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sábado, 12 de diciembre de 2015

La autoridad de la Iglesia



Por Máximo García Ruiz, España
En el pórtico del 500 aniversario de la Reforma.
Lutero, y con él la Reforma del siglo XVI (1517), llegaron a la conclusión de que la única fuente de autoridad para la Iglesia cristiana era la Biblia, si bien Lutero se la cuestionaba a alguno de sus libros. La autoridad de la Biblia frente a la “cautividad babilónica” de la Iglesia, que supone volver a la tradición eclesiástica; a los orígenes cristianos, frente a formularios litúrgicos y dogmas conciliares que, según Lutero, se alejaban del espíritu de las Sagradas Escrituras. En resumen, Biblia vs. Tradición.
Desde ese convencimiento, la Reforma llega a formular la siguiente trilogía: Sola Fe, Sola Grattia, Sola Scriptura, una fórmula convertida en el lema y estandarte de las iglesias reformadas. Unos años después se celebra el Concilio de Trento (1545-1563), un concilio de reacción ante la Reforma, convocado por la Iglesia de Roma exclusivamente, no ecuménico por lo tanto, en el que los asistentes se ocupan de estructurar, tanto teológica como institucionalmente,  la Iglesia católico-romana y se establece, como fuentes de autoridad: la Tradición, el Magisterio y la Biblia, en ese orden de relevancia, al margen de cómo aparezcan transcritos en los documentos conciliares, un orden de prelación que se mantiene, al menos hasta la celebración en la década de los 60 del siglo XX del Concilio Vaticano II, en el que se recupera en parte la relevancia de la Biblia.
Cual sea la fuente de autoridad de la Iglesia no es un tema menor, ya que eso puede determinar y determina la preeminencia que se atribuya a cada una de esas fuentes y, en su caso, la consistencia y el valor de las decisiones adoptadas. En cualquiera de los casos, sea por parte de la tradición católico-romana como de la protestante y también de las iglesias ortodoxas, el referente final para los cristianos es el Fundador, Jesús de Nazaret, a cuyas palabras y mandamientos se recurre como definitiva autoridad.
A partir de ese axioma, acudimos directamente en busca de aquellas palabras de Jesús que puedan servirnos de referencia para fundamentar el tema que nos ocupa. Jesús se apoya con frecuencia en la Ley y en lo que habían dicho los profetas, con lo que vincula su magisterio a las tradiciones y enseñanzas judías, si bien no lo hace de forma literal, sino mediante una relectura de los textos considerados sagrados por los judíos e incluso señalando alternativas: “Oísteis que fue dicho”, “…más yo os digo”.
Por su parte Lucas nos introduce en esa época que media entre la resurrección y la ascensión, un período de cuarenta días de aliento, de afirmación de la fe y de repaso de la misión de la Iglesia naciente, en el que Jesús resucitado marca algunas pautas a seguir.
El problema que se les presenta a los discípulos estaba vinculado a sus propias limitaciones para afrontar la misión que se les encomienda, ya que a esas alturas no han terminado de entender y asimilar su alcance.  Y es entonces, ya como cierre de esa etapa intermedia, cuando Jesús les hace un anuncio que implica una promesa: “Yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros”; una promesa que aún no les queda suficientemente clara, por lo que Jesús añade: “quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto” (Luc. 24: 49).
El libro de los Hechos es mucho más explícito. Allí se habla del Espíritu Santo, que se hace presente el día de Pentecostés, como aquél que no sólo acompaña sino que afirma y apuntala los mandamientos (cfr. Hech. 1: 2) y, a través del cual, recibirían el poder necesario para encauzar debidamente su misión al frente de la Iglesia (cfr. Hechos 1:8). De esta escena se desprenden algunas afirmaciones y algunas omisiones significativas
  1. Si bien es cierto que Jesús utiliza las Escrituras (Torá, Profetas y Escritos, equivalente a nuestro Antiguo Testamento), que es el referente de autoridad que tienen los judíos, no es menos cierto que Jesús no las encumbra como fuente de autoridad indiscutible e irremplazable para la Iglesia naciente, sin menoscabo de que, en su conjunto, son una fuente de autoridad para los judíos. Por extensión, y dada la procedencia de las primeras comunidades, también los cristianos darían al Antiguo Testamento el mismo reconocimiento de Sagradas Escrituras.
