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sábado, 19 de noviembre de 2016

Colombia y la opción entre dos grietas-Parte I



Compartimos el excelente análisis del sociólogo Hilario Wynarczyk sobre la situación en Colombia luego del plebiscito por los Acuerdos de Paz. Será publicado en tres entregas.
I Parte-Una manzana partida en mitades
Por Hilario Wynarczyk-Argentina
El gobierno de Colombia llamó a la población a responder en un plebiscito de asistencia voluntaria, el domingo 2 de octubre, a la siguiente pregunta: ¨¿Apoya el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable?¨
La cuestión se refería a los Acuerdos de Paz firmados el 26 de septiembre entre el gobierno colombiano presidido por Juan Manuel Santos, flamante Premio Nobel de la Paz, y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC, representadas por el jefe guerrillero “Timochenko”.
Resultado de una extensa negociación previa con sede oficial en La Habana, el pacto de paz era una herramienta para cerrar  el conflicto con la guerrilla más antigua de América Latina, que en estos momentos cumple 52 años de existencia.
Una vez firmado el acuerdo entre las partes beligerantes, ahora el objetivo del plebiscito era que la ciudadanía colombiana disidiese SI quería o NO quería confirmar su puesta en práctica. El eventual triunfo del NO implicaría volver a trabajar sobre el acuerdo modificando sus condiciones. Sería un retroceso riesgoso y lamentable pero el camino seguiría abierto.
Harold Segura, pastor y teólogo colombiano,  Director de Relaciones Eclesiásticas de World Vision International, en su artículo titulado Esta Colombia inexplicable que me llena de tristeza (accesible en la página de Cordialmente, revista del Movimiento de Pastores por la Gente), marca una clara y muy informada posición, diciendo: “Yo creí que el acuerdo logrado entre el gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC, aunque imperfecto, contenía los arreglos necesarios para que terminara el conflicto armado y soñáramos desde ya con la posibilidad de terminar esta guerra que nos ha carcomido por 52 años”.
Al mismo tiempo el artículo de Harold Segura permite extraer y sintetizar las siguientes informaciones sobre los impactos de este algo más de medio siglo de conflicto (la exposición que sigue no es la del texto original). Durante aquél más de medio siglo sucedieron estas calamidades:
  • Hubo más de 218.000 víctimas fatales y 21.000 personas secuestradas.
  • Y también 6.414.700 personas desplazadas de su lugar de origen, a causa de la violencia
Según el Registro único de Víctimas la suma global alcanzaría una cifra mayor, de 7.620.114 víctimas.
Respondiendo al llamado del Gobierno Nacional, voluntariamente fueron a votar casi 13 millones de personas, cifra equivalente a poco menos de un cuarto de la población de Colombia, compuesta por  47.559.650 millones de personas según el censo nacional 2014. Esto significa  que posiblemente una de cada cuatro personas de la población colombiana concurrió voluntariamente al comicio. Dato sobre el cual volveremos.
El NO, con 6.431.376 votos en su favor (cuando había sido escrutado el 98 % de las urnas, según datos de Harold Segura),  ganó por el 50.21 % versus el 49,78 % del .
La exigua diferencia (0,43%) divide el universo de votantes en dos mitades casi idénticas.
DEMOGRAFÍA DEL ACTOR EVANGÉLICO
A partir de aquí nos interesaría reflexionar sobre el “voto evangélico”, término que se refiere a una entelequia porque más adecuado sería hablar del voto de los evangélicos, con sus correspondientes heterogeneidades posibles.
Para ese fin es necesario primero conocer la significación relativa de los evangélicos en Colombia. Ellos son aproximadamente el 25 % de los habitantes, unos 12 millones, aunque también en su discurso algunos dirigentes asumen que son 10 millones. Nosotros aceptaremos en este análisis la cifra de aproximadamente el 25 %, sin entrar en esa discusión. Dicho en otros términos significa que cada cuatro o cinco personas, una es evangélica. Tal vez esta proporción aumente en sectores populares donde cabría suponer una incidencia mayor de las iglesias de cuño pentecostal. E inversamente en otros sectores de la sociedad colombiana.
