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jueves, 24 de noviembre de 2016

El legado misionero de Juan A. Mackay



Por. Jacqueline Alencar, España
Hoy incursionamos en el Segundo Capítulo del libro de Samuel Escobar, De la Misión a la Teología (1998); capítulo que nos adentrará en el 'Legado misionero de Juan Mackay', el escocés con alma latina.
Nos dice Samuel Escobar que la significación sin par del legado misionero de Juan A. Mackay se puede medir por la marca profunda que su vida dejó en el mundo y en la Iglesia durante este siglo (XX). Y que cuando Mackay falleció en 1983, el conocido historiador y crítico literario Luis Alberto Sánchez, quien era entonces Vicepresidente del Perú, hizo un resumen de su vida y el impacto que había tenido sobre la cultura latinoamericana.
Causa emoción cuando leemos que Sánchez sostuvo que Mackay había sido 'uno de los más altos acreedores del Perú y de América Latina' y destacó su labor como educador al fundar 'el Colegio Anglo Peruano, hoy San Andrés, uno de los centros de cultura y de educación más sólidos, austeros y democráticos del Perú'. Refiriéndose al libro de Mackay El otro Cristo español, Sánchez afirmaba que 'es un libro fundamental para apreciar la civilización latinoamericana'.
Terminaba su crónica emocionado: 'Lo despedimos quienes le conocemos y respetamos con indisimulable emoción, con incurable y definitiva nostalgia'. 'Podemos agregar a estas razones la significativa amistad e influencia que tuvo Mackay con dos gigantes de la historia política latinoamericana: José Carlos Mariátegui y Víctor Raúl Haya de la Torre, a quienes conoció cuando empezaban su carrera literaria y política.
Dice Escobar que en muchos de los libros de la biblioteca de Mackay en Princeton, las dedicatorias personales de autores latinoamericanos, de todos los colores políticos -cristianos y no creyentes por igual-, expresan afecto y reconocimiento de la influencia que ejerció sobre ellos ... Los escritos de teólogos ecuménicos de América Latina como Emilio Castro y José Míguez Bonino, y los de teólogos evangélicos como René Padilla y Pedro Arana muestran la influencia de Mackay.
Mackay fue en América Latina el pionero de un tipo creativo de evangelización para alcanzar a las élites paganizadas, y especialmente a los estudiantes universitarios, con el Evangelio. Mackay forjó muchos documentos que son hoy puntos de referencia para la historia de la Iglesia en nuestro siglo, y creó metáforas y aforismos que son parte de la herencia teológica de la Iglesia universal.
Su vida y su carrera, asevera Escobar, constituyeron una amalgama única de lo mejor del movimiento evangélico y del movimiento ecuménico en el protestantismo de nuestro siglo. Escobar es un gran conocedor del pensamiento de Mackay, lo constatamos en un ensayo suyo sobre el legado misionero del escocés, escrito en la Tercera edición de 'El otro Cristo español', que se publicó con motivo de la celebración de las Bodas de Diamante del Colegio San Andrés (antes anglo-peruano), con el que mucho tuvo que ver el matrimonio Mackay.
En el apartado Etapas de una vida misionera, el autor comenta que la personalidad de Mackay tuvo mucha influencia sobre otras personas, aun antes de que comunicara sus ideas. Sus estudiantes y colegas en el Perú, al comienzo de su carrera misionera entre 1916 y 1924, dan testimonio del impacto que la presencia del misionero escocés tuvo sobre sus vidas, y en ello coinciden con aquellas personas que compartieron con él su vida de jubilado, en el tranquilo retiro de Meadow Lakes en New Jersey, donde pasó sus postreros años. El pastor de Meadow Lakes dijo de él: 'Yo he visto a Dios entrando en nuestra condición humana por medio de Juan Mackay'.
Señala Escobar que los escritos de Mackay sobre sus héroes Unamuno, Mott y Speer expresan su convicción de que una vida puede ejercer un poder formativo tremendo sobre otras vidas. Se puede percibir al estudiarlo que él modeló su propia vida de acuerdo a esa convicción.
No es difícil reconstruir la biografía de Mackay con una comprensión clara de sus momentos decisivos porque en varias ocasiones en el curso de su larga carrera, como él mismo lo decía, 'había ascendido al balcón del recuerdo... y con ánimo retrospectivo había descrito el camino recorrido inter­pretando las cosas aprendidas a lo largo de su marcha'.
