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martes, 17 de junio de 2014

El "Jesús" de Hans Küng (I)

Por. Antonio Piñero, España*
Confieso que me he puesto a leer este libro por un triple interés, fácil de suponer para el que haya seguido un poco la trayectoria del autor. En primer lugar porque Küng es un hombre de vastísimas lecturas y amplísima experiencia de intercambios intelectuales con gentes de gran valía que han escrito o pensado mucho acerca del tema de este libro, Jesús. En segundo porque este es un libro sobre el tema que tiene todos los visos de ser el producto de toda una vida de reflexión, un libro generalista pero con ideas claras que resumen la reflexión de muchos años. Tercero, porque el autor es harto habilidoso para dar la vuelta a los argumentos de la crítica no confesional a interpretaciones sobre el Jesús histórico que van en contra de la tradición. Y es así en las tres cosas. En este sentido no defrauda el libro en absoluto. Otra cosa es que desde el punto de vista histórico-crítico no haya que discutir diversos puntos de vista del autor.
El libro está publicado por la Editorial Trotta, de Madrid en 2014. 215 pp. ISBN: 978-84-9879-505-9.
Küng parte de la idea de que ofrecer una visión sobre Jesús en estos tiempos sólo es válida desde el punto de vista de la historia, del Jesús histórico; y añade que esta tarea es necesaria para los miembros de la Iglesia, porque hay muchas concepciones sobre Jesús que no son de recibo. Se ve con toda claridad si se compara lo que ofrece una buena imagen del Jesús que vivió realmente en el Israel del siglo I y la que representa la Iglesia hoy, la institucional con su jerarquía (¿Cómo se compaginaría una solemne misa pontifical en San Pedro, el Vaticano, con lo dq fue y representó Jesús en el siglo I?)
Quizás la animosidad contra Ratzinger/papa emérito Benedicto XVI que aparece en el Prólogo vaya en parte en esa línea. Küng sostiene que su obra (tanto “Ser cristiano” como “Jesús”) se edifican en diálogo con la exégesis histórico-crítica, teniendo en cuenta “de manera rigurosa sistemática los hallazgos surgidos de la crítica del Nuevo Testamento”; por el contrario, la de Ratzinger ignora sus resultados incómodos para el dogma” (p. 11). En consecuencia, para Küng Ratzinger construye un Jesús “desde arriba”, partiendo de la dogmática de los concilios helenísticos de los siglos IV y V (Nicea; Éfeso; Calcedonia). Nuestro autor, por el contrario, construye un Jesús “desde abajo”, desde el modelo del Nuevo Testamento. El resultado: los libros de Ratzinger presentan a un Jesús fuertemente divinizado, mientras que el de Küng es una elaboración del Jesús histórico, del que estudia ante todo su “dramático conflicto fundamental con la jerarquía religiosa y la piedad farisaica… con todas sus consecuencias” (p. 12).
¿Es cierto que Küng logra ofrecer una imagen que está de acuerdo con los hallazgos surgidos de la crítica del Nuevo Testamento? Personalmente lo pongo en duda. Opino globalmente, en una estimación general de su libro “Jesús”, que su imagen tiene enfoques novedosos y concordes con la crítica. Pero, por otra, su dibujo de Jesús contiene medias verdades y está fuertemente influido por la reflexión teológica, como pondré de relieve en algunos puntos. ¿Acaso considero que la reflexión teológica es mala en el caso de una exposición sobre Jesús? Podría no serlo, pero de facto sí me parece que interfiere a la hora de dibujar a un Jesús con todos los rasgos de los evangelios.
Por ejemplo, la mirada teológica, sobre la que pesa la tradición, hace que no se preste la debida atención al “material furtivo” acerca de un Jesús más implicado en la socio-política de su tiempo, radicalmente opuesto al domino de Roma, rodeado de discípulos violentos y a veces fanáticos, un Jesús que no predica solamente la gracia y el amor de Dios. En este apartado aparece de nuevo la drástica y consabida oposición entre Juan Bautista y Jesús: el primero es el austero y triste predicador del juicio; el segundo es el proclamador del amor y de la gracia… Pero este punto de vista generalizado oculta que Jesús es también el predicador del más severo juicio contra aquellos que no aceptan su concepción del reino de Dios. Todo ello tiene importancia si es que, ya desde el prólogo del presente libro, afirma el autor que él procede de manera rigurosa y sistemática a construir su imagen de Jesús sobre los hallazgos de la crítica. Desde luego, no todos los hallazgos, ni mucho menos.
Otra de las bases del libro de Küng es la contraposición –verdadera-- entre el Jesús histórico como base del cristianismo (ciertamente no habla el autor expresamente de “fundador”) y lo que sabemos de otros “fundadores” de religiones de alcance mundial, sobre todo de Buda, Confucio y Lao-Tse. Del Jesús histórico –sostiene Küng con acierto-- podemos afirmar en principio que no es un mito, puesto que hay testimonios sobrados de que fue un hombre real, que vivió en un tiempo muy concreto y en una zona geográfica muy determinada, en espacio y en tiempo. De Jesús de Nazaret tenemos incomparablemente más datos históricos seguros de los fundadores de las grandes religiones asiáticas, Buda Confucio, Lao-Tse. Además, una comparación simple de tradiciones, afirma Küng, nos muestra que en principio las tradiciones sobre Jesús no son míticas. Compárese, por ejemplo, los Evangelios Sinópticos con el Ramayana.
Esto es cierto y Küng acepta las limitaciones de nuestro conocimiento histórico. Así admite que sobre el origen, nacimiento y familia de Jesús apenas sabemos nada, al igual que son inseguras las fechas de su nacimiento y de su muerte. Pero hay otros datos de los que se puede obtener información suficiente para formarse una imagen de Jesús que sirva para conformar a su vez la vida de los cristianos de hoy. De acuerdo con la postura bultmanntiana básica, Küng sostiene que no se puede escribir una biografía de Jesús: no tenemos más que los datos escuetos que se reducen a que “su itinerario nos llevó desde Galilea, su patria, a la capital judía, Jerusalén, desde su bautismo por Juan y el anuncio de la cercanía del reino de Dios a su confrontación con el judaísmo oficial y su condena a muerte por los romanos”… Por ello los evangelios nos permiten a lo sumo conjeturar una evolución externa de Jesús, pero de ningún modo una evolución interna. La génesis de los evangelios canónicos, las fuentes más cercanas a Jesús, surgidos en un período de unos cuarenta a sesenta años después de la muerte de este, no nos permiten construir una biografía verdadera de Jesús porque no aportan datos.
