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jueves, 13 de febrero de 2014

Estructura y tectónica de la personalidad en el Nuevo Testamento (I)

Por. J. M. González Campa, España*
En el Nuevo Testamento se trata ampliamente, y de una manera muy especial, el problema de la tectónica de la personalidad. Los autores novotestamentarios que más han aportado  sobre el tema que nos ocupa en este capítulo son Pablo, Lucas, Juan y Mateo. Es necesario destacar que el apóstol Pablo y el médico, historiador y evangelista Lucas tenían una gran influencia de la cultura griega. Eran, sin duda, grandes helenistas; también se ve la influencia del helenismo en el apóstol Juan, pero, según mi criterio, en menor cuantía. El denominado Evangelio de Lucas está escrito en  un griego tan exquisito que está considerado como uno de los tratados más bellos gestados en esa lengua y constituye una joya de la literatura universal. Para hablar de la estructura de la personalidad en el Nuevo Testamento, se emplean diversos términos que nos recuerdan la enseñanza viejotestamentaria; véase por ejemplo la enseñanza de Salomón en el libro de Proverbios, donde hablando de la esfera de la intimidad anímica, noética y pneumática utiliza el término corazón  para referirse a la esfera más profunda del ser humano: “Sobre toda cosa guardada guarda tu corazón, porque de él mana la vida” (Prov 4:23). Aquí el autor de Proverbios nos enseña dos verdades fundamentales para entender la economía biofisiológica del hombre (en sentido genérico) y el centro dinámico del funcionamiento anímico-pneumático ubicado en lo más profundo de la esfera de nuestra intimidad, y que regula todo lo que se deviene (pensamientos, sentimientos, impulsos instintivos) en “el fondo del ser” y  controla todas las actividades de nuestra vida.
Sobre la estructura o tectónica de la personalidad se ha escrito mucho y se seguirá escribiendo más. En mi experiencia, en el campo cristiano he ido comprobando a lo largo de los años cómo  muchos creyentes hablan del alma, del espíritu y del cuerpo con escaso conocimiento de la significación psicológica y teológica que estos tres estratos de la personalidad significan en su realidad inmanente y trascendente. Es frecuente escuchar en alocuciones y predicaciones, o leer en tratados de teología, que el hombre es un ser tripartito, creado a imagen y semejanza de un Trino Dios. Esta concepción dicotomizada del ser humano no puede ser admitida por mí ni científica, ni teológicamente. El hombre es una unidad psicosomática y Dios es uno en el que hay varios (Elohim). No obstante hoy sigue pendiente un gran interrogante, que se traduce en esta pregunta trascendental: ¿Qué es el hombre? Se han dado muchas respuestas  desde campos de investigación y de estudio muy diversos. Desde mi punto de vista destaco tres que me parecen de gran relevancia:
  • El hombre es una incógnita
  • El hombre es una carga para si mismo y
  • El hombre es imagen y semejanza de Dios
Cada una de estas tres concepciones corresponde a un autor diferente. La primera es una interpretación antropológica del gran pensador, médico y biólogo  francés Alexis Carrel. La investigación en el campo de la antropología ha avanzado mucho, pero todavía quedan muchas zonas de obscuridad en el conocimiento del ser humano. Desconocemos cómo funciona el 80%  de nuestro cerebro, lo que conlleva un gran desconocimiento del funcionamiento integral de todo   nuestro ser. Pero lo que conocemos de la actividad económica (metabólica y psicológica) de un ser humano es tan extraordinario y maravilloso que nos desborda y fascina, hasta el punto de pensar que la razón metafísica de nuestra ontogénesis tiene que residir en el mismo corazón de una realidad trascendente a la que no podemos llegar por la vía de la razón y de la investigación científica, sino por la aquiescencia de la fe. Teniendo en cuenta el devenir humano, su antropogénesis y finitud metabiológica, llegamos a la conclusión, desde el punto de vista de la revelación bíblica, que venimos del mismo corazón de Dios y volvemos al mismo ámbito del ser trascendente.