Escobar divide el vasto repertorio de sus experiencias de vida en cinco etapas claramente delimitadas por ciertos hitos.
La primera es: Niñez y temprana juventud en Escocia (1889-1906), donde nos comenta que John Alexander Mackay nació el 19 de mayo de 1889 en Inverness, Escocia, en el hogar de Duncan e Isabella Mackay. Las memorias de su niñez más temprana le recuerdan el paisaje escocés 'con los brazos de mar tras cuyas orillas se divisan las montañas', y también la vida de su hogar centrada alrededor de la lectura de la Biblia y la oración familiar con las cuales el día empezaba y terminaba.
Los Mackay eran miembros de la Free Presbyterian Church y en sus escritos de años más tarde, Juan iba a recordar más de una vez la piedad y devoción de esa comunidad, pero también su visión provinciana estrecha y casi sectaria. Sin embargo, nunca olvidó que entre su membresía había hombres y mujeres como sus propios padres que eran 'piadosos cristianos en el más profundo sentido', y que 'en un servicio de comunión celebrado en una montaña, auspiciado por esta denominación, Jesucristo le habló a mi corazón de niño y yo me hice suyo para siempre'.
Esa experiencia de conversión de 1903 iba a marcar su vida tan profundamente, que ya como octogenario en 1970 la recordaba con claridad: Experimenté un cambio revolucionario de actitud hacia Dios, hacia mí mismo y hacia los demás. Súbitamente me descubrí como un ser nuevo... Los momentos de éxtasis no fueron raros en aquellos primeros meses. En escaladas solitarias entre las montañas escocesas yo conversaba con Dios. Jesucristo llegó a ser el centro de mi vida.
En Vida estudiantil y capacitación para la misión (1906-1916), leemos que después de sus estudios primarios, la Real Academia de su ciudad natal fue el lugar donde Mackay se preparó para su ingreso a la Universidad de Aberdeen en 1907. Allí estudió filosofía, actuó en diversos grupos estudiantiles, y descubrió su vocación misionera. En 1910 la visita del famoso líder misionero norteamericano Robert E. Speer a la Universidad de Aberdeen tuvo un impacto notable sobre Mackay.
Este, al recordar la ocasión muchos años después, escribió: 'Cuando lo vi y escuché, sentí que nunca en mi vida había conocido un orador más extraordinario'. La vocación misionera de Mackay se aclaró y definió como resultado de su amistad con Jane Logan Wells, una estudiante de pedagogía en la Facultad de Educación de la Universidad, y que posteriormente llegó a ser su esposa y compañera de andanzas misioneras.
Mackay obtuvo su Maestría en Letras en 1912, y al siguiente verano salió rumbo a los Estados Unidos, a fin de estudiar teología en el famoso Seminario de Princeton. Aquí llegó a ser militante del Movimiento Estudiantil de Voluntarios, un movimiento que había surgido espontáneamente entre los universitarios norteamericanos para desafiarlos a embarcarse en la misión cristiana en otras partes del mundo.
Dentro de él se realizaban conferencias, y en una de ellas en la primavera de 1913, Mackay llegó a conocer, según sus propias palabras, a 'tres hombres que llegaron a ser los héroes de toda una generación de estudiantes, como lo fueron para mí mismo: John R. Mott, Robert E. Speer y Samuel M. Zwemer'. La amistad que así se formó iba a ser decisiva para la historia de la Iglesia en nuestro siglo.
Mackay se graduó de Princeton en 1915 y de inmediato se dirigió a América Latina a fin de realizar un viaje misionero exploratorio para la Iglesia Libre de Escocia. De aquí le vino la convicción de que el Perú iba a ser el país al cual se dirigiría como misionero. Siguiendo el consejo del famoso teólogo evangélico B.B.Warfield, uno de sus profesores en Princeton, Mackay pasó el año académico 1915-1916 en Madrid, donde estudió castellano en forma intensiva y vivió en la 'Residencia de Estudiantes', por entonces un verdadero centro de fermento intelectual.
Durante las vacaciones de Navidad de ese año Mackay visitó Salamanca, donde conoció a don Miguel de Unamuno, el célebre pensador y filósofo cristiano, quien iba a ejercer una profunda influencia sobre la visión misionera de Mackay y su postura teológica. Resu­miendo su peregrinaje estudiantil de estos años Mackay escribió: 'En mi movimiento de un centro académico a otro había una preocupación medular con lo que yo consideraba el llamado que Dios me hacía a una vida misionera. Busqué la preparación intelectual que me pareció más adecuada a fin de equiparme para el servicio misionero efectivo'.