Pero sí se puede responder a lo básico de las preguntas “¿quién era Jesús?” y “¿qué quería?”. Küng responde con un aserto hoy por suerte aceptado, aunque muy a menudo sin obtener todas las consecuencias: Jesús era un judío: su nombre, su familia, su Biblia, su culto, sus oraciones, eran judíos..., pero de ningún modo fue un hombre asimilado y aceptante de la estructura “eclesiástica” y social de su época. Afirma con razón Küng que Jesús no tenía relación alguna con los tres grupos judíos dominantes de su época: Jesús no pertenecía al sacerdocio, ni mucho menos tenía contactos entre los sacerdotes superiores o “sumos sacerdotes”; no pertenecía a los “ancianos”, o cabezas aristocráticas o monetarias más influyentes de la sociedad judía, ni tampoco a los escribas, cuyos miembros más elevados pertenecían al Sanedrín, y que eran teólogos, juristas, de orientación farisea, aunque no todos. Es evidente que esto fue así.
Jesús no era un teólogo, ni se puede probar que tuviera formación específica alguna al respecto; no parece que fuera discípulo de ningún rabino, sino sólo y temporalmente de Juan Bautista. No se presentó Jesús como experto en todas las cuestiones posibles doctrinales, morales, jurídicas, ni se tuvo como intérprete y custodio de tradiciones de los antepasados. También esto me parece cierto. Küng caracteriza a Jesús como un contador de historias, puesto que su modo de enseñar era profano, popular y directo, expresivo, concreto y plástico. “Sus expresiones reflejan una seguridad diáfana (en sí mismo), una singular síntesis de escrupulosa objetividad, imaginación poética y sentimiento retórico”… Jesús hablaba utilizando comparaciones, parábolas de penetrante sutileza, que sitúan la tan variada realidad del reinado de Dios en la realidad humana observada con sobriedad y realismo. La extrema resolución de sus concepciones y exigencias no presuponía requisitos especiales en sus oyentes de carácter intelectual, moral o ideológico. El ser humano ha de oír, entender y sacar las consecuencias. A nadie pregunta por la fe verdadera, por la profesión de fe ortodoxa. No espera una reflexión teórica, sino la obligada decisión práctica” (p. 36).
Es esta una buena descripción externa de lo que Jesús era, pero tenemos ya aquí una muestra de lo que denomino una verdad a medias y una selección de datos de lo que sabemos de Jesús que defienden quienes dentro de la Iglesia tienen una postura moderna (sana por otro lado) contra la estrechez de la ortodoxia. Pero la verdad es que Jesús fue más bien ortodoxo en su judaísmo. Partió de supuestos básicos de la religión judía que no necesitaba repetir y que formaban una suerte de “ortodoxia”, a saber la aceptación al pie de la letra de la historia narrada en los libros ya sagrados en su tiempo aunque aún no hubiera un canon escrito (La Ley y los Profetas); la aceptación ineludible de una Ley que no se discutía pero que se debía interpretar; la aceptación de una serie de creencias (por ejemplo, en la resurrección, la vida de ultratumba o inmortalidad del ser humano, del juicio futuro y de la retribución divina, que no tenían, por ejemplo, los saduceos) que no podían discutirse. Siempre intentó Jesús llevar al hombre a la esencia de su religión judía representada en su concepción de Dios y de su Ley.
También era tradicional al interesarse especialmente por un futuro mejor del mundo y del hombre que solo se conseguiría con el establecimiento del reino de Dios en el tiempo último de la historia presente. Pero, en contra de Küng, estimo que al predicar el reino de Dios Jesús pensaba más en Dios que en el hombre, que tenía un afán “teocéntrico” de defensa más de Dios que del ser humano, que estaba impulsado más por el deseo que el designio divino, expresado en la creación y que estropeó el pecado de Adán, se llevara a cabo y todo fuera perfecto que en el hombre que iba a disfrutar de ese estado renovado y perfecto de la creación.
Me imagino que el de Jesús era un pensamiento parecido al de ciertos reformadores islámicos actuales que piensan más globalmente en el orden del universo y en el pueblo en general que en el individuo. Estoy pensando, por ejemplo, en el imán Jomeini en su etapa de exilado en París, hace décadas, cuando predicaba el cumplimiento del Corán y de la ley islámica en su tierra natal, la Persia de entonces dominada por Sha Reza Pahlevi; ciertamente le interesaban sus paisanos y correligionarios y su felicidad, pero su pensamiento dominante, más que el bienestar futuro de sus compatriotas en una tierra y estado totalmente islámicos, era que se cumpliera el designio divino, de Alá, sobre esta tierra, que habría de manifestarse primero en Irán y luego en el mundo entero.
Algo parecido, opino, debía de ocurrirle a Jesús. Y si esto es así, no se puede afirmar, como hace Küng, que “Jesús no se preocupaba del statu quo religioso-político. Sus pensamientos se centraban en un futuro mejor, en el futuro mejor del mundo y del hombre”? (p. 37). No me parece posible que sea así, si nuestro autor, Küng, parte del principio de que religión y política estaban indisolublemente unidos en el Israel del siglo I (como en el islam hoy) y que la profunda transformación que postulaba Jesús significaba un cambio absoluto de la política y de la sociedad del siglo I en Israel. Por ello me es difícil de entender que escriba esta frase. Es cierto que luego parece afirmar todo lo contrario, pero en el fondo de esta afirmación transcrita late una concepción el reino de Dios según Jesús espiritualizada e internalizada: todo ocurre en el interior del corazón del ser humano y lo exterior, los “socio-político”, no tiene importancia.
Por tanto, esa frase rotunda de Küng me parece una inconsecuencia; o bien un no querer extraer las oportunas deducciones del hecho de que el reino de Dios futuro pero inmediato, cuya venida Jesús proclamaba, iba a instaurarse en la tierra de Israel. Ese reino iba a ser un cambio tremendo del statu quo religioso-político. ¿Acaso cabían en ese reino de Dios los sumos sacerdotes judíos, lo mercaderes griegos y romanos, los herodianos, Poncio Pilato y Tiberio mismo? De ningún modo. Por tanto a Jesús le preocupaba “el statu quo religioso y político”. Jomeini en París no predicaba nada más que algo “puramente” religioso, el Corán y su aplicación en Irán/Persia. Y se vio de inmediato, y se ve hoy, cómo influye una aparente predicación religiosa en la política y la sociedad, pues la cambia toda ella entera.
Seguiremos con el breve análisis de algunos presupuestos básicos del libro sobre Jesús de Hans Küng, porque hay en él material muy interesante.