  2. Jesús no establece ningún mandato acerca de crear unas nuevas Escrituras en el ámbito de su propia vida y mensajes (p. e., Nuevo Testamento).
  3. Jesús confía la dirección de la Iglesia a la presencia del Espíritu Santo (pneuma= viento=espíritu) que, por otra parte, igual que el viento, sopla de donde quiere y cuando quiere (cfr. Juan 3:8), resulta difícil de controlar desde un plano humano.
  4. Desde sus inicios la Iglesia muestra que su referente de autoridad es la propia asamblea de creyentes bajo la dirección del Espíritu Santo, como se evidencia en el llamado Concilio de Jerusalén: “Entonces pareció bien a los apóstoles, y a los ancianos, con toda la iglesia…”: magisterio de los apóstoles, compromiso de los líderes (ancianos) y consenso entre la comunidad de creyentes (Hechos 15: 22). Una referencia que quedaría incompleta si no acudimos al versículo 28, donde se completa el núcleo central del acuerdo, es decir, la fuente de autoridad: “…Ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros…”. En otras palabras, la autoridad está en el conjunto de la comunidad de creyentes bajo la dirección del Espíritu Santo que se ocupa de guiar a su Iglesia.
Una mirada global al desarrollo del cristianismo primitivo nos indica que durante los tres primeros siglos la Iglesia se mueve en dependencia directa del magisterio de los apóstoles o, más tarde, de sus discípulos inmediatos, si bien afirmando que están bajo la dirección del Espíritu Santo. No existe hasta entonces una estructura organizativa ni un “libro de “instrucciones” al que recurrir; si bien es cierto que a partir de la década de los 60 del primer siglo comienzan a circular las cartas paulinas, los evangelios y otras epístolas; escritos dirigidos a colectivos concretos, a personajes determinados o a alguna iglesia local en particular, como consecuencia de determinados problemas surgidos en su seno. Esos escritos fueron recibidos e intercambiados entre las iglesias como escritos de ayuda al desarrollo de las congregaciones, pero sin conferirles inicialmente una autoridad trascendente, semejante a los oráculos divinos.
Las iglesias mantienen el convencimiento de que es el Espíritu Santo el que las guía y ayuda a encauzar sus proyectos y a resolver sus problemas, hasta el punto de que lo más terrible que puede ocurrirles es incurrir en la blasfemia contra el Espíritu Santo (cfr. Mar. 3:22-30). Y ¿en qué consiste ese pecado? Jesús mismo se atribuye que sus milagros son llevados a cabo por el Espíritu de Dios, y decir que estaba actuando por confabular con el príncipe de los demonios se interpreta como una blasfemia contra el Espíritu Santo. Una aclaración teológica ésta que ofrece Marcos, de la que se hace eco Mateo pero que ignora Lucas en el pasaje paralelo a éste y al que el cuarto evangelio no hace referencia, que no resulta fácil armonizar con el resto de declaraciones, de los dichos y enseñanzas de Jesús, de los que se desprende que cualquier pecado puede ser perdonado.
El cristianismo se extiende rápidamente por todo el imperio, formándose comunidades de creyentes en la gran mayoría de las provincias romanas, hasta el punto de que su penetración en las estructuras sociales llega a ser tan prominente que terminaría desplazando al resto de religiones para convertirse, finalmente, en la religión favorecida y reconocida en exclusividad por el Estado. Hasta entonces, todo apunta a que, aún en medio de serios problemas teológicos que darían paso a confrontaciones y al surgimiento de herejías a las que fue preciso hacer frente, la  Iglesia cristiana estuvo convencida de que el Espíritu Santo era el que actuaba para guiarla y garantizar su misión, siendo por ello la principal fuente de autoridad a la que recurrir, bien es cierto que expuestos en todo momento a tener que hacer frente a diferentes interpretaciones y al surgimiento progresivo de una estructura jerárquica a través de los obispos y, posteriormente, los patriarcas, como veremos más adelante.