Hago un paréntesis para señalar que leí en la biografía de Mackay, escrita por John Sinclair, que para él Unamuno fue 'la encarnación de España y del espíritu español'. Este le impresionó profundamente. Dice Mackay: 'Don Miguel se hizo un rebelde, un santo rebelde cristiano, el último y el mayor de los grandes herejes místicos de España. En Giner de los Ríos vemos y oímos al Cristo que enseñaba a sus discípulos en las laderas de las colinas de el plácido mar galileo. En Unamuno vemos a Aquél que arrojó a los mercaderes del templo, que anatemizó a los jefes religiosos hipócritas, lloró amargamente sobre Jerusalén y agonizó después en el Jardín de Los Olivos y en la cruz; el Cristo que luego se levantó de entre los muertos para reanudar la lucha redentora en las almas de sus seguidores' (Fragmento).
Dice Sinclair que Unamuno no era muy conocido fuera de España en los años cuando Mackay estudiaba en ese país. Y que cuando Mackay llegó a Perú en 1916, se matriculó en la Universidad de San Marcos en Lima para obtener el título de doctor en Filosofía, y su tema de tesis doctoral en 1918 fue: 'Don Miguel de Unamuno: su personalidad, obra e influencia'.
También leí en esta biografía que en América Latina Mackay utilizaba las conferencias sobre Don Miguel de Unamuno para facilitar su entrada en los círculos universitarios del continente como misionero en Lima y conferencista con la Asociación Cristiana de jóvenes durante el período 1916-1932. Mackay decía que 'un misionero tenía que ganarse el derecho para ser escuchado en los círculos culturales e intelectuales', recalcando lo encarnacional.
Otra etapa: Servicio misionero en América Latina (1916-1932). En este apartado Escobar señala que Mackay se casó con Jane en Agosto de 1916. Y que, refiriéndose a su relación con ella, una vez la resumió así: 'Éramos uno solo, tanto en nuestro compromiso evangélico como en nuestra experiencia religiosa y en el deseo de consagrarnos a la actividad misionera'. Después de algunas semanas de visitas a iglesias locales para promover interés en el nuevo campo misionero que iba a abrir la Iglesia Libre de Escocia, los Mackay se embarcaron para Sudamérica, y llegaron a Lima, la capital del Perú, el 21 de noviembre de ese año de 1916.
Como resultado de su viaje exploratorio Mackay se había convencido de que no estaba entrando al Perú como 'un intruso indeseable', y que 'había una esfera inmensa y única para los trabajos misioneros de la Iglesia Libre de Escocia'. Con la ayuda de su esposa Jane se hicieron cargo de una escuelita que la Misión al Perú Interior había estado a punto de abandonar.
Se entregaron con todas sus fuerzas a la tarea de convertir esa escuela en una institución educativa modelo. Quienes se han dedicado a estudiar el impacto del Colegio Anglo Peruano, hoy San Andrés, sobre la vida peruana creen que los Mackay tuvieron éxito en sus esfuerzos. Conocedor de las condiciones sociales del Perú, Mackay adoptó medidas financieras y educativas que le permitieron, como él decía, 'afectar a la comunidad en todos los niveles de su estructura social que fuese posible' .
Para encarnar mejor en la realidad peruana, Mackay ingresó a la Universidad de San Marcos y se dedicó a participar activamente en la vida cultural de Lima. De esa forma consiguió atraer como profesores para su Colegio a un grupo brillante de intelectuales y universitarios jóvenes, de los que constituyeron lo que los historiadores llaman 'la generación del Centenario' porque llegaron a la mayoría de edad en 1921, al cumplirse cien años de vida independiente del Perú ...
Mackay ejerció sobre algunos de ellos la influencia transformadora de su persona. Para 1918 obtuvo su doctorado en la Universidad de San Marcos (con la tesis sobre Miguel de Unamuno), donde al cabo de un tiempo se le pidió ocupar la cátedra de Metafísica.
Escobar recoge unas palabras de Sánchez, el historiador y crítico literario ya citado al inicio, sobre Mackay como docente: '... era uno de los profesores más queridos. A sus clases no se faltaba ni tampoco pasaba lista. Era el profesor por excelencia a quien se consulta después de clase, eso que tantos profesores quisiéramos, que terminada la clase haya gente que todavía no quiere separarse de uno...'.