Por  otro lado el libro de Job nos lanza un gran desafío  para introducirnos  en el estudio del psicoanálisis de la existencia. El profeta Jeremías realiza unas afirmaciones sobre el centro de la personalidad del hombre, a la hora de estudiar su estructura, que debemos tener en cuenta: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso (heb-lit = desesperadamente malo. V. M.); ¿ quién lo conocerá? Yo Jehová que escudriño (en el N.T. = yo soy el que escudriña la mente y el corazón. Apoc. 2:23) la mente, que prueba el corazón.” (Jer 17: 9-10). Existen diversos métodos científicos  para llegar a conocer los contenidos noéticos y afectivos del corazón humano, pero aún las  investigaciones intrapsíquicas más eficientes, que sondean la esfera de nuestra intimidad psico-afectiva, no pueden alcanzar los estratos más profundos de nuestro ser. Hay contenidos reprimidos en los rincones más obscuros de nuestra alma a los que no pueden alcanzar los mejores sondeos científicos, desenmascararlos y elevarlos al campo yóico de nuestra mente es decir, hacerlos conscientes. El corazón del hombre como centro de nuestra realidad intrapsiquica o psico-pneumática (alma-espíritu) es la fuente primordial de la que brota la angustia que oprime nuestra existencia y constituye la fuente y el núcleo de la mayoría de nuestros trastornos mentales. Es el libro de Job el que nos presenta al hombre (varón /mujer) como una carga para sí mismo. En la confrontación dialéctica de Job con los amigos que vienen a intentar consolarle, y en un momento culminante de esa confrontación, uno de ellos, Elifaz, contesta a Job con una argumentación extraordinariamente profunda y existencialmente apasionante: “He aquí tú enseñabas a muchos y fortalecías las manos débiles; al que tropezaba enderezaban tus palabras, y esforzabas (heb= reforzabas) las rodillas que decaían. Mas ahora que el mal ha venido sobre ti, te desalientas (B.de J. = te deprimes); y cuando ha llegado hasta ti, te turbas (V.M. = estás desesperado)” (Job 4:3-5). Y mas adelante en el capítulo cinco, sigue argumentado Elifaz, en cuanto a la génesis de la angustia humana, y dice: “Porque la aflicción no sale del polvo, ni la molestia (heb=desdicha) brota de la tierra. Pero como las chispas (heb = los hijos de la llama) se levantan para volar por el aire, así el hombre (varón/mujer) nace para la aflicción (la versión de la Biblia de Jerusalen traduce de una forma magistral este, último texto: “es el hombre quién la aflicción engendra” Job 5:6-7.
Jesús de Nazaret nos enseñó cual era el centro intrapsiquico donde se generaba la conducta que contaminaba nuestra vida y cuales son sus contenidos; según el Evangelio de Marcos, decía “que lo que del hombre sale, eso contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones ( del gr = inmoralidades sexuales, pornografía, prostitución, adulterio, etc.), los homicidios, los hurtos, la avaricia (del gr. = ansia de tener más y más ), las maldades, el engaño ( gr. = el dolor), la lascivia (el sentido en el griego es el desenfrenado instinto sexual, la desvergüenza, el libertinaje y, en definitiva, quitar el freno, quitar la vergüenza), la envidia ( lit = el mal de ojo ), la soberbia, la insensatez (se refiere a lo que se elabora a nivel inconsciente en cuanto a los trastornos mentales; naturalmente entre ellos está incluida la angustia, que es el núcleo a partir del cual se deviene cualquier alteración psicopatológica, que hará posible que el ser humano se vivencie, existencialmente, como una carga para sí mismo). Todas estas maldades (lit. = cosas malas) de dentro salen, y contaminan al hombre”.
El tercer punto en cuanto al interrogante ¿qué es el hombre? lo explicitábamos como que el hombre (varón/mujer ) es imagen y semejanza de Dios. Una vez más tenemos que recurrir al Antiguo Testamento para profundizar en la concepción antropológica del ser humano. En el capítulo primero del libro de Génesis, versos 26 y 27, leemos: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre (Martín Lutero de una manera muy acertada, traducía hombres) a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza (el término hebreo empleado para imagen es celem, que se puede traducir por copia  y sobre todo por sombra; el término hebreo para semejanza es demut y se puede traducir por apariencia, similitud y correspondencia) y señoree (heb-lit=tengan ellos dominio) en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y hembra los creó (o le creó). En la Segtuaginta o  primera traducción al griego de la Biblia judía, se traduce varón por el término griego arsen=masculino y se traduce  hembra por el vocablo griego telu=femenino. Desde el punto de vista teológico el hombre es la sombra de Dios en el mundo. Y nada se parece más al original que su propia sombra. El Nuevo Testamento ratifica que, a pesar de la desestructuración amártica que el hombre experimentó al comer del árbol de la ciencia del Bien y del Mal (lo que se conoce de forma simplista como caida), se nos sigue recordando que fue creado a imagen y semejanza de Dios (Sant. 3:9).
