Por. Carlos
Martínez García, México
A los
veinticuatro años, en 1507, Martín Lutero fue ordenado sacerdote. En 1512
obtuvo su doctorado en teología por la Universidad de Wittenberg.1 En
dicho centro de estudios impartió cursos de distintos libros bíblicos: Salmos,
1513-1514, Carta a los Romanos, 1515-1516, Carta a los Gálatas,
1516-1517 Carta a los Hebreos, 1517-1518.2 En
la cuidadosa lectura y exposición de “estos textos bíblicos encontró Lutero la
que sería su tesis teológica central: la justificación por la fe”.3
La
relectura de Romanos lo sacudió de tal manera que hizo se replanteara el
significado de la fe, justificación y autoridad en asuntos teológicos y
eclesiales. Casi cuatro décadas después de haber impartido el curso de la Carta
a los Romanos, cuando escribió en 1545 el prólogo a sus obras completas
editadas en latín, plasmó su testimonio: “A pesar de que mi vida monacal era
irreprochable, me sentía pecador ante Dios, con la conciencia la más turbada, y
mis satisfacciones resultaban incapaces para conferirme la paz”. Menciona que
no amaba a Dios sino que lo aborrecía por justo y castigador de pecadores,
frente a la justicia divina, reflexionaba, la humanidad estaba
irremediablemente perdida. Rememora que tuvo un giro en su comprensión de Romanos
1:17:
Hasta
que al fin, por piedad divina, y tras meditar noche y día, percibí la
concatenación de los dos pasajes: “La justicia de Dios se revela en él”,
“conforme está escrito: el justo vive de la fe”. Comencé a darme cuenta de que
la justicia de Dios no es otra que aquella por la cual el justo vive el don de
Dios, es decir, de la fe, y que el significado de la frase era el siguiente:
por medio del evangelio se revela la justicia de Dios, o sea la justicia
pasiva, en virtud de la cual Dios misericordioso nos justifica por la fe,
conforme está escrito: “el justo vive de la fe”. Me sentí entonces un hombre renacido
y vi que se me habían franqueado las compuertas del paraíso. La escritura
entera se me apareció con cara nueva. La repasé tal como la recordaba de
memoria, y me confirmé en la analogía de otras expresiones como “la obra de
Dios es la que él opera en nosotros”, “la potencia divina es la que nos hace
fuertes”, “la sabiduría de Dios es por la que nos hace sabios”, “la fuerza de
Dios”, “la salvación de Dios”, “la gloria de Dios”.
Desde
aquel instante, cuanto más intenso había sido mi odio anterior a la expresión
“la justicia de Dios”, con tanto más amor comencé a exaltar esta palabra
infinitamente dulce. Así, este pasaje de Pablo, en realidad fue mi puerta del
cielo.4
Para
su sorpresa, tras leer Del espíritu y de la letra, de Agustín de Hipona
(354-430 d. C.), encontró que “también él interpreta la justicia de Dios en el
mismo sentido: la justicia con que Dios nos reviste al justificarnos; y aunque
esto no esté acabadamente expresado, aunque no explique con toda claridad lo
relativo a la imputación, le pareció bien enseñarnos que la justicia de Dios es
la justicia por la que somos justificados”.5 El
hallazgo al estudiar Romanos y la coincidencia entre su propia
interpretación y la de Agustín, provocó que Lutero contrastara el nuevo entendimiento
del pasaje con lo doctrinalmente sostenido por el catolicismo romano.
Basado
en lo que descubrió al estudiar detenidamente la Biblia, Lutero concluyó que
por siglos la institución eclesiástica había mal enseñado sobre cómo tener
salvación y recibir perdón por parte de Dios. Aunque ya conocía los escritos
bíblicos traducidos en la Vulgata Latina, la edición del Nuevo Testamento en
griego (lengua original de la obra) hecha por Erasmo de Róterdam en 1516,
ahondó los descubrimientos de Lutero y entonces decidió hacer pública su
postura sobre los errores doctrinales hallados. Tenía la intención de llamar a
un debate teológico entre la comunidad académica y estudiantil de Wittenberg,
por lo cual su escrito fue redactado en latín.