He leído que, según el misionero W. Stanley Rycroft, 'la estrategia misionera de muchos europeos y norteamericanos de la época consistía en llevar a otros países el Evangelio e imponer su propia cultura. Impusieron su manera de vivir, sus valores, su forma de culto, sus doctrinas, su arquitectura eclesiástica...'. Esto lo sabían los Mackay, por lo que utilizaron el método 'encarnacional'.
Dijo Mackay: Muchos de los misioneros antes de nosotros se mantuvieron en contacto íntimo con la comunidad de habla inglesa. Pero nosotros no nos relacionamos con la comunidad inglesa, sino con la peruana. En otras palabras, hubo una 'encarnación'...
Dice Escobar que durante esa década dos movimientos históricos llegaron a ser fuentes de fermento espiritual y político: la Revolución Mexicana de 1910, y el movimiento de Reforma Universitaria originado en Córdoba, Argentina en 1918. Mackay percibió la significación de estos fenómenos sociopolíticos y se convirtió en un intérprete acucioso de ambos.
Dentro de la ola de inquietud juvenil que estos movimientos expresaban, Mackay llevó a cabo su ministerio de evangelización estableciendo contactos y exponiendo su mensaje cristiano, especialmente en las universidades. Fue así como llegó a ejercer una decisiva influencia espiritual sobre el joven Víctor Raúl Haya de la Torre, presidente de la Federación de Estudiantes de San Marcos, y también profesor en el Colegio Anglo-Peruano.
Con el tiempo Haya fundó la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), un movimiento que marcó la vida política latinoamericana hasta la década de los ochenta. En mayo de 1923 Haya de la Torre dirigió una manifestación masiva de estudiantes y obreros, de protesta contra el esfuerzo del Presidente Augusto B. Leguía de recuperar popularidad consa­grando al Perú a una imagen de bronce del Sagrado Corazón de Jesús.
El objetivo se cumplió, pero la policía secreta empezó a perseguir a Haya, quien se refugió en el internado del Colegio Anglo Peruano, hasta que unos meses después, durante una de sus escapadas de agitación política, la policía lo capturó en octubre de 1983.
Comenta Escobar que en 1925 Mackay tuvo otro encuentro con Robert E. Speer, quien asistía al 'Congreso de Obra Cristiana en Sudamérica', en Montevideo, Uruguay. Los viajes de Mackay por el continente le habían dado una nueva visión y decidió dejar su floreciente obra educativa en Lima a fin de dedicarse a un trabajo de evange­lización de universitarios por toda América Latina, bajo los auspicios de la Asociación Cristiana de Jóvenes (YMCA).
Mudó su residencia a Montevideo en 1926 y pasó luego a residir en México. El historiador Latourette dice que "durante poco más de seis años Mackay viajó y dio conferencias no sólo en Sudamérica sino también en México, y causó una impresión profunda sobre sus auditorios entre la gente educada de estos países. Pasaba dos o tres meses al año dando conferencias y dedicaba el resto del tiempo a escribir, a enseñar en la Escuela de Capacitación de la Asociación, y al trabajo en la oficina de la misma en Buenos Aires.
Dos libros que Mackay escribió en castellano durante este período son el resultado de ese trabajo de conferencista y evangelizador: El sentido de la vida y ...Mas yo os digo; ambos se han seguido publicando y leyendo.
En 1929, la familia Mackay pasó un año de licencia en Europa y Mackay pudo visitar de nuevo a Unamuno, que estaba entonces desterrado en Hendaya, cerca de la frontera entre España y Francia. De allí fue a Bonn, donde pasó cuatro meses y llegó a ser amigo personal y el primer profesor de inglés del teólogo Karl Barth.
Este gigante teológico tuvo una influencia decisiva sobre Mackay, especialmente cuando éste decidió dejar el trabajo con una entidad paraeclesiástica como la Asociación para entrar en una nueva esfera de servicio directamente vinculada a la Iglesia.
Confiesa que para él decidirse fue como una verdadera lucha agónica, y recuerda: "Cuando tomé finalmente la decisión lo que influyó sobre mí fue el lugar destacado que la Iglesia y el trabajo en una congregación local habían tenido sobre el pensamiento de Karl Barth'.
Fue así como en 1932 Mackay dejó México y aceptó la invitación a ser Secretario para América Latina en la Junta de Misiones Extranjeras de la Iglesia Presbiteriana de los Estados Unidos.
En la próxima entrega concluiremos estas cinco etapas señaladas por Escobar y entraremos en la última parte de este capítulo II.

Fuente: Protestantedigital, 2016

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