*Saludos cordiales de Antonio Piñero.
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com

  TENDENCIAS21, Junio 2014

lunes, 16 de junio de 2014

Müntzer y Grebel: hermenéuticas divergentes en el siglo XVI (V)

Por. Carlos Martínez García, México*
 Conrado Grebel y los anabautistas que predicaron el Evangelio de paz abrieron una vía distinta a los modelos teológicos y políticos imperantes. 
  En una época en donde distintos bandos consideraban natural defender y/o imponer sus creencias a otros por la fuerza de las armas, Conrado Grebel abogó por el Evangelio de paz. El núcleo de los hermanos suizos descubrió que si los cristianos querían en verdad seguir el ejemplo de Cristo, entonces el ser discípulos implicaba necesariamente ser constructores de paz.
En la primera carta de Grebel y sus correligionarios en Zurich dirigida a Thomas Müntzer, que comencé a desglosar en mi artículo anterior, Conrado de forma muy clara afirma: “tampoco hay que proteger con la Espada el Evangelio y a sus adherentes, y éstos tampoco deben hacerlo por sí mismo como –según sabemos por nuestro hermano [Hans Huiuff]– tú opinas y sostienes. Los verdaderos fieles cristianos son ovejas entre los lobos, ovejas para el sacrificio. Deben ser bautizados en la angustia y en el peligro, en la aflicción, la persecución, el dolor y la muerte […] Ellos no recurren a la espada temporal ni a la guerra, puesto que renuncian por completo a matar”.
Tras establecer lo anterior, el grupo de Conrado Grebel, Félix Manz y Jorge Blaurock le comunican a Müntzer por qué sostienen el bautismo de creyentes. En su entendimiento, “las Escrituras [les] dicen que el bautismo significa que por la fe y la sangre de Cristo son lavados los pecados del bautizado; significa que uno está y debe estar muerto para el pecado, que se ha adquirido una nueva vida y un nuevo espíritu y que será salvo con certeza, si por el bautismo interior se vive de acuerdo al verdadero sentido de la fe”.
Sostienen que ser bautizado no reafirma ni aumenta la fe, tampoco proporciona la salvación, sino que es un testimonio visible de que quien recibe el bautismo tiene salvación por reconocer a Cristo como Salvador y Señor. Citan varios pasajes bíblicos para respaldar su oposición a que los infantes sean bautizados, los tales podrán serlo cuando por ellos mismos decidan que quieren testimoniar su fe en Cristo dentro de la familia de creyentes.
La misiva tiene fecha del 5 de septiembre de 1524, para entonces ya Müntzer y sus seguidores están en abierta oposición armada a los príncipes alemanes. Cuando Grebel y los demás conocen esta noticia escriben una segunda misiva en la que llaman al teólogo de Allstedt a deponer su actitud bélica.
Conrado Grebel menciona que ha conocido el folleto de Lutero, publicado en agosto de 1524, contra la revuelta de los campesinos y el papel de Müntzer dentro de la misma: “Veo que [Lutero] desea hacerte decapitar entregándote al Príncipe, a quien él ha ligado su Evangelio”.
Ya bien enterados del llamado de Müntzer a tomar las armas para hacer posible la Nueva Jerusalén, Grebel y los suyos hacen una exhortación “en nombre de la común salvación de todos nosotros a que desistas de todo ello y de toda idea propia [sobre la violencia], ahora y en adelante”. Consideran que mantener la integridad de la enseñanza neotestamentaria sobre vivir en contraste a los valores religiosos y políticos vigentes, necesariamente los pone en minoría ya que en el régimen de Cristiandad no se prioriza la práctica cotidiana de los principios éticos de Jesús.
Los radicales de Zurich perciben con claridad que sus críticas tanto a príncipes católicos como a protestantes, al igual que a sus respectivos teólogos, les acarrearían persecuciones. El por ellos llamado bautismo de sangre, es decir pagar con sus propias vidas las crueles penas capitales que les impusieron sus perseguidores, no tardaría en llegar.
Grebel subraya en la segunda misiva que el apego a las normas del punto máximo de la Revelación progresiva de Dios son las que deben transmitirse como vinculatorias para los creyentes: “Instituye y enseña sólo la clara palabra de Dios y los correspondientes ritos, junto con la Regla de Cristo [Mateo 18], el inadulterado Bautismo y la inadulterada Cena (tal cual la hemos mencionado en la primera carta acerca de los cuales tú sabes más que cien de nosotros)”.
Los disidentes de Zwinglio en Suiza sostendrían sus convicciones pacíficas, pacifistas y pacificadoras en territorios dominados por gobernantes católicos lo mismo que bajo la hegemonía de gobernantes protestantes. Su eclesiología tuvo como núcleo la conversión voluntaria y el ingreso a la comunidad de creyentes por un compromiso personalmente asumido.
Thomas Müntzer, como he intentado desarrollar en esta serie, hizo denodados esfuerzos por llevar a la práctica su entendimiento bíblico de haber sido elegido divinamente para hacer llamados a la insurrección armada y establecer un nuevo orden religioso, social, político y económico. Sus proclamas encontraron terreno fértil en una población oprimida y esperanzada de tener acceso a condiciones de vida muy distintas a las sufridas cada día. Müntzer no creó el descontento de los campesinos, se sumó a él y le proporcionó un discurso revolucionario basado en una hermenéutica original no en cuanto al uso de la violencia (tal uso estaba respaldado teológicamente desde siglos antes), sino al sujeto que debía hacer uso de ella para terminar con la injusticia: los oprimidos y desheredados de la tierra.
Por su parte Conrado Grebel y los anabautistas que predicaron el Evangelio de paz abrieron una vía distinta a los modelos teológicos/políticos imperantes en el siglo XVI. Perseguidos, y en algunos momentos a punto de ser extinguidos, perseveraron en la encarnación de la comunidad voluntaria de creyentes al grado de que éste principio teológico les convirtió, por la simbiosis Estado/Iglesia oficial presente por toda Europa, en disidentes políticos.