La en
apariencia inocencia de Lutero al convocar a debatir la que él consideraba
escandalosa forma de comercializar la fe del pueblo, mediante la venta de
indulgencias, puso en jaque al sistema teológico y eclesial católico romano. Su
disidencia paulatinamente alcanzó otros terrenos impensados al nada más llamar
a un debate al interior de la comunidad académica y sacerdotal de Wittenberg,
la crítica teológica se convirtió en política y cultural. Esto fue así por la
estrecha unión entre el orden eclesiástico y el político en la sociedad que,
sin ser consciente de ello, transitaba por los estertores de una época y el
inicio de otra.
Sobre
la motivación primaria que tuvo Lutero para desafiar al establishment religioso,
es aguda la observación de Alec Ryrie; “él y los protestantes que le sucedieron
no estaban tratando de modernizar al mundo, sino de salvarlo. En tal proceso
cambiaron profundamente cómo pensamos sobre nosotros mismos, nuestra sociedad y
nuestra relación con Dios”.6
Las
lecturas y evaluaciones sobre el movimiento iniciado por Lutero se multiplican
exponencialmente conforme se acerca el 31 de octubre, mismo día pero de 1517
cuando el monje agustino hizo públicas las 95 tesis contra las indulgencias.
Abundan los acercamientos hagiográficos, que presentan a Lutero como una
persona inmaculada, quien de manera heroica y casi solitaria enfrentó al poder
eclesiástico romano encabezado por el papa León X y quienes le sucedieron en
vida del teólogo germano. Son exaltaciones acríticas, hechas por ingenuidad
histórica o por interés teológico y político. Circulan investigaciones que
reflejan la heroicidad de Lutero pero también sus fallas o complicidades con
los excesos del poder político. En este tono va el volumen de Lyndal Roper.7.
Además de los dos enfoques mencionados está una tercera óptica cuyo objetivo es
resaltar las zonas sombrías, que son varias, de Lutero y desconocer o
invisibilizar los aportes, que son muchos, del teólogo germano al proceso
democratizador de la sociedad.
El
detonante del enfrentamiento de Martín Lutero con el entramado católico romano
fue la respuesta hallada en la lectura de la Biblia a su crisis espiritual,
crisis que lo mantuvo angustiado por muchos años. No aquilatar debidamente esto
y priorizar como explicaciones otros factores materiales, que por otra parte
los hubo, significa incurrir en anacronismo que no comprende el dilema
existencial y miedo de perder la salvación que tenían las personas en el siglo
XVI. En Lutero “su propia vida espiritual se caracterizó por [lo que en alemán
se denomina] Anfechtung, asaltos de de duda y terror, así como por su
posición ante Dios”.8
Ejemplo de un acercamiento como el señalado, es el que hizo María Elvira Roca
Barea en un artículo publicado por El País y titulado “Martín Lutero:
mitos y realidades”.9
Ella simplifica un personaje complejo para sobajarlo y demeritar su lid contra
la maquinaria eclesiástica de la época. La colisión de Martín Lutero y
posterior ruptura con la Iglesia católica romana es presentado de forma
estigmatizante por la autora.
Lo
publicado por ella en el diario español ya lo había desarrollado, con mucha más
extensión, en Imperofobia y Leyenda Negra. Roma, Rusia, Estados Unidos y el
Imperio Español.10
Desde la premisa de lo escrito en El País, con la que pretende explicar
los orígenes de la rebelión de Martín Lutero, María Elvira Roca confunde las
causas de la crítica del teólogo con los resultados que hubo en buena medida
por la cerrazón y autoritarismo de la jerarquía católica romana. Por cierto que
guarda silencio al respecto. Dice que “Hay en la figura de Lutero un componente
de heroísmo a toro pasado […] El cisma luterano es la manifestación de un
problema político, y haberlo mantenido en el orbe de lo religioso enturbia
completamente su comprensión”. El cisma fue primeramente teológico/doctrinal, y
tuvo necesariamente repercusiones políticas por la imbricación entre lo
religioso y la organización sociopolítica de las sociedades en el siglo XVI.
