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viernes, 11 de enero de 2013

En su despedida como pastor: John Piper tacha la teología de la prosperidad de falso cristianismo

En su último mensaje como pastor para la predicación y la visión de la Bethlehem Baptist Church (Iglesia Bautista de Belén) en Minneapolis, Minnesota, condenó con firmeza a los predicadores de la prosperidad quen él ve como seguidores de una fe atractiva que nada tiene que ver con el cristianismo real.
Tras 32 años de predicar en Iglesia Bautista de Belén, Piper abandona su responsabilidad para cederla a Jason Meyer, que se instalará como pastor este próximo 20 de enero. Piper es uno de los líderes evangélicos más reconocidos y respetados a nivel mundial, en todos los países y grupos denominacionales.
Sin embargo no será la última predicación de Piper, aunque sí quería transmitir en este momento importante de la vida de la congregación que "lo que el mundo necesita de la iglesia, es nuestro gozo victorioso en medio del sufrimiento y el dolor".
Piper enfatizó que el verdadero gozo no es el que se siente durante los servicios religiosos, sino en el verdadero regocijo sobrenatural e íntimo que debe experimentar todo cristiano en el sufrimiento y el dolor. Que quienes le rodean puedan decir "esta gente no está jugando. Ellos no están usando la religión como una plataforma para la misma y conocida auto-ayuda que el mundo les ofrece todos los días. Necesitan ver la grandeza de Dios en nuestras vidas".
“Si usted atrae a la gente con promesas de riqueza… vida fácil, salud, y alegría con bromas y cosas similares, usted estará llevando a las personas a una adoración y alegría superficial haciéndolas pasar por el gozo en Cristo”. Y continuó: "Yo digo, ¿no sabes que hay gente cerca de ti ahora mismo que está enferma de de cáncer y va a morir? ¿Acaso no sabes que algunos están pasando grandes apuros financieros?
“Atraerá a la gente, sí, puede incluso lograr hacer crecer una enorme iglesia de esa forma. Pero no se verá la gloria de Cristo; y la vida cristiana no será vista como el camino de quien toma la cruz”, dijo Piper.
“Hablo con la consternación de que los servicios religiosos se consideran como programas de radio donde todo suena alegre (…) Por supuesto, el mundo tiene necesidad de ver a los cristianos felices, pero la felicidad tiene que venir de Cristo y forjada a través del dolor”, subrayó Piper. “De lo contrario, lo que les ofrecemos es algo vacío, porque sólo los cristianos que saben realmente lo que es gozarse en tiempos de dolor conocen lo que realmente es ser feliz en tiempos de bonanza”.
El predicador bautista denunció que muchos pastores hoy viven con casas de lujo, coches y ropa caros, algo que –dijo Piper- no es la forma en que el apóstol Pablo predicó y vivió el verdadero Evangelio en el Nuevo Testamento.
JESÚS, LA AUTÉNTICA RIQUEZA
“Usted nunca debe decir que atrae a alguien a Jesús así, porque si llegan atraídos por esas otras cosas no van a venir realmente a Jesús. Ellos vendrán a la iglesia atraídos por las cosas que se les puede proporcionar. Lo único que buscarán es lo material, pero siempre tendrán un corazón egoísta”, dijo.
"El apóstol Pablo dejó claro que en la vida cristiana siempre habrá sufrimiento, persecución, hambre, prisión y noches de insomnio. Pero en medio de esas dificultades, el espíritu de Pablo permaneció fiel a Jesús y a pesar de todo, gozándose porque tenía a Jesús en su vida" continuó Piper.
“Debemos destacar el valor de la persona de Cristo y los predicadores de la prosperidad están haciendo exactamente lo opuesto“, señaló Piper, citando la segunda carta a los corintios en su capítulo 6. “Lo que Pablo hace aquí es mostrar que el conocimiento de Cristo y tener vida eterna con Cristo es mejor que toda la riqueza del mundo, cualquier prosperidad e incluso que tener salud. Cuando nuestra vida o nuestro ministerio están pasando por aflicciones, por calamidades… Significa que Cristo es especialmente real para nosotros, y más precioso que haber perdido el sueño, la salud, el dinero o la vida…”.
 