Tomando la cifra expuesta como punto de referencia, se trata de algo parecido a lo que sucede en el Brasil donde los evangélicos también son aproximadamente el 25 %. Como en Brasil la población supera 202 millones de habitantes esto significa hablar de aproximadamente 50 millones de evangélicos.
Por contraste, y para ser más ilustrativos desde el lugar donde escribo este artículo, que es la Ciudad de Buenos Aires, antes mayormente conocida como la Capital Federal, digamos que en la Argentina, cuya población se acerca a los 43 millones,  los evangélicos son aproximadamente el 10 % de la población. Algo más de 4 millones. Este porcentaje baja hasta aproximadamente el 4 % en ámbitos urbanos de clase media-alta en la Ciudad de Buenos Aires, y sube hasta acercarse al 25 % en ámbitos del Conurbano que rodea a la Ciudad de Buenos Aires, con fuerte incidencia de población de clase media inferior, sectores obreros y población en condiciones de extrema pobreza.
EL NO Y LA PARTICIPACIÓN DE LOS EVANGÉLICOS
Dado que la participación electoral no era obligatoria, solamente asistieron a la elección pebiscitaria unos 4 millones de evangélicos. Lo cual equivaldría a decir en términos aproximados que uno de cada 3 evangélicos fue a votar. Este dato es importante si consideramos que el total de los ciudadanos que fueron a votar alcanzaba, como hemos dicho antes, casi exactamente a un cuarto de la población de Colombia. Expresado ahora de otro modo, 1 de cada 4 colombianos fue a votar, y de los evangélicos en particular, 1 de cada 3.
Pero al mismo tiempo los datos (que posiblemente sean imprecisos y necesitarían de una encuesta especial) estarían dando a entender que también el universo de votantes evangélicos se dividió significativamente en mitades, como sucedió con la totalidad de los votantes en el plebiscito. Pues  la mitad de los evangélicos que concurrieron al plebiscito, habría optado por el  NO.
Esos 2 millones de evangélicos representarían un tercio de los 6.431.376 de colombianos que votaron a favor del NO. El dato parece impactante y permite hacer una generalización quizás apresurada, pero digna de mucha consideración, afirmando que hubo un “voto evangélico” y que ese voto fue crucial para el éxito del NO. Esta clase de percepción se encuentra presente y bien fundamentada en varios sentidos,  en el interesantísimo artículo de Jean Palou Egoaguirre  Comunidades evangélicas demuestran su creciente fuerza política en América Latina, publicado en el diario El Mercurio de Santiago de Chile.
Sin embargo en la situación que estamos analizando parecería correcto suponer que los otros 2 millones de evangélicos que habrían votado por el representaban también aproximadamente un tercio de los colombianos que votaron por el y serían también cruciales en este sentido.
En fin, lo que estos párrafos intentan expresar, y yo querría que resulte más simple y claro, es lo siguiente: (a) los evangélicos fueron a votar en mayor proporción que la población colombiana en general, y (b) los evangélicos no fueron mayoritariamente a votar por el NO, ni mayoritariamente a votar por el SÍ. Ellos se dividieron igual que los votantes en general.
Pero, de cualquier manera, los evangélicos representarían un tercio de los 6.431.376 de colombianos que votaron a favor del NO.
Este es un “dato duro” a partir del cual podemos caminar desgranando la lectura de otras informaciones, y otras reflexiones. Y a partir de lo cual sería posible aspirar a entender con mayor precisión cuántos evangélicos votaron por el NO y cuáles fueron los motivos o tipos de motivos que los impulsaron a decidir de esa manera. 

