoamérica surge de iglesias que son relativamente jóvenes, algunas de las cuales crecen rápidamente en contraste con una cristiandad católica declinante. Esto quiere decir que los teólogos evangélicos se ubican en relación marginal a las elites culturales dominantes en sus países, pero están en el centro de la acción misionera de sus iglesias. Los interlocutores de estos teólogos han sido los activistas que se sientan en el mismo banco de iglesia o desfilan en alguna campaña de evangelización, más que los académicos de las universidades en sus círculos de admiración mutua. Estos teólogos son parte de comunidades que ven todavía el mundo como un territorio  que 'hay que conquistar para Cristo', y el evangelio como un mensaje transformador que va a traer aparejada una nueva creación en lo espiritual, lo social y lo político".
Dice el autor en ese momento que "al acercarnos al quehacer teológico desde esta postura misionera experimentamos el final del siglo XX como un momento de transición, en el que hacer teología es al mismo tiempo algo doloroso y fértil".
En 1992, año en el que se celebró el Quinto Centenario de la conquista ibérica y la cristianización de las Américas, numerosas publicaciones trajeron de vuelta al debate misiológico las viejas cuestiones de la relación entre imperio y misión, evangelización y civilización, evangelio y cultura. Todo esto reflejaba que los cristianos pensantes de hoy no aceptan sin cuestionarla aquella presuposición de los viejos misiólogos de que "el cristianismo está ligado indisolublemente con el carácter dinámico de la civilización occidental".  
Interesante es la afirmación que dice que existe una necesidad de romper con el modelo constantiniano de empresa misionera que dependía del poder militar, de la conquista económica y de la habilidad tecnológica. Y que crece hoy la toma de conciencia de que Europa y Norteamérica, los baluartes del cristianismo a comienzos del siglo XX, están pasando a ser territorios paganos. Y que en ellos la presencia cristiana debe adquirir un carácter misionero. Y se asevera que en el hemisferio norte se impone una tarea: los cristianos tenemos la tarea de destruir o por lo menos criticar la misma cultura que antes creamos, a fin de ser más fieles. Leo que América Latina fue una de las primeras partes del mundo donde se dio este acercamiento crítico a la cristiandad. Incluso la presencia misionera protestante hizo que los católicos cuestionasen su nominalismo e institucionalismo sin espíritu. 
Por su parte, pastores y misioneros evangélicos han venido trabajando para buscar respuestas a estas interrogantes, comenta Escobar. Y que ni el diálogo ecuménico de Ginebra ni las teologías de la liberación, nacidas en suelo católico romano, ofrecían las respuestas pertinentes. La teología ecuménica proveniente de Ginebra reflejaba las incertidumbres y la fatiga de un protestantismo declinante en Europa, y la teología de la liberación de fuentes católicas dependía, en gran medida, de la presuposición de que Latinoamérica era 'un continente cristiano'.
Por ello, los teólogos evangélicos tomaron el rumbo de elaborar una teología contextual, acorde a la realidad evangélica de Iberoamérica y fiel a la palabra. Con el propósito de ofrecer "una nueva lectura abierta de la Escritura, con una hermenéutica en la cual el texto bíblico y la situación histórica entran en un verdadero diálogo, cuyo propósito es colocar a la Iglesia bajo el señorío de Jesucristo dentro de su particular contexto".
Dice Escobar que "dentro del mundo evangélico, el Movimiento de Lausana, después de 1974, vino a aceptar el hecho de que hay un nuevo panorama misionero mundial en el que ocupan un lugar destacado las iglesias crecientes del llamado Tercer Mundo; hecho que viabiliza una nueva lectura de las Escrituras, como un esfuerzo en el cual trabajan en conjunto gentes de iglesias de muchas naciones y culturas. Por su parte, dice, los latinoamericanos realizaron un valioso aporte en los debates sobre Evangelio y cultura auspiciados por el Movimiento de Lausana  en Willowbank en 1978.  Se llegó a la conclusión de que era necesario desarrollar una nueva lectura de la Biblia, una interacción dinámica entre el texto y el intérprete". Esta contribución se incorpora al Informe de Willowbank, un documento que viene a ser una hoja de ruta para la teología evangélica para la misión.