Fuentes: NoticiaCristianacom, The Christian Post

miércoles, 2 de enero de 2013

La Navidad desde la mirada de un inmigrante

Por. Luis Eduardo Cantero, Argentina*
La navidad es un signo que nos recuerda el nacimiento de Jesús, el hijo de Dios, que vino a habitar entre nosotros. Dios escogió una familia humilde de escasos recursos, en medio de un ambiente convulsionado por cuestiones políticas, sociales y religiosas, que podía poner en jaque a los gobernantes de aquel lugar.
La política de seguridad de los poderosos de ese tiempo ordenó exterminar a los niños que nacieran en ese lugar. Es por ello, que José y María debían desplazarse a otro lugar seguro, donde pudiera nacer el salvador de la humanidad y del mundo.
Antes de nacer Jesús, junto a su familia tuvieron que experimentar el desplazamiento forzado, anduvieron caminando durante días y noches, en ese peregrinaje se cruzaron con diferentes familias que igual que ellos buscaban un lugar seguro, un lugar donde pudieran tener mejores oportunidades.
Jesús antes de nacer experimentó el dolor de ser desplazado, de no tener un techo y negarle un espacio para que pudieran preparar su nacimiento. Jesús nació lejos de su tierra y en un lugar poco apropiado para un ser digno y de respeto. Allí en un pesebre, rodeado de ovejas, ganados y algunos visitantes nació Jesús.
Es por ello, que Jesús comprende nuestra situación difícil que vivimos muchos inmigrantes y migrantes que dejan su país o terruño; algunos perseguidos, otros por la exclusión, otros por la esperanza de tener algo mejor que en su país o terruño. Como le sucede a muchos bolivianos, peruanos, paraguayos y ahora algunos colombianos, que en su mayoría pobres, no pueden pagar sus estudios en una universidad pública y mucho menos en una universidad privada colombiana, donde los costos son altísimo. Vienen a la Argentina, porque en este país las universidades públicas son gratis y a trabajar en algo, para solventar la crisis.
Muchas de estas familias van acompañadas por niños, niñas, algunos de estos niños y niñas nacieron en el camino producto del chantaje o de violaciones. Jesús comprende su dolor, su estado de marginalidad, sus errores. No solo los sana, sino que los recibe en su seno y les cambia su situación, les devuelve la dignidad de ser hijos de Dios. Ahora los envía a nosotros, sus hermanos de la fe. ¿Por qué los envía a nuestras iglesias? Porque Dios quiere usarte y usarme para hacer algo por los que llegan a nuestras iglesias…
Hermanos, hermanas preguntemos ¿Qué hacen nuestras iglesias con los inmigrantes que vienen en busca de ayuda o sencillamente se acercan y no dicen? ¿Qué política de ayuda tienen para los desplazados por la violencia, por el sistema neoliberal? ¿En esta navidad a que inmigrante que ha estado por años en su iglesia lo invitó a participar de la cena navideña? Si usted y su iglesia no hacen nada por ello, sencillamente usted no ha comprendido el valor que tiene la navidad. Recuerde que llegará el momento en que nos sentiremos tal vez, más amenazados por el aluvión de desplazados no por la violencia, la pobreza o buscando un lugar seguro, sino por el cambio climático. La pregunta es “¿Cómo hacer de nuestras iglesias un pedazo de cielo para recibir a personas que son diferentes a nosotros y con necesidades que no comprendemos?”

*Luis Eduardo Cantero, pastor, Teólogo y filósofo, Doctorando en Historia de América Latina por la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, España.
www.luiseduardocantero.es.tl

