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sábado, 12 de diciembre de 2015

La autoridad de la Iglesia



Por Máximo García Ruiz, España
En el pórtico del 500 aniversario de la Reforma.
Lutero, y con él la Reforma del siglo XVI (1517), llegaron a la conclusión de que la única fuente de autoridad para la Iglesia cristiana era la Biblia, si bien Lutero se la cuestionaba a alguno de sus libros. La autoridad de la Biblia frente a la “cautividad babilónica” de la Iglesia, que supone volver a la tradición eclesiástica; a los orígenes cristianos, frente a formularios litúrgicos y dogmas conciliares que, según Lutero, se alejaban del espíritu de las Sagradas Escrituras. En resumen, Biblia vs. Tradición.
Desde ese convencimiento, la Reforma llega a formular la siguiente trilogía: Sola Fe, Sola Grattia, Sola Scriptura, una fórmula convertida en el lema y estandarte de las iglesias reformadas. Unos años después se celebra el Concilio de Trento (1545-1563), un concilio de reacción ante la Reforma, convocado por la Iglesia de Roma exclusivamente, no ecuménico por lo tanto, en el que los asistentes se ocupan de estructurar, tanto teológica como institucionalmente,  la Iglesia católico-romana y se establece, como fuentes de autoridad: la Tradición, el Magisterio y la Biblia, en ese orden de relevancia, al margen de cómo aparezcan transcritos en los documentos conciliares, un orden de prelación que se mantiene, al menos hasta la celebración en la década de los 60 del siglo XX del Concilio Vaticano II, en el que se recupera en parte la relevancia de la Biblia.
Cual sea la fuente de autoridad de la Iglesia no es un tema menor, ya que eso puede determinar y determina la preeminencia que se atribuya a cada una de esas fuentes y, en su caso, la consistencia y el valor de las decisiones adoptadas. En cualquiera de los casos, sea por parte de la tradición católico-romana como de la protestante y también de las iglesias ortodoxas, el referente final para los cristianos es el Fundador, Jesús de Nazaret, a cuyas palabras y mandamientos se recurre como definitiva autoridad.
A partir de ese axioma, acudimos directamente en busca de aquellas palabras de Jesús que puedan servirnos de referencia para fundamentar el tema que nos ocupa. Jesús se apoya con frecuencia en la Ley y en lo que habían dicho los profetas, con lo que vincula su magisterio a las tradiciones y enseñanzas judías, si bien no lo hace de forma literal, sino mediante una relectura de los textos considerados sagrados por los judíos e incluso señalando alternativas: “Oísteis que fue dicho”, “…más yo os digo”.
Por su parte Lucas nos introduce en esa época que media entre la resurrección y la ascensión, un período de cuarenta días de aliento, de afirmación de la fe y de repaso de la misión de la Iglesia naciente, en el que Jesús resucitado marca algunas pautas a seguir.
El problema que se les presenta a los discípulos estaba vinculado a sus propias limitaciones para afrontar la misión que se les encomienda, ya que a esas alturas no han terminado de entender y asimilar su alcance.  Y es entonces, ya como cierre de esa etapa intermedia, cuando Jesús les hace un anuncio que implica una promesa: “Yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros”; una promesa que aún no les queda suficientemente clara, por lo que Jesús añade: “quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto” (Luc. 24: 49).
El libro de los Hechos es mucho más explícito. Allí se habla del Espíritu Santo, que se hace presente el día de Pentecostés, como aquél que no sólo acompaña sino que afirma y apuntala los mandamientos (cfr. Hech. 1: 2) y, a través del cual, recibirían el poder necesario para encauzar debidamente su misión al frente de la Iglesia (cfr. Hechos 1:8). De esta escena se desprenden algunas afirmaciones y algunas omisiones significativas
  1. Si bien es cierto que Jesús utiliza las Escrituras (Torá, Profetas y Escritos, equivalente a nuestro Antiguo Testamento), que es el referente de autoridad que tienen los judíos, no es menos cierto que Jesús no las encumbra como fuente de autoridad indiscutible e irremplazable para la Iglesia naciente, sin menoscabo de que, en su conjunto, son una fuente de autoridad para los judíos. Por extensión, y dada la procedencia de las primeras comunidades, también los cristianos darían al Antiguo Testamento el mismo reconocimiento de Sagradas Escrituras.
  2. Jesús no establece ningún mandato acerca de crear unas nuevas Escrituras en el ámbito de su propia vida y mensajes (p. e., Nuevo Testamento).
  3. Jesús confía la dirección de la Iglesia a la presencia del Espíritu Santo (pneuma= viento=espíritu) que, por otra parte, igual que el viento, sopla de donde quiere y cuando quiere (cfr. Juan 3:8), resulta difícil de controlar desde un plano humano.
  4. Desde sus inicios la Iglesia muestra que su referente de autoridad es la propia asamblea de creyentes bajo la dirección del Espíritu Santo, como se evidencia en el llamado Concilio de Jerusalén: “Entonces pareció bien a los apóstoles, y a los ancianos, con toda la iglesia…”: magisterio de los apóstoles, compromiso de los líderes (ancianos) y consenso entre la comunidad de creyentes (Hechos 15: 22). Una referencia que quedaría incompleta si no acudimos al versículo 28, donde se completa el núcleo central del acuerdo, es decir, la fuente de autoridad: “…Ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros…”. En otras palabras, la autoridad está en el conjunto de la comunidad de creyentes bajo la dirección del Espíritu Santo que se ocupa de guiar a su Iglesia.
Una mirada global al desarrollo del cristianismo primitivo nos indica que durante los tres primeros siglos la Iglesia se mueve en dependencia directa del magisterio de los apóstoles o, más tarde, de sus discípulos inmediatos, si bien afirmando que están bajo la dirección del Espíritu Santo. No existe hasta entonces una estructura organizativa ni un “libro de “instrucciones” al que recurrir; si bien es cierto que a partir de la década de los 60 del primer siglo comienzan a circular las cartas paulinas, los evangelios y otras epístolas; escritos dirigidos a colectivos concretos, a personajes determinados o a alguna iglesia local en particular, como consecuencia de determinados problemas surgidos en su seno. Esos escritos fueron recibidos e intercambiados entre las iglesias como escritos de ayuda al desarrollo de las congregaciones, pero sin conferirles inicialmente una autoridad trascendente, semejante a los oráculos divinos.
Las iglesias mantienen el convencimiento de que es el Espíritu Santo el que las guía y ayuda a encauzar sus proyectos y a resolver sus problemas, hasta el punto de que lo más terrible que puede ocurrirles es incurrir en la blasfemia contra el Espíritu Santo (cfr. Mar. 3:22-30). Y ¿en qué consiste ese pecado? Jesús mismo se atribuye que sus milagros son llevados a cabo por el Espíritu de Dios, y decir que estaba actuando por confabular con el príncipe de los demonios se interpreta como una blasfemia contra el Espíritu Santo. Una aclaración teológica ésta que ofrece Marcos, de la que se hace eco Mateo pero que ignora Lucas en el pasaje paralelo a éste y al que el cuarto evangelio no hace referencia, que no resulta fácil armonizar con el resto de declaraciones, de los dichos y enseñanzas de Jesús, de los que se desprende que cualquier pecado puede ser perdonado.