Roca
Barea incurre en un ostensible error cuando intenta presentar a Lutero como un
analista geopolítico, consciente de los intereses y fuerzas que se disputaban
la hegemonía en la segunda década del siglo XVI. Port supuesto que la rebeldía
de Lutero tuvo repercusiones sociales, políticas y económicas, pero ellas
fueron el resultado, a veces no buscado, de accione estimuladas por un
descubrimiento teológico que lo convenció de hacer frente a un entramado
doctrinal y eclesiástico que, desde su óptica, tenía cautivos principios y
enseñanzas centrales del Evangelio para privilegiar doctrinas y tradiciones que
lo contravenían. Es cierto que “cuando alzó su voz en una protesta local no
intentaba iniciar un incendio. Estaba expresando su reciente descubrimiento
espiritual y argumentando acerca del mismo (…] Quería renovar la Iglesia, no
destruirla”.11
La
luterofobia de María Elvira Roca Barea recorre todo su artículo, de la misma
manera que al capítulo de su libro citado (“Alemania: protestantismo y
regresión feudal”). Se le puede aplicar lo que ella dice, con justificada
razón, de quienes mitifican a Lutero: si non è vero, è ben trovato.
La
batalla personal de Lutero fue creciendo por varios factores. Uno de ellos tuvo
mucho que ver con la respuesta de las autoridades eclesiásticas católicas. La
de Wittenberg no era una de las grandes universidades del siglo XVI en
Europa. La fundó Federico el Sabio en 1502, y carecía de prestigio en el
conjunto educativo superior europeo. Que un profesor de una pequeña universidad
alemana hubiera tenido la osadía de retar al poderos entramado católico romano
fue visto, en la sede pontificia, como un exabrupto al que con celeridad se le
pondría remedio. No fue así, la rebeldía creció aceleradamente y alcanzó un
punto sin regreso en la Dieta de Worms, a la que llegó con el salvoconducto de
Federico el Sabio y aclamado por los habitantes que salían al paso para darle
palabras de respaldo y ánimo. En abril de 1521, ante el emperador Carlos I de
España y V de Alemania junto con representantes del papa León X, no se
retractó de sus enseñanzas Martín Lutero sino que las refrendó y reconoció ser
autor de libros en los que desconocía la autoridad papal.
Entorno
eclesiástico y político
El
descubrimiento espiritual que le impulsó a manifestar críticas con el
tradicional entendimiento de cómo ser salvo de la ira de Dios fue un aporte de
Lutero al panorama teológico del siglo XVI. El contexto político, social y
religioso le fue favorable, aunque eso él no lo sabía ni determinó inicialmente
la actitud rebelde del monje agustino contra lo que consideraba una
falsificación del cristianismo.
Por
convenir a sus intereses, y sin necesariamente compartir los postulados
doctrinales de Martín Lutero, el príncipe elector Federico el Sabio protegió al
profesor de la Universidad que él había fundado en 1502 y en la cual el primero
iniciaría funciones docentes provisionales en 1508 y definitivas a partir de
1511.12
Alemania
estaba políticamente fragmentada, la conformaban varios principados,
territorios eclesiásticos y ciudades con autogobiernos. Todo esto dificultaba
control en cada uno de los terrenos mencionados para la cabeza del Sacro
Imperio Romano Germánico, puesto que recaía en Maximiliano I para cuando Lutero
inició el movimiento que terminaría en la ruptura con Roma. El emperador era
elegido por siete electores, uno de ellos Federico el Sabio.13
Wittenberg
era la capital del Electorado de Sajonia, esta región representaba uno de los
más poderosos estados de los estados germánicos. En 1490 Federico el Sabio
inició esfuerzos por desarrollar Wittenberg, restauró el castillo y le
construyó una capilla.14
En ella guardaba y mandaba exhibir Federico su gran colección de reliquias, que
llego a tener cerca de 19 mil objetos.15
Conformaban el tesoro “fragmentos de sagrados huesos y otros objetos como
briznas de paja del pesebre del Niño Jesús y aun trozos de sus pañales,
cabellos de la Virgen María, gotas de su leche y fragmentos de los clavos de
Cristo, además de uno de los cadáveres de los santos inocentes”.16
En
marzo de 1514, Alberto von Hohenzollern fue nombrado por León X arzobispo de
Maguncia, tenía el mismo cargo en Magdeburgo y el obispado de Halberstadt. Para
devolver el préstamo que los banqueros Fugger (24 mil ducados) le habían
concedido para hacerse de los puestos eclesiásticos, Alberto solicitó la
franquicia para comercializar indulgencias en sus territorios eclesiásticos y
estuvo de acuerdo que una parte de lo obtenido por las ventas fuese para