Resulta que los evangélicos latinoamericanos se dieron cuenta que en otras partes del mundo los evangélicos también estaban tratando estos mismos asuntos. Se citan los nombres de John H. Yoder, Jacques Ellul, John Stott, Michael Green, Andrew Walls y Leslie Newbigin.
En este mismo capítulo hay un apartado dedicado a La teología evangélica en América Latina en el que comenta el autor que los teólogos evangélicos latinoamericanos habían entrado en un diálogo a nivel global, desarrollado en plataformas como el Movimiento de Lausana, la Comisión Teológica de la Alianza Evangélica Mundial y la Comunidad Internacional de teólogos de la Misión. Añade, además, que la mayor parte de los participantes latinoamericanos de este diálogo provenían de la Fraternidad Teológica Latinoamericana.
Dice Escobar que los pensadores evangélicos latinoamericanos habían trabajado en una tarea teológica dual. Primero habían desarrollado una labor crítica que incluyó un continuo debate con las teologías de la liberación que estuvieron al frente del discurso teológico en las décadas del setenta y el ochenta. Además esta labor crítica era la misma que habían sostenido frente a los predecesores protestantes de estas teologías. Y aquí cita a autores que incorporaron este acercamiento crítico: Kirk, Núñez y Escobar. En esta perspectiva evangélica hay un énfasis sobre la primacía de la autoridad bíblica en su método teológico y se insiste en tener la actividad evangelizadora como parte central de la misión de la iglesia. También se desarrolló una crítica respecto a las teorías misioneras de la escuela de Iglecrecimiento (con un peso considerable en Latinoamérica).
La otra tarea desarrollada por los teólogos fue constructiva en el desarrollo de una teología de la misión que pudiera transmitir la realidad dinámica y el fervor misionero de sus iglesias en A. L. Por respeto a la totalidad de la verdad bíblica el quehacer teológico tiene que embarcarse en una exploración renovada en busca de una ética social basada en esa verdad, dice.   
Estos dos enfoques mencionados se plasman en las páginas del libro Misión Integral, obra de autoría de René Padilla quien ofrece en ella una reflexión misiológica basada en la exégesis cuidadosa del texto bíblico, según Escobar. Orlando Costas es otro de los autores citados en este esfuerzo por formular una teología de la evangelización contextual y la misión.
Respecto a la reflexión evangélica, Escobar comenta cinco áreas de investigación y exploración que han sido desarrolladas por autores como: Padilla, Núñez, Mortimer Arias, Sidney Rooy, Tito Paredes, Valdir Steuernagel, Escobar, Guillermo Cook, John Driver.
Más adelante, en el mismo capítulo I, Escobar elabora un apartado que titula como El redescubrimiento de grandes temas bíblicos, donde el autor aborda temas que, según él, son cruciales, como los referidos a realidades económicas y sociales, los cuales se prestan para el diálogo teológico global de hoy.
Dice que sólo una conciencia cristiana, moldeada por la verdad bíblica y abierta a la guía del Espíritu, capacitará a los protestantes en el mundo rico y desarrollado para captar y comprender la angustia de aquellos que experimentan la realidad del orden económico global no como beneficiarios sino como víctimas. Y que la tarea teológica del futuro va a demandar sensibilidad para leer de nuevo la Escritura tomando conciencia de las profundas desigualdades. En este aspecto, afirma, los evangélicos en América Latina son herederos de una rica tradición. Además, añade que los misioneros que actuaron como pioneros de la reflexión teológica evangélica en este continente fueron muy explícitos respecto a la significación social del Evangelio y de la conversión cristiana. 
Cita al misionero Stanley Rycroft: "El impacto del cristianismo evangélico sobre los grandes problemas sociales  de las repúblicas latinoamericanas está produciendo entre la gente pensante una conciencia creciente de que el cristianismo demanda algo más que conformidad exterior o asentimiento intelectual. Hay en él las semillas de rectitud y justicia social, porque cuando los seres humanos llegan de veras a ser cristianos no pueden evitar que sus relaciones humanas sean más adecuadas, si es que en alguna manera son personas que tienen 'hambre y sed de justicia".