El cristianismo se extiende rápidamente por todo el imperio, formándose comunidades de creyentes en la gran mayoría de las provincias romanas, hasta el punto de que su penetración en las estructuras sociales llega a ser tan prominente que terminaría desplazando al resto de religiones para convertirse, finalmente, en la religión favorecida y reconocida en exclusividad por el Estado. Hasta entonces, todo apunta a que, aún en medio de serios problemas teológicos que darían paso a confrontaciones y al surgimiento de herejías a las que fue preciso hacer frente, la  Iglesia cristiana estuvo convencida de que el Espíritu Santo era el que actuaba para guiarla y garantizar su misión, siendo por ello la principal fuente de autoridad a la que recurrir, bien es cierto que expuestos en todo momento a tener que hacer frente a diferentes interpretaciones y al surgimiento progresivo de una estructura jerárquica a través de los obispos y, posteriormente, los patriarcas, como veremos más adelante.
Por otra parte, en la medida en la que la mayoría de integrantes de la Iglesia fue surgiendo del mundo gentil y la cultura del imperio fue asumida por el cristianismo, la influencia y recursos de autoridad del Antiguo Testamento, tan evidente en la ´época apostólica y la primera fase de constitución de la Iglesia, fue decreciendo. Las iglesias acudían para su formación y desarrollo a “los dichos” de Jesús y a la enseñanza de los apóstoles, transmitida en los evangelios y escritos que, algunos de ellos, aunque no todos, terminarían formando el Nuevo Testamento, sin que existiera, hasta mucho tiempo después, un consenso asumido formalmente por las iglesias, ni un canon que determinara  que esos escritos fueran considerados como Escrituras Sagradas en el nivel que los judíos habían conferido a la Tanaj (Antiguo Testamento), especialmente a la Torá. Este rango sería adquirido progresivamente, conforme la Iglesia se iba institucionalizando, produciéndose el hecho curioso de que ninguno de los grandes concilios ecuménicos se ocupó de sancionar dicho Canon, y no sería hasta el siglo XVI en el Concilio de Trento, al que ya hemos hecho referencia anteriormente, cuando se declarara como libros que integraban el Nuevo Testamento los 27 que hoy en día figuran en la Biblia.
En cualquier caso, es preciso señalar, en lo que a los referentes de autoridad organizativa se refiere, que ya superado el primer siglo, se detecta un cambio de contenido en los términos que se utilizan para designar a los líderes de las iglesias que tiene que ver directamente con el cambio de paradigma de la autoridad reconocida. En las epístolas paulinas y en el resto de escritos neotestamentarios los términos pastor, anciano y obispo se muestran como sinónimos de uso indistinto, para designar a quienes han sido colocados al frente de las congregaciones de creyentes; su función es ser guías espirituales, sin que esos vocablos encierren un contenido sacerdotal, al estilo de los funcionarios del templo judío o de los dirigentes de otras religiones contemporáneas. Sin embargo, en la fase de asentamiento de las iglesias, el término obispo alcanza un creciente sentido de jerarquía, transformando su significado etimológico de guardián, protector, explorador, para referirse a un cargo eclesiástico de rango superior que ejerce su autoridad sobre un distrito que con el paso del tiempo terminaría siendo conocido como diócesis. A su vez, los términos pastor y anciano terminarán identificándose como sacerdote, homologando sus funciones a las de otras manifestaciones religiosas cuya influencia se va dejando sentir progresivamente entre los cristianos.
En ese proceso de expansión de las iglesias y, con ello, de sus diócesis, debido al crecimiento exponencial que experimenta la difusión del cristianismo, las estructuras se quedan muy pronto pequeñas y surge la figura del patriarca como dirigente de un conjunto de diócesis que forman un Patriarcado o iglesia autocéfala, copiando en buena medida el modelo de autogobiernos provinciales que Roma había creado para su imperio. Surgen así los cinco grandes patriarcados: Antioquía, Alejandría, Roma, Constantinopla y Jerusalén, dando paso a un estilo de iglesia radicalmente diferente al que observamos en la época anterior.
La Iglesia primitiva pasa en el siglo IV de estar perseguida a gozar de la protección del Estado; de haber sido hasta fecha reciente la suma de comunidades más o menos dispersas, escasamente estructuradas, a convertirse en una institución importante del imperio bajo la protección del emperador. Surge la Iglesia conciliar, siguiendo el modelo de la propia estructura del Imperio romano. Las discrepancias teológicas fruto de diferentes interpretaciones en torno a la dirección del Espíritu Santo, se han convertido en esa época en serias confrontaciones doctrinales y se requiere definir y acatar un modelo de autoridad conjunta al que recurrir en esos casos, dando paso a los concilios ecuménicos, sobre los que siempre sobrevuela la sombra del emperador como valedor de sus decisiones. En los concilios se debaten los problemas doctrinales surgidos y se adoptan las decisiones que han de convertirse en norma de conducta; posteriormente estos acuerdos, que no siempre y no por todas las iglesias fueron respetados, serían conocidos como dogmas de fe. La Iglesia conciliar es, a partir de entonces, una iglesia jerarquizada, pero sigue siendo plural, bajo los cinco patriarcas autónomos mencionados anteriormente.
Este modelo de autoridad es el que prevalece formalmente, al margen  y por encima de la evolución o involución que la Iglesia va experimentando, hasta llegar al cisma de Oriente y Occidente (1054), que daría lugar a la formación de dos bloques de iglesias irreconciliables; las iglesias de Oriente mantienen una tradición de iglesias autónomas que se relacionan entre si y Occidente , es decir, Roma,   se arroga la primacía sobre todas las iglesias surgidas fuera del ámbito oriental, incluidas las procedentes de los llamados pueblos bárbaros convertidos al cristianos y, posteriormente, las nacidas en el Nuevo Mundo. Ahora bien, no obstante la progresiva preponderancia que va adquiriendo el obispo de Roma en la Iglesia occidental, convertido a la vez en señor feudal, prevalece el sentido de que la autoridad suprema está en los concilios, si bien cada vez más subordinados a los dictados de Roma. Se celebran de esa forma, a partir de los siete primeros denominados con pleno derecho ecuménicos, los concilios de Letrán, de Lyón, de Viena, de Constanza, de Basilea-Ferrara-Florencia y, como cierre de ese largo período, el de Trento que, aunque sean denominados “ecuménicos” por Roma, ninguno de ellos alcanza ese rango, ya que se celebran en el ámbito cerrado y exclusivo del catolicismo romano.
Trento, como ya hemos indicado, es un concilio de reacción ante el auge de la Reforma, y se encarga de estructurar la Iglesia católica y definir los dogmas que han de ser tenidos en cuenta como referente de autoridad: Tradición, Magisterio y Biblia. El Concilio aún mantuvo un cierto nivel de autoridad, hasta que unos siglos después, en 1869, un nuevo concilio, el Vaticano I, modifica esa especie de statu quo, y coloca al papa por encima del concilio, confiriéndole la facultad de que sus definiciones, y no otras, tengan el carácter de infalibles, lo cual producirá nuevos cismas en el catolicismo romano. Se cierra de esta forma para la Iglesia católica la época conciliar y se abre una nueva de monarquía absoluta, apoyada en una oligarquía reducida, la Curia romana que, en la práctica, y con no poca frecuencia, mantiene secuestrada la voluntad del papa, cuando se sale de los cauces preestablecidos.