Desde el punto de vista bíblico, y para mi también científico, el ser humano tiene vida desde el mismo momento de la concepción. Es el médico creyente Lucas, autor del primer tratado o evangelio que lleva su nombre, el que nos ilustra, en el siglo primero, de lo que antropológicamente  se deviene en el claustro materno donde está anidado el nuevo ser. Así, en el capítulo primero de este evangelio nos encontramos con el siguiente relato de evidente trascendencia antropológica: “En aquellos días,  levantándose María, fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías, y saludó a Elisabet. Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura (sexto mes de embarazo) saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espiritu Santo, y exclamó a gran voz, y dijo: bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Por qué se me concede esto a mi, que la madre de mi Señor venga a mi? Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura (gr. brefos = embrión , feto) saltó de  alegría en mi vientre”. Hoy en día, y después de muchos siglos de investigación científica se  admite que el fruto de la concepción es capaz de recibir y vivenciar las emociones que le trasmite su madre. Los estudios ecográficos durante todo el periodo de gestación han puesto de manifiesto que el nuevo ser que va a nacer tiene una vida anímica y dinámica en el claustro materno. Aseveración extraordinaria hecha hace más de dos mil años.
Pero la Escritura aporta más datos de carácter antropológico ya desde la época de Moisés, más de 4000 años antes de  que Lucas escribiera su Evangelio. En el capítulo 25 del libro de Génesis hay un relato impresionante de la vida de los seres humanos en el útero materno. En Génesis 25:20-26 leemos: “Y era Isaac de cuarenta años cuando tomó por mujer a Rebeca… Y oró Isaac a Jehová por su mujer que era estéril; y lo aceptó Jehová, y concibió Rebeca su mujer, y los hijos luchaban dentro de ella; y dijo: Si es así, ¿para qué vivo yo? Y fue a consultar a Jehová; y le contestó Jehová: Dos naciones hay en tu seno, y dos pueblos serán divididos desde tus entrañas; un pueblo será mas fuerte que el otro pueblo, y el mayor servirá al menor. Cuando se cumplieron sus días para dar a luz, he aquí había gemelos (bivitelinos) en su vientre.Y salió el primero rubio, y era todo velludo como una pelliza; y llamaron su nombre Esaú. Después salió su hermano, trabada su mano al calcañar de Esaú; y fue llamado su nombre Jacob.” Hoy en dia las técnicas más avanzadas para vigilar la vida del embrión y del feto nos muestran que a nivel fetal se observa cómo éste registra las emociones que le trasmite su madre, es capaz de vivenciarlas, de sonreir, de ¿derramar lágrimas? Observando a gemelos univitelinos o bivitelinos, se ha llegado a afirmar que mantienen una relación entre ellos; que pueden jugar o quizá luchar, como el caso que estamos explicitando. Siendo esto así, es inevitable hacerse esta pregunta, ¿cómo alguien hace más de seis mil años podía tener estos conocimientos? El Nuevo Testamento, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, nos dice: “Y fue enseñado Moisés en toda la sabiduría de los egipcios; y era poderoso en sus palabras y obra. (Hechos 7:22). Esta referencia a Moisés es de la máxima importancia. Los egipcios desarrollaron conocimientos y técnicas científicas que aún hoy desconocemos. En el campo de la medicina eran muy adelantados para su tiempo: ¿Podría haber aprendido Moisés de ellos lo que pasaba en la vida de un feto en el vientre de su madre? No tenemos la respuesta, pero sí la constatación clara de que en la época de Moisés ya se tenía un conocimiento de lo que ocurría con un feto en su vida intrauterina.
