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martes, 11 de octubre de 2016

Trasfondo social y político de Apocalipsis (II)



Por. Carlos Martínez García, México
El libro de Apocalipsis refleja el trasfondo de la persecución contra el pueblo cristiano. No fue prohijado en la etapa persecutoria más dura, sin embargo Juan de Patmos deja entrever que los cristianos y cristianas que solamente están dando su lealtad a Cristo van a sufrir ostracismo y, en algunos casos, pagar con la vida por no rendirse ante el César en turno y sus símbolos.
El libro de Nelson Kraybill (Apocalipsis y lealtad: culto, política y devoción en el libro de Apocalipsis), cuyo comentario iniciamos la semana pasada, acota que Juan posiblemente estaba exiliado en la Isla de Patmos como consecuencia de “haber proclamado la palabra de Dios y por haber dado testimonio de Jesús” (Apocalipsis 1:9, La Palabra). Habría sido enviado por negarse a reconocer la supremacía imperial y no venerar al emperador romano Domiciano.
Juan, al presentarse como hermano (1:9), estaba recordando a los destinatarios originales que en situaciones de orfandad y desamparo en que dejaban las familias o grupos sociales a los cristianos por ir a contracorriente de los convencionalismos sociales, políticos y religiosos, anota Kraybill, eran parte de un entramado afectivo y solidario que les protegería: “Los súbditos romanos a veces se desatendían de los miembros de la familia que adoptaban el cristianismo, y los creyentes podían perder su puesto de trabajo por su fe. Era una necesidad práctica que los seguidores de Jesús funcionasen como hermanas y hermanos entre sí. El propio Jesús, cuando le preguntaron acerca de su familia, pareció restar importancia a la sangre y hallar su parentesco más estrecho con aquellos que compartían su pasión por la obediencia a Dios (Marcos 3:31-35)”.
En cuanto al imaginario que recorre el Apocalipsis, el autor de la obra que estamos glosando observa que Juan manejaba el hebreo y conocía bien el Antiguo Testamento. De éste libro no hay en el Apocalipsis citas directas, pero Juan refiere a su contenido más de cuatrocientas ocasiones. Ante esto es ineludible saber el significado veterotestamentario original de lo evocado por Juan y las transposiciones que hace en el último libro de la Biblia que para sus lectores originales tenían cargas de sentido muy específicas.
La escritura de Juan fue situada, es decir realizada desde un contexto social, político, religioso, intelectual y emocional que no podemos, ni debemos, desconocer. En consecuencia, Nelson Kraybill nos invita a que nos acerquemos al Apocalipsis de Juan leyéndolo holísticamente, con todo el ser, porque: “Está escrito para oírlo leer, pero el drama que cuenta involucra los cinco sentidos tradicionales. Juan ve chispazos de relámpagos, oye el sonido de muchas aguas, adora a Dios en medio de una nube de incienso, siente la cercanía de un calor abrasador y se come un rollo de escritura que sabe a miel. El Apocalipsis es un drama de inmersión total, pensado para experimentar, más que para analizar. Sigue teniendo interés hoy para nosotros leer el libro en voz alta, de vez en cuando entero de corrido, sin parar. Tenemos que poder sentir cómo fluye, absorber la agonía y el júbilo, tomar nota de los periodos de silencio, oler el incienso, postrarnos en adoración”.
Una herramienta a la que recurre Kraybill para desentrañar el significado de las imágenes del Apocalipsis es la semiótica, disciplina que estudia cómo funcionan los signos en las sociedades. Hay signos universales, pero es un craso error transportar el significado de un cierto signo usado en una determinada época y cultura humana hacia otra época y sitio, pretendiendo que va a significar lo mismo que en su contexto original.
En el Apocalipsis hay íconos, indicadores y símbolos. Los primeros “son signos que comunican por tener un parecido reconocible al objeto o la idea que representan”. Kraybill ejemplifica, para que comprendamos lo que es un ícono, con la ilustración de un bote de basura (papelera de reciclaje) que aparece en la pantalla de la computadora/ordenador donde podemos deshacernos de documentos que deseamos desechar. También es un ícono la línea sinuosa de una señal de tráfico, advierte de varias curvas en el tramo vial/carretero de más adelante.
En cuanto a los indicadores, éstos son señales que comunican porque se ven afectados o cambiados por el propio fenómeno que indican. Por ejemplo: “La veleta cambia materialmente de dirección según de donde sopla el viento; las manchas de sangre en el lugar de un crimen dan evidencia de lo que sucedió. Tanto el cambio de dirección de la veleta como las manchas de sangre vienen causadas por las circunstancias sobre las que comunican”.
Respecto a los símbolos, los elementos más problemáticos en la lectura del Apocalipsis, su construcción cultural les convierte en señales que “comunican sencillamente porque los que los usan en un grupo o una cultura determinada, han acordado que tengan ese significado arbitrario”. En algún momento alguien decidió que la luz roja de los semáforos signifique alto, y la luz verde continuar avanzando. Entre los cristianos primitivos el símbolo del pez funcionó como clave para reconocerse entre ellos. 
Por deshistorizar los símbolos que aparecen en el Apocalipsis, su lectura ha llevado a temeridades hermenéuticas de consecuencias trágicas. Es por ello que Kraybill nos provee de ciertas preguntas que debemos tener presentes en el acercamiento a este libro: “Son los símbolos del Apocalipsis lo que más se presta a despistar al lector moderno. Por cuanto nuestra cultura dista de la del mundo de la antigüedad donde esos símbolos tenían su significado concreto. Para descubrir el mensaje de la visión de Juan, tendremos que preguntar qué simbolizaban esos símbolos en el siglo I. ¿Tiene el símbolo algún antecedente en el Antiguo Testamento? ¿En el pensamiento judío o pagano de la propia época de Juan? ¿En las prácticas del Imperio Romano, como el culto al emperador? Si no hiciéramos esas preguntas, sería fácil atribuir a los símbolos que emplea Juan un significado que difiere de su mensaje”.