Las iglesias surgidas de la Reforma recuperan el sentido plural de la cristiandad primitiva, abriendo un amplio abanico de expresiones eclesiales, desde las que se identifican en buena medida con el tradicionalismo medieval, como es el caso de la Iglesia anglicana, hasta las más radicales surgidas del movimiento anabautista (bautistas, hermanos y, posteriormente, pentecostales, entre otras), pasando por las iglesias propiamente luteranas y reformadas, vinculadas con la Reforma Magisterial, que surgen bajo el liderazgo de Lutero, Zwinglio y Calvino, con énfasis teológicos y estructuras organizativas diferenciados entre sí
En cuanto a la Iglesia de Roma se refiere, el intento de restauración del Vaticano II, devino en un fracaso a los efectos de reinstaurar la autoridad conciliar. Y, en lo concerniente a la Reforma, reprobó tanto los Concilios como la Tradición.
En resumen, observamos cómo ha ido evolucionando y adaptándose el concepto de autoridad en la Iglesia cristiana a lo largo de los veinte siglos transcurridos desde sus inicios, si bien es cierto que prevalecen, al menos en el plano teórico, los dos puntales básicos: 1) el Señor de la Iglesia es Jesucristo y, por ende, su Palabra es fuente de autoridad, con los matices diferenciadores que el catolicismo incorpora del papel que comparte con la Tradición y el Magisterio; y 2) Dios actúa en la historia y guía a su Iglesia por medio del Espíritu Santo. En lo que ya no existe un acuerdo unánime, es en determinar en qué consiste exactamente la Palabra de Dios, definición condicionada a una lectura literal de la Biblia o a la que hacen quienes recurren al método histórico-critico a la hora de interpretar de forma unánime las indicaciones del Espíritu Santo, ya que en temas idénticos pueden adoptarse acuerdos dispares.
En la práctica, los referentes de autoridad, o la forma cómo es reconocida la dirección del Espíritu Santo y la autoridad de la Biblia, oscilan entre estructuras piramidales fuertemente jerarquizadas, como ocurre en la Iglesia católica; sínodos o asambleas representativas del clero y de los fieles; el sometimiento a grupos oligárquicos o presbiterios locales; o bien asambleas locales de cada comunidad de creyentes, que asumen la autoridad siguiendo el voto de las mayorías.

Fuente: Lupaprotestante, 2015.

domingo, 25 de octubre de 2015

Pentecostés sin pentecostalismos



Por Edward Falto, Puerto Rico
Lo que ocurrió en pentecostés es una de las experiencias más apreciadas en el mundo cristiano. Su importancia ha marcado a la Iglesia y al mundo durante más de dos milenios.  En la actualidad, diferentes denominaciones cristianas hacen una anotación en sus agendas para conmemorar y celebrar la importancia de dicho evento. Lo que se pretende resaltar es la importancia que tuvo este suceso en la expansión del evangelio, claramente expuesto en el libro de los Hechos de los Apóstoles y ejemplificado en la historia de la Iglesia.  Sólo como dato histórico, resulta interesante mencionar que los primeros cristianos nunca celebraron pentecostés tal y como lo hacemos en la actualidad, sino que no fue hasta el siglo II y principio del III cuando en Tertuliano, Orígenes y otros, nos encontramos con escritos que podrían referirse a celebraciones de este día.
En la actualidad, muchos de los militantes pentecostales han relacionado la palabra Pentecostés con su movimiento debido a una obvia similitud lingüística.  Sin embargo, y a pesar de todo, resulta apropiado y correcto aclarar que pentecostés no es una experiencia que deba identificarse con una denominación específica, sino que es la infusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia en su totalidad.  Y, por eso, siempre digo que pentecostés no significa pentecostal, ni pertenece a unos pocos, sino a todas las iglesias.
De todos es conocido el matiz que estos movimientos dan a pentecostés como experiencia del Espíritu Santo.  Algunos piensan que éste es el principio de la Iglesia; otros enfatizan la importancia de las “lenguas”; y para otros es, simplemente, un modelo que debe repetirse y buscarse con anhelo para que la congregación tenga el “poder del espíritu” y poder así predicar y operar milagros.  No obstante, en su análisis no se mantiene una perspectiva adecuada de los escenarios, de la gente, de las formas y de la finalidad del mismo.  Se ignora su importancia salvífica y el significado total de la experiencia.
Tengo la absoluta certeza de que nadie pone en duda la legitimidad de pentecostés.  Todos somos testigos de su efecto y de su influencia sobre la iglesia.  Sin embargo, cuando analizamos el texto bíblico no debemos centrarnos en una sola idea, porque puede que perdamos de perspectiva la totalidad de lo que el evento quiere comunicarnos en realidad.  Así que, si analizamos con detenimiento el contexto de la narración de Lucas nos podemos percatar de que pentecostés fue un suceso inesperado y llamativo, y de que las lenguas que se hablaron eran en realidad idiomas o dialectos que todos los presentes pudieron entender, sin que éstas fueran una finalidad en sí mismas, sino sólo el medio para que el evangelio fuera predicado.
Por eso, lo que aconteció en Pentecostés es un suceso único y sin parangón en la historia de la Iglesia.  Su repercusión, como piedra que cae al agua, ha generado ondas que llegan hasta nuestros días.  Ondas que aún tocan la vida de la Iglesia y al mundo que la rodea.  Cuando recordamos pentecostés lo primero que debe venir a la mente de todo creyente es la Iglesia. Se trata de un evento que marca al cuerpo de Cristo en su totalidad, cuerpo que es mucho más de lo que algunos se imaginan.
Cuando intentamos comprender el pentecostés en su contexto y de acuerdo con su significado real, entendemos que jamás hubo una intención de dotar a ciertas personas con una categoría especial de ungidos, creando clases y estructuras que separan a aquellos llenos de la “unción” de los demás.  Jamás pentecostés significó que las “lenguas” debían ser punta de lanza de la Iglesia.  Pentecostés no sobrevalora manifestaciones internas y vacías, lo que sí destaca es hechos que marcan vidas y las llevan a Cristo.  Personalmente, creo que un verdadero avivamiento produce gente salvada, no “cultos buenos”.  Por otra parte, en ningún momento pentecostés significó la idea de buscar afanosamente una “unción” para predicar el evangelio, ni una señal de autoridad para ser ministro en una congregación. Y, por eso, es muy importante entender que no se puede pentecostalizar pentecostés, puesto que no es un suceso pentecostalista.