El educador y evangelista Juan A. Mackay, a quien he citado en otras entregas, también expresó la convicción teológica que respaldaba estos hechos, señala Escobar, gran conocedor de la obra del escocés, el cual escudriñó la condición espiritual de Iberoamérica. Mackay había trabajado entre los universitarios del continente. Sabía que los jóvenes rechazaban lo cristiano por la gran brecha que existía entre ética y religión. Por ello planteó: "Bajo el impacto del encuentro con Dios en su plena dimensión cristiana el ser humano es tomado por una fuerza e inspirado por una visión que lo mueven a luchar para conseguir que el propósito divino se logre tanto dentro de él como por medio de él".
Añade el autor del libro que una nueva lectura de la Biblia, dentro de la crisis social de la década de los años sesenta en Latinoamérica, hizo que teólogos de todas las tradiciones descubrieran algunos aspectos del mensaje bíblico que habían permanecido oscuros, desconocidos o intencionalmente olvidados. Y que había sido necesario reconocer que temas tales como justicia, pobreza, opresión y liberación no son desviaciones ocasionales aquí y allí de las grandes líneas de la enseñanza bíblica. Son enseñanzas que no pueden separarse del meollo de la revelación que Dios nos da de sí mismo en Jesucristo. Son aspectos intrínsecos de todos los otros temas tales como la revelación, la relación con Dios, el arrepentimiento y la naturaleza de la vida cristiana.
Yo, al leer estas afirmaciones, tuve la tentación de pensar que en esos años sesenta se estaba desarrollando una nueva Reforma, como aquella del siglo XVI, que incluso tuvo su preámbulo en el XV.
Y continúa Escobar diciendo que cada aspecto particular de la enseñanza bíblica requiere que se tenga en cuenta la totalidad del mensaje bíblico. El Éxodo por ejemplo, tiene que ser comprendido en su particularidad única y luego ser ubicado dentro de la totalidad de la revelación de Dios. Cuando esta comprensión se lleva a su consecuencia lógica, adquiere una dimensión misiológica. Sin una historia que incluya la Creación, el Pacto, el Desierto, la Tierra Prometida, el Exilio, el Mesías, la Cruz y la Resurrección, no tenemos la clave para comprender el Éxodo de manera que sea una verdad que toque nuestro presente.
Esta particularidad le da al hecho liberador que se proclama y describe en la Biblia su forma, contenido, medios y contexto únicos, que se tienen que tomar en serio cuando el lector hoy en día intenta usarlo como paradigma de la acción misionera. El proyecto histórico de Dios empieza con su pueblo, aunque su intención es bendecir a toda la humanidad. De esta comprensión de la particularidad de la acción de Dios en el mundo por medio de su pueblo viene la crítica evangélica a la forma en las que las teologías de la liberación leían el Éxodo.
Dice Escobar que remitiéndonos a los trabajos de crítica que se han mencionado anteriormente, hay que recordar que las teologías de la liberación implicaban una nueva lectura de la historia, de la Biblia y de la misión cristiana. Se reconocía el carácter opresivo, desigual y opresivo de la estructura social impuesta por la conquista ibérica. El análisis católico arremetía sobre la forma capitalista más reciente de ese viejo sistema. Los vientos de reforma del Concilio Vaticano II, la toma de conciencia social de movimientos laicos católicos, y la práctica misionera de sacerdotes y monjas europeos y norteamericanos trajeron un cambio de alineamiento político en un sector de la Iglesia Católica. Creyeron que su deber cristiano era cooperar con los proyectos políticos que tenían como meta destruir el viejo orden. Se usó el análisis social y marxista. El Éxodo llegó a ser un motivo favorito del nuevo enfoque teológico. No obstante, el argumento crítico de los teólogos evangélicos era que al adoptar una lectura marxista del Éxodo se forzaba a la visión bíblica dentro del molde de la versión marxista de la Ilustración.   
Y cita a René Padilla: "Una alternativa mucho mejor es que la teología lea la Biblia en sus propios términos, y rehúse meterla dentro del chaleco de fuerza de una ideología que impone sus propias limitaciones a la Palabra de Dios". Y añade Escobar que, con la caída de los regímenes que se consideraban expresión de la ideología marxista en Europa Oriental, el edificio de las teologías de la liberación ha quedado necesitado de una reparación estructural.