Hay, en cuanto a la realidad vital y emocional de un ser en el vientre de su madre, aseveraciones asombrosas en la Revelación bíblica veterotestamentaria, que también son corroboradas por lo revelado en el Nuevo Testamento. Así en el libro del profeta Jeremías (su ministerio se extendió desde el año 625 a. de Cristo, hasta el año 586 a. de Cristo) leemos: “Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones.” (Jer. 1:5). El contenido de este texto trasciende todas las posibilidades de nuestra capacidad intelectual, incluso cuando ésta está inspirada por el Espíritu de Dios. La relación del Ser (Dios) con el ser (hombre), se encuentra más allá de todo conocimiento y  de toda sabiduría. La biblia no participa de la concepción platónica de la reencarnación y la preexistencia del alma antes de encarnase en un ser, pero yo creo que lo que encontramos en el texto de Jeremías es una realidad inefable y trascendente que nace y se deviene, como diría A.T. Robinson, en la misma interioridad de Dios. En el Salmo 8, David afirma (mucho tiempo antes de lo escrito en el libro de Jeremías): “De la boca de los niños (heb=niñitos) y de los que maman (heb.=lactantes), fundaste la fortaleza ( heb. =baluarte-bastión), a causa de tus enemigos.” Resulta maravilloso que este texto fuese citado por el mismo Jesucristo en su entrada triunfal (el domingo que llamamos, conforme a la tradición, “Domingo de ramos”) según se nos narra en el evangelio de Mateo 21:14-16: “ Y vinieron a él en el templo ciegos, y cojos, y los sanó. Pero los principales sacerdotes y los escribas, viendo las maravillas que hacía, y a los muchachos ( gr. = paidos-niño menor de siete años) aclamando en el templo y diciendo:¡Hosanna al hijo de David! se indignaron, y le dijeron:¿Oyes lo que estos dicen? Y Jesús les dijo: Sí; ¿nunca leísteis: De la boca de los niños (gr.-nepion=niño que no habla) y de los que maman perfeccionaste la alabanza? ¡Extraordinario! Aquí encontramos la más profunda comunicación entre Dios y los niños a nivel inconsciente o subliminal. Es el mismo David, el que en el excepcional Salmo 139, nos explicita la más profunda relación entre Dios y el ser humano, tanto a nivel consciente como a nivel embrionario. Este salmo nos habla de la omnisciencia, omnipotencia y omnipresencia de Dios. Y en él parece que David tiene conciencia de todo lo que Dios ha realizado en su vida, aún estando en el claustro materno: “¿A donde me iré de tu espíritu? ¿Y a donde huiré de tu presencia?…  Porque tu formaste mis entrañas (heb=riñones como sede de afectos y pasiones); tú me hiciste (heb. tejiste=formación de los tejidos de un ser) en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras (en le VLA se traduce: “Te alabaré porque asombrosa y maravillosamente he sido hecho; maravillosas son tus obras.” Algunas versiones antiguas traducen “he sido hecho por eres tú”); estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien. No fue encubierto de ti mi cuerpo (heb. literal=mis huesos), bien que en oculto fui formado, y entretejido (Pitt=bordado con la mayor habilidad, implica creación de venas, músculos, tendones, nervios, etc.) en lo más profundo de la tierra. Mi embrión (el término hebreo significa el ser inacabado, y la Versión Moderna lo traduce por “imperfección”. El embrión ya en la antigüedad lo designaba Eutimio como “la gota coagulada”, que hoy denominamos “mórula”, antes de que se formen los miembros del cuerpo. Se emplea para “embrión” el mismo término que para enrollar el manto (2ª Reyes 2), por tanto el sentido del embrión sería el enrollamiento de las tres hojas blastodérmicas) vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas (¿el código genético?) todas aquellas cosas que fueron luego formadas sin faltar una de ellas. (Sal 139:7-16). ¿Cómo podía David tener memoria de estas realidades intrauterinas, que se devenían a nivel estructural, anatómico, fisiológico, histológico y genético?
En el Nuevo Testamento encontramos una experiencia semejante en la persona del apóstol Pablo, cuando escribiendo a los Gálatas, dice: “Pero cuando agradó (el término griego literal es tuvo a bien) a Dios, que me apartó (gr. separó) desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, para que yo le predicase (gr. evangelizase) entre los gentiles”. (Gal 1 : 15-16). Nos encontramos con que parece tener una conciencia clara de una relación con Dios, a nivel subliminal y durante el periodo de su existencia intrauterina.

*  J. M. González Campa. Licenciado en Medicina y Cirugía. Especialista en Psiquiatría Comunitaria. Psicoterapeuta. Conferenciante de temas científicos, paracientíficos y teológicos, a nivel nacional e internacional. Teólogo y escritor evangélico. Autor de varias publicaciones en el campo científico, sociológico y teológico. Ha desempeñado diversos cargos de la más alta responsabilidad dentro del campo de la Asistencia psiquiátrica y de la Salud Mental en su región natal, Asturias, así como en otras partes de España. Es fundador y Presidente de Honor de la Asociación para la Defensa de los Enfermos Psíquicos Asturianos (ADESA). Ha sido profesor de Honor de la Universidad de Oviedo y profesor de Psiquiatría de la Escuela de Asistentes sociales de Gijón. Pertenece a distintas sociedades científicas y es socio-fundador de Socidrogalcohol (Sociedad científica para el estudio del alcoholismo y las otras drogodependencias).

Fuente: Lupaprotestante, 2014.

domingo, 30 de junio de 2013

Origen, naturaleza y destino del hombre

Jaume Triginé*, Origen, naturaleza y destino del hombre. Agrupación de Editores y Autores Universitarios. Barcelona, 2013.