¿Cuál sería, entonces, la reflexión? Sin duda, la reflexión está directamente relacionada con el significado real que pentecostés tiene para la iglesia. Pentecostés es un punto de encuentro, de oportunidad para que todos conozcan a Jesucristo y las maravillas del Reino.  Es el lugar en el que el desheredado tiene su espacio y en el que todo el que se acerque tendrá la oportunidad de entender lo que Dios quiere comunicar.  Es, sin duda, un lugar de inclusión, en el que no importan las fronteras, las marginaciones o los estatus sociales. El evangelio será y es realidad pertinente para todas y todos aquellos que lo quieran recibir.  Es misericordia por el otro, es el abrazo fraterno de Dios para toda la humanidad, punto de encuentro entre la realidad divina y la necesidad humana.
Este irrepetible evento es sencillamente un reflejo del amor de Dios hacia la humanidad.  Representa la comisión de una iglesia llena de la gracia de Dios que asume un papel protagonista para influenciar y cambiar la realidad de un mundo perdido.  En fin, pentecostés es de todos y para todos; es para aquellos que escuchan la llamada de Dios para servirle con pasión y esmero, a proclamar la fe en nuestra inmediatez y cotidianidad a un mundo que necesita a Dios, aunque éste no lo entienda así.

Fuente: Lupaprotestante, 2015

jueves, 11 de junio de 2015

¿Autoridad de la Biblia o el poder transformador de la Palabra?



Por. Víctor Hernández, España*
Notas sobre el uso de las Escrituras en los problemas éticos contemporáneos
La incertidumbre es quizá la manera más común de experimentar la “modernidad líquida” en la cual vivimos[1]: todo parece demasiado ligero, susceptible de anularse o esfumarse. Esa incertidumbre parece la contraparte a una libertad que se asocia con el individualismo moderno. Si suponemos que hay libertad para elegir, la incertidumbre resulta también de no saber qué es lo correcto o lo bueno.
Vivimos en una sociedad diversa, compleja y que tiene como una de sus condiciones el relativismo[2]: frente a esa condición plural y relativista de la sociedad, muchos pueden seguir los usos y prácticas de su entorno o las modas del momento, pero siempre queda la cuestión de cuáles son los criterios éticos que guían sus decisiones o que permiten legitimar sus acciones. Lo mismo sucede si, frente a la condición relativista se asume una posición crítica o contra cultural: tarde o temprano hay que explicitar los criterios que responden a la pregunta básica: ¿qué hacer? ¿Cómo actuar en las diversas encrucijadas de la vida que nos corresponde vivir?
En este pequeño texto abordo una perspectiva de la ética desde el punto de vista cristiano, frente a esta complejidad de problemas éticos contemporáneos. Y dentro de esta perspectiva me limitaré al ámbito evangélico o protestante[3] y a una práctica muy concreta que tiene lugar en la vida de las comunidades e individuos cristianos: me refiero al uso de la Biblia para hallar orientación o fundamentar lo que decidimos hacer, aquello que tiene un valor moral y ético[4].
El uso de la Biblia: ¿entre el fundamentalismo y el relativismo?
¿Cómo se utiliza la Biblia, por parte de creyentes de iglesias evangélicas, al tomar decisiones para actuar? ¿Influye de manera decisiva ese uso de las Escrituras en tales decisiones o se subordina a otros principios éticos de la cultura (o subcultura) de la que se forma parte? ¿Se reflexiona bíblicamente, por parte de los creyentes, para analizar cuestiones morales o simplemente se siguen los dictados de pastores y líderes de sus iglesias? Son preguntas que apuntan a la dimensión práctica que tiene el uso de la Biblia en las iglesias, puesto que se asume que cada creyente (y cada comunidad) lee la Biblia y ejercita la libre interpretación, sin tener que someterse a autoridades eclesiásticas.
El uso de la Biblia en la historia del protestantismo se cruza inevitablemente con el debate entre fundamentalismo y liberalismo teológico: frente a la teología liberal (siglos XIX y parte del XX)  tiene lugar una reacción que considera fundamental la lectura literal de la Biblia, la proclamación de su inerrancia y un uso imperativo de la misma. En no pocas ocasiones se usa la Biblia como un “arma” para atacar “apóstatas” o se hace de la Biblia casi un icono o sacramento de fe (lo que algunos han llamado “Bibliolatría”).
En realidad las cosas son más complejas y tienen diversos matices en la manera como el fundamentalismo se ha situado en el mundo evangélico (es necesario conocer sus orígenes en el mundo anglosajón de Gran Bretaña y los EEUU[5]; como también resulta valioso analizar los efectos de este fundamentalismo en la historia de las iglesias evangélicas en otras latitudes, como América Latina[6] o España) pero ciertamente los posicionamientos se acompañan de una animosidad que tiende a expulsar a quienes no asumen el mismo uso de la Biblia.
Si tenemos en cuenta la condición posmoderna en la que vivimos, frente a esa “impotencia moral” (Zygmunt Bauman) que prevalece para casi todos, es muy comprensible que se reaccione contra las posiciones éticas relativistas: ¿cómo actuar de manera responsable desde una ética cristiana? ¿Qué significa que la Biblia es nuestra “norma de fe y conducta”, como se dice en las profesiones de fe evangélicas, si hay tantas opiniones y argumentaciones a favor y en contra de cada tema cotidiano? ¿Cómo atenuar la incertidumbre y, sobre todo, cómo ofrecer respuestas sólidas a nuestros hijos?
¿Es verdad que el debate fundamentalismo – relativismo nos obliga a escoger entre unos y otros? ¿Sólo es posible seguir la Biblia en las decisiones éticas si aceptamos los principios fundamentalistas que exigen una práctica “autoritativa” de la Biblia y una interpretación literal de la misma[7]? ¿O acaso la Biblia es tan sólo un conjunto de principios de valor diverso y relativo con respecto a los problemas éticos contemporáneos?
Los relativistas son “cristianos de café”… y los fundamentalistas también
En su libro “La Biblia al pie de la letra” (The Year of Living Biblically)[8], A. J. Jacobs, escritor estadounidense, judío y agnóstico, da cuenta de su experiencia de vivir un año de su vida tratando de seguir todos los mandamientos de la Biblia “al pie de la letra” (literally).
La lectura de este libro es una experiencia curiosa: un agnóstico que se dedica a poner en práctica los mandamientos bíblicos en Nueva York, que intenta cumplirlos al menos una vez (como apedrear algún adúltero), en su vida íntima (no se sienta donde se ha sentado su esposa cuando ella tiene la menstruación), que conversa con muchos líderes religiosos para preguntarles sobre su manera de interpretar la Biblia[9] y ponerla en práctica, y que al final de cuentas dice cosas sorprendentes (si piensas que son dichas por un escritor agnóstico): «La letra de la Biblia es eterna, pero no así su interpretación» o «Se ha interpretado tanto a los evangelios que hemos empezado a atender sólo a las interpretaciones y no a lo que dijo Jesús»; y sobre la oración dice: «La oración es un buen medio para enseñarme el concepto del sacrificio de mi tiempo por un bien superior».
Aunque A. J. Jacobs también dice cosas como éstas: «Si de verdad sigues todas las reglas, acabarás por pasar todo el tiempo comportándote como un loco.» o, refiriéndose a ciertas posiciones fundamentalistas sobre el origen de las Escrituras: «La Biblia salió del horno de Dios como un pastel cocinado en su punto».