Fuente: Protestantedigital, 2016

lunes, 10 de octubre de 2016

El sistema militar romano en Apocalipsis



Por. Juan Stam, Costa Rica
Ya hemos mencionado la violencia y la crueldad en que se basaba el poderío romano. El segundo caballo, de color rojo como la sangre, se dedica a quitar la paz de la tierra y poner a la gente a matarse (6:3-4).
Para tal efecto, le es dada una gran espada (majairamegale). Ese término probablemente significaba una espada retorcida o sable, como era el arma del legionario romano en la expansión del imperio (Arndt Gingrich, p. 497).
Juan parece entender que el orden y la paz del imperio se basaban en la violencia, llevando esa "paz manchada con sangre" de que habló Tácito. En un solo año, 140 a.C., el ejército romano dejó totalmente arrasadas a dos ciudades importantes, Corinto y Cartago. De hecho, el imperio romano anduvo por todo el mundo mediterráneo montado en el caballo rojo del terror organizado.
Según el Apocalipsis, el dragón y sus aliados son terriblemente sanguinarios.
El dragón rojo pretende comerse al niño apenas nazca. Su agente, la bestia del mar, hace guerra contra los santos (13:7) y la segunda bestia proclama, por medio de una estatua hablante, una sentencia de muerte contra todos los que no adoran a la imagen de la primera bestia (13:15).
La ramera, alias Babilonia, está borracha con la sangre de los santos y los mártires (17.6). En ella está la sangre, no sólo de profetas y santos, sino "de todos los que han sido asesinados en la tierra" (18:24).
En conjunto el imperio representa un régimen asesino y bestial.
El capítulo 16 tiene dos referencias muy claras a la violencia y la guerra.
En primer lugar, la segunda copa transforma el mar en sangre y la tercera hace lo mismo con toda el agua dulce (16:3-4). Estas dos plagas recuerdan la primera plaga de Egipto que convirtió el Nilo en sangre, lo que una interpretación judía entendía como castigo por haber manchado las aguas del río con la sangre de los niños hebreos.
En el mismo sentido, el ángel de las aguas explica el significado de estas dos copas que cambiaron el agua en sangre: "Justo eres tú, el Santo, que eres y que eras, porque juzgas así: ellos derramaron la sangre de santos y de profetas, y tú les has dado a beber sangre, como se lo merecen." (16:5-6)
La sexta copa también, con ironía y cierto humor, denuncia el militarismo. De la boca de los tres personajes diabólicos (el dragón y las dos bestias) salen sendas ranas con una tarea mundial: ir a todos los reyes de la tierra e incitarlos a una guerra.
Las ranas representan obviamente la propaganda imperial que con sus mentiras promueve la agresión militar (16:13-14,16). La figura de ranas que llegan a todos los palacios del mundo y persuaden a los reyes no deja de ser simpática y chistosa (¡los reyes conducidos al Armagedón por tres ranas!), pero a la vez el relato nos enseña que la propaganda belicista y mentirosa es satánica.
Igual que el jinete del caballo rojo, estas ranas quitan la paz de la tierra y ponen a la gente a matar.

