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viernes, 22 de enero de 2010

Vudu Haití, Vudu occidente

Por. Alfonso Wieland, Perú

Hablemos pues de demonios. Los españoles cristianos llegaron a fines del siglo XV a América, descubriéndola para sus ambiciones. Se produjo una cruenta matanza por parte de las huestes de Cristóbal Colon contra la población aborigen que vivía en la isla donde hoy se encuentra República Dominicana y Haití. Hacia 1540 la población indígena había casi desparecido. Enfermedades traídas por los europeos, el régimen de esclavitud al cual fueron sometidos, las matanzas y las hambrunas, todo provocada por hombres que besaban la cruz de Cristo, fueron la causa de este genocidio.
Años después, en 1697 los franceses cristianos sacaron a los españoles de la mitad de la isla, y fue Haití el centro de llegada de miles de esclavos provenientes de África. Los esclavos que iban llegando morían por miles, y eran remplazados por otros. Era un país de recién llegados jóvenes. La Francia de la revolución de las libertades individuales, tenia otra forma de ver el mundo en Haití, cuya caña de azúcar abastecía las mesas europeas de ese producto. La independencia de los haitianos fue un proceso sangriento, sin rastros de humanidad y casi surrealista. Del propio lado de los dirigentes haitianos, se multiplicaron dictadorcillos que hundieron mas al país.
Pero Haití pudo despegar, no había razón para estar condenada a la pobreza extrema. Ciertamente el mal liderazgo nativo fue una de las causas, pero también la Francia cristiana que, con una frescura mas descomunal que sus monumentos parisinos, pidió una indemnización por haber saqueado, esclavizado, brutalizado esa pequeña nación. La deuda pagada en 50 años, con otros prestamos asumidos, fue demasiado peso para ellos, la crisis estaba por todos lados.
Aquí entran entonces en escena los banqueros (¿cristianos?) de Nueva York que tenían posesión de la mayoría del crédito haitiano y que no querían perder esas deudas. Era el año 1915 y el presidente Wilson envió a los marines a Haití, tomando estos control del país. Prácticamente ellos gobernaron Haití por mas de 20 años. La Norteamérica cristiana restableció las levas de jóvenes para trabajo obligado, elitizó mas el país y poco hizo por atender a los pobres.
Pero los demonios no tienen nacionalidad. Y entonces en 1957, Francois Duvalier uno de los mas nefastos personajes que haya gobernado país alguno en este continente, aterrorizo Haití, usando una mezcla insana entre religión y política, el vudu y el poder. Y todo con la bendición del gobierno norteamericano. Duvalier, llamado Papa Doc, dejo el poder y lo sucedió su adolescente hijo, Jean Claude, apodado Baby Doc, asesorado en lo económico por el FMI y el beneplácito de muchas empresas transnacionales afincadas en Haití. Hasta que en 1986 cayó esa dictadura. Y se realizaron elecciones democráticas bajo la supervisión internacional.
El resto es historia mas reciente, con Jean Bertrand Aristide en la presidencia, su derrocamiento, su reposición. Su cercanía a Cuba, sus tímidas reformas no gustaron a los Estados Unidos. Pero él tampoco hizo demasiado: se envolvió en un conflicto político sangriento con sus opositores. Él afirma hoy que lo suyo no fue una renuncia sino un derrocamiento por presión política del país norteño. Vinieron las oleadas de crisis: bancaria, fraudes electorales, corrupción rampante, un Estado casi inexistente, una población de 9 millones de habitantes en solo 27 mil metros cuadros de país. Pobreza por todos lados, desarticulación social, un país casi inviable.
Varios amigos de entidades de cooperación para el desarrollo refieren que las ONG deben hacer tareas que el Estado debería realizar. No pocas de estas entidades tienen sedes permanentes en este país. El terremoto es una raya más –gruesa, dolorosa por cierto- a la piel social desvastada de Haití.
Haití es ejemplo de cómo los políticos de carne y hueso pero también las naciones pueden parecerse tanto a los demonios, o como decía el predicador Charles Spurgeon, enseñar a los mismos demonios sobre qué y cómo se actúa la maldad. Haití no merece esta forma de vida, no merece los miles de muertos en las calles, en su historia. ¿Seremos capaces los cristianos de hacer algo mas que exorcizar demonios en los otros- y ni siquiera los propios? ¿Seremos capaces de tomar en serio la solidaridad global, dejando de lado prejuicios de raza, religión, nación?
Haití no necesita caridad, necesita justicia. Parte de ella, por supuesto, es levantarnos para apoyarlos en medio de la tragedia del desastre natural ocurrido. Pero lo será más después, cuando los reflectores de las cámaras se apaguen y Haití no sea noticia. Dios nos ayude a ser consecuentes.
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Fuente: ALCNOTICIAS

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