Hay una conclusión de A. J. Jacobs que me resulta muy interesante. El autor dice que los grupos más fundamentalistas suelen criticar a sus opositores diciendo que son “cristianos de café”: es decir, que solamente escogen ciertos textos de la Biblia para avalar sus posiciones de moda o que siguen ciertas interpretaciones para acomodarlas a sus puntos de vista. Pero, al final de su experiencia de tratar de cumplir todos los mandatos bíblicos de manera literal (y de haberse entrevistado con todo tipo de creyentes en la Biblia), Jacobs afirma que todos, sean fundamentalistas u opositores de los fundamentalistas, todos son “cristianos de café”, porque unos y otros eligen ciertos textos bíblicos por sobre otros o porque inevitablemente usan determinados criterios de interpretación de los textos y usan ciertos criterios de aplicación de los textos bíblicos en su vida. Nadie puede aplicar literalmente todos los mandamientos de la Biblia en su vida.
Esta conclusión, en realidad, no es novedosa, pues la manera de interpretar y de vivir la Biblia, así como la reflexión teológica que le sigue, siempre supone una “pre-comprensión” de las Escrituras y siempre hace uso de un “canon dentro del canon”. En el caso de los cristianos, la Biblia entera se lee a partir de Jesús el Cristo, la revelación plena de Dios. Para los cristianos la Biblia tiene sentido a partir de y en Jesucristo, quien es la Palabra que se ha hecho carne, habitando entre nosotros (Juan 1). En este acercamiento a la Biblia, el/la cristiano/a se plantea los problemas éticos desde la perspectiva de su experiencia de fe y en el propósito de cumplir la voluntad de Dios
Los factores no–teológicos en los debates de una ética cristiana
Sin embargo, frente a las cuestiones éticas contemporáneas, los creyentes evangélicos no simplemente pueden acercarse a la Biblia para saber cómo ésta puede guiarles en sus preguntas éticas, sino que también están en juego otros factores. Es lo que llamo “los factores no–teológicos”. Los factores no–teológicos consisten en aquello que subyace como entorno o condición en la vida de las comunidades evangélicas: la pertenencia a una determinada familia evangélica, la cultura religiosa de la que se forma parte, las formas de organización del poder, la manera como se toman decisiones, el cómo se legitiman las prácticas.[10]
Esto condiciona la manera de posicionarse ante una cuestión ética: ¿Qué aconsejar a una adolescente con un embarazo no deseado? ¿Es ético tener el dinero de la iglesia en un banco que invierte en la industria armamentista? ¿Las mujeres pueden ser pastoras con plenos derechos en la iglesia? ¿Se puede ser homosexual y cristiano evangélico? ¿Se deben negar la participación en los sacramentos a una persona divorciada? ¿Se deberían aceptar las ofrendas de personas que explotan a sus empleados con sueldos indignos o condiciones precarias? ¿Es ético que se prometan bendiciones divinas a cambio de ofrendas o diezmos?
El papel que juegan estos factores no–teológicos es importante porque una persona no siempre puede opinar o preguntar con entera libertad, porque hay posicionamientos morales o éticos ya asumidos en su iglesia como institución o en la cultura religiosa de la que forma parte. Esto suele ser más evidente en los temas de ética sexual (las prácticas sexuales, la identidad de género, etc.), por razones que afectan la historia de la moral sexual cristiana[11].
Los mismos pastores no tienen entera libertad de dialogar sobre temas éticos o al menos no pueden hacerlo de manera pública. Si un pastor hace preguntas o plantea abrirse a un diálogo en una cuestión ética determinada puede incluso poner en riesgo su lugar en la institución o puede ocurrir que un pastor se quede sin trabajo y que ninguna comunidad le acepte si ha sido pillado con “aires liberales”[12]. Y entonces ya no importa que haga una exégesis adecuada del texto bíblico o que pretenda una interpretación más flexible de algunos “mandamientos bíblicos”.
La Biblia: ¿conjunto de normas o Palabra que transforma?
El creyente (e incluso el no creyente) busca en la Biblia. ¿Qué busca? Un camino para sus inquietudes espirituales, un sentido para su vida y las miles de dificultades, pequeñas o grandes, que enfrenta cotidianamente. En el mundo evangélico o protestante está claro que nos acercamos a la Biblia desde la experiencia de fe, a partir del encuentro con Dios por medio de Jesucristo. Esa experiencia espiritual da lugar a una manera de vivir transformada por el Espíritu Santo. Lo que no está siempre claro es la manera como la Biblia ilumina las cuestiones éticas y el modo en que afecta las decisiones para actuar éticamente. A veces parece haber un divorcio entre la experiencia de fe en Jesús y la manera de responder a los desafíos éticos, guiados por la Palabra y el Espíritu Santo.
No pretendo resolver algo tan complejo, como es la relación entre el creer y el actuar cristianos. Pero me parece que básicamente hay tres maneras (dos, en realidad) de “usar” la Biblia frente a las cuestiones éticas.
  • Una manera consiste en reconocer que por medio del evangelio de las Escrituras tenemos la experiencia de encuentro con Jesús, y esas Escrituras alimentan nuestra vida espiritual y nos permiten crecer en la fe, pero en el momento de responder a las cuestiones éticas (¿Qué hacer? ¿Qué puede guiar mis decisiones ante X situación?), entonces buscamos en la Biblia las reglas o las normas que se pueden aplicar en el presente. Se suelen dejar de lado las reglas más extravagantes (no mezclar tejidos de ropa) o ilegales o algunas normas se aplican en unas familias evangélicas y en otras no, o hay reglas que se dejan de aplicar en las iglesias, pero frente a problemas vigentes se mantiene más o menos la misma operación: considerar que en la Biblia hay unas normas, unas reglas, que responden a las cuestiones éticas que nos aquejan. Este es el modo que llamaría imperativo, que consiste en asumir que en la Biblia hay unas leyes o normas que tienen vigencia por sí mismas (esto es importante: por sí mismas, quiere decir, sin necesidad de vincularlas con la experiencia con Dios por medio de Jesucristo) para la ética de los creyentes.
  • Hay una segunda forma, que en realidad no es sino la simple negación de la anterior, que podemos llamar relativista total, y que consiste en renunciar a tomar cualquier regla o mandamiento de la Biblia como algo que se relacione con la vida contemporánea. En ésta posición, la Biblia sólo nos permite conocer a Dios por medio de Jesucristo, pero no tenemos forma alguna de articular una ética bíblica, puesto que las normas de la Biblia eran para otros contextos, del pasado. Entonces, el creyente sólo tiene acceso a una experiencia espiritual individual, pero en términos éticos se queda sin ayuda alguna por parte de las Escrituras: ha de fiarse sólo de la razón y de algunas de las argumentaciones filosóficas o del humanismo que le rodea, para fundamentar lo ético[13].