Fuente: Lupaprotestante

martes, 1 de enero de 2013

El ‘Concilio Abierto’ de J. Míguez Bonino

Por. Leopoldo Cervantes-Ortiz, México*
Una de las grandes pérdidas para el pensamiento teológico latinoamericano (no solamente protestante) acaeció con el fallecimiento de José Míguez Bonino, quien, nacido en 1924 en Argentina, protagonizó uno de los periplos más interesantes y productivos .
Su nombre figura al lado de otros teólogos y teólogas (Emilio Castro, Rubem Alves, Sergio Arce, Federico Pagura, Julio de Santa Ana, Justo L. González, Jorge Pixley, Luis Rivera-Pagán, Samuel Escobar, Beatriz Melano, Orlando Costas, Elsa Tamez, por citar sólo algunos) que han contribuido a hacer presente al subcontinente en el ámbito mundial, luego de un enorme periodo de “sequía”, a partir de los años 60 del siglo pasado, en medio de fuertes convulsiones políticas.
En coincidencia con el surgimiento de la teología de la liberación, la mayoría se situó en esa línea o en profundo diálogo con el nuevo rostro de las iglesias latinoamericanas. Míguez estuvo al lado de los teólogos católicos más conocidos de esta tendencia en igualdad de condiciones, y sus trabajos fueron muy apreciados.
Considerado por muchos como el “decano” de la teología protestante latinoamericana, su trayectoria es una muestra clara del desarrollo de un pensamiento vigoroso, pertinente y sumamente comprometido. Porque Míguez transitó el camino convencional de un estudiante evangélico de teología de su época, luego como pastor, y finalmente, gracias a sus estudios de posgrado, despegó hacia una carrera docente y escritural que lo colocó como uno de los mejores teólogos de su generación .
Dirigió también la institución que lo formó inicialmente (el ahora Instituto Universitario ISEDET) desde donde colaboró en los principales movimientos evangélicos (Iglesia y Sociedad en América Latina, ISAL; Movimiento por la Unidad Evangélica Latinoamericana, Unelam; Fraternidad Teológica Latinoamericana, FTL) y ecuménicos (Movimiento Estudiantil Cristiano, MEC; Asociación de Teólogos del Tercer Mundo, EATWOT; y en el Consejo Latinoamericano de Iglesias), además de producir un amplio número de volúmenes que ahora esperan lecturas atentas de las nuevas generaciones.
Parte importante de esa participación ecuménica, que lo llevaría a ser uno de los presidentes del Consejo Mundial de Iglesias, es Concilio abierto. Una interpretación protestante del Concilio Vaticano II (Buenos Aires, La Aurora, 1967) , fruto de la Cátedra Enrique Strachan en el Seminario Bíblico Latinoamericano (Costa Rica) del mismo año y testimonio de su presencia como único observador protestante latinoamericano en dicho acontecimiento (uno de los dos designados por el Consejo Metodista Mundial), que este año ha cumplido medio siglo de sus inicios, con celebraciones conmemorativas en diversos países en las que, como es natural, se ha destacado su vertiente católica.
En un amplio homenaje y revisión de la vida y obra de Míguez, Julio de Santa Ana se ha referido a la relevancia de esta presencia protestante en el Concilio:
La presencia de Míguez Bonino en el Concilio Vaticano II fue importante en varios aspectos: por un lado, porque hizo evidente que en América Latina se debe tener en cuenta la presencia evangélica. Dicho de otra manera: que no hay fundamento válido para sostener que los pueblos latinoamericanos tienen que ser católicos romanos. […]
Por otro lado, quedó claro que la situación histórica de los pueblos latinoamericanos legitima la predicación del Evangelio, que es buena noticia para los pobres y manifestación del Espíritu de Jesucristo. El Evangelio llama a amar al pobre y a luchar por la liberación de los oprimidos. La presencia de Míguez en el Concilio Vaticano II fue una expresión de que el cristianismo plantea el reconocimiento de la presencia de Cristo entre aquéllos que son los ciudadanos del Reino de Dios (Mt 5.3-11; Lc 6.20). Como lo recordaba él mismo: “Tiene que haber sido un llamado a la humildad que los obispos españoles tuvieran que compartir la misma mesa con el hijo de un obrero” . [1]
De Santa Ana recapitula muy bien la manera en que el teólogo argentino interpretó el Concilio, lo realizado por éste y el impacto que tuvo en América Latina:
Míguez escribió: “Juan XXIII dijo que el Concilio fue como una ventana abierta en la vida de la Iglesia Católica. En este sentido, fue un éxito. En el aula donde el Concilio tuvo sus reuniones de trabajo, las voces del mundo hallaron eco. Voces que imploran, expresiones de angustia, incluso de juicio. A través de las puertas del Vaticano pasó una multitud de observadores y delegados de otras iglesias. No obstante, a través de su participación otra voz se hizo oír, por cierto más crítica, más poderosa y consoladora: la voz de la Palabra de Dios”.
Los Padres conciliares debatieron y aprobaron 16 documentos a lo largo de las cuatro sesiones. No tienen todos la misma importancia: hay Constituciones, Declaraciones, Decretos. Algunos permiten comprender de manera más clara la abertura de la Iglesia de Roma en el Concilio. Entre estos merecen ser citados el Decreto sobre ecumenismo (Unitatis Redintegratio), la Declaración sobre Relaciones con las Religiones no Cristianas (Nostra Aetate), la Declaración sobre Libertad Religiosa (Dignitatis Humanae). Los debates sobre la interpretación y el sentido de otros textos continúa hasta el presente, sobre todo de las Constituciones: Dei Verbum (sobre la revelación), Lumen Gentium (sobre la Iglesia), y Gaudium et Spes (la Constitución Pastoral sobre las relaciones de la Iglesia con el mundo moderno). […] …la Declaración sobre la Libertad Religiosa ganó actualidad en América Latina debido a la evolución que tuvo lugar en muchos países en el período que va desde principios de la década de 1960 hasta el fin de los años l980.
Y es que, en el volumen citado, prácticamente su primer libro, Míguez Bonino esboza en seis pequeños capítulos un análisis ágil, crítico y pertinente de lo sucedido en el concilio. Ya desde el prólogo y el primer capítulo (“Un concilio abierto”) expone la visión respetuosa y comprensiva, sobre todo de los propósitos originales del papa Juan XXIII, pero siempre crítica del evento católico, no sin dejar de agradecer su inclusión como observador .
Su perspectiva era optimista: “Juan XXIII no piensa, por supuesto, romper la continuidad de la doctrina y de la vida de la Iglesia. […] Pero esta reserva en ninguna manera invalida el juicio fundamental sobre lo que hemos llamado el ‘tono’ del Concilio [su apertura]. Por primera vez en la historia de la Cristiandad un Concilio se convoca con el fin específico de ‘anudar’ la Iglesia con el mundo, de abrir vías de comunicación, más bien que levantar trincheras y muros de protección de la fe cristiana” (p. 16). En “‘Aggiornamento’” desmenuza los intentos católicos por ponerse al día y la manera en que el Concilio desarrolló el tema; allí subraya los alcances de los cambios litúrgicos planteados, sobre todo la autoctonización del culto, aunque no del todo aplicados, en donde la palabra clave es el ritmo propio con que las diversas comunidades han de asumirlo. Sus palabras sobre el gran desafío de la modernidad al catolicismo son contundentes: “El mundo moderno es un mundo de personas adultas que deciden. ¿Puede la Iglesia católica aceptar este hecho? Con una multitud de pequeñas y grandes cosas el Concilio ha querido responder básicamente: ¡sí!” (p. 33). En ese sentido, el documento sobre libertad religiosa es mostrado como un avance, a pesar de todo.
 En el capítulo sobre la fragilidad de la iglesia destaca el esfuerzo de Paulo VI por “renunciar” al poder mundano y asumir un verdadero diálogo con el mundo, que fue la tónica impuesta por este papa, luego del horizonte pastoral sugerido por Juan XXIII : “Una Iglesia que no dicta sus leyes al mundo ni pretende hacerlo. Una Iglesia que aprende del mundo —incluso a comprender mejor su propio mensaje. Una Iglesia a la que Dios reprende y guía también desde afuera” (p. 48). “¿Ha cambiado la doctrina?” rememora y discute las fuertes tensiones teológicas que se dieron en el Concilio al momento de debatir sobre la permanencia de las grandes afirmaciones tradicionales de fe. Míguez explica: “El Concilio no se dejó amedrentar por los celosos guardianes de la inmutabilidad y de dio a la tarea de examinar en profundidad la doctrina y formular sus propias conclusiones” (p. 55). Con todo, señala continuamente que las voces conservadoras no cejaron nunca en el intento por impedir mayores cambios.