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viernes, 13 de junio de 2014

La Biblia Satánica Antón Szandor Lavey, Ediciones Martínez Roca, 351 páginas.

Por. Juan Antonio Monroy, España*
El mal de nuestro mundo –escribe José María Souvirón en EL PRINCIPE DE ESTE SIGLO- no reside solamente en que se haya dejado de creer en Dios, sino también, indirectamente, en que se ha dejado de creer en el demonio... 
Hace años, hacia 1973, fui invitado a pronunciar una serie de conferencias en San Francisco, California. Estando allí leí un artículo que hablaba de una iglesia satánica en el centro de la ciudad. Por entonces yo andaba recopilando material sobre satanismo para el capítulo tres de mi libro INQUIETA JUVENTUD, publicado en la primavera de 1975. De modo que tomé un taxi y me planté en la dirección que llevaba.
A la iglesia satánica se entraba a través de una librería esotérica abierta al público. Dije al encargado que quería presenciar una ceremonia. Dudó. Yo insistí. Me permitió un máximo de quince minutos a condición de que permaneciera en silencio. Lo hice. No agoté el tiempo concedido. En una amplia sala adornada con cuadros y objetos alusivos al diablo y a los demonios, estaban sentadas en círculo unas 25 personas. El ambiente era oscuro, lúgubre. Paredes y cortinas negras. El grupo inició un cántico monótono, repetitivo: “Glory for ever to flesh” (Gloria por siempre a la carne).
El murmullo de aquellos cantos, los rostros lúgubres, tenebrosos, el escenario nebuloso en el que me encontraba, se iban apoderando de mí voluntad, lo percibía. Antes de acabar cantando yo también “gloria por siempre a la carne” decidí marcharme.
Algo parecido me ocurrió en los arrabales de Puerto Príncipe, en Haití, presenciando una ceremonia de Vudú primitivo.
Pero esta es otra historia.
El encargado de la librería, indudablemente satánico, me dijo que al día siguiente hablaría el sumo sacerdote de la iglesia; desde luego no aparecí más por allí.
Ojeando libros vi expuestos varios ejemplares de LA BIBLIA SATÁNICA en inglés, escrita por Anton Szandor Lavey. Compré dos. Para mi asombro descubro que esta Biblia satánica ha sido traducida al español por Ester Valverde y publicada por la editorial madrileña Martínez Roca. Tal vez con la intención de satanizar al pueblo español. Aunque poco le falta.
Lavey, autor de la Biblia satánica, nació en Chicago en 1930, pero sus padres pronto se trasladaron a California. Su abuela, procedente del Este de Europa, le contaba historias de dráculas y demonios. Pronto se interesó por este tipo de literatura. Pasó temporadas como organista en bares, salas sociales y clubes nocturnos. Trabajó en circos, primero como peón y chico de jaulas, posteriormente como domador de animales. Tanto los libros como sus trabajos le proporcionaron una visión oscura de la naturaleza humana. Dos veces contrajo matrimonio, que acabaron en divorcio. En 1956 compró una casa victoriana en San Francisco, la pintó toda de negro y allí comenzó a recibir gentes que se interesaban por todos los aspectos del ocultismo. El 30 de abril de 1966 fundó la iglesia de Satanás y estableció ese año como el primero de la era satánica. En 1971 publicó LA BIBLIA SATÁNICA. Toda vez que el negocio prosperaba, Anton S. Lavey fundó otras iglesias satánicas en California y en varios estados de la Unión norteamericana. Según un estudio realizado por la Universidad de Loyola en Chicago, en Estados Unidos hay 6.000 organizaciones dedicadas al culto al diablo. La más importante, se dice, es la “Iglesia de Satanás” fundada por Lavey en San Francisco.
La Biblia satánica no está dividida, como la cristiana, en capítulos y versículos. Sigue los mismos registros de redacción que cualquier otro libro. Consta de cuatro capítulos principales, encabezados con estos títulos: Libro de Satán, libro de Lucifer, libro de Belial y libro de Leviatán. En una invocación al diablo, Lavey escribe: “En el nombre de Satán, Señor de la Tierra y Rey del Mundo, ordeno a las fuerzas de las tinieblas que me otorguen sus poderes infernales”.
El credo satánico, plasmado en páginas 35 y 36, se resume en nueve afirmaciones:
1. Satán representa la complacencia, en vez de la abstinencia.
2. Satán representa la existencia vital, en vez de quimeras espirituales.
3. Satán representa la sabiduría inmaculada, en vez del autoengaño hipócrita.
4. Satán representa la amabilidad hacia quienes la merecen, en vez del amor malgastado con ingratos.
5. Satán representa la venganza, en vez de ofrecer la otra mejilla.
6. Satán representa la responsabilidad hacia quien la merece, en vez de la preocupación por los vampiros psíquicos.
7. Satán representa al hombre como otro animal –en ocasiones, mejor, pero la mayoría de las veces peor que los de cuatro patas- que, debido a su “divino desarrollo espiritual e intelectual”, se ha convertido en el más depravado de todos.
8. Satán representa los denominados pecados, pues todos ellos conducen a la gratificación física, mental o emocional.
9. Satán ha sido el mejor amigo que la Iglesia ha tenido nunca, puesto que la ha mantenido viva durante todos estos años.
La gran tragedia que se esconde en el fondo de estos ritos y representaciones grotescas es que el hombre de hoy, en el fondo, no cree en el diablo. No cree en el diablo porque tampoco cree mucho en Dios. De ahí esas parodias, burlas y juegos ocultos tomando por pretexto al diablo.
“El mal de nuestro mundo –escribe José María Souvirón en EL PRINCIPE DE ESTE SIGLO- no reside solamente en que se haya dejado de creer en Dios, sino también, indirectamente, en que se ha dejado de creer en el demonio…Cuando el maligno hace su habitación en las criaturas- en el corazón o la inteligencia de los hombres-, necesita un hueco para estarse allí; pero con algo en torno: una oquedad hecha lógicamente en algo… Un interés excesivo por conocer el mal puede indicar una disposición para entregarse a él”.