Fuente: Protestantedigital, 2016

domingo, 9 de octubre de 2016

Los líderes religiosos lo volvieron a hacer: Suelten la guerra, crucifiquen la paz


Por. Por César Henríquez- Venezuela
Pilato les dijo: ¿A quién queréis que os suelte: a Barrabás o a Jesús, llamado el Cristo? Pero los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a las multitudes que pidieran a Barrabás y que dieran muerte a Jesús….Y respondiendo, el gobernador les dijo: ¿A cuál de los dos queréis que os suelte? Y ellos respondieron: A Barrabás.… Pilato les dijo: ¿Qué haré entonces con Jesús, llamado el Cristo? Todos dijeron: ¡Sea crucificado! ¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!…Mateo 27. 15-25
Parece que más de 50 años de guerra, muertes, sufrimientos, dolor, rabia, desplazamientos, fracturas, exilios, desesperanza, desaparecidos, heridas, lágrimas, no han sido suficientes para comenzar a darle forma a un camino de paz que se presentaba como una salida esperanzadora en medio de tanta violencia. El proyecto de Barrabás nuevamente sale airoso y además aupado por los líderes religiosos contemporáneos, los cuales abiertamente gritaron sus consignas y usaron sus “púlpitos” e “iglesias” para fundamentar “bíblicamente” su apoyo al NO colocándose como adversarios de la PAZ, asumiendo un papel bélico, antievangélico, hipócrita y acobijados en las falsas seguridades que le suministran su fundamentalismo religioso.
La indignación nos habita ante la actitud de quienes, en el hermano país de Colombia, en nombre de Dios invitaron a sus feligreses a votar a favor de Barrabás y a gritar a todo pulmón que se crucificara la PAZ bajo argumentos tan disociados como que si ganaba el SI se impondría lo que ellos llaman “la ideología de género”, entre otras.
Los acuerdos de PAZ no estaban signados por la perfección, (hay algo en esta vida que lo sea), no son inmaculados y carente de debilidades, pero por muy imperfectos y por muchas falencias que pudiera presentar, las posibilidades que abre supera con creces cualquiera carencia, empezando por el sólo hecho de “parar las balas”, comenzar procesos de perdón y reconciliación, donde se esperaría que los grupos religiosos desempeñaran un papel fundamental. Pero, es lamentable que un gran porcentaje de quienes votaron por el NO son parte del “pueblo evangélico”, quienes persuadidos por sus líderes optaron por pedir la crucifixión de la PAZ.
Es indignante como, estos líderes, cada domingo gastan litros de saliva hablando de la paz, el perdón, el amor y la reconciliación en sus comunidades eclesiales, y cuando tienen la oportunidad de encarnar sus discursos, entonces lo que vomitan es odio, violencia, guerra en nombre de un dios que no es el Dios de Jesús, sino un fetiche, construido a “su imagen y semejanza”.
Fuimos invitados a apagar el fuego de la violencia y en vez de agua lo que arrojamos fue gasolina: ¡SUELTEN LA GUERRA, CRUCIFIQUEN LA PAZ!