El capítulo sobre los “Hermanos separados” expone la forma en que el Concilio batalló para incorporar un nuevo reconocimiento de cierta validez a las demás iglesias cristianas, aunque no lo consiguió del todo, pues no se abandonó suficientemente el lenguaje que insistió en el “retorno” de ortodoxos y protestantes al redil papal. Los gestos de acercamiento estuvieron a la orden del día y las discusiones al respecto, tensas también, desembocaron en documentos matizados que no alcanzaron a reconocer, por ejemplo, la plena eclesialidad de las comunidades no católicas.
Míguez encuentra mucha distancia entre el “ecumenismo del corazón” y el “oficial” , muchas veces cerrado a la fraternidad total, pues el documento sobre ecumenismo no cumplió con las expectativas anunciadas, especialmente porque no se asumió la dinámica bíblica, ese “drama de juicio y de misericordia” (p. 88) que obliga a la reforma verdadera de la iglesia, esto es, a romper con esquemas del pasado y a convertirse.
De esta preocupación brota el capítulo más crítico del libro, el último, “La ambivalencia de la apertura conciliar”, en donde el autor hace observaciones radicales a los propósitos integradores o integristas del Concilio y en el cual, sin dar la razón por completo a los protestantes más escépticos (e intolerantes, que vaya que los hubo y los hay todavía), propone un esquema interpretativo que, en otras palabras, da a entender que lo realizado por el Vaticano II ya sucedió con las reformas del siglo XVI, pero sin caer en el triunfalismo que también critica duramente en ambos espacios eclesiales .
Cerca del final del libro, sus interrogantes proféticas que van a la raíz del problema planteado por la actitud dominante en el Concilio son dignas de leerse nuevamente, dada la intensidad con que fueron escritas y su fuerte sabor bíblico y protestante:
Los problemas prácticos creados por la doctrina de la infalibilidad adquieren su gravedad a partir de un problema teológico. ¿Es la continuidad y el progreso la forma en que se desarrolla la historia del Pueblo de Dios, según el propio mensaje bíblico? ¿No es la historia del pueblo del Antiguo y del Nuevo Pacto caracterizada más bien por la tensión entre la fidelidad de Dios y la infidelidad del pueblo, por la reprensión y el castigo de Dios, el arrepentimiento y el perdón? ¿No existe realmente la Iglesia en la historia, con todas sus características, más bien que en el ámbito de la naturaleza? ¿Y no es la historia el escenario de conflicto, error, reforma, y no sólo de evolución y progreso? Cuando se desconoce este hecho, todas las categorías de la renovación de la Iglesia se debilitan o se desvirtúan. Porque todas ellas se arraigan en la historia de la relación de Dios con su pueblo como drama de rebeldía y redención y no como simple desarrollo. El arrepentimiento es, en términos bíblicos, morir para ser resucitado, no hacer algunas rectificaciones en el rumbo. La renovación es una verdadera liberación de la enfermedad y del pecado que arrugan y envejecen a la Iglesia, no una nueva lectura de los orígenes bajo la determinación de las interpretaciones sucesivas. La humillación ante Dios es una auténtica voluntad de despojamiento de todo lo que tenemos y hemos hecho y no sólo la disposición a admitir valores que completen y coronen nuestra herencia. ¿Cómo puede haber auténtica reforma sin estas cosas? ¿Cómo puede la Iglesia se arrancada de sí misma y colocada a los pies de Jesucristo en términos de sí misma, si no hay forma en que Él la confronte y la corrija por encima de sus propias definiciones? ¿Puede una iglesia infalible reformarse? ¿Puede abrirse realmente —a los hombres, a los demás cristianos, a Jesucristo ? (pp. 108-109)
Términos como éstos se aplican por igual, en la intención de Míguez, a todas las iglesias por igual, de ahí su vigencia en estos tiempos siempre complejos y llenos de desafíos. Católicos, protestantes y cristianos de todos los signos son confrontados de la misma manera.