INTRODUCCIÓN
¿Qué es el hombre? (Sal 8:4)
La complejidad del ser humano ha precisado que su estudio se haya diversificado a través de múltiples disciplinas científicas como la medicina, la psicología, la sociología… en sus distintas especialidades. También la filosofía, desde la Grecia clásica hasta la actualidad, se ha dedicado a reflexionar sobre la condición humana. Este es un texto de antropología teológica. La palabra antropología procede de los términos griegos anthropos y logos y tiene que ver con el conocimiento del hombre. Es la ciencia que estudia los aspectos biológicos del individuo y su conducta como miembro de una determinada sociedad.
La antropología, como ciencia del hombre en general, se ha diversificado asimismo en diferentes especialidades en función del ámbito de investigación, dando lugar a la:
•Antropología cultural. Su campo de investigación son las diferentes manifestaciones culturales del ser humano en función de criterios etnológicos: razas, pueblos costumbres…
•Antropología psicológica. Conocimiento del ser humano desde una orientación individualista que incluye los aspectos biológicos y del medio ambiente que configuran la personalidad.
•Antropología social. Estudio de la vertiente social del individuo: masas, grupos, ritos, transmisión de valores, desempeño de roles…
•Antropología filosófica. Incluye los grandes temas que definen al hombre como el propio proceso de humanización, la socialización, el lenguaje, la comunicación, la ética…
La antropología teológica busca respuestas a las denominadas preguntas últimas que no pueden desvelar el resto de las ciencias del hombre: ¿Por qué hay un mundo?, ¿por qué vivimos?, ¿de dónde venimos?, ¿quiénes somos?, ¿por qué estamos en el mundo?, ¿adónde vamos? Es la humilde finalidad de este trabajo contribuir a la elaboración de res-puestas a tales interrogantes.
Es posible que más de uno se pregunte el porqué de una nueva antropología teológica. La respuesta es la voluntad de disponer de un texto fundamentado en una teología actualizada y en las aportaciones objetivas de las ciencias, aun reconociendo que estas no siempre son definitivas y que nuevos conocimientos vienen a sustituir a los precedentes. Este texto está dirigido a quienes se sienten insatisfechos con aquellas respuestas tradicionales que parten de una interpretación literal de los textos bíblicos y de una marginación de los presupuestos científicos; a quienes no están dispuestos a renunciar al dictamen de su intelecto al analizar las cosas de forma objetiva, y a cuantos están interesados en la relación entre los mundos de la fe, la cultura y las ciencias.
La obra está dividida en tres partes: origen, naturaleza y destino del hombre. En la primera parte, se presenta al ser humano como creación de Dios y se pretende superar el debate entre creacionismo y evolucionismo a través del nuevo concepto de creación evolutiva que permite continuar postulando a Dios como creador de un universo en expansión y asumir los presupuestos científicos acerca del origen del cosmos y del proceso de humanización.
El segundo capítulo de la primera parte está dedicado al concepto de la imago dei y a sus implicaciones prácticas como son la dignidad de toda persona, el respeto al ser humano en cualquier situación existencial o momento cronológico y la atracción que la impronta de Dios ejerce sobre el individuo, aun de forma inconsciente.
La segunda parte, dedicada a considerar la naturaleza del hombre, consta de tres capítulos. En el primero, se presenta una tercera vía a lo que podríamos denominar monismo materialista y dualismo de corte platónico, del que con dificultad se sustrae la visión cristiana de la persona. En este nuevo modelo se postula la idea de una plural unidad más en consonancia con la antropología bíblica y los actuales conocimientos científicos. El ser humano como una única realidad manifestada en distintos niveles como son la corporalidad y la conciencia que termina por emerger de esta base somática.
Le sigue un capítulo dedicado al tema del pecado, que incluye su universalidad y sus trágicas consecuencias, en el que el relato bíblico de la caída deviene el símbolo de la situación de la humanidad en todos los tiempos. El capítulo concluye con una aproximación a la dimensión social del pecado; aquello que los teólogos denominan pecado estructural que viene a complementar la visión individual y psicológica.
Un nuevo capítulo de esta segunda parte trata de la gracia y de su acción, hecho que posibilita la esperanza cristiana acerca del ser humano y sus posibilidades más allá de los optimismos antropológicos de signo humanista. La gracia es presentada también como garante de la íntima libertad personal y requisito de superación de la rigidez legalista que todavía hoy hallamos en más de un contexto religioso.