  • La tercera forma, o la segunda en realidad, consiste en que la Biblia vuelva a nosotros como Palabra viva. Esto quiere decir no tomar la Biblia como conjunto de normas, sino asumir que en ella somos encontrados por una Palabra viva que transforma nuestra realidad y nos capacita para la acción ética. En ésta perspectiva, la Palabra tiene un poder transformador sobre la historia, sobre las condiciones de la historia y sobre las personas que tienen una experiencia de comunión con Dios por medio de Jesucristo.
Me gustaría ejemplificar esto, de manera muy breve, contraponiendo estas dos formas básicas de “usar” la Biblia en el camino ético: por un lado el uso imperativo de la Biblia que hace el fariseo y, por otro lado, la obediencia de la voluntad de Dios que hallamos en Jesús el Cristo.
La autoridad de la Biblia como el camino ético del fariseo
No quiero plantear la figura del fariseo del modo habitual, que tiene un sentido negativo: el fariseo como un legalista hipócrita. Por el contrario, el fariseo es un hombre piadoso de manera genuina y es, por tanto, una persona de fe. Sobre todo, es un hombre de las Escrituras, en las cuales halla la estructura de la vida buena, es decir los fundamentos de una vida ética. El fariseo hace lo mismo que hace todo ser humano frente a las decisiones que la vida exige: ejercita su juicio sobre lo que es bueno y lo malo, sobre lo correcto y lo incorrecto, aplicando las Escrituras. En el fariseo se expresa claramente un rasgo típicamente humano: el saber sobre el bien y el mal (Gen 3:5).
Bonhoeffer, en un texto llamado “El amor de Dios y la decadencia del mundo”[14], señala que el fariseo es “digno de admiración, sitúa su vida entera bajo su conocimiento del bien y el mal, que por tanto es duro juez tanto de sí mismo como de su prójimo para mayor gloria de Dios, a quien agradece humildemente ese sacrificio (Lc 18:11)”. El fariseo, dice Bonhoeffer, no es soberbio y es capaz de mostrarse indulgente, pues sabe hacer “distinciones entre el pecador y el que se esfuerza por el bien, entre aquel que se convierte en transgresor de la Ley a causa de una situación culpable y aquel que procede de una situación de necesidad” (p. 243).
Dos aspectos destacables del uso que hace el fariseo de las Escrituras: 1) las utiliza para exigir respuestas ante los conflictos de la vida y por eso los fariseos prueban a Jesús una y otra vez, con preguntas que apelan a los textos bíblicos (Bonhoeffer dice: “Léase tan sólo el capítulo 22 del evangelio de Mateo, con la cuestión del dinero del censo [Mt 22:15–22], de la resurrección de los muertos [Mt 22:23–33], del primer mandamiento de la Ley [Mt 22:34–40], además la historia del samaritano compasivo [Lc 10:25!] y la disputa sobre la santificación del sábado [Mt 12:1ss]…[15]). Y, 2) los fariseos usan las Escrituras para hallar una solución a los conflictos éticos, sin darse cuenta de que en realidad están repitiendo la tentación del diablo, que consiste en adjudicarle al ser humano la capacidad de saber sobre el bien y el mal, sin necesidad de confiar en Dios (Gen 3:1; cf. también las tentaciones del diablo a Jesús, citando las Escrituras, Mt 4:1–11).
El camino ético de Jesús es la obediencia de la voluntad de Dios
Por el contrario, Jesús actúa con una sorprendente sencillez, ejerciendo una insólita libertad. Jesús no busca entre las diversas posibilidades o alternativas éticas, no se pregunta por lo bueno y por malo, no se plantea qué es pecado y qué no lo es, sino que busca una sola cosa: hacer la voluntad de Dios. Jesús, nos dice Bonhoeffer, “llama alimento suyo el hacer esta voluntad (Jn 4:34). Esta voluntad de Dios es su vida. Vive y obra partiendo de la voluntad de Dios y no del conocimiento sobre el bien y el mal.”[16]
La diferencia más radical entre Jesús y los fariseos consiste en que éstos, reconocen la autoridad de la Biblia pero la utilizan imperativamente y no pueden sino partir de la inevitable tendencia a juzgar entre el bien y el mal. En cambio Jesús mira la Escritura como Palabra, no está situado en esa condición dividida y divisora (separación entre “bueno y malo”), sino en un vínculo de comunión con su Padre, el Dios que perdona sin medida alguna (¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las cosas que yo os digo no las digo por mi propia cuenta. El Padre, que vive en mí, es el que hace su propia obra. Creedme que yo estoy en el Padre y el Padre en mí; si no, creed al menos por las propias obras. Jn 14: 10 y 11).
Por tanto los fariseos, por más que se esfuerzan, sólo alcanzan a ver que Jesús no cumple los mandatos de las Escrituras (permite que los discípulos coman en sábado espigas del campo, cura a una enferma en sábado sin que fuera algo urgente, etc) y concluyen que Jesús es “un nihilista, un hombre que sólo conoce y toma en cuenta su propia ley, un ególatra, un blasfemo de Dios”[17].
La Palabra como poder en la ética cristiana: “en Jesús el Cristo”
A partir de la experiencia de encuentro con Dios por medio de Jesús (su vida, muerte y resurrección), el creyente y la comunidad de creyentes, experimentan una nueva unidad (la vida reconciliada) que permite una vida espiritual que puede enfrentarse a las decisiones sin confiarse en su saber, renunciando a medir su vida y la de los demás a partir de su saber sobre lo bueno y lo malo: “no juzguéis para que no seáis juzgados” (Mt 7:1). Pero el creyente sólo puede hacer esto “en Jesús el Cristo”, puesto que sólo puede actuar sin juzgar dentro de la experiencia de una vida reconciliada, en el perdón experimentado por medio de Jesucristo.
El creyente, y la comunidad de creyentes, pueden enfrentarse a muchos dilemas éticos, experimentarán las exigencias de la vida con sus contradicciones y se verán sometidos a todo lo cambiante e inestable de una sociedad posmoderna o una modernidad líquida, como lo dice Bauman. Y ante tales desafíos no necesita hacer uso de la Biblia de manera imperativa, puesto que está llamado a tener otra relación con las Escrituras: una relación espiritual con la Palabra, que le hace poner siempre los ojos en Jesús el Cristo, de manera que ya no se fía de sus juicios sobre el bien y el mal.
En suma, el creyente –dice Bonhoeffer– “se halla dentro de un nuevo conocimiento, en el que ha superado el saber del bien y del mal. Se halla en el saber de Dios, y ya no equiparado a Dios, sino como aquel que lleva la imagen de Dios. Ya no conoce sino a ‘Jesucristo crucificado’ (1 Cor 2:2), y en él sabe todo. Como ignorante conoce solamente a Dios y en él ha llegado a conocerlo todo.  Quién conoce a Dios en su revelación en Jesucristo, quien conoce al Dios crucificado y resucitado, quien sabe todo eso sabe todo lo que hay en el cielo, en la tierra y bajo la tierra (Fil 2:10)”.[18]
Acompañados por la Palabra, el camino ético  sigue abierto
Las preguntas éticas fundamentales (¿qué hacer? ¿Cómo decidir frente a las encrucijadas éticas?) siguen siendo un desafío para todos. No hay respuestas fáciles y no existe un manual de instrucciones con soluciones prefabricadas. La Biblia no es un manual de ordenanzas o al menos no es así como se la entiende cuando nos hemos dejado encontrar, en esas Escrituras, por la Palabra encarnada que es Jesús el Cristo. En el seguimiento de Jesucristo esa misma Palabra nos promete que seremos iluminados por su Espíritu y que, sobre todo, podemos caminar sin temor, sin miedo a condenación alguna, sin miedo al juicio de fariseo alguno.