Por otra parte, en la medida en la que la mayoría de integrantes de la Iglesia fue surgiendo del mundo gentil y la cultura del imperio fue asumida por el cristianismo, la influencia y recursos de autoridad del Antiguo Testamento, tan evidente en la ´época apostólica y la primera fase de constitución de la Iglesia, fue decreciendo. Las iglesias acudían para su formación y desarrollo a “los dichos” de Jesús y a la enseñanza de los apóstoles, transmitida en los evangelios y escritos que, algunos de ellos, aunque no todos, terminarían formando el Nuevo Testamento, sin que existiera, hasta mucho tiempo después, un consenso asumido formalmente por las iglesias, ni un canon que determinara  que esos escritos fueran considerados como Escrituras Sagradas en el nivel que los judíos habían conferido a la Tanaj (Antiguo Testamento), especialmente a la Torá. Este rango sería adquirido progresivamente, conforme la Iglesia se iba institucionalizando, produciéndose el hecho curioso de que ninguno de los grandes concilios ecuménicos se ocupó de sancionar dicho Canon, y no sería hasta el siglo XVI en el Concilio de Trento, al que ya hemos hecho referencia anteriormente, cuando se declarara como libros que integraban el Nuevo Testamento los 27 que hoy en día figuran en la Biblia.
En cualquier caso, es preciso señalar, en lo que a los referentes de autoridad organizativa se refiere, que ya superado el primer siglo, se detecta un cambio de contenido en los términos que se utilizan para designar a los líderes de las iglesias que tiene que ver directamente con el cambio de paradigma de la autoridad reconocida. En las epístolas paulinas y en el resto de escritos neotestamentarios los términos pastor, anciano y obispo se muestran como sinónimos de uso indistinto, para designar a quienes han sido colocados al frente de las congregaciones de creyentes; su función es ser guías espirituales, sin que esos vocablos encierren un contenido sacerdotal, al estilo de los funcionarios del templo judío o de los dirigentes de otras religiones contemporáneas. Sin embargo, en la fase de asentamiento de las iglesias, el término obispo alcanza un creciente sentido de jerarquía, transformando su significado etimológico de guardián, protector, explorador, para referirse a un cargo eclesiástico de rango superior que ejerce su autoridad sobre un distrito que con el paso del tiempo terminaría siendo conocido como diócesis. A su vez, los términos pastor y anciano terminarán identificándose como sacerdote, homologando sus funciones a las de otras manifestaciones religiosas cuya influencia se va dejando sentir progresivamente entre los cristianos.
En ese proceso de expansión de las iglesias y, con ello, de sus diócesis, debido al crecimiento exponencial que experimenta la difusión del cristianismo, las estructuras se quedan muy pronto pequeñas y surge la figura del patriarca como dirigente de un conjunto de diócesis que forman un Patriarcado o iglesia autocéfala, copiando en buena medida el modelo de autogobiernos provinciales que Roma había creado para su imperio. Surgen así los cinco grandes patriarcados: Antioquía, Alejandría, Roma, Constantinopla y Jerusalén, dando paso a un estilo de iglesia radicalmente diferente al que observamos en la época anterior.
La Iglesia primitiva pasa en el siglo IV de estar perseguida a gozar de la protección del Estado; de haber sido hasta fecha reciente la suma de comunidades más o menos dispersas, escasamente estructuradas, a convertirse en una institución importante del imperio bajo la protección del emperador. Surge la Iglesia conciliar, siguiendo el modelo de la propia estructura del Imperio romano. Las discrepancias teológicas fruto de diferentes interpretaciones en torno a la dirección del Espíritu Santo, se han convertido en esa época en serias confrontaciones doctrinales y se requiere definir y acatar un modelo de autoridad conjunta al que recurrir en esos casos, dando paso a los concilios ecuménicos, sobre los que siempre sobrevuela la sombra del emperador como valedor de sus decisiones. En los concilios se debaten los problemas doctrinales surgidos y se adoptan las decisiones que han de convertirse en norma de conducta; posteriormente estos acuerdos, que no siempre y no por todas las iglesias fueron respetados, serían conocidos como dogmas de fe. La Iglesia conciliar es, a partir de entonces, una iglesia jerarquizada, pero sigue siendo plural, bajo los cinco patriarcas autónomos mencionados anteriormente.