Autores: Juan Antonio Monroy

©Protestante Digital 2014
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martes, 10 de junio de 2014

Müntzer y Grebel: hermenéuticas divergentes en el siglo XVI (IV)

Por. Carlos Martínez García, México*
Grebel exhorta a Thomas Müntzer para que dedique sus talentos y esfuerzo a crear una comunidad cristiana de acuerdo al Espíritu de Cristo. 
Conrado Grebel creyó tener en Thomas Müntzer un aliado. Tal convicción le llevó, junto con correligionarios que consideraban tibias las reformas de Ulrico Zwinglio en Zurich, a escribirle al radical de Alemania.
En el artículo anterior referí algunos puntos del contenido del  Sermón a los príncipes de Sajonia , dado por Müntzer a mediados de julio de 1524. La predicación fue escuchada por el duque Juan, hermano de Federico el Sabio (protector de Lutero), y el hijo de aquél, Juan Federico. La noticia sobre la pieza oratoria llegó a conocimiento de Conrado Grebel, Félix Manz y otros del grupo anabautista en Zurich, Suiza. Más información se la proporcionó a los disidentes de Zwinglio el germano Hans Huiuff, quien había llegado a Suiza y se contactó con Grebel y los otros (John H. Yoder,  Textos escogidos de la Reforma radical , Editorial La Aurora, Buenos Aires, 1976, p. 131).
Conrado escribe a Müntzer en nombre de un movimiento, “de una comunidad; la  iglesia libre  es una realidad vivida antes de concretarse en enero de 1525 con los primeros bautismos [de creyentes]” (Yoder, p. 132). Creyendo que Müntzer comparte con ellos sus críticas tanto a la Iglesia católica como a los reformadores magisteriales y la necesidad de una vía que privilegie la construcción de una comunidad voluntaria, los radicales de Zurich intentaron tender puentes de entendimiento con el profeta de Allstedt. Es por esto que el contenido de la primera carta muestra que “no conocen su misticismo, sus desprecio hacia el biblicismo, su originalidad apocalíptica […] ignoran sus expresiones a favor de una revolución violenta”. (Yoder, p. 132).
La misiva de Grebel, “vocero del evangelicalismo radical de Suiza” (George H. Williams y Ángel M. Mergal, editores,  Spiritual and Anabaptist Writers , The Westminster Press, Philadelphia, 1957, p. 71), tiene fecha del 5 de septiembre de 1524. Tras el saludo el primer punto de la carta es una crítica a un Evangelio salvacionista que no produce cambios éticos en quienes dicen ser salvos: “Hoy todos quieren ser salvados por una fe aparente, sin los frutos de la fe, sin el bautismo de la prueba [persecución por practicar el bautismo de creyentes], sin amor y esperanza, sin prácticas cristianas apropiadas”.
Grebel reconoce que él y la comunidad en nombre de la cual escribe estuvieron inmersos en el mismo error que criticaba: “En ese error también hemos estado implicados nosotros –como pago de nuestros pecados–, mientras sólo fuimos oyentes y lectores de predicadores evangélicos, culpables de todo eso. Pero después que tomamos las escrituras en nuestras manos y examinamos todos los puntos, nos hemos informado mejor y hemos descubierto el grande y nefasto error de los pastores y de nosotros mismos”.
Grebel le explica que los disidentes de Zurich conocieron su escrito “contra la fe y el bautismo espurios”, encontrando puntos de coincidencia entre los propuesto por ellos y los sostenido por Müntzer. Cabe mencionar que a diferencia de Grebel, Manz y Blaurock, “el visionario de Allstedt nunca practicó ni exigió el bautismo de adultos” (Lluís Duch,  Thomas Müntzer: tratados y sermones , Editorial Trotta, Madrid, 2001, p. 68). Es decir, no fue, como algunos han sostenido, anabautista.
Los remitentes, con Grebel a la cabeza, le reprochan a Müntzer haber traducido la misa al alemán, no tanto por la traducción a la lengua del pueblo sino porque lo traducido es la misa, que consideraban carente de bases bíblicas. Además, en un estrecho entendimiento de lo que debe tenerse por bíblico, reprueban que Müntzer ha “introducido nuevos himnos alemanes. Eso no puede estar bien, cuando en el Nuevo Testamento no encontramos ninguna enseñanza acerca del canto ni ningún ejemplo” […] Puesto que cantar en el idioma latino surgió sin enseñanza divina o ejemplo y práctica apostólicos, y no aparejó nada bueno ni resultó edificante, mucho menos edificante será en alemán y provocará una fe sólo aparente”.
La clave para la desaprobación de lo realizado por Müntzer, en cuanto al canto de himnos y de otras prácticas, estaba para los hermanos suizos en su siguiente afirmación: “Lo que no se nos enseña por medio de claros pasajes de la Biblia y por medio de ejemplos debe considerarse prohibido”. Ellos creían que lo que no estaba expresamente mandado en las Escrituras entonces estaba prohibido. En tanto que otros consideraban que si no estaba claramente prohibido por lo tanto podía permitirse. Hoy existen tendencias interpretativas semejantes a las dos mencionadas.
En el mismo sentido de apegarse casi literalmente a lo normado por la Biblia, particularmente en el Nuevo Testamento, punto culminante de la revelación progresiva de Dios, Grebel y los otros mencionan que “la cena de la comunión fue instituida por Cristo e implantada por él. Sólo deben emplearse las palabras que aparecen en Mateo 26, Marcos 14, Lucas 22 y 1ª Corintios 11, ni más ni menos […] Debe utilizarse pan corriente, sin ídolos ni añadidos […] Además debe utilizarse [para el vino un vaso común […] Porque la cena es una muestra de comunión, no una misa y un sacramento”.
Grebel exhorta a Thomas Müntzer para que dedique sus talentos y esfuerzo a crear una comunidad cristiana de acuerdo al Espíritu de Cristo. Para aquél dicha comunidad debería ser voluntaria, caracterizada por el amor y contrastante éticamente con el mundo circundante, en ella no debe tener parte el Estado para obligar a creer de acuerdo a lo prescrito por una Iglesia oficial. Sin ahondar en la noción de separación Iglesia-Estado, ya que Grebel no desarrolla este punto que sería central en posteriores posiciones anabautistas, sí está implícito en la carta el principio de separación entre ambas esferas. Desde el gobierno político era una contradicción siquiera pretender  cristianizar  a la fuerza a la sociedad.
Respecto a defender con la espada al Evangelio y la postura de los hermanos suizos sobre el paidobautismo, así como el contenido de la segunda carta, más corta que la primera; me ocuparé en el siguiente artículo.