sufragar la construcción de la Basílica de San Pedro en Roma. Obtuvo la
concesión el 11 de marzo de 1515. El encargado de sembrar terror entre los
pobladores de Sajonia, y otras regiones germanas, de los males que les
sobrevendrían de no comprar indulgencias fue el fraile dominico Juan Tetzel.17
Las
giras de Tetzel no fueron bien recibidas por Federico el Sabio, la causa del
malestar era que el príncipe vio mermados los ingresos que levantaba con la
exhibición de su colección de reliquias y del donativo que debían dejar quienes
desfilaban ante ellas con la esperanza de recibir un milagro. Además, al final
del recorrido se otorgaba una indulgencia.18
Aunque a Tetzel no le fue permitido ofrecer indulgencias en Wittenberg, muchos
de sus habitantes emprendieron viajes hacia donde el dominico predicaba y
adquirían los certificados de indulgencias.19
Federico
el Sabio protegió a Lutero, sin embargo no fue tal protección la creadora de la
disidencia teológica y eclesiástica del monje agustino pero sí le proporcionó
condiciones favorables para enfrentar al sistema católico romano. Federico y
Lutero nunca se conocieron personalmente, el príncipe tampoco adoptó las ideas
teológicas de su protegido.20
Desde
1514 el emperador Maximiliano I estaba muy enfermo, a tal extremo que su
comitiva llevaba consigo a todas partes un féretro.21
El deceso ocurrió en enero de 1519, y, en consecuencia debía elegirse un
sucesor. La elección estaba en manos de siete príncipes electores germanos y
obispos. Uno de los primeros era Federico el Sabio.
En
junio de 1519 la elección recayó en Carlos I de España, quien a partir de
entonces pasó a ser Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico, tenía
diecinueve años. La coyuntura de la sucesión favoreció a Lutero porque “al
morir Maximiliano I, el título de emperador quedó vacante y, en aquel momento,
la elección imperial parecía ser mucho más importante que las palabras
destempladas que cierto monje había pronunciado en Wittenberg […] La cuestión
se dirimió gracias al dinero del banco de los Fugger con el que se pudieron
pagar los sobornos de los electores que tenían que designar al Emperador”.22
Al
concluir la Dieta de Worms, Carlos V expresó deseos de terminar con la que
llamó herejía de Martín Lutero, lo cual sería posible una vez caducado el
salvoconducto que le había extendido y negociado por Federico el Sabio. Otros
asuntos demandaron su atención, como diferendos y enfrentamientos con el papado
por intereses de cada parte, luchas de poder con otros monarcas europeos, hacer
frente al peligroso avance las fuerzas otomanas comandadas por Solimán el
Magnífico, cuyas tropas avanzaban por Europa mientras Lutero estaba resguardado
en el Castillo de Wartburgo.
La
debilidad de Carlos V para reunificar religiosamente los estados germánicos
tuvo en la primera Dieta de Espira (agosto de 1526) una muestra contundente. De
acuerdo a intereses y convicciones los soberanos alemanes decidieron combatir o
apoyar a Lutero, “de la Alemania central el elector de Maguncia, el duque Jorge
de Sajonia y Enrique, el menor de Brünswick-Wonfenbüttel […} se mantenían
fieles a Carlos y a su religión. El elector de Sajonia y el de Hesse […]
estaban en la oposición [y respaldando a Lutero]”, mientras otros se declaraban
neutrales y se definirían conforme se desarrollara el problema.23
Al paso de los años Carlos V encontró más obstáculos y le fue imposible parar
el proyecto de Lutero, quien murió en la misma ciudad que había nacido,
Eisleben, el 18 de febrero de 1546 y rodeado de su círculo cercano.24
Así
como Federico el sabio salvaguardó a Martín Lutero del emperador Carlos V, hizo
lo mismo para evitar que el autor de las 95 tesis contra las indulgencias
tuviera que viajar a Roma con el fin de ser juzgado por las autoridades
eclesiásticas. Instado Lutero para comparecer en Roma en agosto de 1518,
Federico no extendió su beneplácito sino que negoció se verificara el
interrogatorio en Augsburgo (12 y 13 de octubre) y por parte de un enviado del
papa León X, el cardenal Cayetano.25
León X
intentó en otras oportunidades y lugares, mediante comisionados, que Lutero se
retractara. Cuando no logró el objetivo le amenazó con excomulgarlo a través de
la bula Exsurge Domine (15 de junio de 1520). En Wittenberg, el 10 de
diciembre, Lutero quemó la bula en abierto desafío a la institución del papado.26
En respuesta León X decreto el 3 de enero de 1521 la excomunión de Lutero por
“hereje obstinado”.27
Entre
las 95 tesis y la muerte de Lutero en 1546 transcurrieron 39 años.