En vez de ratificar los proyectos marxistas con lenguaje bíblico, los evangélicos propusieron explorar y desarrollar el potencial transformador de su presencia misionera distintiva en las sociedades latinoamericanas. Esto le da una pertinencia especial a la búsqueda de una cristología misiológica.

Dejamos para la próxima entrega el apartado "Orígenes de la cristología Evangélica en A. L." que cierra este primer capítulo.


Fuente: Protestantedigital, 2016

martes, 1 de noviembre de 2016

Conmemorar la Reforma, comprender el protestantismo

Por. Manfred Svensson
En un célebre capítulo de su Ética, titulado “Herencia y corrupción”, Dietrich Bonhoeffer rechazaba la interpretación de la Reforma como “liberación del hombre en su conciencia, en su razón, en su cultura, como mera justificación de lo mundano en sí mismo”. Pocos años antes, en la Confesión de Betel, había tenido que rechazar de modo igualmente enfático a quienes no sólo hacían de la Reforma el comienzo de la modernidad, sino el punto de surgimiento del “espíritu germano”. Las razones de este segundo rechazo, sobra decirlo, nos pueden parecer mucho más evidentes.
Pero la urgencia con que había que hacer tales advertencias bajo el régimen nacionalsocialista no quita que se trate de un problema perenne. Las conmemoraciones suelen decir tanto sobre el pasado como sobre el que conmemora. Y ocurre que varias conmemoraciones de la Reforma se han dado en encrucijadas históricas muy peculiares. Pensemos en el primer centenario, el de 1617. ¿Cómo entender que el mundo calvinista aceptara unirse a los luteranos en una celebración común, en medio de las disputas teológicas que los enfrentaban? La explicación no es difícil de encontrar: el año siguiente se iniciaría la guerra de los treinta años, y la cercanía del enfrentamiento bélico a un enemigo en común hacía más fácil quitar el acento a algunas controversias.
No muy distinto es el caso de 1817, cuando se conmemoraba los 300 años de la Reforma. En un contexto post-napoleónico, la gradual unificación alemana se colgaba de la Reforma como elemento aglutinador. No todo lo que ocurre por el impulso de dicho espíritu es negativo: le debemos la Sinfonía de la Reforma, de Mendelssohn, compuesta para el aniversario de la Confesión de Ausburgo en 1830. Pero el hecho más llamativo en la vida de la Iglesia del periodo no es una composición musical, sino el intento prusiano por no solo generar un espíritu de amplio consenso protestante, sino de facto unificar las iglesias reformada y luterana en la Iglesia de la Unión.
Pocas cosas grafican la situación del momento tan claramente como el hecho de que dicha unificación fuese puesta en marcha en septiembre de 1817, precisamente un mes antes del tercer centenario de la Reforma. La unión y la acorde conmemoración buscaban poner al protestantismo al nivel de los tiempos, dejando las divisiones como cuestión de primitivas épocas confesionales. Thomas Howard ha recientemente ofrecido un extraordinario panorama de cómo cada época se ha visto reflejada en el modo en que conmemora la Reforma. Eso no significa que en la mirada al pasado uno esté condenado a meramente reflejar la propia época; pero sí significa que hay que volverse consciente de ese riesgo para poder enfrentarlo.
Capítulos de la historia como el recién mencionado pueden ser livianamente descartados por quienes culparían de la situación a los políticos prusianos tras la operación (quienes literalmente justificaban sus decisiones señalando que había que poner a la religión a la altura del nuevo espíritu de unidad nacional). Todo eso fue horrible, se concederá, pero añadiendo que es parte de la historia del nacionalismo más que del protestantismo. Pero dicha réplica no parece muy persuasiva. En efecto, las particulares circunstancias alemanas no nos deben llevar a perder de vista que éste es también el periodo en que los movimientos de avivamiento transformaron conjunto del protestantismo, y dicha transformación en muchos sentidos produce un espíritu de unidad proyectada hacia el pasado muy similar al que producen las conmemoraciones que hemos descrito.