Fuente: Protestantedigital, 2016




Colombia y la opción entre dos grietas-Parte II: RAZONES Y TEMORES


Por. Hilario Wynarczyk-Argentina
Las razones del SI
Cabe preguntarnos qué lógica había detrás de la idea del , la idea que fracasó en este primer round.
Como sucede con cualquier decisión política, podemos pensar que la idea del no ha sido pensada en forma ingenua por sus promotores sino luego de un análisis de costos y beneficios. Algo parecido a un cálculo prudencial en favor del mal menor, habitual en la estrategia política. Se trataría (si este argumento es razonable) de interrumpir definitivamente una situación que causa muchos perjuicios económicos y humanitarios, saca fuera del control del Estado Nacional una porción  del territorio del país y genera la posibilidad de que las FARC a su vez mantengan relaciones, políticas y económicas, inclusive relacionadas a la industria del narcotráfico, como una fuente de financiamiento, con el exterior de Colombia.
La perspectiva pragmática de cerrar definitivamente el catastrófico conflicto armado, es la que apoyó el Vaticano en un plano de análisis situado para este caso obviamente en Colombia pero que excede a Colombia y es claramente compartido por los Estados Unidos, Cuba y otras naciones.
En particular, la orientación geopolítica de la Santa Sede, personificada en la figura del papa Francisco Primero y sus ideas ampliamente difundidas (y en ciertos aspectos ciertamente revolucionarias), promueve la formación de una especie de neoecumene, que es diferente al fenómeno del Movimiento Ecuménico desde la década de 1960  en adelante, y las simpatías paralelas con la Teología de la Liberación y el clero llamado “tercermundista”. Se trata de una ecumene de las tres religiones monoteístas que se vinculan de una forma u otra con un vértice en la Biblia. Esto es: las religiones cristiana, judía y musulmana. En cuanto a la religión cristiana, ésta se encuentra representada sustancial y casi exclusivamente por el catolicismo. Las tres religiones tendrían, además de un vértice común en el monoteísmo y una génesis histórica en una misma región del Planeta Tierra, la característica idéntica de ser religiones asociadas estrechamente con Estados Nacionales, ora monárquicos, ora republicanos, y etcétera.
El objetivo último de tal neocumene, de acuerdo con la interpretación aquí desenvuelta y desde luego discutible, es promover al máximo el diálogo destinado a una licuación de los conflictos presentes al interior de las naciones que conforman lo que llamamos Occidente, y en el Cercano Oriente (que en definitivamente es algo así como el Patio Trasero de Occidente), para que, gracias a la paz, el enorme conjunto que forman estas naciones, resulte menos vulnerable al acecho y el avance  del fundamentalismo radical y belicoso del tipo yihadista, con sus variantes y sus afinidades también convergentes en la recuperación del califato como forma teocrática de organización política y social de un utópico nuevo orden mundial basado en la ley divina, sintéticamente expresado en “la unicidad de dios y la yihad” .
En fin, se trataría, según el enfoque que aquí expongo,  de cerrar las brechas de un conjunto de naciones que podrían reconocerse positivamente entre sí más allá de sus diferencias inherentes a los niveles de desenvolvimiento económico y las formas políticas de organización de los Estados y sus variantes religiosas, incluyendo la valoración positiva de los ateos de buena voluntad.
Pero en el corazón del asunto, y más allá de reflexiones geopolíticas que le dan un marco, al mismo tiempo que lo exceden, gira la problemática del pueblo y el Estado de Colombia, con horribles marcas de dolor, miedo y destrucción, capaces de condicionar actitudes a la hora de votar en un plebiscito como el mencionado.
Los temores del no
Creo que es válido desagregar los temores del NO en dos categorías, temores cívico-políticos y temores morales. En este formato vamos a tratarlos a continuación.