©Protestante Digital 2014

sábado, 7 de junio de 2014

Misión cristiana y pluralismo. Evangelio, Cultura y Religiones (1)

Por. Juan Stam, Costa Rica*
Confesión de Convicciones Personales  [1]
Nuestro tema nació con el mismo evangelio.[2] Desde que el eterno Logos, Hijo de Dios, se "contextualizó" en carne humana y asumió como suya propia la cultura judía del primer siglo, los cristianos se han encontrado ante el desafío de un cristianismo culturalmente encarnado (y la tentación de un cristianismo culturalmente cooptado).
En su encarnación Jesucristo nos dio para siempre el paradigma de un evangelio contextualizado. Después el apóstol Pablo, en su polémica con los judaizantes, precisó para todo el futuro el sentido de este paradigma encarnacional. Pablo insistía en que el "ser-judío" de Jesucristo no significaba un cristianismo culturalmente judío, en todo tiempo y todo lugar, sino un cristianismo siempre encarnado en la propia cultura y el propio tiempo, cualesquiera que sean éstos, de cada comunidad de fe.
Varios factores en los últimos años han dado mayor actualidad y urgencia al tema del evangelio y las culturas. En general, se imponen cada vez más actitudes de pluralismo casi sin límite, en un marco de referencia básicamente relativista. Dicha tendencia se acentúa mucho más con la nueva escuela de la "post-modernidad", partiendo del nihilismo de Federico Nietszche, que reduce todo conocimiento a la interpretación subjetiva de cada persona.
Otro factor en el plano mundial ha sido el declive de la anterior dominación eurocéntrico-noratlántica, debilitada no sólo por el fenomenal surgimiento de Japón y otros países asiáticos sino también por la creciente influencia de los paises del tercer mundo.
Mucho más importante para América Latina es el impresionante resurgimiento de las culturas indígenas del continente.[3] Hace varias décadas los cristianos indígenas, aun más que los demás latinoamericanos, comenzaron a sospechar de la fuerte influencia extranjera (incluso, para ellos, la ladina o criolla) en el cristianismo, a resentir las imposiciones de aspectos de otras culturas sobre su fe y su vida, y a querer articular la fe cristiana en sus propios términos auténticos. Dentro del marco general de la teología contextualizada, nació una nueva disciplina: la etnoteología. En toda América Latina, estas tendencias de una agresiva afirmación de la identidad indígena recibieron un impulso muy fuerte por la ocasión de los 500 años de la conquista europea.
Toda esta situación plantea un dilema para la teología. Por una parte está el hecho, a menudo olvidado, de que el evangelio por diversas razones afirma los valores culturales de todos los pueblos, su derecho a su propia identidad como expresión colectiva de la imagen de Dios, y la constante tarea de encarnar la fe radical y auténticamente en la plena idiosincracia de cada cultura.
Está sobre todo el desafío de una radical deseuropeización (desoccidentalización) de la fe cristiana y una rearticulación de ella en genuino ropaje latinoamericano y específicamente indígena. Pero, por otra parte, está la obligación de ser inclaudicablemente fieles al evangelio mismo y no desfigurarlo ni desnaturalizarlo o convertirlo, en el proceso de contextualización y enculturación, en algo nuevo que ya no sería verdaderamente el mensaje bíblico (el kerygma) y el evangelio de salvación en Jesucristo.
Podríamos proponer tres afirmaciones básicas como postulados de todo lo que sigue:
1) Ninguna cultura es dueña del Evangelio ni debe tener monopolio de sus expresiones y su vida.
2) El Evangelio debe encarnarse auténticamente en cada cultura según su más profunda idiosincracia;
3) Dicho proceso debe afirmar el mensaje bíblico y lograr manifestar de nuevo su sentido más fiel en los siempre nuevos contextos donde se encarna. Pero nunca debe negar, contradecir, distorsionar ni reducir el evangelio ni el mensaje bíblico en su sentido más amplio y profundo.[4]
 La próxima semana veremos “Nuevo Testamento e identidad cultural”
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[1] ) Esta ponencia fue presentada a la Asamblea Continental de la Fraternidad Teológica Latinoamerican en Santiago, Chile en noviembre de 1996 y publicada en Boletín Teológico #67, julio de 1997. Sobre el tema véanse también Tito Paredes, "La dimensión transcultural del evangelio" en Al Servicio del Reino en America Latina, ed. V.R. Steuernagel (C.R: Vision Mundial 1991), pp.187-198; "Evangelio, cultura y misión" en La Misión de la Iglesia, ed. V.R. Steuernagel (C.R: Vision Mundial 1992) pp.265-281 (el mismo en Clade III, Fraternidad Teológica Latinoamericana 1993, pp. 134-144); ibid. pp.144-156, Fernando Quicaña "Evangelio y Cultura"; ibid 572-581, Marcelino Tapia, "Teología bíblica, teología Andina".[1]) De hecho, el tema va aun más atrás, hasta la creación, el llamado de Abraham ("bendición a las naciones") e Israel, la elección y el pacto.
[2] ) De hecho, el tema va aun más atrás, hasta la creación, el llamado de Abraham ("bendición a las naciones") e Israel, la elección y el pacto.
[3]) Utilizo el término "indígena" sabiendo que es controversial; algunos prefieren "aborígenes", "originarios" u otra palabra.
[4]) Se entiende que sí tendrá que contradecir y negar muchas veces aspectos culturales o ideológicos, tradiciones etc, de otras articulaciones de la fe cristiana, otras "teologías sistemáticas" que no tienen pertinencia para dada cultura o que tienen más bien significado negativo.