El último capítulo plantea el interrogante de si es posible experimentar el nuevo hombre, al que con frecuencia hace referencia el Nuevo Testamento. Entendemos que el nuevo modelo de humanidad, descrito especialmente por Pablo, no es tan solo un concepto escatológico. Jesucristo es el fundamento que hace posible aquí y ahora el hombre nuevo en medio de los condicionantes de la existencia.
La tercera y última parte está dedicada al destino del hombre. El primer capítulo de esta sección trata de la muerte y de su significado; de la resurrección como entrada en el ámbito de Dios y superación de las coordenadas espacio-temporales en las que nos desenvolvemos y la esperanza de la vida eterna. Y todo ello no tan solo como consuelo futuro, sino como compromiso ético en el presente.
El último capítulo, dedicado a tratar la eternidad como destino último y definitivo del ser humano, aborda el final del universo en clave teológica o como juicio de Dios. De ello se derivan los temas escatológicos de la condenación o infierno y de la salvación o cielo de la fe. No consideramos que el infierno sea el lugar de las descripciones mitológicas propagadas a lo largo de los siglos por la iglesia, sino un estado de exclusión de la presencia de Dios; ni que el lenguaje humano pueda expresar con precisión el cielo de la fe cuando Dios será todo en todos. Cuando tratamos las realidades últimas nos movemos en medio de símbolos e imágenes que siempre serán insuficientes para explicar aquello que nos trasciende por no pertenecer ni al espacio ni al tiempo, sino a la eternidad. Pero ello no nos da pie a generar un imaginario mítico que difícilmente puede asumir el hombre y la mujer contemporáneos, creyentes o no creyentes.
Por todo ello, la obra desea contribuir a la inteligibilidad y credibilidad de la fe. Es nuestra responsabilidad presentar nuestras convicciones de forma razonada y en un lenguaje cercano al del receptor del mensaje; es lo que esta antropología teológica pretende. El lector juzgará el resultado final.
Nota: Este libro no puede adquirirse en librerías, se envía sobre pedido dirigido al siguiente correo electrónico: itpconsulting@gmail.com

*Jaume Triginé es Licenciado en Psicología por la Universidad de Barcelona. Articulista y autor de LA IGLESA DEL SIGLO XXI ¿CONTINUIDAD O CAMBIO?, de ¿HABLAMOS DE DIOS? TEOLOGÍA DEL DECÁLOGO y de ¿HABLAMOS DE NOSOTROS? ÉTICA DEL DECÁLOGO.

Fuente: Lupaprotestante, 2013.

viernes, 18 de abril de 2008

VIVIR COMO RESUCITADOS: FE CRISTIANA AQUÍ Y AHORA. EL DESAFÍO DE VIVIR COMO RESUCITADOS

Por Elsa Tamez.
“Vivir como resucitados” o “ser amenazados de resurrección” son metáforas teológicas que describen dimensiones de la existencia humana difíciles de comprender. Abarcan dimensiones escatológicas y utópicas y, a a vez, presentes en la historia. La frase “vivir como resucitados” alude a la vida concreta en la tierra, pero también a una manera inusitada de vivir que sobrepasa los límites de la realidad histórica y terrenal; resucitados apunta a una experiencia de transformación plena, a la travesía de un estado de muerte, con todo lo que ésta implica, a un estado de vida en plenitud. En otras palabras, “vivir” alude a los tiempos presentes-históricos, y “resucitados” a los llamados “últimos tiempos”, es decir, a lo escatológico, a lo ahistórico. Si no fuera por la palabra “como”, la frase, estrictamente hablando, no tendría sentido porque no se puede vivir dentro de la historia y a la vez fuera de la historia. La palabra “como” hace posible vivir en lo contingente la plenitud de la promesa de una vida resucitada, esto es, vivir aquí en la historia como si se hubiese resucitado. En teología se dice que vivimos en el “ya y el todavía no”.Pero, ¿es posible vivir como resucitados en el “ya y el todavía no”? Para los cristianos es posible gracias al Espíritu santo que es el Espíritu de Dios y el Espíritu de Cristo. “Vivir como resucitados” significa vivir de acuerdo con el Espíritu y “vivir o andar según el Espíritu” hace referencia a la espiritualidad de los creyentes. Vivir como resucitados en América Latina y el Caribe, entonces, expresa una espiritualidad liberada y liberadora. [...]Pareciera que los cristianos no estamos “viviendo como resucitados”, sino como acomodados al “no”, lejos del “ya” y del “todavía”. Por eso, como la sociedad actual no ofrece espacios de gratuidad por la exigencia de eficacia y la competencia, para muchos suenan atractivas otras espiritualidades, con frecuencia más alienantes que liberadoras. Son espiritualidades que ayudan a vivir bien en el ahora y a aminorar las frustraciones cotidianas. Y esto no está mal como mecanismo de