Temores cívico-políticos. Una de las barreras a la opción por el es la idea de que los desmovilizados de las FARC pudiesen contar con dinero para crear un partido político, ganar elecciones  y ocupar cargos en el aparato del Estado. Según este imaginario catastrófico, las FARC accederían al poder por un camino pacífico. A ese camino personalmente me atrevo a llamarlo “una guerra cultural de tipo gramsciano” (Antonio Gramsci, que sufrió la experiencia de vida en prisión a partir de 1926, fue un escritor con fuertes percepciones sociológicas puestas al servicio de una especie de variante pragmática del marxismo-leninismo notable en sus Cuadernos de la cárcel). Por el camino pacífico y con el tiempo,  el castrochavismo y la “Revolución Bolivariana” tomarían el poder en Colombia. Por ese camino la nación entraría en una decadencia económica al estilo de la Venezuela, nación vecina con amplia frontera en común cuyos habitantes suelen ingresar masivamente en territorio colombiano para comprar artículos de primera necesidad.
Por otra parte, el trato derivado de los Acuerdos de Paz, en su estado actual, sería muy injusto hacia el resto de la sociedad colombiana. El  acuerdo sería una garantía de impunidad Los guerrilleros que regresaran a la vida civil, no devolverían el dinero de los secuestros ni purgarían delitos en la cárcel. Por el contrario, recibirían cada mes un porcentaje del salario mínimo, además de subsidios para imaginables proyectos productivos, con dinero del Estado, proveniente de los impuestos, y del trabajo de la gente en último análisis.
En esta dirección hay quienes en Colombia,  simplemente, desearían que las FARC devuelvan personas secuestradas y dinero de secuestros. Esto se suma al hecho de que las FARC habrían sostenido su vida no solamente mediante secuestros sino también con negocios vinculados al narcotráfico y relaciones con el exterior. Al desenvolver su actividad a lo largo de cinco décadas, las FARC se constituyeron de hecho en un modus vivendi para muchas personas.
Sin dudas el título “temores cívico-políticos” sería bien reemplazable, y tal vez mejor, diciendo en su lugar “temores cívico-políticos y rencores”.
Temores morales. Hablando de moral, pero como de moral circunscripta al territorio de las estructuras familiares tradicionales y la diferenciación heterosexual de las personas, el acuerdo con las FARC contendría peligrosas influencias de la posmoderna “ideología de género”, de manera que Colombia, en una catastrófica distopía,  quedaría expuesta a la “dictadura de los homosexuales” (según dijo un llamado “concejal evangélico de la familia”, en Bogotá). Dentro de esta perspectiva, al interior de las iglesias evangélicas, en particular, hay quienes temen la concesión de prebendas jurídicas a los movimientos de la diversidad sexual (LGTBI: lesbianas, gays, bisexuales y personas transgénero), dice Harold Segura en otro artículo de análisis crítico titulado En Colombia, las iglesias debemos dar testimonio de paz, también accesible en la página de Cordialmente, revista del Movimiento de Pastores por la Gente.
En una clara perspectiva de análisis conspirativo, este plan profundamente anticristiano, sería gestado para desmoronar el modelo de familia establecido en la Biblia como Santa Palabra de Dios.  En apoyo de esta idea, que tendría también un soporte en las Naciones Unidas, los movimientos LGBTI habrían tenido la oportunidad de participar en las negociaciones en La Habana, pero los dirigentes de las iglesias evangélicas, no.
Frente a estas perspectivas, el sentido común, en sus formas básicas como es normal en el sentido común, hace pensar sin embargo que difícilmente una organización estructuralmente militar como las FARC y vinculada a los medios rurales y semirurales, pudiese estar interesada en la “ideología de género” y “los homosexuales al poder” como un imaginable destino utópico.

El autor es Doctor en Sociología por la Universidad Católica Argentina (UCA), Máster en Ciencia Política con mención en Teoría y Método por la Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG, Brasil), Licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires (UBA). En la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) es Profesor Titular de Metodología y Taller de Tesis de Posgrados en Gestión Ambiental y Economía y Negocios.

Fuente: ALCNOTICIAS, 2016.

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