[1] J. de Santa Ana, “Discípulo, testigo y maestro: José Míguez Bonino (1924-2012)”, en Lupa Protestante, 17 de diciembre de 2012, www.lupaprotestante.com/lp/apuntes-de-lupa-protestante , pp. 7-8.

*Autores:Leopoldo Cervantes-Ortiz
Fuente: ©Protestante Digital 2013

lunes, 31 de diciembre de 2012

Un año realmente nuevo

Por. Roberto Velert, España*
 
En uno de esos momentos de conversaciones a corazón abierto, me preguntaba un amigo si somos los seres humanos los que con nuestra abulia, egoísmo y nuestro fatalismo, haremos que el año no sea mejor.
No siempre las preguntas están bien hechas, hay veces que es más difícil preguntar que responder. La contestación en este caso, se me daba implícita. Salvo en los años en que ciertos fenómenos naturales desencadenan fuerzas destructivas, somos los seres humanos los que lo estropeamos casi todo.
Un año nuevo es para mí –y supongo que para mucha gente como un folio en blanco : me siento responsable de él, de su blancura sin contaminar.
Lo que ya no sé si es la abulia, el egoísmo y nuestro fatalismo, quienes echan a perder los años, o “Desde el Corazón” pienso que es más bien la actividad insensata y desenfrenada, egoísmo y la inmoralidad en tantas esferas de los hombres, que alardean de que el mundo depende de sus manos, cuando es sólo, quizá, la destrucción del mundo lo que de ellas depende.
La victoria de contribuir a un mundo mejor se edifica sobre la verdad, el valor y la fe, y el miedo la mentira y la incredulidad cuando se instalan, como el virus de los ordenadores mentales, lo primero que destruyen es el valor, la verdad y la fe . Con lo cual difícilmente conoceremos las potencias contrarias o porque las mentiras nos las disminuirán o porque el miedo las acrecentarán o porque la falta de confianza nos hará desconfiados de todo y de todos. Y así ni el año 2013, ni ningún otro, podrá empezar bien.
A los problemas, mientras nos sea dado hay que cogerlos de frente . Estudiarlos con objetividad, averiguar su gravedad e importancia, y luego ya oponérseles con buen espíritu, fortaleza del ser interior y sana confianza.
En España, el año 2013, se abre además de con serias crisis económicas, con dos miedos: general, uno y otro, particular; uno, el peligro que supone el humillante paro, otro, el peligro que produce el despotismo político que con sus corrupciones pisotea el vivero de nuestra democracia . Por descontado, existen otros miedos: las empresas en crisis, la sociedad en crisis, la familia en crisis, la moral en crisis, la religión en crisis.
¿Para qué sirven los Partidos?; para poco. Hacen su juego partidista basándose en necias falsedades; utilizando ideales fingidos, paradigmas de honor, bienestar social, libertades, grandes palabras desprovistas de médula. Los grandes conceptos –Patria, amor, moral, heroísmo, ética, bondad, civismo‑ somos nosotros, y sin nosotros se vacían. De ahí, que la insup erable lección evangélica, es señalar que en lugar de maldecir la oscuridad que nos rodea, vale mucho más encender una vela “y no ponerla debajo del almud”. La sencilla invitación a encender una vela y ponerla en lugar que alumbre, además de estar llena de sabiduría, es una clara invitación a la esperanza.
En un mundo como el nuestro, donde la oscuridad es densa: fanatismo, subdesarrollo en contraste con hedonismo, analfabetismo ético, discriminación racial, hambre, terrorismo cruel y de guante blanco, guerras…, de poco sirve maldecirla, lamentarnos y quedarnos con los brazos cruzados sin hacer nada, ya que entonces la oscuridad se vuelve más profunda y no hay camino de salida posible.
En un tiempo semejante, lo que verdaderamente hace un año nuevo es saber encender con decisión una pequeña luz de esperanza, porque ésta, unida a otras luces de muchos hombres de buena voluntad, podría dar a nuestro mundo un rostro más humano.
Si se encendiera la luz de la fe, de la comprensión, de la fraternidad, de la justicia, de la solidaridad real no de fachada, muchas cosas en nuestra sociedad podrían cambiar. Se trata de optar por no meramente maldecir, sino de encender una luz, comenzar a actuar coherentemente, con la esperanza puesta en un año mejor, donde la luz del bien vencerá a la oscuridad del mal, en donde los hombres seducidos por el ejemplo de Jesús, estaremos aprendiendo a ser hermanos .
Aportando como cristianos posturas humanizadoras cuando la política está cayendo en un burocratismo inhumano; honrados servicios al bien común, cuando tantos se mueven por intereses particulares, posturas críticas transformadoras, cuando los poderes se olvidan de las necesidades reales del pueblo, ejemplos de capacidad creativa cuando la sociedad cae en la vulgaridad y en el ocio de la constante diversión. Una luz capaz de cambiar las estructuras sociales injustas, evitar la acumulación de la riqueza en pocas manos, crear una energía que impida que las decisiones socio-económicas sean monopolizadas por quienes se creen los dioses de este mundo y en su contra intentar un reparto equitativo de las cargas fiscales. En suma, trabajar para que el pueblo alcance un nivel elevado de bienestar, de cultura y genuina espiritualidad y de conciencia ciudadana solidaria.