Todos, como experiencia espiritual, descubrimos a posteriori ese fariseo en nosotros, una vez que experimentamos el perdón y la aceptación incondicional por parte del Dios de Jesús. También es cierto que ese fariseo nos sigue tentando a volver al conocimiento del bien y del mal de manera legalista, es decir a la definición de leyes que establezcan claramente dónde está el pecado y donde no, quién quebranta la Ley de Dios y quién no.
La ética cristiana es un camino, lo que significa que los creyentes vivimos en una tensión constante porque cambian las situaciones y la historia no se detiene. Tampoco son iguales las respuestas éticas de los creyentes y las comunidades, según las épocas y según las culturas[19]. Pero eso no quiere decir que se trate de una ética situacional, sino que se trata de una ética teológica, es decir, una ética configurada por el poder de la Palabra: esto quiere decir caminar “en Cristo”, buscando en la Biblia y en el Espíritu, el discernimiento de la voluntad de Dios[20] para cada situación, para cada contexto.
Decir que el camino ético, para los creyentes evangélicos de hoy, sigue abierto quiere decir que en la Biblia escuchamos una Palabra que nos convoca a desear que se haga la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo, a discernir esa voluntad y actuar de manera obediente. Esto lo hace el creyente siempre “en Cristo”, lo que significa “en la relación común de los que han sido incorporados en la nueva vida, es decir en la comunión de los creyentes”[21]; guiados por el Espíritu Santo, en un propósito más grande, que es el deseo de Dios de hacer una nueva creación, de establecer un mundo nuevo en el que reine la justicia, donde Dios sea todo en todos.
Este horizonte que la Biblia llama Reino de Dios es siempre el horizonte de toda ética cristiana. Frente a ese horizonte, tienen sentido las cuestiones éticas y las respuestas que intentamos por medio de acciones obedientes. O, como lo dice José Míguez Bonino: “para el cristiano, la esperanza del Reino, que sabe que Dios está preparando ya en nuestra historia, lo impulsa a vivir y tratar de crear la vida que Dios espera. Y a la vez las tareas diarias lo llevan a esperar con mayor intensidad aún la venida del Reino.”[22]
A modo de conclusión: ¿Usar los versos de la Biblia o ser iluminados por la Palabra para hacer la voluntad de Dios?
Ahora bien, en términos prácticos, nadie parte “de cero” y actúa en “el vacío” en las cuestiones éticas: los evangélicos comparten el contexto cultural y social de los demás y, en su vida diaria, actúan y justifican sus acciones echando mano de diversos repertorios discursivos y morales[23].
Es cierto que estos principios y argumentos discursivos provienen de sus comunidades de fe, otros de sus familias, o de su clase social o su grupo cultural de pertenencia. Pero esto no quiere decir que esté anulada la potencia del evangelio: el poder de la Palabra que interviene en la historia, como llegada del Reino de Dios en Jesús, sigue siendo capaz de salvación, es decir de transformación de la realidad, por medio de las acciones éticas de los cristianos.
Las cuestiones éticas son muy diversas y pueden incluir aspectos de marcada actualidad: como por ejemplo las políticas económicas y sus efectos sobre el mundo global[24], la participación política de los evangélicos en la sociedad[25], las cuestiones de ética en el trabajo, la responsabilidad ética por el cuidado del medio ambiente y otras cuestiones así, del llamado ámbito público de la sociedad.
Por otra parte, hay cuestiones éticas que afectan más aquello que se asocia con la esfera privada, como es la ética sexual: temas como la homosexualidad, la homofobia, las prácticas de formación de pareja como la unión libre o el pluriamor. Aunque se ha de reconocer, por otra parte, que estos temas tienen una dimensión no privada en el sentido de que afectan la visión sobre los modelos de familia y las formas de educación de la afectividad en las generaciones venideras.
Apunto todo esto sin pretender responder a ninguna cuestión ética en particular, de momento, sino únicamente para señalar que en todo ello, los cristianos tenemos la Biblia como fundamento de nuestra acción ética. En sentido estricto, no me parece que esto suponga una ventaja particular por sobre los demás: no es que los creyentes tengamos un saber ético que esté por encima de nadie, puesto que estamos situados igual que todos en la “incertidumbre” posmoderna. Pero, al igual que todos (creyentes de otras confesiones o no creyentes), los cristianos  también tomamos decisiones éticas cada día y reflexionamos sobre el uso de nuestra libertad. En nuestro caso, lo hacemos, o intentamos hacerlo, desde la experiencia de fe y desde el llamado común a ser testigos de Jesucristo en el mundo.
Lo intentamos y lo hacemos, los creyentes evangélicos, desde la Biblia. Pero me parece que una cosa es hacerlo desde una autoridad de la Biblia que se usa como conjunto de mandatos, como normas que operan por sí mismas, como unas reglas que se tienen que aplicar de modo más o menos directo sobre los dilemas que enfrentamos.
Es diferente, por otro lado, hacerlo desde una perspectiva que busca ser iluminada por la Palabra revelada (Jesucristo) para discernir y obedecer la voluntad de Dios en el tiempo presente. En esta perspectiva ética la Biblia no es un manual de reglas ni ofrece simplemente unas instrucciones para el “diseño humano” que Dios ha aplicado en nosotros. En esta perspectiva acudimos a la Biblia como aquel escriba o como aquel padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas (Mt 13:52).
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[1] Cf . Zygmunt Bauman, Modernidad líquida, Buenos Aires: FCE, 2003; Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos, Buenos Aires: FCE, 2005.
[2] Cf. Zygmunt Bauman, Ética posmoderna, Madrid: Siglo XXI, 2009. Allí Bauman explica que a pesar de que sabemos mucho más en la actualidad sobre los problemas éticos (tenemos una gran “sabiduría posmoderna”) estamos cada vez más limitados, o impedidos, para darle una aplicación práctica de ese saber en nuestras acciones morales (Bauman lo llama “impotencia posmoderna”).
[3] La bibliografía es inmensa. Remito a dos libros de autores protestantes: José Míguez Bonino, Ama y haz lo que quieras. Una ética para el hombre nuevo, Buenos Aires: La Aurora, 1971; Dietrich Bonhoeffer, Ética, Madrid: Trotta, 2000.
[4] Entiendo por “moral” ese conjunto de normas, prácticas, actitudes y representaciones que se hacen dentro de una cultura sobre lo que es bueno o correcto. Lo moral tiene un carácter histórico y un condicionamiento cultural, pero también se ha debatido sobre el alcance universal de determinados valores (no matar, no robar, no mentir, etc.).