Este modelo de autoridad es el que prevalece formalmente, al margen  y por encima de la evolución o involución que la Iglesia va experimentando, hasta llegar al cisma de Oriente y Occidente (1054), que daría lugar a la formación de dos bloques de iglesias irreconciliables; las iglesias de Oriente mantienen una tradición de iglesias autónomas que se relacionan entre si y Occidente , es decir, Roma,   se arroga la primacía sobre todas las iglesias surgidas fuera del ámbito oriental, incluidas las procedentes de los llamados pueblos bárbaros convertidos al cristianos y, posteriormente, las nacidas en el Nuevo Mundo. Ahora bien, no obstante la progresiva preponderancia que va adquiriendo el obispo de Roma en la Iglesia occidental, convertido a la vez en señor feudal, prevalece el sentido de que la autoridad suprema está en los concilios, si bien cada vez más subordinados a los dictados de Roma. Se celebran de esa forma, a partir de los siete primeros denominados con pleno derecho ecuménicos, los concilios de Letrán, de Lyón, de Viena, de Constanza, de Basilea-Ferrara-Florencia y, como cierre de ese largo período, el de Trento que, aunque sean denominados “ecuménicos” por Roma, ninguno de ellos alcanza ese rango, ya que se celebran en el ámbito cerrado y exclusivo del catolicismo romano.
Trento, como ya hemos indicado, es un concilio de reacción ante el auge de la Reforma, y se encarga de estructurar la Iglesia católica y definir los dogmas que han de ser tenidos en cuenta como referente de autoridad: Tradición, Magisterio y Biblia. El Concilio aún mantuvo un cierto nivel de autoridad, hasta que unos siglos después, en 1869, un nuevo concilio, el Vaticano I, modifica esa especie de statu quo, y coloca al papa por encima del concilio, confiriéndole la facultad de que sus definiciones, y no otras, tengan el carácter de infalibles, lo cual producirá nuevos cismas en el catolicismo romano. Se cierra de esta forma para la Iglesia católica la época conciliar y se abre una nueva de monarquía absoluta, apoyada en una oligarquía reducida, la Curia romana que, en la práctica, y con no poca frecuencia, mantiene secuestrada la voluntad del papa, cuando se sale de los cauces preestablecidos.
Las iglesias surgidas de la Reforma recuperan el sentido plural de la cristiandad primitiva, abriendo un amplio abanico de expresiones eclesiales, desde las que se identifican en buena medida con el tradicionalismo medieval, como es el caso de la Iglesia anglicana, hasta las más radicales surgidas del movimiento anabautista (bautistas, hermanos y, posteriormente, pentecostales, entre otras), pasando por las iglesias propiamente luteranas y reformadas, vinculadas con la Reforma Magisterial, que surgen bajo el liderazgo de Lutero, Zwinglio y Calvino, con énfasis teológicos y estructuras organizativas diferenciados entre sí
En cuanto a la Iglesia de Roma se refiere, el intento de restauración del Vaticano II, devino en un fracaso a los efectos de reinstaurar la autoridad conciliar. Y, en lo concerniente a la Reforma, reprobó tanto los Concilios como la Tradición.
En resumen, observamos cómo ha ido evolucionando y adaptándose el concepto de autoridad en la Iglesia cristiana a lo largo de los veinte siglos transcurridos desde sus inicios, si bien es cierto que prevalecen, al menos en el plano teórico, los dos puntales básicos: 1) el Señor de la Iglesia es Jesucristo y, por ende, su Palabra es fuente de autoridad, con los matices diferenciadores que el catolicismo incorpora del papel que comparte con la Tradición y el Magisterio; y 2) Dios actúa en la historia y guía a su Iglesia por medio del Espíritu Santo. En lo que ya no existe un acuerdo unánime, es en determinar en qué consiste exactamente la Palabra de Dios, definición condicionada a una lectura literal de la Biblia o a la que hacen quienes recurren al método histórico-critico a la hora de interpretar de forma unánime las indicaciones del Espíritu Santo, ya que en temas idénticos pueden adoptarse acuerdos dispares.
En la práctica, los referentes de autoridad, o la forma cómo es reconocida la dirección del Espíritu Santo y la autoridad de la Biblia, oscilan entre estructuras piramidales fuertemente jerarquizadas, como ocurre en la Iglesia católica; sínodos o asambleas representativas del clero y de los fieles; el sometimiento a grupos oligárquicos o presbiterios locales; o bien asambleas locales de cada comunidad de creyentes, que asumen la autoridad siguiendo el voto de las mayorías.

Fuente: Lupaprotestante, 2015.