Será así que haremos UN AÑO REALMENTE NUEVO.
 
*Autores:Roberto Velert
©Protestante Digital 2012

viernes, 28 de diciembre de 2012

El Dios que viene a nosotros

Por. Juan María Tellería, España*
Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo: He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emmanuel, que traducido es: Dios con nosotros. (San Mateo 1, 22-23)
No dejamos de escuchar o de leer, casi a diario, previsiones no demasiado alentadoras en relación con el año próximo, el 2013 que, Dios mediante, iniciaremos dentro de muy poco. De hecho, para muchos de nuestros conciudadanos, estas Navidades no se presentan lo que se dice con grandes alegrías. Más bien en muchos hogares se vivirán con desasosiego y con incertidumbre. El que haya cada vez más nostálgicos de décadas pasadas no excesivamente lejanas y, lo que es más preocupante, el que aumente el número de jóvenes que idealizan un pasado reciente que no han conocido, pero del que oyen hablar de continuo de manera elogiosa, refleja sin duda una profunda crisis, no ya económica, sino moral y espiritual de nuestra sociedad. Épocas como esta que vivimos, y todas en realidad, necesitan esa presencia de Jesús que recordamos de forma especial en este período de Adviento.
Las palabras recogidas en el Evangelio según San Mateo y que hemos leído más arriba nos invitan a una reposada reflexión sobre la realidad a la que apunta el Adviento, ese hijo de una virgen que va a nacer y que llevará el nombre de Emmanuel, es decir, Dios con nosotros. Reposada y realista.
Ya de entrada, no podemos lanzar las campanas al vuelo de forma insensata (¡e insensible!) y decir como si tal cosa aquello de que “si Dios está con nosotros, todo nos irá bien”. Estas palabras, u otras parecidas, suelen ser pronunciadas, en líneas generales, por aquellos a quienes efectivamente les va todo bien (al menos en apariencia), y, tal como hemos comprobado en persona y hasta la saciedad, pueden resultar —de hecho resultan— altamente ofensivas para aquellos que están pasando por situaciones difíciles. Quienes se encuentran sumidos en problemas acuciantes y sin solución inmediata, máxime si son creyentes, al escuchar alegatos de este calibre se ven todavía más afligidos con una nueva carga, suplementaria e innecesaria, por no decir cruel, que se suele traducir en el pensamiento siguiente: ¿será que todo me va mal porque Dios no está conmigo? Y como consecuencia: ¿qué he de hacer para que Dios esté conmigo? Es decir, que tales afirmaciones, muy propias de esas filosofías anticristianas que se cobijan bajo el nombre de teología de la prosperidad o Healthy and Wealthy Gospel, entre otros hallazgos del mismo tenor, tienden por un lado al desánimo de las personas, y por el otro, a un legalismo más o menos larvado no demasiado distinto del paganismo antiguo y moderno. Por decirlo de forma clara: hacen la labor del diablo.
Cuando leemos las palabras escritas por San Mateo 1, 22-23 dentro del conjunto general de su Evangelio, o de cualquier otro de los evangelios canónicos, nos encontramos con una doble realidad en relación con la venida del Emmanuel. En primer lugar, Dios con nosotros significa una presencia divina en medio de la humanidad —la persona de Jesús de Nazaret, el Ungido del Señor— no precisamente con grandes visos de triunfo ni con unas manifestaciones arrasadoras. Si por un lado las palabras y los hechos portentosos de Jesús imparten consuelo y sanidad a muchos, por el otro es innegable la dura realidad que él mismo vive, o sus propios discípulos, identificados con los más pobres y los menos favorecidos de la sociedad. El Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza. Resulta sorprendente comprobar, leyendo los Evangelios entre líneas, las situaciones de extrema dureza por las que pasa Jesús con los suyos, sin que jamás haga uso de su poder divino para aliviar sus propias necesidades. El conocido di que estas piedras se convierta en pan, recibe como respuesta tajante del Nazareno que no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Emmanuel no es Dios con nosotros para hacernos a todos ricos, prósperos y con una salud o una vitalidad inmune al decurso del tiempo. No es un Dios con nosotros-espectáculo, que cosecha grandes aplausos y aparece en todos los medios de comunicación del momento, sino más bien alguien que, pese a lo que pudiera parecer, pasa completamente desapercibido incluso en su propio entorno. En una época y un país —Palestina— en que los aspirantes a mesías eran legión y surgían hasta de debajo de las piedras, Jesús debió aparecer a ojos de muchos como uno más, un taumaturgo del montón, de los que abundaba la zona. No nos debe extrañar que el testimonio histórico sobre su persona sea casi nulo, con solo alguna que otra pincelada aquí o allá, y siempre en conexión con sus discípulos y seguidores posteriores. Emmanuel no significa, por tanto, triunfo ni popularidad; no quiere decir éxito ni riqueza, sino solidaridad con el sufrimiento, con la angustia, con el dolor humano.
Y como consecuencia, Dios con nosotros conlleva la idea de la dignificación del ser humano, o mejor aún, de la re-dignificación del ser humano, dado que la persona es digna ya por creación (hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza), aunque luego pierda su dignidad —o se la hagan perder— de muchas maneras. Al hacerse uno con nosotros por medio de la encarnación en María, Jesús participa de nuestra condición y, en tanto que Hijo de Dios, nos otorga un valor, una estimación, que nadie tiene derecho a quitarnos: la dignidad de ser personas humanas, y por tanto, imagen de Dios en el mundo. La pasión que soportaría años más tarde; la cruz a la que subiría en el Calvario; la muerte vencida para siempre en la mañana de la Resurrección, reforzarían de forma imperecedera el valor del hombre como especie, como gran familia, como personas individuales, de tal manera que el anuncio del Evangelio quedaría indisolublemente unido a aquellos eventos trágicos entendidos como el triunfo de Dios. Emmanuel es, por tanto, Dios con nosotros de una vez por todas, como estamos llamados a recordar cada período de Adviento, cada Navidad. Aunque las cosas no vayan bien ni tengan visos de ir mejor el año que viene o las décadas próximas. Aunque no tengamos lo que en nuestra sociedad se considera éxito, ni seamos ricos, ni nuestra salud se encuentre en su mejor momento. Nada de ello nos puede apartar de la realidad de su presencia en medio de nosotros.
 
Feliz Navidad a todos.

Autor/a: Juan María Tellería

Es pastor y en la actualidad profesor y decano del CEIBI (Centro de Investigaciones Bíblicas),Centro Superior de Teología Protestante.

Fuente: Lupaprotestante

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Navidad, algo más que caridad