Fuente: ALCNOTICIAS, 2016

sábado, 8 de octubre de 2016

¡El Apocalipsis no es un libro apocalíptico!



Por. Juan Stam, Costa Rica
El Apocalipsis de Juan es un libro muy atípico en el género apocalíptico.  La palabra apokálupsis aparece una sola vez, en la introducción del libro, “la revelación de Jesucristo”. Aunque esa frase dio su nombre al “género apocalíptico”, no parece referirse al género apocalíptico ni pretende identificar el género literario del libro.
En cambio, el mismo libro se describe cinco veces como profecía, un género muy distinto (1:3; 22:7,10,18,19). En 10:11 el ángel ordena a Juan “profetizar sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes”. Es claro que el libro pertenece al género profético, con su correspondiente énfasis político y su función definitiva de denunciar y anunciar.
De hecho el Apocalipsis pertenece a tres géneros literarios: el apocalíptico, el profético y tercero, el tan importante género epistolar. Tiene un saludo parecido a los de las epístolas de Pablo (1:4,10)  y una típica despedida (22:20). Y además, al puro inicio inserta siete cartas pastorales a siete congregaciones específicas. En resumen, el Apocalipsis de Juan es apocalíptico en su estilo pero enfáticamente profético-pastoral en su mensaje.
Para comenzar, la misma introducción al libro muestra características que en su conjunto no corresponden al género apocalíptico:
(a) El autor se identifica dos veces por nombre, en primera persona singular (1:4; 1:9 “Yo, Juan, hermano de ustedes y compañero en el sufrimiento, en el reino y en la perseverancia”), Al través del libro queda evidente la relación íntima y cálida entre el autor y los oyentes/lectores.  La mayoría de los escritos apocalípticos se atribuyen a alguna figura respetada del distante pasado, a menudo para fingir que sus mensajes fueran predicciones de eventos futuros.
(b) El libro se dirige a siete congregaciones cristianas, ubicadas todas en la provincia romana de Asia Menor. Juntas forman un circuito, de Éfeso hasta Laodicea, que muy posiblemente fue la ruta de Juan para sus giras pastorales.
(c) El autor comienza su libro con un saludo parecido a los de las epístolas (1:4) y lo concluye con una típica bendición y despedida (22:20). El lector de la congregación (1:3) debía leerlo públicamente ante toda la comunidad, probablemente en una sola sentada.
(d) Aun más sorprendente, dentro esa gran epístola que es el libro entero, enseguida el autor inserta siete cartas pastorales en las que Jesús mismo exhorta a cada una de las congregaciones. Estas cartas revelan las condiciones de cada congregación y detalles pertinentes de cada ciudad. Todo eso es insólito en la literatura apocalíptica.
(e) Apoc 1:3 (junto con 22:7,10,18,19) identifica el libro como profecía.
(f) La promesa de bendición es para las personas que obedezcan las exigencias del libro (1:3). El libro exige obediencia a sus lectores y los llama al arrepentimiento. Como literatura profética, el Apocalipsis se dedica a la denuncia y el anuncio.
Para concluir, dos ejemplos más:
(a) El caballo rojo de Apoc 6:5-6 es el caballo de la explotación económica, indicado por el balance que lleva el jinete. Los precios de la canasta básica, que se anuncian en denarios, son de atraco pero no se prestan para interpretación alegórica. De la última frase, “no dañes el aceite y el vino”, muchos han visto una referencia alegórica al Espíritu Santo como aceite y vino, pero ¿cómo podemos “dañar” al Espíritu Santo? Un dato del historiador Suetonio ofrece una clave mucho más convincente. En el año 92, según Suetonio, el emperador Domiciano emitió un edicto ordenando a los vinicultores destruir la mitad de sus viñedos. Los terratenientes de Asia Menor, que prosperaban por la exportación de uvas y olivas a expensas del mercado local, se negaron a obedecer el edicto imperial.
(b) En Apoc 18:12-16, el largo “lamento de los mercaderes” enumera una gran cantidad de artículos del comercio internacional del imperio romano, que sería imposible interpretar simbólicamente. El profeta Ezequiel da una lista parecida del comercio de Tiro, pero con los productos de la época suya. ¡Qué diferente serían las listas de carga de transporte para hoy!
(c) En Apoc 10:11 el ángel manda a Juan profetizar sobre naciones y reyes, lo que procede a hacer alegóricamente pero también con detalles históricos y geográficos. Roma es “la gran ramera” pero también se llama “Babilonia”. Ese apodo para Roma se popularizó después de que Tito repitió la abominación de Nabucodonosor de profanar y destruir el Templo y la Santa Ciudad.
(d) Llama la atención el papel del río Éufrates en el Apocalipsis. Según 9:14 había cuatro ángeles atados a orillas del Éufrates, preparados para matar la tercera parte de la humanidad al sonar la sexta trompeta. El ángel de la sexta copa derrama su copa sobre el Éufrates y la seca para que el ejército de Partia pueda pasar a pie (16:12). Eso cuadra plenamente con la peligrosa situación de la frontera occidental del imperio romano a finales del primer siglo.
Conclusión: Los géneros literarios no son siempre uniformes, como si los autores estuvieran siguiendo un manual oficial para escritos apocalípticos. A menudo entraban sin darse cuenta a otros estilos: el pastoral, el profético, el epistolar, el doxológico, etc.