jueves, 13 de febrero de 2014

Estructura y tectónica de la personalidad en el Nuevo Testamento (I)

Por. J. M. González Campa, España*
En el Nuevo Testamento se trata ampliamente, y de una manera muy especial, el problema de la tectónica de la personalidad. Los autores novotestamentarios que más han aportado  sobre el tema que nos ocupa en este capítulo son Pablo, Lucas, Juan y Mateo. Es necesario destacar que el apóstol Pablo y el médico, historiador y evangelista Lucas tenían una gran influencia de la cultura griega. Eran, sin duda, grandes helenistas; también se ve la influencia del helenismo en el apóstol Juan, pero, según mi criterio, en menor cuantía. El denominado Evangelio de Lucas está escrito en  un griego tan exquisito que está considerado como uno de los tratados más bellos gestados en esa lengua y constituye una joya de la literatura universal. Para hablar de la estructura de la personalidad en el Nuevo Testamento, se emplean diversos términos que nos recuerdan la enseñanza viejotestamentaria; véase por ejemplo la enseñanza de Salomón en el libro de Proverbios, donde hablando de la esfera de la intimidad anímica, noética y pneumática utiliza el término corazón  para referirse a la esfera más profunda del ser humano: “Sobre toda cosa guardada guarda tu corazón, porque de él mana la vida” (Prov 4:23). Aquí el autor de Proverbios nos enseña dos verdades fundamentales para entender la economía biofisiológica del hombre (en sentido genérico) y el centro dinámico del funcionamiento anímico-pneumático ubicado en lo más profundo de la esfera de nuestra intimidad, y que regula todo lo que se deviene (pensamientos, sentimientos, impulsos instintivos) en “el fondo del ser” y  controla todas las actividades de nuestra vida.
Sobre la estructura o tectónica de la personalidad se ha escrito mucho y se seguirá escribiendo más. En mi experiencia, en el campo cristiano he ido comprobando a lo largo de los años cómo  muchos creyentes hablan del alma, del espíritu y del cuerpo con escaso conocimiento de la significación psicológica y teológica que estos tres estratos de la personalidad significan en su realidad inmanente y trascendente. Es frecuente escuchar en alocuciones y predicaciones, o leer en tratados de teología, que el hombre es un ser tripartito, creado a imagen y semejanza de un Trino Dios. Esta concepción dicotomizada del ser humano no puede ser admitida por mí ni científica, ni teológicamente. El hombre es una unidad psicosomática y Dios es uno en el que hay varios (Elohim). No obstante hoy sigue pendiente un gran interrogante, que se traduce en esta pregunta trascendental: ¿Qué es el hombre? Se han dado muchas respuestas  desde campos de investigación y de estudio muy diversos. Desde mi punto de vista destaco tres que me parecen de gran relevancia:
  • El hombre es una incógnita
  • El hombre es una carga para si mismo y
  • El hombre es imagen y semejanza de Dios
Cada una de estas tres concepciones corresponde a un autor diferente. La primera es una interpretación antropológica del gran pensador, médico y biólogo  francés Alexis Carrel. La investigación en el campo de la antropología ha avanzado mucho, pero todavía quedan muchas zonas de obscuridad en el conocimiento del ser humano. Desconocemos cómo funciona el 80%  de nuestro cerebro, lo que conlleva un gran desconocimiento del funcionamiento integral de todo   nuestro ser. Pero lo que conocemos de la actividad económica (metabólica y psicológica) de un ser humano es tan extraordinario y maravilloso que nos desborda y fascina, hasta el punto de pensar que la razón metafísica de nuestra ontogénesis tiene que residir en el mismo corazón de una realidad trascendente a la que no podemos llegar por la vía de la razón y de la investigación científica, sino por la aquiescencia de la fe. Teniendo en cuenta el devenir humano, su antropogénesis y finitud metabiológica, llegamos a la conclusión, desde el punto de vista de la revelación bíblica, que venimos del mismo corazón de Dios y volvemos al mismo ámbito del ser trascendente.