Fue en dicha época, de hecho, que el mundo evangélico se volvió un movimiento de carácter verdaderamente global, y fue aquí que, simultáneamente, las líneas claramente opuestas entre reforma magisterial y reforma radical se comenzaron a esfumar. Para comprender las diferencias entre los primeros 150 o 200 años del protestantismo, y la historia que ha transcurrido desde entonces, nada parece, en efecto, tan ilustrativo como contemplar la tensión entre reforma magisterial y reforma radical, tensión que en la segunda mitad de esta historia resulta diluida. Los acentos de lado y lado eran en un comienzo marcadamente opuestos. En el primer caso había énfasis en Palabra y sacramento, en el segundo el énfasis en el Espíritu llevaba más bien a una posición antisacramental. En el primer caso había el desarrollo de iglesias casi coextensivas con sus respectivos países; en el segundo, en cambio, el énfasis estaba puesto en la voluntariedad de la pertenencia eclesiástica (bien ilustrado por el bautismo de creyentes en vez del de infantes). En el primer caso había junto al sacerdocio universal un énfasis en la importancia del ministerio ordenado; en el segundo caso había una tal vez más amplia participación de los laicos en la vida de la iglesia, pero menos énfasis en el conjunto de los oficios y profesiones como posibles vocaciones para un cristiano.
A nadie en el siglo XVI o XVII se le habría pasado por la mente entender el conjunto de estos fenómenos como parte de un único “protestantismo”. Si hoy es posible, es precisamente porque la segunda mitad de esta historia ha sido de una aguda contaminación recíproca de los grupos originalmente contrapuestos. Difícilmente puede caber duda de que en dicho desarrollo hay tanto cosas positivas como negativas. Pero no podemos imaginarlo como una simple continuación del temprano protestantismo. Más bien cabría decir que comprender el protestantismo antiguo y comprender el protestantismo de los últimos doscientos años requiere de actititudes intelectuales opuestas: mientras allá hay que acentuar oposiciones, acá hay que mostrar la impresionante unidad que subyace a la visible fragmentación. Y es perfectamente posible desarrollar esas dos habilidades opuestas, pero no si uno está dedicado a conmemorar la Reforma como origen del protestantismo contemporáneo.
¿Pero es éste realmente un problema? Parece natural que el lector se encoja de hombros y considere que estoy escribiendo sobre una nimiedad, que solo a historiadores de la Europa moderna podrían interesarles las diferencias entre el protestantismo de 1650 y el de 1850. Creo que hay al menos dos sentidos en que este problema es significativo. En primer lugar, porque el pasado siempre opera como justificación de la acción presente. Sea que se trate de programas progresistas o conservadores, de quienes quieran reducir la Reforma a liberación o quienes quieren ponerla como origen del evangelicalismo contemporáneo, nadie duda del efecto que tiene el “Lutero estaría con nosotros, ustedes son los que traicionan la Reforma”. Esa simplista mirada al pasado, sea cual sea la versión en que se nos presente, tiene que ser confrontada. Tiene que ser confrontada no solo por la distorsión del pasado que supone, sino también porque así se fuerza a estas tendencias actuales a justificarse por cuenta propia.
En segundo lugar, y tal vez incluso más importante, esta mirada unificadora hacia el pasado debe ser resistida porque nos hace incapaces de aprender del mismo. Carl Trueman lo ha dicho de modo elocuente: cuando durante el próximo año los evangélicos contemporáneos celebren la Reforma, lo que estarán celebrando es su capacidad de construir el pasado a su propia imagen domesticando así las figuras que se quiere incluir en el panteón de héroes. Esas figuras nos dan un aire de arraigo histórico, pero en el proceso las volvemos tan parecidas a nosotros, que no hay ningún sentido importante en el que nos puedan perturbar para que así podamos aprender de ellas.
Sospecho que este es el gran dilema del próximo año. No se trata de que la Reforma sea un modelo impoluto al que debamos volver echando por tierra los siglos que nos separan. Pero sí se trata de captar que si no se las enfrenta adecuadamente, las celebraciones de hitos como éste pueden, por paradójico que parezca, volverse un camino no para un mayor enraizamiento en la historia, sino para desconectarse más aún de ella.


Fuente: Protestantedigital, 2016