defensa. Sin embargo, generalmente se trata de espiritualidades individualistas, pobres y ajenas a la vida en el Espíritu que leemos en el Evangelio.El desafío de vivir como resucitados es un reto a las personas y comunidades cristianas para que caminen conforme al Espíritu y vivan una espiritualidad liberadora. Más que un tema, es un llamado urgente y central frente a una sociedad asfixiante, a gente y comunidades cansadas y con poca esperanza, y a una iglesia excesivamente institucionalizada que presta poca atención al Espíritu. Necesitamos una renovación en el Mesías Jesús y el gestor de ese renacimiento es el Espíritu de Dios.La acción liberadora del Espíritu en el paso a la resurrecciónEn Cristo, afirma San Pablo, hemos pasado de la muerte a la vida. Y reitera esta afirmación con distintas palabras. En Ro 6.2 utiliza la figura del bautismo para afirmar que fuimos sepultados con Cristo en su muerte, para que, al igual que él resucitó de entre los muertos, nosotros vivamos también una nueva vida. Vuelve a repetir lo mismo en 6.5. En 6.8 escribe: “Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él”.Pablo enfatiza estas palabras en un contexto de exhortación a “no permanecer en el pecado”. En Ro, pecado significa un orden social y cultural invertido en donde la verdad es aprisionada por la injusticia (1.18). Este orden de valores invertidos, que condenó a Jesús a la cruz, tiene el poder de penetrar, no sólo las estructuras socioeconómicas sino las sociales.
Pasar de la muerte a la vida es una figura teológica paulina que expresa un cambio radical en la existencia humana. Se trata de dos tipos de vida antagónicos, uno con características de muerte y otro con características de resurrección. Se abandona por elección aquella existencia que por sus características mortales produce muerte y se acoge un nuevo modo de vivir. Esto se llama conversión —metanoia— en algunas partes de la Biblia. Morir al pecado, para Pablo, significa no permanecer en él, ni ser cómplice, ni dejarse someter por las estructuras pecaminosas. La razón teológica que ofrece Pablo es la crucifixión de todo o malo de la humanidad, en la crucifixión de Jesús. De acuerdo con Pablo, cuando Jesús fue crucificado también “la criatura vieja” de ser humano fue crucificada (Ro 6.6) y allí murieron los deseos egoístas y avaros que originaban prácticas injustas capaces de crear las estructuras de pecado. Morir al pecado es importante para a Pablo porque, según sus palabras, al morir se deja de ser esclavo del pecado, se queda libre del pecado (6.7). Pero no solamente eso: una vez resucitados, asevera el apóstol, la muerte deja de tener dominio sobre los resucitados.
Pablo contrapone dos señoríos: el del pecado y el de Dios. El del pecado es el que produce muerte y por eso hay que abandonarlo, muriendo a él. El señorío de Dios es el que produce vida. Morir al pecado significa escapar de él y de sus efectos mortíferos; no obstante, no significa automáticamente resucitar a una nueva vida. Se necesita tener la opción de resucitar y de vivir como resucitados. Se necesita acoger el don de la resurrección dado por Dios mediante su Espíritu. Pues la vida resucitada es un don de Dios y esa novedad de vida se experimenta para Dios (6.10-11,13). [...]. Para Pablo, esta acción liberadora de la muerte a la vida es causada por el Espíritu y se vive en el Espíritu. Se trata del Espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos y que da vida a nuestros cuerpos mortales (8.11). Se trata del Espíritu que habita en los resucitados. En Ro 8.1-4, Pablo recuenta el acto liberador del Espíritu y la libertad de toda condenación para quienes viven de acuerdo con la nueva vida. Lo escribe de forma teológica y muy densa, casi incomprensible. Sin embargo, parafraseando sus palabras y actualizándolas, podría entenderse de la siguiente manera: “No hay nada que condene a quienes viven como Jesús el Mesías, porque el Espíritu de Dios que ha dado esa nueva vida, impregnada del horizonte del Mesías Jesús, te liberó de los mecanismos del sistema pecaminoso que produce muerte. La liberación ocurrió gracias a la acción de Dios y no de la ley.La ley no fue capaz de controlar, de contrarrestar ni combatir los efectos injustos y antihumanos que produce el sistema pecaminoso. Al contrario, la ley se volvió impotente frente al sistema pecaminoso y sus mecanismos por dos razones relacionadas con la condición humana y su complicidad con el sistema: 1) los deseos avaros de engrandecimiento y enriquecimiento, que generaron las prácticas injustas y engendraron el sistema pecaminoso; 2) la propia fragilidad humana, presa fácil del sistema pecaminoso.