Por  otro lado el libro de Job nos lanza un gran desafío  para introducirnos  en el estudio del psicoanálisis de la existencia. El profeta Jeremías realiza unas afirmaciones sobre el centro de la personalidad del hombre, a la hora de estudiar su estructura, que debemos tener en cuenta: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso (heb-lit = desesperadamente malo. V. M.); ¿ quién lo conocerá? Yo Jehová que escudriño (en el N.T. = yo soy el que escudriña la mente y el corazón. Apoc. 2:23) la mente, que prueba el corazón.” (Jer 17: 9-10). Existen diversos métodos científicos  para llegar a conocer los contenidos noéticos y afectivos del corazón humano, pero aún las  investigaciones intrapsíquicas más eficientes, que sondean la esfera de nuestra intimidad psico-afectiva, no pueden alcanzar los estratos más profundos de nuestro ser. Hay contenidos reprimidos en los rincones más obscuros de nuestra alma a los que no pueden alcanzar los mejores sondeos científicos, desenmascararlos y elevarlos al campo yóico de nuestra mente es decir, hacerlos conscientes. El corazón del hombre como centro de nuestra realidad intrapsiquica o psico-pneumática (alma-espíritu) es la fuente primordial de la que brota la angustia que oprime nuestra existencia y constituye la fuente y el núcleo de la mayoría de nuestros trastornos mentales. Es el libro de Job el que nos presenta al hombre (varón /mujer) como una carga para sí mismo. En la confrontación dialéctica de Job con los amigos que vienen a intentar consolarle, y en un momento culminante de esa confrontación, uno de ellos, Elifaz, contesta a Job con una argumentación extraordinariamente profunda y existencialmente apasionante: “He aquí tú enseñabas a muchos y fortalecías las manos débiles; al que tropezaba enderezaban tus palabras, y esforzabas (heb= reforzabas) las rodillas que decaían. Mas ahora que el mal ha venido sobre ti, te desalientas (B.de J. = te deprimes); y cuando ha llegado hasta ti, te turbas (V.M. = estás desesperado)” (Job 4:3-5). Y mas adelante en el capítulo cinco, sigue argumentado Elifaz, en cuanto a la génesis de la angustia humana, y dice: “Porque la aflicción no sale del polvo, ni la molestia (heb=desdicha) brota de la tierra. Pero como las chispas (heb = los hijos de la llama) se levantan para volar por el aire, así el hombre (varón/mujer) nace para la aflicción (la versión de la Biblia de Jerusalen traduce de una forma magistral este, último texto: “es el hombre quién la aflicción engendra” Job 5:6-7.
Jesús de Nazaret nos enseñó cual era el centro intrapsiquico donde se generaba la conducta que contaminaba nuestra vida y cuales son sus contenidos; según el Evangelio de Marcos, decía “que lo que del hombre sale, eso contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones ( del gr = inmoralidades sexuales, pornografía, prostitución, adulterio, etc.), los homicidios, los hurtos, la avaricia (del gr. = ansia de tener más y más ), las maldades, el engaño ( gr. = el dolor), la lascivia (el sentido en el griego es el desenfrenado instinto sexual, la desvergüenza, el libertinaje y, en definitiva, quitar el freno, quitar la vergüenza), la envidia ( lit = el mal de ojo ), la soberbia, la insensatez (se refiere a lo que se elabora a nivel inconsciente en cuanto a los trastornos mentales; naturalmente entre ellos está incluida la angustia, que es el núcleo a partir del cual se deviene cualquier alteración psicopatológica, que hará posible que el ser humano se vivencie, existencialmente, como una carga para sí mismo). Todas estas maldades (lit. = cosas malas) de dentro salen, y contaminan al hombre”.
El tercer punto en cuanto al interrogante ¿qué es el hombre? lo explicitábamos como que el hombre (varón/mujer ) es imagen y semejanza de Dios. Una vez más tenemos que recurrir al Antiguo Testamento para profundizar en la concepción antropológica del ser humano. En el capítulo primero del libro de Génesis, versos 26 y 27, leemos: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre (Martín Lutero de una manera muy acertada, traducía hombres) a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza (el término hebreo empleado para imagen es celem, que se puede traducir por copia  y sobre todo por sombra; el término hebreo para semejanza es demut y se puede traducir por apariencia, similitud y correspondencia) y señoree (heb-lit=tengan ellos dominio) en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y hembra los creó (o le creó). En la Segtuaginta o  primera traducción al griego de la Biblia judía, se traduce varón por el término griego arsen=masculino y se traduce  hembra por el vocablo griego telu=femenino. Desde el punto de vista teológico el hombre es la sombra de Dios en el mundo. Y nada se parece más al original que su propia sombra. El Nuevo Testamento ratifica que, a pesar de la desestructuración amártica que el hombre experimentó al comer del árbol de la ciencia del Bien y del Mal (lo que se conoce de forma simplista como caida), se nos sigue recordando que fue creado a imagen y semejanza de Dios (Sant. 3:9).