*Autores: Juan Stam

©Protestante Digital 2014

miércoles, 4 de junio de 2014

Thomas Müntzer, el comunismo cristiano


Durante el siglo XVI un hombre se alzó contra el estado de depravación existente en Alemania: corrupción, miseria, injusticia, oscurantismo, utilización de la religión para los intereses de la élite… Frente a este contexto surgió un revolucionario el pastor Thomas Müntzer (1490-1525) que predicaba como principios la igualdad cristiana y la comunidad de bienes evangélica. Lo cuál resumía con la frase “Omnia sunt communia” que significa todo es de todos. El pastor se enfrentó con el catolicismo y el luteranismo por considerarlos falsos y hipócritas ya que predicaban una cosa y hacían la contraria. Querían una población sumisa e ignorante, lo cuál conseguían confundiendo a la población a través de discursos orientados con este fin.
Ante esta situación Müntzer les respondía  a los oligarcas que si  no eran justos se les podía quitar la espada tal como dijo en el pasado el profeta Daniel. Y a los campesinos explotados por el clero y la nobleza les sermoneaba diciendo en varias ocasiones :”Mira, los señores y los potentados están en el origen de cada usura, de cada apropiación indebida y cada robo; ellos toman de todos lados: de los peces del agua, de las aves del aire, de los árboles de la tierra (Isaías 5,8 – Ayes sobre los malvados). Y luego hacen divulgar entre los pobres el mandamiento de Dios: “No robar”. Pero esto no vale para ellos. Reducen en miseria a todos los hombres, a perezosos y cocineros habilidosos, a campesinos y artesanos, y a cada ser vivo (Miqueas 3,2-4 – Acusación contra los dirigentes de Israel). Y para ellos, la más pequeña falta justifica el ahorcamiento.”
Finalmente en el año 1524 decide erigirse como líder de la guerrilla campesina contra los “monjes gordos”, la nobleza y los príncipes. Siendo derrotado en 1525 y decapitado por los príncipes.
En su honor en la República Democrática Alemana se emitieron billetes de cinco marcos con su retrato, monedas, sellos… También se han hecho novelas sobre su historia como por ejemplo la novela Q que arranca con la derrota de la revolución campesina, aqui la tenéis en pdf: http://alterglobalizacion.files.wordpress.com/ 2010/04/q-luther blisset1.pdf.
Engels también trató esta revolución en el libro “La guerra de los campesinos en Alemania”: http://historia.dosmildiez.net/COORDINACION/wpcontent/uploads/2011/02 /la-guerra-de-los-campesinos-en-alemania.pdf. En él habla de Müntzer como un líder de partido comunista llegado al poder antes de que las condicionas estuvieren maduras para el establecimiento de una sociedad comunista, un comunista utópico.
Engels compara la revolución de 1525 y la de 1848 observando sus similitudes y errores que las hicieron fracasar. Concluye que Müntzer se ve forzado a representar, no a su partido y su clase, sino la clase llamada a dominar en aquel momento. De forma parecida se produce el mismo desacierto en 1848 con el gobierno provisional de Francia cuando representantes obreros entran en él.

lunes, 2 de junio de 2014

Müntzer y Grebel: hermenéuticas divergentes en el siglo XVI (III)