Ambas razones hacen de la ley un instrumento manipulable. De modo que por causa de la impotencia de la ley y su fácil manipulación, Dios, por medio de la figura del Hijo, tuvo que manifestarse en la historia, asumiendo la condición humana sometida a los mecanismos del sistema pecaminoso. Y todo eso lo hizo Dios para que la justicia verdadera se cumpliese en medio de nuestra realidad. [...]. Dios se hace presente en la historia a través de quienes viven como resucitados. Quienes viven como resucitados son los que han sido liberados por el Espíritu y caminan en la vida conforme a los anhelos del Espíritu: la justicia, el amor, la paz y la alegría. Estos manifiestan de manera visible una espiritualidad de liberación. Porque el Espíritu de Dios creador y de Cristo salvador habita en ellos y ellas. Pablo utiliza indistintamente y como sinónimos Espíritu de Dios y Espíritu de Cristo (Ro 8.9). Se trata del Espíritu Santo prometido (Gál 3.13) desde siempre y derramado en nuestros corazones (Ro 5.5). Y se trata, asimismo, del Espíritu del Mesías Jesús, el rostro humano de Dios, que nos dejó al partir de esta tierra. De modo que percibimos hoy la presencia histórica y concreta de Dios y del Mesías Jesús sólo a través de su Espíritu. “Dios con nosotros” hoy (Emmanuel) es el Espíritu Santo; no hay otra forma histórica de Dios presente en nuestra realidad. El kerigma declara que Jesús el Mesías murió, resucitó, se apareció a algunas discípulas y discípulos, y después partió, dejándonos su Espíritu. De suerte que toda acción visible transformadora y liberadora de Dios en la historia y su creación se hace por medio de su Espíritu. Sin embargo, el Espíritu no es un fantasma que actúa sin cuerpos. El Espíritu tiene una morada concreta y material, la comunidad de creyentes que viven como resucitados y con sus cuerpos mortales, vivificados (Ro 8.11). La morada del Espíritu es el Templo, pero no el edificio, sino las comunidades de creyentes que asumen el desafío de vivir como resucitados y que forman, según las palabras de Pablo, el cuerpo del Mesías resucitado (I Co 12). Un cuerpo solidario, en comunión con los hermanos y hermanas que luchan por la defensa de la vida de los más pobres y amenazados, y respeta la diversidad gracias al Espíritu. No obstante, el Espíritu no mora únicamente en la comunidad, también mora en las personas, en cada uno de sus cuerpos. El cuerpo es el templo del Espíritu Santo, dice Pablo (I Co 6.19). Esta afirmación repercute en tres dimensiones: una, se invita a cuidar de los cuerpos propios en vista de que en ellos habita el Espíritu de Dios; dos, se invita a ver al otro, a la otra, con respeto y mirada tierna puesto que es un ser habitado por Dios; el que el ser humano sea templo del Espíritu crea una barrera para quienes quieran matar, violar o destruirlo, pues al hacerlo se ataca a Dios. Pero lo más importante es que al Espíritu le nacen nuestras piernas y brazos, ojos y boca, para hacer visible su presencia liberadora a través de los cuerpos de quienes viven como resu-citados. Para el apóstol Pablo, en el paso de la muerte a la vida ha habido una trans-formación profunda. Al morir y resucitar con el Mesías Jesús, Dios nos concedió el Espíritu, y al dejarnos guiar por él, se recuperó la imagen divina en nosotros: pasamos a formar parte de la divinidad. El Espíritu de Dios y el espíritu humano entraron en sintonía para clamar que somos hijos e hijas de Dios y para mostrarlo con nuestras actitudes y actos como si fueran de Dios. En palabras de Pablo: “...habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace aclamar ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios” (Ro 8.15-16). En fin, Dios se acerca a su creación y se hace presente mediante su Espíritu. El Espíritu es la presencia histórica de Dios manifestada a través de quienes asumen el don de la vida y la viven como resu-citados. [...] Signos de Vida, 31, marzo de 2004.
Fuente: LA IGLESIA PRESBITE. AMMI SHADDAY. www.igl-ammi-shadday.blogspot.com
Pastor oficiante: Pbro. Caleb Díaz López. Pastor fraternal: Pbro. L. Cervantes-Ortiz.