Desde el punto de vista bíblico, y para mi también científico, el ser humano tiene vida desde el mismo momento de la concepción. Es el médico creyente Lucas, autor del primer tratado o evangelio que lleva su nombre, el que nos ilustra, en el siglo primero, de lo que antropológicamente  se deviene en el claustro materno donde está anidado el nuevo ser. Así, en el capítulo primero de este evangelio nos encontramos con el siguiente relato de evidente trascendencia antropológica: “En aquellos días,  levantándose María, fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías, y saludó a Elisabet. Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura (sexto mes de embarazo) saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espiritu Santo, y exclamó a gran voz, y dijo: bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Por qué se me concede esto a mi, que la madre de mi Señor venga a mi? Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura (gr. brefos = embrión , feto) saltó de  alegría en mi vientre”. Hoy en día, y después de muchos siglos de investigación científica se  admite que el fruto de la concepción es capaz de recibir y vivenciar las emociones que le trasmite su madre. Los estudios ecográficos durante todo el periodo de gestación han puesto de manifiesto que el nuevo ser que va a nacer tiene una vida anímica y dinámica en el claustro materno. Aseveración extraordinaria hecha hace más de dos mil años.
Pero la Escritura aporta más datos de carácter antropológico ya desde la época de Moisés, más de 4000 años antes de  que Lucas escribiera su Evangelio. En el capítulo 25 del libro de Génesis hay un relato impresionante de la vida de los seres humanos en el útero materno. En Génesis 25:20-26 leemos: “Y era Isaac de cuarenta años cuando tomó por mujer a Rebeca… Y oró Isaac a Jehová por su mujer que era estéril; y lo aceptó Jehová, y concibió Rebeca su mujer, y los hijos luchaban dentro de ella; y dijo: Si es así, ¿para qué vivo yo? Y fue a consultar a Jehová; y le contestó Jehová: Dos naciones hay en tu seno, y dos pueblos serán divididos desde tus entrañas; un pueblo será mas fuerte que el otro pueblo, y el mayor servirá al menor. Cuando se cumplieron sus días para dar a luz, he aquí había gemelos (bivitelinos) en su vientre.Y salió el primero rubio, y era todo velludo como una pelliza; y llamaron su nombre Esaú. Después salió su hermano, trabada su mano al calcañar de Esaú; y fue llamado su nombre Jacob.” Hoy en dia las técnicas más avanzadas para vigilar la vida del embrión y del feto nos muestran que a nivel fetal se observa cómo éste registra las emociones que le trasmite su madre, es capaz de vivenciarlas, de sonreir, de ¿derramar lágrimas? Observando a gemelos univitelinos o bivitelinos, se ha llegado a afirmar que mantienen una relación entre ellos; que pueden jugar o quizá luchar, como el caso que estamos explicitando. Siendo esto así, es inevitable hacerse esta pregunta, ¿cómo alguien hace más de seis mil años podía tener estos conocimientos? El Nuevo Testamento, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, nos dice: “Y fue enseñado Moisés en toda la sabiduría de los egipcios; y era poderoso en sus palabras y obra. (Hechos 7:22). Esta referencia a Moisés es de la máxima importancia. Los egipcios desarrollaron conocimientos y técnicas científicas que aún hoy desconocemos. En el campo de la medicina eran muy adelantados para su tiempo: ¿Podría haber aprendido Moisés de ellos lo que pasaba en la vida de un feto en el vientre de su madre? No tenemos la respuesta, pero sí la constatación clara de que en la época de Moisés ya se tenía un conocimiento de lo que ocurría con un feto en su vida intrauterina.