Por. Carlos Martínez García, México*
Desde la óptica de Müntzer, ya no hay otra opción sino la confrontación armada contra quienes no quisieron poner sus puestos a favor de un cambio radical. 
Ambos buscaron construir un mundo mejor. Thomas Müntzer y Conrado Grebel vivieron tiempos de cambios vertiginosos. En unos pocos años el aparente sólido control religioso y social de la Iglesia católica se transformó para dar paso a otras formas de creer y la consolidación de éstas en nuevas instituciones.
En dos artículos anteriores he proporcionado datos biográficos sobre estos personajes, así como elementos del contexto en el que se desarrollaron sus vidas. Müntzer y Grebel fueron dedicados lectores de la Biblia, buscaron cambiar la sociedad de acuerdo al entendimiento que cada uno tuvo de la Palabra. Tal comprensión les llevó por caminos divergentes.
Al leer los escritos de Müntzer se puede fácilmente encontrar en ellos un estilo profético veterotestamentario. Hace reiterados llamamientos al arrepentimiento y a mostrar frutos acordes al mismo, consistentes en regresar al propósito original de Dios para la humanidad, un orden social libre de dominio por una casta de nobles y sin explotación a las masas.
En el  Manifiesto de Praga  (25 de noviembre de 1521) Müntzer arguye para sí una elección especial de Dios para dar a conocer el verdadero sentido de la Biblia, ya que otros han tratado hacer ésa explicación pero más bien desfiguraron las enseñanzas de las Escrituras: “Con mi palabra doy fe que me he aplicado visiblemente y con la máxima diligencia, mucho más que todos los otros hombres, a conocer los fundamentos de la fe cristiana, santa e invencible. En verdad y con osadía puedo decir que ningún desafortunado cura consagrado ni ningún monje desgraciado han sabido exponer los puntos más sencillos de los fundamentos de la fe”.
En el mismo llamado citado, dirigido a los residentes en la ciudad del “ínclito y santo luchador Jan Hus”, denuncia que los intérpretes de la Biblia han adulterado sus auténticas enseñanzas: “con frecuencia les he oído explicar la Escritura, que han robado como si fueran pérfidos ladrones y asesinos feroces. A causa de este robo recibirán la maldición del mismo Dios, que habla por mediación de Jeremías”. Entonces cita Jeremías 23:30-33: “Mirad, vengo contra los profetas que roban los unos a los otros mis palabras y engañan a mi pueblo. Jamás les he hablado. Usurpan mis palabras, las pervierten en sus labios pestíferos y en sus bocas que parecen burdeles. De esta manera niegan que mi Espíritu hable a los hombres”.
A mediados de julio de 1524 Müntzer expone el  Sermón a los príncipes de Sajonia , en Allstedt, a don de viajan para escuchar al encendido predicador el duque Juan, hermano de Federico el Sabio (protector de Lutero), y el hijo de aquél, Juan Federico. El sermón tuvo un largo subtítulo: “Explicación del segundo capítulo del profeta Daniel ante los laboriosos y estimados duques y magistrados de Sajonia por Thomas Müntzer, servidor de la Palabra de Dios”. El lugar donde hizo la exposición fue en la Iglesia de Todos los Santos en Allstedt, ciudad donde había llegado Müntzer dieciocho meses atrás para ser pastor en la Iglesia de San Juan.
Müntzer buscaba convencer al duque Juan (primero en la línea sucesoria de Federico el Sabio (por carecer éste de descendencia), y su hijo, de tomar en sus manos la reforma de la sociedad junto con quienes buscaban cambios en ésta y en el mundo eclesial. Los interesados en tales transformaciones deberían unirse para ejecutar actos revolucionarios que trajesen un nuevo orden religioso y político.
La interpretación que hizo Müntzer del cuarto Imperio, Daniel 2:33, 41-43, le llevó a concluir que allí se explicitaba la necesaria unión del poder político y el poder religioso para hacer los cambios necesarios para instalar la Nueva Jerusalén en Allstedt, y de aquí en otras partes de Alemania. Lluís Duch considera la pieza oratoria como una exposición central en la “teología política” de Thomas Müntzer.
El mismo autor y experto en el profeta de Allstedt sostiene que “siguiendo la inspiración narrativa ofrecida por el texto bíblico de Daniel, [Müntzer] subraya con énfasis que la pequeña piedra, desprendida de la montaña y formada por laicos pobres y arruinados campesinos, destruirá el imperio eclesiástico-imperial, cuyas cabezas visibles, antaño, eran la Iglesia de Roma y el Emperador y, en los días de Müntzer, son Lutero y los duques de Sajonia. Los elegidos son los encargados de guiar a los pobres para que, finalmente, pueda tener lugar el juicio de Dios, que separará a los justos de los malvados, y, acto seguido, tendrá lugar la instalación definitiva del Reino de Dios sobre la tierra”. Müntzer se consideraba un nuevo Daniel, y a su llamado deberían unirse las huestes que desarraigarían toda cizaña que impedía florecer la justicia.
Ocho meses después de que su llamado a los duques de Sajonia no tuvo el efecto buscado, sino que más bien los príncipes rechazaron tajantemente los cambios exigidos por los campesinos y sus aliados, Thomas Müntzer, desde Mühlhausen, hizo una desesperada  Proclama a los ciudadanos de Allstedt . En ella les exhorta para que se unan a los movimientos rebeldes que están teniendo lugar en otras partes de Alemania.
Inicia asegurando que es tiempo de despertar para las conciencias adormiladas. Después urge a que “Sin demora, ¡iniciad, combatid la batalla del Señor!” Sabedor de las maniobras del poder para desmovilizar los levantamientos populares, Müntzer externa: “Sólo tengo una preocupación y es que, a causa del desconocimiento de la perfidia de los príncipes, los ingenuos campesinos lleguen a establecer con ellos un pacto engañoso”.
Desde su óptica ya no hay otra opción sino la confrontación armada contra quienes no quisieron poner sus puestos a favor de un cambio radical. Por ello instruye a los habitantes donde fungía como pastor a que exciten “a la rebelión a pueblos y ciudades, y sobre todo, a los compañeros mineros juntamente con los restantes compañeros que puedan ayudaros. No permanezcáis por más tiempo mano sobre mano”.
Como a su conocimiento habían llegado noticias de levantamientos en otras partes de la geografía germana, Müntzer confía en que también los habitantes de Allstedt se sumen a la que cree será una exitosa revolución: “Ánimo, ánimo, ánimo, hasta que arda el fuego! ¡No dejéis enfriar vuestra espada! ¡No vaciléis! ¡Martillead, pink, pank, pink, pank, sobre el yunque de Nemrod! ¡Destruid sus defensas! No os podréis librar del temor humano mientras ellos [los príncipes] vivan. No podréis hablar de Dios mientras ellos, impunemente, señoreen sobre vosotros. ¡Ánimo, ánimo, ánimo mientras os acompaña la luz, Dios os precede: seguidle, seguidle! La historia ya se encuentra escrita (Mateo 24, Ezequiel 34, Daniel 7, Esdras 10:1-14, Apocalipsis 6, todos ellos pasajes que explican Romanos 13)”.
La insurrección de los campesinos fue aplastada por las fuerzas militares de los príncipes. No hubo tregua para los alzados y cien mil de ellos murieron a manos de soldados mejor entrenados y armados. Thomas Müntzer fue capturado, torturado y condenado a la pena de muertel. El 27 de mayo de 1525 fue decapitado en Mühlhausen.
Cuando hace muchos años comencé a viajar muy frecuentemente a Chiapas encontré que un ejido, localizado en el municipio de Ocosingo, tenía el nombre de Thomas Müntzer. ¿Cómo llegó el conocimiento del profeta de Allstedt a tierras indígenas chiapanecas?

*Autores: Carlos Martínez García

©Protestante Digital 2014