El Apocalipsis de Juan es mayormente apocalíptico en su estilo pero profético y pastoral en su mensaje.

Fuente: ALCNOTICIAS, 2016.

viernes, 7 de octubre de 2016

Trasfondo social y político de Apocalipsis (I)



Por. Carlos Martínez García, México
La lectura histórica predominante del Apocalipsis ha sido la de encontrar las claves de los tiempos para saber cuándo es el fin del mundo. A lo largo de los siglos después de que Juan escribió en la isla de Patmos la visión recibida, son abundantes los visionarios y videntes que han pretendido descifrar las claves para interpretar las catástrofes como signos inminentes del regreso de Cristo.
Un libro aleccionador sobre las hermenéuticas fatalistas que pulularon en el periodo histórico que estudia es el de Norman Cohn, En pos del Milenio: Revolucionarios milenaristas y anarquistas místicos de la Edad Media. Obra que se acerca a las seis décadas de su publicación en inglés, y que tiene varias reimpresiones en la traducción castellana, publicada por Alianza Editorial. Cohn, además de los casos del Medioevo estudiados por él, trazó una cierta línea de continuidad con milenaristas de ideologías políticas que en la primera mitad del siglo XX intentaron irrumpir al cielo por asalto. O, si se quiere, se embarcaron en batallas para hacer terrenal el paraíso.
Al momento de redactar estas líneas me hallo en el Anabaptist Mennonite Biblical Seminary (AMBS), de Elkhart, Indiana, donde disfruto de casi dos semanas para investigar y escribir en la excelente biblioteca de la institución. La comunidad conformada por estudiantes y profesorado del AMBS ha sido generosa y hospitalaria conmigo. Me han invitado a compartir la mesa en hogares y restaurantes. Fue así que llegué para cenar a casa de Nelson Kraybill y su esposa Ellen Graber Kraybill, conducido amablemente por Marisa Smucker. 
De Nelson conocía su libro Apocalypse and Allegiance: Worship, Politics and Devotion in the Book of Revelation (Brazos Press, 2010). También sabía que recientemente fue publicado en castellano por la Biblioteca Menno (Apocalipsis y lealtad: culto, política y devoción en el libro de Apocalipsis), que dirige Dionisio Byler en España. El autor de la obra me obsequió un ejemplar de la edición en español y le comenté que es una excelente contribución para desmitificar las lecturas descontextualizadas y delirantes del Apocalipsis que con inusitada, para mí, frecuencia se popularizan en el mundo protestante/evangélico y post evangélico latinoamericano.
En español ya contamos con la obra magna compuesta por un comentario de cuatro volúmenes salidos de las manos, mente y corazón de Juan Stam. Quien desee compenetrarse a fondo del significado contextual del último libro de la Biblia, necesariamente tendrá que leer y estudiar el Apocalipsis acompañándolo de consultas frecuentes a los libros del doctor Stam.