Hay, en cuanto a la realidad vital y emocional de un ser en el vientre de su madre, aseveraciones asombrosas en la Revelación bíblica veterotestamentaria, que también son corroboradas por lo revelado en el Nuevo Testamento. Así en el libro del profeta Jeremías (su ministerio se extendió desde el año 625 a. de Cristo, hasta el año 586 a. de Cristo) leemos: “Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones.” (Jer. 1:5). El contenido de este texto trasciende todas las posibilidades de nuestra capacidad intelectual, incluso cuando ésta está inspirada por el Espíritu de Dios. La relación del Ser (Dios) con el ser (hombre), se encuentra más allá de todo conocimiento y  de toda sabiduría. La biblia no participa de la concepción platónica de la reencarnación y la preexistencia del alma antes de encarnase en un ser, pero yo creo que lo que encontramos en el texto de Jeremías es una realidad inefable y trascendente que nace y se deviene, como diría A.T. Robinson, en la misma interioridad de Dios. En el Salmo 8, David afirma (mucho tiempo antes de lo escrito en el libro de Jeremías): “De la boca de los niños (heb=niñitos) y de los que maman (heb.=lactantes), fundaste la fortaleza ( heb. =baluarte-bastión), a causa de tus enemigos.” Resulta maravilloso que este texto fuese citado por el mismo Jesucristo en su entrada triunfal (el domingo que llamamos, conforme a la tradición, “Domingo de ramos”) según se nos narra en el evangelio de Mateo 21:14-16: “ Y vinieron a él en el templo ciegos, y cojos, y los sanó. Pero los principales sacerdotes y los escribas, viendo las maravillas que hacía, y a los muchachos ( gr. = paidos-niño menor de siete años) aclamando en el templo y diciendo:¡Hosanna al hijo de David! se indignaron, y le dijeron:¿Oyes lo que estos dicen? Y Jesús les dijo: Sí; ¿nunca leísteis: De la boca de los niños (gr.-nepion=niño que no habla) y de los que maman perfeccionaste la alabanza? ¡Extraordinario! Aquí encontramos la más profunda comunicación entre Dios y los niños a nivel inconsciente o subliminal. Es el mismo David, el que en el excepcional Salmo 139, nos explicita la más profunda relación entre Dios y el ser humano, tanto a nivel consciente como a nivel embrionario. Este salmo nos habla de la omnisciencia, omnipotencia y omnipresencia de Dios. Y en él parece que David tiene conciencia de todo lo que Dios ha realizado en su vida, aún estando en el claustro materno: “¿A donde me iré de tu espíritu? ¿Y a donde huiré de tu presencia?…  Porque tu formaste mis entrañas (heb=riñones como sede de afectos y pasiones); tú me hiciste (heb. tejiste=formación de los tejidos de un ser) en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras (en le VLA se traduce: “Te alabaré porque asombrosa y maravillosamente he sido hecho; maravillosas son tus obras.” Algunas versiones antiguas traducen “he sido hecho por eres tú”); estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien. No fue encubierto de ti mi cuerpo (heb. literal=mis huesos), bien que en oculto fui formado, y entretejido (Pitt=bordado con la mayor habilidad, implica creación de venas, músculos, tendones, nervios, etc.) en lo más profundo de la tierra. Mi embrión (el término hebreo significa el ser inacabado, y la Versión Moderna lo traduce por “imperfección”. El embrión ya en la antigüedad lo designaba Eutimio como “la gota coagulada”, que hoy denominamos “mórula”, antes de que se formen los miembros del cuerpo. Se emplea para “embrión” el mismo término que para enrollar el manto (2ª Reyes 2), por tanto el sentido del embrión sería el enrollamiento de las tres hojas blastodérmicas) vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas (¿el código genético?) todas aquellas cosas que fueron luego formadas sin faltar una de ellas. (Sal 139:7-16). ¿Cómo podía David tener memoria de estas realidades intrauterinas, que se devenían a nivel estructural, anatómico, fisiológico, histológico y genético?
En el Nuevo Testamento encontramos una experiencia semejante en la persona del apóstol Pablo, cuando escribiendo a los Gálatas, dice: “Pero cuando agradó (el término griego literal es tuvo a bien) a Dios, que me apartó (gr. separó) desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, para que yo le predicase (gr. evangelizase) entre los gentiles”. (Gal 1 : 15-16). Nos encontramos con que parece tener una conciencia clara de una relación con Dios, a nivel subliminal y durante el periodo de su existencia intrauterina.

*  J. M. González Campa. Licenciado en Medicina y Cirugía. Especialista en Psiquiatría Comunitaria. Psicoterapeuta. Conferenciante de temas científicos, paracientíficos y teológicos, a nivel nacional e internacional. Teólogo y escritor evangélico. Autor de varias publicaciones en el campo científico, sociológico y teológico. Ha desempeñado diversos cargos de la más alta responsabilidad dentro del campo de la Asistencia psiquiátrica y de la Salud Mental en su región natal, Asturias, así como en otras partes de España. Es fundador y Presidente de Honor de la Asociación para la Defensa de los Enfermos Psíquicos Asturianos (ADESA). Ha sido profesor de Honor de la Universidad de Oviedo y profesor de Psiquiatría de la Escuela de Asistentes sociales de Gijón. Pertenece a distintas sociedades científicas y es socio-fundador de Socidrogalcohol (Sociedad científica para el estudio del alcoholismo y las otras drogodependencias).

Fuente: Lupaprotestante, 2014.