La ética es la reflexión de las acciones humanas con relación a tales principios, sus condiciones de posibilidad y la problemática y complejidad que suponen. Otros dirían, más bellamente, que la ética es el arte de vivir, hacia lo que es bueno o conveniente (Fernando Savater) o, con más precisión, que la ética es “tender a la vida buena, con y para el otro, en instituciones justas” (Paul Ricoeur). Para Michel Foucault, la ética es el ejercicio reflexivo de la libertad.
[5] Cf. George E. Marsden, Fundamentalism and American Culture: the Shaping of Twentieth–Century Evangelicalism: 1870 – 1925, 2nd ed, Nueva York, Oxford: Oxford University Press, 2006.
[6] Cf. José Míguez Bonino, Rostros del protestantismo latinoamericano, Buenos Aires, Grand Rápids: Nueva Creación y William E. Eerdmans Publishing Co, 1995. Especialmente el capítulo 2: “El rostro evangélico del protestantismo latinoamericano”.
[7] La interpretación literal de la Biblia tiene un sentido positivista: los versos de la Biblia se consideran datos que se comprueban por la observación y el sentido común. Es sabido que este modo de usar los versos bíblicos tiene su origen, en el fundamentalismo anglosajón, en la escuela filosófica escocesa del llamado “realismo del sentido común”, cf. George E. Marsden, op. cit., pp. 14–16, 110–116.
[8] Cf. A. J. Jacobs, La Biblia al pie de la letra, Barcelona: Ediciones B, 2008.
[9] El autor consultó y se entrevistó con pastores y líderes del más amplio espectro del protestantismo norteamericano (luteranos, pentecostales, etc.), y también con rabinos, sacerdotes, testigos de Jehová, etc.
[10] Respecto a las prácticas que tienen lugar en las iglesias, como formas de ejercitar un poder sobre otros, son valiosos los análisis de Michel Foucault sobre la “pastoral cristiana” en el cristianismo, cf. La hermenéutica del sujeto. Curso en el Collège de France (1981–1982), Madrid: Akal, 2005. Sobre el nacimiento del “poder pastoral” y sobre la “dirección de la consciencia”, con una finalidad benéfica, tanto en el Oriente mediterráneo, como en muchos textos bíblicos que comenta Foucault, cf. su seminario Seguridad, territorio, población. Curso en el Collège de France (1977–1978), Madrid: Akal, 2008, pp. 129–136.
[11] Sobre la historia de la moral sexual cristiana, desde una perspectiva crítica, cf. Uta Ranke– Heinemann, Eunucos por el Reino de los cielos, Madrid: Trotta, 1994.
[12] También puede ocurrir lo contrario: conozco el caso de un pastor que no fue contratado para trabajar en una comunidad evangélica porque él mismo no está de acuerdo en que la mujer “tenga autoridad en la iglesia o en su casa”; se ve que en dicha comunidad no usan la Biblia para hacer que las mujeres se sometan a la autoridad masculina.
[13] Hay que aclarar, por cierto, que no es poca cosa el trabajo ético desde fuera del cristianismo, pues resultan muy importantes los diversos esfuerzos por fundamentar una ética desde distintas tradiciones filosóficas contemporáneas, por ejemplo en España son valiosos los trabajos de la profra. Adela Cortina, cf. su libro Para qué sirve la ética, Barcelona: Paidós, 2013. Es un contexto más global, considero valioso el trabajo de Enrique Dussel, Ética de la liberación. En la edad de la globalización y la exclusión, Madrid: Trotta, 1998. Y sobre el humanismo, que a veces se denosta con facilidad, quiero mencionar una anécdota del filósofo Franz Hinkleammert, que relata cómo su padre, que era un conservador humanista, le educó cuando era niño para que no repitiera las canciones antisemitas que escuchaba en la calle, en la Alemania nazi, cf. Estela Fernández Nadal y Gustavo David Silnik, Teología profana y pensamiento crítico. Conversaciones con Franz Hinkelammert, Buenos Aires: CICUS, CLACSO, 2012, pp. 99–100.
[14] Cf. Dietrich Bonhoeffer, Etica, op. cit, pp 235–264. El texto “El amor de Dios y la decadencia del mundo” fue escrito a finales de 1942, cuando estaba próximo a ser detenido por la policía nazi.
[15] Ibid, p. 244.
[16] Ibid, p. 245.
[17] Ibid, p. 245.
[18] Ibid, p. 248.
[19] En otras épocas, muchos cristianos evangélicos apoyaron la esclavitud, hallando sustento en la Biblia para ello, pero hoy día es dudoso que alguien use la Biblia para apoyar la esclavitud de personas. Si uno conversa en España con creyentes mayores de edad, te explican cómo crecieron con prohibiciones morales que, supuestamente, se fundaban en la Biblia y se exigían como parte de la moral de sus comunidades (no ir al teatro o el cine, que las mujeres no se pongan pantalones, etc.) y que hoy día ya no se practican. Asimismo, en la cultura mediterránea se incluye el vino como bebida, sin considerarlo pecado, pero esto suele prohibirse (aduciendo que es pecado y que la Biblia lo prohíbe) en iglesias evangélicas de América Latina o del África (aunque no en todas la familias denominacionales).
[20] Para un cuidadoso estudio, en el Nuevo Testamento, del discernimiento cristiano cf. José María Castillo, El discernimiento cristiano. Por una consciencia crítica, Salamanca: Sígueme, 1984.
[21] Cf. José Míguez Bonino, Ama y haz…, op. cit, p. 72.
[22] Ibid, p. 93.
[23] Sobre las diversas maneras que las personas utilizan para explicar y justificar sus acciones morales es recomendable leer Luc Boltanski y Laurent Thevenot , De la justification. Les économies de la grandeur, Paris: Gallimard, 1991.
[24] Así por ejemplo, la la Alianza Mundial de Iglesias Reformadas durante el Concilio General num. 24 celebrado en Accra, República de Ghana, en 2004, formuló una confesión (conocida como la “confesión de Accra) en la cual se hace una declaración de fe (faith stance) conjunta (confessing together), en la cual se condenan los valores del capitalismo económico: se rechaza el egoísmo competitivo del mercado global neoliberal (cf http://goo.gl/7ckAqr). De las iglesias evangélicas de España, esta confesión fue apoyada por la Iglesia Evangélica Española.
[25] Entre las familias evangélicas de España no suele producirse mucha reflexión teológica sobre la ética política, lo cual no significa que no haya acciones colectivas que tienen una posible significación política. Cf. por ejemplo el premio “Unamuno, amigo de los protestantes”, otorgado al ministro de justicia, Alberto Ruíz Gallardón, en febrero de 2014 (http://goo.gl/b8NZCB). Cf. también el discurso de la candidata del PP, Esperanza Aguirre, que recientemente  dirigió a los evangélicos de la comunidad de Madrid en un encuentro de realizado en la Primera Iglesia Bautista de Madrid (http://goo.gl/oqf5rQ).

*Víctor Hernández. Doctor en psicología y licenciado en teología. Pastor de la Iglesia Evangélica Española. Actualmente se dedica a la psicoterapia y psicología clínica, es también pastor de la Església Evangélica Betlem en Barcelona.

Fuente: Lupaprotestante, 2015.