A diferencia del de Juan Stam, el estudio de Nelson Kraybill no es un comentario capítulo por capítulo, y versículo por versículo, sino que su línea es hurgar en el imaginario político e ideológico imperante en la época que Juan escribió el Apocalipsis para contrastar esas realidades idolátricas con lo que implicaba el costo de la lealtad a Jesús el Cristo.
El doctor Kraybill, quien fue presidente del AMBS y actualmente ejerce el pastorado, además de ser el presidente del Congreso Mundial Menonita, menciona que durante el primer siglo el culto al emperador como divinidad se fue acrecentando, “alcanzando cierta preeminencia especialmente durante los reinados de Calígula (37-41 d. C.), Nerón (54-68 d. C.) y Domiciano (81-96 d. C.). El auge del culto al emperador coincidió con el nacimiento y la expansión de la iglesia cristiana” (p. 24).
La próxima semana continuaré glosando el libro de Nelson Kraybill. Por ahora reproduzco unos párrafos que dan cuenta sobre el marco de lectura contextualizada que hace el autor: “Juan de Patmos […] nos brinda una constelación de imágenes y narraciones que nos ayudan a comprender cómo las ideologías reconfiguran el mundo. El Apocalipsis recurre mucho a símbolos; Juan comprende cómo éstos forjan la identidad política y espiritual. En particular el Apocalipsis realza la forma que el culto, que se apoya mucho en lo simbólico, expresa y da forma a la lealtad. El último libro de la Biblia no es un catálogo de predicciones acerca de cosas que iban a suceder dos mil años más tarde. Al contrario, es un proyector que arroja imágenes arquetípicas del bien y del mal sobre una pantalla cósmica. Estas imágenes tienen que ver en primer lugar con las realidades de la era cuando vivió el autor. Pero el Apocalipsis también sirve como libro de texto donde aprender cómo interactúan el bien y el mal en cada generación” (p. 17).
“[…] Un valiente profeta cristiano llamado Juan estaba por recibir una visión satírica del culto al emperador, previendo el colapso del Imperio Romano. Esta visión identificaría la lealtad como la cuestión espiritual de urgencia y condenaría el culto al emperador como idolatría […] El profeta Juan se valió de pluma y pergamino para plantar cara al poder político más grande de su día. Descalificando a Roma como ramera y su imperio como bestial, proclamó que solamente Dios y el Cordero son dignos de recibir adoración” (p. 24).
“El Apocalipsis llama a los lectores a un culto que caracterizará sus vidas como alternativas al culto al emperador y al imperio. Una letanía hacia el principio de la visión de Juan declara que los seguidores del Cordero son un reino de sacerdotes al servicio de nuestro Dios. Eso es lenguaje político donde lo haya, emplazando a los seguidores de Jesucristo a una lealtad alternativa, a una identidad alternativa […] En lugar de empezar con la idea de que el Apocalipsis va a pronosticar sucesos de nuestro día, debemos procurar comprender cómo era la vida en tiempos de Juan y los creyentes para quienes él escribió este libro. Con ese trasfondo, podremos entonces oír qué es lo que el Espíritu dice a las iglesias acerca de la lealtad a Jesucristo hoy también”. (pp. 25-26). 

Fuente: Protestantedigital, 2016