Durante el tiempo señalado hubo cuatro papas: León X, Adriano VI, Clemente VII
y Paulo III.28
El primero murió el 1 de diciembre de 1521, ocho meses después de la fallida
Dieta de Worms en la que no se logró la retractación de Lutero. León X vio cómo
en lugar de contener el reto del teólogo germano a su autoridad, la rebeldía se
incrementó y comprobó por sí mismo la osadía de Lutero cuando en junio de 1520
publicó Sobre el papado de Roma. Aquí expresó que: “nadie puede ser tan
estúpido como para creerse que el papa y todos sus romanistas y pelotilleros
hablan en serio cuando dicen que su poderosa autoridad es por orden divina.
Esto lo puedes apreciar por el hecho de que en Roma no se cumple ni el más
pequeño trazo de letra de todo cuanto ha sido ordenado por Dios”.29
El
sucesor en el obispado de Roma fue Adriano de Utrecht, ex tutor del emperador
Carlos V, gobernador de los Países Bajos y gran inquisidor de España. Con la
elección de Adriano VI como papa (9 de enero de 1522) estuvo de plácemes Carlos
V, mientras que Francisco I, de Francia, se mostró horrorizado. Adriano quiso
reformar los excesos y corrupción de la curia romana, y detener con su
experiencia inquisitorial los avances del fuego iniciado por Lutero. No tuvo
mucho tiempo ni para lo uno ni para lo otro, ya que su papado solamente duró un
año y nueve meses. Murió el 14 septiembre de 1523.30
El
siguiente papa fue Clemente VII (ocupó el cargo del 18 de noviembre de 1523 al
25 de septiembre de 1534). Carlos V apoyó la elección de este jerarca, Julio de
Médici, hijo bastardo de Juliano de Médici y una de sus amantes, Fioretta.31
Sobrino de León X, quien lo nombró arzobispo y cardenal de Florencia, asumió el
cargo de canciller católico romano en marzo de 1517, por lo que tuvo a su cargo
los asuntos políticos de León X, incluyendo el affaire Lutero.32
Clemente
VII fue mecenas de los pintores Rafael y Miguel Ángel, a este último encargó El
juicio final para la Capilla Sixtina. Su papado fue un desastre. Como
canciller resultó eficaz, pero en el papado lo caracterizaba la indecisión y
falta de agudeza para negociar con fuertes monarcas de la época: Carlos V,
Francisco, I, Enrique VIII. Una de las humillaciones que debió sufrir fue
consecuencia de su alianza política con Francisco I y otras fuerzas para
contrarrestar el poder de Carlos V. En mayo de 1527 las tropas del emperador
saquearon Roma y arrestaron a Clemente VII, lo retuvieron durante un mes. El
emperador y el papa concertaron pedir disculpas el primero por los daños al
patrimonio de la Iglesia católica romana, y el segundo cubrir 400 mil ducados
por su vida.33
Mientras
acontecía todo lo anterior, una de las consecuencias fue que el movimiento de
Martín Lutero, adversario de Carlos V y Clemente VII, se consolidó en Alemania
e irradiaba influencia en otros territorios europeos. El 25 de junio de 1530
“ciertos príncipes y ciudades” de Alemania que se identificaban con los postulados
de Lutero, presentaron ante el emperador la que a partir de entonces se
conocería como la Confesión de Augsburgo.34
La disidencia de Lutero se consolidaba teológica, política y territorialmente.