Por.  Manuel López, España*
“¡Dime cómo es tu Adviento y te diré la Navidad que esperas!”, leo en una web de doctrina social cristiana. Qué bien… si no fuera porque ahí nos duele cuando bajamos del arrebatamiento emocional de las alturas espirituales a la cruda realidad de este valle de lágrimas.
A ver. A uno de cada dos jóvenes españoles, desearle “Feliz Navidad” puede sonarle a frase hueca, cuando no a broma pesada. No tener trabajo ni esperanza de conseguirlo, tan solo la perspectiva de tener que salir del país a buscarse la vida a saber dónde no parece panorama propicio para el goce del espíritu navideño que estos días nos recuerdan a todas horas la musiquilla y los estribillos de los villancicos.
Se dice pronto, pero ahora mismo ya son 1,7 millones de familias las que tienen a todos sus miembros en paro. Uno de cada cuatro españoles está en el desempleo: seis millones sobre una población activa de 23 millones de ciudadanos en edad laboral. 2.500 parados nuevos cada día.
“Los mercados”, ya se sabe, tan contentos: la destrucción de empleo, acompañada de los brutales recortes en educación, sanidad, servicios sociales, escalada de subida de impuestos y tasas, corrupción, represión policial, etc., en un escenario obsceno de orgía de la usura bancaria está siendo un “éxito” rotundo.
Mal que pese en los despachos eclesiásticos, lo cierto es que “adviento” no es palabra que esté de moda. “En algunas iglesias cristianas”, define el Diccionario, “tiempo litúrgico de preparación de la Navidad, en las cuatro semanas que la preceden”.
Muy generosa definición, por cierto, pues así como está claro que adviento no es voz familiar entre la ciudadanía laica, hemos de convenir que en el imaginario de los creyentes cristianos el adviento se focaliza en el encendido de una nueva vela en el culto del domingo y poco más. Terminado el culto, cada cual a su casa y hasta el siguiente domingo.
Urge -entre tantas otras cosas, pero esto es lo que toca ahora- reivindicar el sentido del Adviento. En las iglesias -excepto en la tuya y la mía, que son perfectas- el tiempo de Adviento va ligado a postales cursis con las consabidas leyendas en obsoleta caligrafía de colegio de señoritas bien. La “celebración” queda limitada a un acto rutinario en el orden de culto para el que tantas veces el mayor interés que se pone es en que haya una caja de cerillas a mano, ahora que cada vez fuma menos gente, por lo que raro es que alguien lleve un mechero encima.
O sea, que, exagerando un poco -o no tanto-, puede decirse que en no pocos casos -hablo de las iglesias en general, insisto, no de la tuya y la mía, que, como nadie ignora, son perfectas- el Adviento se queda en un punto digamos protocolario del programa del “espectáculto” con el encendido de la vela. Cuando, a eso de las 13:15 horas acaban en la acera las despedidas tras el culto, la vela del Adviento ya ha sido apagada hasta la reedición del trámite del encendido de las antiguas y la nueva vela en el culto del domingo siguiente…
“San” Lunes, y los siguientes santos días de la semana son teórico adviento en el Diccionario. Adviento práctico, menos.
Dejé dicho en mi Café para todos del número anterior -“Aburre Calvino” (“…y Lutero”)- que tenía unos parrafillos medio redactados en torno a la manipulación a mi juicio flagrantemente interesada, tan pseudocalvinista como pseudoluterana, de conceptos manipulables como son la Fleissigkeit y la Strenge. “Lo llaman laboriosidad y austeridad”, añadía, “pero no es sino codicia e inmisericordia”.
En mala hora mezclaron a Calvino y Lutero en esta ofensiva criminal contra nosotros los europeos del Sur. Y en peor hora, si cabe, incautos y desmemoriados creyentes van y se apresuran a hacer coro a los depredadores del Estado del Bienestar que tan caro nos costó conseguir.
“Noche de paz”… y justicia social
Tiempo de paz, tiempo de amor… Alegría, alegría, llega la Navidad. Es el tiempo de confraternizar, de acordarse de las buenas obras los que tienen los posibles que no las conciencias a salvo. Sentar un pobre a la mesa por Navidad molaba entre lo más selecto y piadoso de la cristiana gente pudiente en épocas pasadas. Ahora, imposible, con 200 nuevos parados cada hora.
Un año más -salvo en tu iglesia y la mía, claro está- muy mucho me temo que siga sin registrarse allá un gran entusiasmo por incluir en el orden de culto la lectura del Magnificat de María:
Hizo proezas con su brazo; esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones.
Quitó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes.
A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos… Lc. 1:51-53.
Los poderes fácticos, ya se sabe, tan contentos con que iglesias, oenegés, organizaciones caritativas y demás le hagan al Estado el trabajo sucio de sustituir derechos por caridad.
El debate de fondo latente caridad vs. derechos sociales -el germen de una “Operación Magnificat”- sigue estando ahí a la espera de que de una vez por todas nos atrevamos a ponerlo sobre el tapete….
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Publicado en la sección del autor “Café para todos”, El Eco Bautista, 4/2012.

Autor: Manuel López es periodista, fotógrafo, profesor de Comunicación e Imagen y consultor de prensa. Editor adjunto de "Periodistas en Español" (www.periodistas-es.org). Bautista. Miembro de Cristianos Socialistas.

Fuente: Lupaprotestante

lunes, 24 de diciembre de 2012

FELIZ NAVIDAD Y PROSPERO 2013


En estos días recordamos el nacimiento del Mesía, nos pone un sentimiento de amor y paz. Recordamos a todos nuestros seres queridos, amigos, amigas y a todos los que visitan nuestro blog. Es por ello, que les deseamos con todo amor una Feliz Navidad y prosperidad y bendiciones para año 2013.
Son los deseos de TRANSFORMANDO VIDA, EL BLOG DE LUIS EDUARDO CANTERO