Paulo
III sucedió a Clemente VII, ascendió al trono papal el 3 de octubre de 1534 y
permaneció en el mismo hasta el 10 de noviembre de 1549. Al momento del
cónclave que lo eligió papa era el cardenal de más edad, tenía sesenta y seis
años.35
Su hermana Giulia fue amante del papa Alejando VI (cabeza de la Iglesia
católica del 11 de agosto de 1492 al 18 de agosto de 1503). Paulo III,
“auténtico producto del Renacimiento –tuvo tres hijos y una hija, y fue
extraordinariamente nepotista– se entregó, sin embargo, a la causa de la
Contrarreforma”.36
Bajo
el mandato de Paulo III “la Compañía de Jesús fue oficialmente fundada por bula
papal en 1540”, para “el provecho de las ánimas en la vida y doctrina cristiana
y para la propagación de la fe”.37
Además de impulsar a los jesuitas, Paulo III “restauró la Inquisición y logró
que se iniciara la celebración de un concilio ecuménico en Trento (1545).
Fracasó, sin embargo, en su intento de derrotar al protestantismo”.38
Además
de buscar revertir la consolidación del protestantismo en Alemania y otras
partes de Europa, un frente más atrajo la atención y fuerzas del papado de
Paulo III: el caso de Enrique VIII en Inglaterra. Aunque desde 1535 había sido
expedida la bula de excomunión contra el monarca inglés, fue el 17 de diciembre
de 1538 cuando la misma entró en vigor,39
y así el enfrentamiento con las iglesias territoriales protestantes se amplió,
dándole esto a Martín Lutero y sus seguidores germanos mayor espacio para
cimentar su movimiento en Alemania.
Notas
1# Scott H. Hendrix, Martin Luther. A Very Short
Introduction, Oxford, Oxford University Press, 2010, p. 17.
2# Albrecht Beutel, “Luther’s life”, Donald K. McKim
(editor), The Cambridge Companion to Martin Luther, Cambridge,
Cambridge University Press, p. 7.
3# Joaquín Abellán, estudio preliminar, Martín
Lutero, escritos políticos, 3ª edición, reimpresión 2013, Madrid,
Editorial Tecnos, 2013, p. XX.
4# Martín Lutero, “Prólogo a la edición de Obras
Completas en latín”, en Teófanes Egido, Lutero, obras, Salamanca,
Ediciones Sígueme, 1977, pp. 370-371.
9#
https://elpais.com/internacional/2017/07/21/actualidad/1500642089_505462.html?id_externo_rsoc=FB_CC
13# Peter Marshall, The Reformation. A Very Short
Introduction, Oxford, Oxford University Press, 2009, p. 12.
16# María Magdalena Ziegler, “La Reforma y la
trastienda de su historia”, Cuadernos Unimetanos, número 24, julio 2010,
p. 28.
22# Richard Mackenney, La Europa del siglo
XVI, expansión y conflicto, Madrid, Ediciones Akal, 1996, p. 90.
23# Karl Brandi, Carlos V. Vida y fortuna de
de una personalidad y de un imperio mundial, segunda edición, México,
Fondo de Cultura Económica, 1993, p. 193
24# Graham Tomlin, op. cit., p. 174; Lyndal
Roper, “Martin Luther”, Peter Marshall (editor), The Oxford Illustrated
History of the Reformation, Oxford, Oxford University Press, 2015, p.
69.
28# Eamon Duffy, Saints and Sinners. A History of
the Popes, New Haven, Yale University Press, 2002, p. 394.
29# http://protestantedigital.com/cultura/30615/En_castellano_39Sobre_el_papado_de_Roma39_de_Lutero;
César Vidal, op. cit., p. 202.
31# J. N. D. Kelly, Oxford Dictionary of Popes,
Oxford-New York, Oxford University Press, 1996, p. 259.
33# Eamon Duffy, op. cit., pp.205-205; http://www.europapress.es/sociedad/noticia-saqueo-roma-tropas-carlos-arresto-papa-clemente-20151109211417.html
37# Verónica Zaragoza Reyes, Reseña de Perla
Chinchilla y Antonella Romano (coordinadoras), Escrituras de la
modernidad: los jesuitas entre cultura retórica y cultura científica,
México, Universidad Iberoamericana, 2008, Estudios de Historia
Novohispana, número 43, julio-diciembre 2010, p. 261.
Fuente:
Protestantedigital, 2017
No hay comentarios:
Publicar un comentario